Virtudes peligrosas. No olvida nada, pero perdona todo. Entonces será odiado doblemente, porque avergonzará doblemente a los demás, primero con su memoria y segundo con su benevolencia.
Nietzsche.
Por su parte, Zizek propone invertir la fórmula: olvido, pero no perdono.
Todos los imbeciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de cinco francos, que una vez me acompaño a Louvre donde ella nunca había estado y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias.
Baudelaire.
El capitalismo defiende al individuo.
El catolicismo defiende la libertad.
PD: Voy a tener que dejar de leer, por una cuestión de higiene mental.
A Rosa Montero, intelectual y escritora, no le gusta Dexter.
por Rosa Montero
(El País, 11 de diciembre de 2007)
Llega una nueva serie de televisión que ya estaba en el cable. Rizando el rizo de la venta al por mayor de la violencia, el protagonista es un psicópata encantador, un sádico simpático que busca la complicidad del espectador.
Para endulzar la despampanante orgía de sangre, atrocidades perversas y refinada saña, este agradable asesino en serie sólo mata a los malos, es decir, a aquellos que a su vez son asesinos. Por cierto que no acaba con ellos por hacer justicia, sino porque disfruta haciendo sufrir. Ya digo que es un sádico. No pude terminar de ver ni siquiera un capítulo, así de repugnante es el producto.
Según un informe del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, los niños españoles pasan frente al televisor 930 horas al año, por 900 que están en el colegio. Cada hora ven entre cinco y diez actos violentos, y está demostrado que cuanta más violencia televisiva han visto, más agresivos son a los dieciocho. Se me ocurre que este nuevo carnicero dejará su huella en grandes y chicos.
En los años setenta, las películas que ofrecían dosis masivas de violencia bajo la tenue justificación de un justiciero solitario que mataba malos, como Harry el Sucio, eran consideradas reaccionarias. Hoy, en cambio, se diría que el sadismo está de moda, con el agravante de que ahora las carnicerías son infinitamente más perversas y realistas. Hoy Quentin Tarantino saca en primer plano cómo torturan a un tipo rebanándole la oreja lentamente y a todos los modernos les parece la bomba. Y lo mismo sucede con este nuevo héroe televisivo cruel y morboso: qué guay, un matarife psicopático. Diversión a tope.
Explotar el sadismo para obtener más share se considera de lo más normal, forma parte de ese fofo "vale todo" en el que vivimos. A mí, sin embargo, me repele: debo ser una antigua
Más que ser antigua, que lo es, aunque eso no tiene por qué ser algo malo, siempre y cuando no nos cuente batallitas idealistas e idealizadas de lo buenos que eran entonces, es de una estupidez irritante. ¿Hamlet no es una obra repugnante?, ¿A sangre fría tampoco? Ah, pero eso no es televisión, es alta cultura, apta para el consumo de progres refinados que no se ensucian las manos en las aguas turbias de la cultura pop.
En fin, la pataleta de Rosa Montero y su moralina de idealista sesentayochista que hace el amor y cierra los ojos ante la violencia (la violencia es fea) resulta bastante ridícula, del tipo "los videojuegos van a acabar con el mundo y nos van a sumir a todos en una oleada de violencia imparable", el Apocalipsis va a llegar, etcétera. Sin duda sí, es antigua, y probablemente reaccionaria, como la mayoría de quienes apelan a que está demostrada la relación (¿causal?, ¿en serio?) entre películas o videojuegos y la violencia, como si la violencia fuera un producto nuevo que no existía con anterioridad a esta oscura era tecnológica que la promueve y la celebra. Asignando falsas causas a la violencia real el problema de la violencia ni siquiera puede ser planteado. Ay, que mundo feliz sería éste si no existieran series como Dexter... venga ya, ¿cómo se puede decir esto en serio?
