La objetividad es la ilusión de que las observaciones pueden hacerse sin observador
Von Foerster
Me comentan en el post "la meta de Eloy" que es casi adictivo. No lo digo para chulearme, lo de la adicción me ha dado una idea para responder si alguien me pregunta por qué escribo: porque rociar cerebros con cocaína virtual mediante la acción a distancia de las palabras y crearles adicción forma parte imprescindible de las tareas propias de la autorrealización de todo ser humano que se precie... no, se me va la olla, la olla está tan lejos que es un puntito lejano, creo que mi cerebro está segregando sustancias químicas por su cuenta, explosiones descontroladas de dopamina o de algo parecido que se transforma en flujos verbales incontrolables parecidos a cascadas gigantescas o a bolas de nieve precipitándose velozmente por encadenamientos sintácticos de oraciones subordinadas cuya longitud rivalizaría con las del mismísimo pope de la narrativa post-Pynchon, David Foster Wallace, oraciones tan largas e irritantes que de repente pierdes de vista el sujeto y al otro lado de la siguiente coma el lector ya no sabe si me refiero a las cascadas o a Foster Wallace o a la dopamina (instrucciones de lectura: despues de la siguiente coma, al finalizar el paréntesis (la marcaré con un espacio), la frase anterior con la que enlaza es "creo que mi cerebro está segregando sustancias químicas por su cuenta", ya verán como tengo razón) , probablemente con la función de contrarrestar los nervios pre-examen (nervios que, por cierto, si hay algún biólogo en la sala, ahora mismo no cumplen ninguna función adaptativa... es un examen, no un depredador peligroso del que haya que salir huyendo, si estás en la selva y te van a atacar supongo que el estrés te matiene alerta y cumple su función, ahora mismo es contraproducente... aupa Redes!! XD
Y me voy a dormir que mañana tengo examen.
Cuando le dolía la espalda, culpaba a la evolución. No era creacionista porque culpar a Dios por un mísero dolor de espalda le parecía sacar las cosas de quicio.