Por cierto, Dexter es una serie genial. Los Soprano también. ¿Qué opinará Rosa Montero, esa autoridad moral que piensa en los niños, de Los Soprano? ¿Igual de repugnante?. ¿El Padrino también es repugnante?, ¿Uno de los nuestros?, ¿Casino?, por no hablar de libros.
Que censuren todos los productos culturales en los que se muestre algún tipo de violencia, a ver si queda alguno. Poetas, fuera de la república otra vez, Rosa Montero, Reina-filósofa que conoce la Idea del Bien, se ha enfadado con vuestras ficciones envenenadoras.
Por cierto: ¿¿Primer plano cortándole la oreja?? Vuelva a ver Reservoir dogs, (si es que la ha visto) se llevará una sorpresa.
PD: ¿Es Rosa Montero la escritora más estúpida de la Galaxia? Sin duda.
*Correcciones: Rosa Montero no cierra los ojos ante la violencia, sino que cierra los ojos e imagina más violencia de la que le muestran (Tarantino no muestra ningún corte lento de ninguna oreja, de hecho hace un movimiento de cámara con el único objetivo de que no se vea). En Dexter no se muestra explícitamente la violencia casi nunca, y cuando esta irrumpe no lo hace en la forma de una espectacularización banal sino como lo real traumático, como lo insoportable (al contario de lo que sucede en los dibujos animados, donde la violencia no es real, es decir, no tiene consecuencias). La figura del castigador no endulza la orgía de sangre ni se plantea al margen de la problemática moral que conlleva. Son precisamente las consecuencias reales de la violencia las que problematizan la figura del castigador como héroe moral en la escena clave en la que Harry ve en directo estas consecuencias y es incapaz de asumirlas. Harry-Frankenstein se espanta de su criatura.
Caminar sobre la cuerda floja con una coraza invisible
y caer despacio con una pluma mágica en el bolsillo.
Si pronuncias muchas veces seguidas la palabra epistemología terminarás creyendo que se refiere a la recogida y clasificación de bichos extraños.
Truman Capote estuvo en Platja dŽAro (donde estuve trabajando un mes, más o menos) y en Palamós (que está muy cerca), en la Costa Brava.
Muchas veces digo, inmiscuyéndome sin permiso en la personalidad imaginada de Kafka, que mi sitio está aquí, en el escritorio, con las manos sujetándome la cabeza, y que mi meta es fuera de aquí. Fuera de aquí, tal es mi meta, digo. No se lo digo a nadie, sólo a mí. Lo digo y permanezco inmóvil, esperando. Como no importa el lugar, como fuera de aquí equivale a cualquier lugar, con tal de que no sea éste, tampoco importa el camino. Aunque hay que caminar lo suficiente y, para colmo, éste es cualquier lugar en el que me encuentre. Por lo tanto, mi meta, fuera de aquí, es imposible. Me gustaría poder llamar a Kafka por teléfeno y preguntarle qué opina él al respecto. Quizá se trate de una meta virtual, real en tanto que virtual, y lo que es imposible es que se vuelva actual.
Como nunca me muevo de mi sitio y odio viajar, constantemente acuden a mi mente fantasías de huida perpetua, de viaje sin fin, sin propósito. Si realizara estas fantasías, dejarían de serlo, la atmósfera de ensueño que las recubre se volatizaría. Además soy muy perezoso. Vivo en esta tensión: me gustaría viajar, pero siempe mañana, nunca hoy. De esta forma postergo mi acción indefinidamente. Cómo me gustaría partir un día. Por otra parte, que miedo me da. Partir, no partir, partir, no partir. Así todos los días. He imaginado con todo lujo de detalles huidas repentinas. Me he visto caminando por playas desconocidas, por la arena caliente de mi imaginación. Tal como yo lo veo, lo malo sería regresar. Tener que regresar lo arruina todo. Lo que yo querría sería viajar sin red, saltar al vacío, con los dientes apretados. Pero no me decido. Paso gran parte de mi tiempo viéndome caminar por ciudades más cinematográficas que reales. Hago movimientos de cámara muy poéticos, un montaje con un ritmo muy lento y una banda sonora que da ganas de llorar, pero no de pena, no exactamente de pena, sino por un sentimiento confuso, por una especie de alegría melancólica. Como cuando uno escucha música y sonríe y llora a la vez. Mi figura atraviesa la escena. Unas veces decoro mi huida con acantilados y niebla, otras con playas y un sol despiadado que me abrasa la piel, otras con montañas imponentes y un silencio que paraliza todo lo que me rodea. Todo a mi alrededor está quieto, todas las cosas sumidas en una gran y enrarecida expectación, como si todas las cosas estuvieran esperando y, sin embargo, supieran perfectamente que ya nada puede pasar. Me encuentro en el límite, digamos en el límite de la realidad, en una zona fronteriza en la que los acontecimientos han sido suprimidos o están a punto de ser suprimidos. Un suave nerviosismo, con propiedades balsámicas, recorre toda mi piel. Estoy a punto de abandonarme. Estoy a punto de dejar de ser yo. Ése es el fin de la huida. Cada vez soy más ligero. Voy corriendo y saltando y me río a carcajadas, y el viento se lleva mis carcajadas y las esparce al azar, hasta que se extinguen y abonan los campos infinitos del olvido (esta última expresión es quizá excesiva o ridícula, pero ya está escrita, así que así se queda).
No se trata de un viaje normal. Por eso sé que cualquier viaje real no puede colmar unas expectativas que ni siquiera sabría definir si alguien me peguntara por ellas. Podría decir: quiero dejar de ser yo. Y me responderían que eso es imposible, o no entenderían nada y se produciría un silencio muy incómodo, con miradas estupefactas y acusadoras. Es usted culpable de locura, en este mundo no lo permitiremos. O me dirían que nada de todo esto tiene sentido, que padezco un grave trastorno de la personalidad. Y entonces lo único que querría, mientras agachara la cabeza avergonzado de lo ridículo de mis propósitos existenciales, sería una habitación, estar a solas, beber mucho para nublar mi conciencia, abrir la ventana, tal vez escribir algunos gritos desgarrados, dar voces escribiendo palabras, unas voces rabiosas de socorro, voces inútiles y paradójicas, pues en realidad no querría que alguien viniera a ayudarme, sino tan solo gritar y gritar, convertirme en un naúfrago, en un aventurero salvaje cuya vida está siempre en peligro y que precisamente por eso puede sentirla con toda claridad latiendo a un ritmo endemoniado. Porque nunca pasa nada.
Ya sé cómo se llama una canción cuyo nombre llevaba años intentando averiguar para poder escucharla. Salía en un anuncio de coches. Y también en Deseando amar.
Yumeji's Theme
Yeah.
IŽm a loser baby, so why donŽt you kill me?
Beck, Loser
Now I wanna be your dog
The Stooges, I wanna be your dog
Deleuze tiene la maravillosa cualidad de que, a pesar de la dificultad de su filosofía, a pesar de que puedas recorrer páginas y páginas sin comprender muy bien, de repente ilumina algo, un fogonazo intrépido te golpea, te inyecta vitalidad, te ayuda a vivir o al menos te abre perspectivas inéditas por las que devenir con intensidad, con una alegría alciónica.
No se trata de temer o esperar, sino de buscar nuevas armas.
Deleuze, Posdata sobre las sociedades de control
Una franja de luz como de tres dedos de grosor entra aún por el espacio que le deja la persiana. El humo del cigarro, con todas sus caóticas trayectorias, forma una especie de pista horizontal muy fugaz, que huye en silencio, arrastrada por un viento apenas perceptible, al otro lado de la ventana.
El cigarrillo se terminó. Pronto anochecerá.
-Yo, por mi parte, nunca he elegido nada. Me dejo arrastrar. Pensará usted que estoy loco. O que soy un pusilánime. No lo descarto, sin embargo....
(El señor B. arrastró la última vocal de forma indefinida y dejó vagar su mirada por el parque, sin ver nada, hasta que se sumió en un silencio inquebrantable. El gesto de su rostro revelaba una concentración infinita)
-¿Sin embargo?
-Calle, calle. Estoy pensando.
-Piensa usted demasiado
-Sí, ya me acuerdo... Verá usted, no soy una calculadora.
-Es evidente.
-Actúo. No me queda más remedio. Como a todos.
-Pero hay que mirar al futuro, planificar.
-Cierto, cierto...
-Poner medio para lograr fines
-Cierto, cierto, lleva usted razón...
-Tiene que madurar. Es inevitable. Es necesario.
-Bien lo sé. Sin embargo...
(De nuevo profundo silencio. Concentración. Gesto abatido y concentrado. Como un animal herido. Como perdido en un laberinto desquiciante)
-¿Sin embargo?
-Calle, calle, ¿no ve que estoy pensando?
-Podría hacerlo mientras habla. Así es muy aburrido conversar.
-¿Quiere que me lance al vacío?
-A veces hay que hacerlo.
-Quizá mañana. Hoy estoy cansado. Me duele la cabeza.
-Bueno...
-Me están empezando a sudar las manos.
-Está nervioso.
-Toda la vida, amigo. No es nada excepcional.
-Hay que solucionar eso.
-Lo siento, me voy a casa. Se está haciendo tarde. Adiós.
-No, espere. Usted era un guerrero, no se convierta en avestruz.
-No hay nada estable. Nada permanente.
-Asúmalo.
-No comprende usted las dimensiones de lo que digo...
-(enfadado) Sí lo hago. Usted es el que no comprende. Hay que dar un salto. Decidirse. Y actuar en consecuencia. Es mayor para jugar al malditismo. No sea ridículo.
-(a punto de llorar)
-Vamos, vamos, todo tiene solución.
-Que ilusiones se fabrica usted, no me extraña que viva tan despreocupadamente.
-Algunas ilusiones son vitales
-Que despreocupación más envidiable...
-Controle sus emociones.
-¡Imposible! Soy así.
-Ufff
-¿Por qué resopla?
-Va a acabar mal.
-Voy a cabar como me de la gana. Qué sabrá usted. Valiente imbécil.
-Oiga, sólo trato de ayudarle.
-(más calmado) Tiene razón. Discúlpeme.
-Si quiere damos un paseo...
-Quizá mañana
Todo, hasta lo más común y corriente, por ejemplo que le sirvan en un restaurante, él tiene que obtenerlo por la fuerza, con la ayuda de la policía. Eso le quita todo su deleite a la vida.
Franz Kafka,Carta al padre y otros escritos. Alianza, pág. 272.
Y un kafkiano texto de Woody Allen
Un hombre se acerca a un palacio. La única entrada está guardada por unos fieros hunos que sólo dejan pasar a hombres llamados Julius. El hombre trata de sobornar a los guardias ofreciéndoles por un año las mejores partes del pollo. Ellos ni se burlan de su oferta ni la aceptan, sino que simplemente lo cogen por la nariz y se la retuercen hasta que parezca un tornillo. El hombre dice que tiene que entrar a la fuerza en el palacio porque le trae al emperador una muda de calzoncillos. Al ver que los guardias siguen negándose, empieza a bailar el charlestón. Ellos parecen divertirse con su baile, pero pronto se ponen tristes por el trato que el gobierno federal otorga a los navajos. Sin aliento, el hombre se derrumba. Muere sin haber visto al emperador y dejando una deuda de sesenta dólares a los de Steinway por un piano que les había alquilado en agosto.
Woody Allen, Cómo acabar de una vez por todas con la cultura, Círculo de lectores, pág. 37.
-Soberanía del elector. Soberanía del consumidor.
-¿De qué habla usted?
-Digo estupideces.
-Individuos ahistóricos.
-¿Cómo?
-Sigo diciendo estupideces
-Ah, ¿y por qué lo hace?
-Oiga, yo he ido a la Universidad
-Sí, ¿y qué tal?
-En la cafetería ya no se puede fumar
-Pues que fastidio...
-Vamos, no es para tanto. Además, voy a dejar la Universidad.
-¿Por lo de la Cafetería?
-No, ya le he dicho que no es para tanto. Prefiero fumar al aire libre, incluso si hace frío. Soy del norte.
-A mi me hubiera gustado ir a la Universidad.
-Ahora es usted quien está diciendo estupideces. ¿Cómo puede saberlo? Igual le hubiese espantado.
-¿Por qué?
-No lo sé. Digo igual. Quizá, tal vez. Esos términos expresan probabilidad.
-¿Hablaban de probabilidad en la Universidad?
-A veces. Quiero decir: a intervalos temporales variables. De cuando en cuando. Un martes, por ejemplo, alguien decía: la probabilidad es objetiva y no un puro azar. Y otro alguien preguntaba si ontológicamente existía el puro azar, o si el orden era una construcción subjetiva. Cosas así. No me enteré de mucho, la verdad. La gente pensó que yo entendía de esas cosas, y tuve que fingirlo.
-Ya veo. Por eso ha dejado la Universidad.
-Oiga, aún no la he dejado, o sí, no lo recuerdo. ¿estaba dentro de mi pensamiento o ya es un hecho consumado?
-¿Consu qué?
-Mado.
-¿Mado es una palabra de la Universidad?
-Elección racional. Obtengo lo que demando.
-¿Qué dice usted?
-Era un chiste.
-No tenía mucha gracia.
-Es cierto, y los hay aún con menos gracia.
-La Universidad debía ser bien aburrida, por eso la dejó usted.
-Teoría microeconómica de la demanda
-Deje de decir estupideces, por favor, usted ha ido a la Universidad.
-Tiene razón, ¿sabía que todo el comportamiento humano puede reducirse en última instancia al esquema de costes-beneficios?
-Déjeme pensarlo.
-No lo piense, demasiados costes para beneficios inciertos.
-Tiene razón.
-Lo ha entendido perfectamente.
-No, creo que no...
-(cantando) somos soberanos, somos soberanos
-¿Sobe qué?
-Ranos
-¿No aprendió usted nada en la Universidad?
-Jajajaja
-¿Por qué se ríe?
-Me lo paso bien.
-¿No quiere contestar?
-Ya le he constestado: me lo paso bien.
-Me refiero a la otra pregunta
-Ah, el problema de la referencia, su inescrutabilidad, largas noches he pasado en blanco pensando a fondo sobre ello...
-¿Llegó a alguna conclusión?
-La conclusión es la muerte.
-No se ponga trágico
-Lógico. No me pongo trágico, me pongo lógico. Hoy he comido. Si no lo hubiera hecho, me pondría metafísico.
-¿Metafísico es un disfraz?
-Creo que no, pero bien pudiera serlo.
-¿Con sombrero?
-Y un bigote de pega.
-¿Con un cuchillo falso atravesándote la cabeza?
-Sí, sí, simulacros. Como Las Vegas. Vivan. Cierta vez bebí en Las Vegas. Trataba de matarme. O no, espere, lo vi en una película. En la tele. La tele es más que la realidad. Eso también lo escuché en la tele. Una película extraña. Azotaban la tele con un látigo. Algo así. Yo veo mucho la tele.
-¿Qué hacemos ahora?
-Podría volver a decir estupideces, y usted también. Nos entretendríamos.
-¿Se dice entretendríamos? Parece un trabalenguas.
-Es cierto. Nos entretendríamos como tres tristres tigres comiendo trigo y trabajando en trigonometría.
-La trigonometría no es un trabajo.
-Es cierto, pero yo no sé qué es.
-Claro, como ha dejado la Universidad...
-Ah, largos años me desviví interrogando el ser de las cosas...
-El ser, yo antes lo comprendía, pero ahora estoy perplejo
-Es normal, no se preocupe, a los griegos antiguos y a los alemanes no tan antiguos les sucede a menudo. Luego juegan un partido de fútbol, Beckenbauer discute con Kierkegaard sobre la angustia. Ganan los griegos. Tarjeta amarilla para Nietzsche. Yo, humildemente, me instalé unos años en la diferencia ontológica.
-¿Y qué tal le fue?
-Se comía mal. Nadie sabía cocinar. Hacían unas tortillas de patata horribles, con lo sencillo que es. Y no echaban pimentón a las lentejas, de modo que carecían de sustancia.
-¿Sin pimentón? Que ocurrencia más disparatada
-La gente está muy loca, no se olvide.
-No hay duda. Ha quedado demostrado. Sin sustancia, que gracioso.
-Nada queda demostrado.
-Es cierto, lo siento. Sin sustancia, que horroroso.
-No se disculpe. Y no tema, se puede vivir sin sustancia, yo sin ir más lejos he dejado de ser una sustancia.
-Lo siento. ¿Y qué es usted?
-No se disculpe.
-Lo siento
-Estamos en un bucle.
-No hay duda.
-Atrapados.
-No hay duda.
-El bucle, esa es la forma esencial de la vida. No la línea recta.
-No hay duda. Pero, ¿la esencia?
-Oiga, si le parece decimos otra cosa. Es un símbolo.
-Eso ya está mejor, creo.
-La línea recta era otra forma simbólica.
-Como si las cosas fueran lineales...
-Como si.
-¿No lo son?
-Creo que no. La moda no lo es.
-No hay duda.
-La espera, eso es lo más importante de la vida.
-Esperar a que se rompa el bucle.
-Eso es. La sustancia de la vida.
-Quien lo rompe es la muerte. No hay duda.
-Ahora es usted el que se pone lógico. O tal vez ontológico. Trágico.
-No me pongo de ninguna manera...
-Vamos, vamos, no se enfade. Trágico y alegre, soy un dios danzarín, amo la locura de la cruz...
-Si quiere le invito a un café.
-Gracias, no tengo dinero.
-Me lo imaginaba, por su forma de hablar.
-Es usted más perspicaz de lo que imaginaba. Tiene la suerte de no haber ido a la Universidad. Su entendimiento no se ha nublado. Lo tomaré con sumo gusto.
-Pero me gustaría haber ido.
-Eso no lo sabe. Ya hablamos antes sobre esto. Creí que había quedado demostrado. Pero yo desconfío cuando alguien dice de algo que está ya demostrado. Eso habrá que verlo. Eso digo siempre, que habrá que verlo
-No hay duda.
-Nos precipitamos. Necesitamos dogmas.
-A algo hay que agarrarse, usted no puede vivir suspendido en el aire.
-Sí que puedo, soy más individualista que Stirner. Y he dejado de ser una sustancia, recuérdelo.
-No sé qué tiene eso que ver, ni sé quien es Stirner
-Se fabricó un falso ídolo, su propio yo. Identidades mágicas, jejeje.
-¿Y usted es más individualista?
-¿Dije eso?
-Creo que sí
-No sé por qué lo diría. Individuo es un supuesto metafísico. No conozco nada más abstracto. Soy dividuo, e incluso plurividuo... sin sustancia, ¿comprende?
-Delira usted
-Yo a veces, a intervalos temporales variables, odio la modernidad, soy como Ignatus Reilly, pero más delgado. La ilustración, una patraña. Creo, pesar de todo, en la libertad individual. No porque estemos condenados a ser libres, como dijo aquel francés tan feo. Al contrario, la libertad se conquista. Paradigma del guerrero frente al angustiado.
-Yo creo que a usted le angustia...
-Quizá tenga razón, pero oiga... identidades mágicas, nadie se cree ese cuento, metafísica idealista del individualismo consumista. Por ahí no paso, no señor. Ah, máquinas que producen angustia, queremos tanto nuestra nueva religión. Igual que las demás. Patrañas, patrañas. Los nuevos templos, todos iguales, catedrales del consumo, centros comerciales. Que felices. McDonalds, la filosofía de nuestros días. Dicen que aman a los individuos, que ellos defienden a los individuos, a condición de que todos los individuos sean iguales. Todos pretenden borrar las peculiaridades. No hay escapatoria. Los anarquistas se han hecho veganos o capitalistas. Algunos son peores que cristianos, ya lo decía Nietzsche. Querría convertirme en el artista del trapecio kafkiano.
-¿Por qué no se hace un artista del hambre?
-Los economistas seguirían diciendo que elegí el curso de acción más racional de acuerdo con mis creencias. Me fastiadiarían el significado. O me atribuirían algún tipo de enfermedad mental.
-Así no hay manera.
-Ciertamente. No quiero tener pesadillas con economistas.
-Maximizas y minimizas. Es inevitable
-No tengo ni la menor idea de lo que está hablando, buen hombre.
-No se enfade. Debió seguir yendo a la Universidad. Le hubiesen ayudado a maximizar.
-Jajajajaja
-No se ría.
-jajajajaja.
-Como usted prefiera.
-Mis preferencias. Brotan de mi iluminado interior. Nadie me manipula. Soy el rey del mundo.
-Delira otra vez. Tal vez tiene fiebre.
-No señor, no vuelvo a la Universidad. Secta de capullos.
-¿Ha dicho secta?
-Sí, de capullos.
-¿A qué viene esa rabieta?
-Soy un viejo desencantado. Compréndame.
-Lo intento. Es difícil. Creo que no lo consigo.
-Quizá mañana.
-Es posible.
-En fin, me voy.
-Yo también.
-¿Quiere tomar el café ahora o mañana?
-Quizá mañana.
-¿Quizá?
-Expresa probabilidad, ya lo hablamos antes...
-Otro bucle.
-Rebucle
-¿Qué?
-¡Mierdra!
-Creo que se está exaltando demasiado, tranquilícese.
-Mierdra, ¿no sabe usted que yo aspiro a la serenidad?
-Aspirar aspirará...
-Mierdra, no soy una aspiradora...
-Pero no lo consigue.
-A veces sí lo consigo. Déjeme concentrarme un momento. Podrá contemplarme en estado meditativo. Pienso: la sustancia del Universo está agujereada, flota como espuma. La serenidad ya ha invadido mi ánimo. A mí la libertad individual me importa bien poco. La verdad menos aún. Lo importante son las máquinas asignificantes. Funcionan o no. Y eso es todo. Que serenidad me invade, mi risa silenciosa es como la del dios danzarín. El dios danzarín no es trascendente.
-No sabía que existiera tal dios.
-Es más desconocido aún, pero dejemos de hablar y atendamos al silencio. Yo soy un místico del silencio.
-Pues habla bastante.
-Usted me provoca.
-¿Yo?
-Sí, usted. Yo con quien más hablo es con el mar y con el viento. Soy un romántico. Sobre todo en presencia de anti-románticos. Soy capaz de tirarme por un acantilado. La belleza no coincide con la verdad, ni con la bondad. El hilo que unía a los trascendentales platónicos hace mucho tiempo que se quebró. Sépalo usted.
-Tomo nota, tomo nota... es curioso
-¿El qué?
-El ser
-¿Lo dice usted en serio? Ya me había dicho que le deja perplejo...
-Sí
-¿Y?
-Nada, sólo eso, me deja perplejo. No tengo nada más que decir.
-Yo tampoco. Quizá mañana.
-Quizá.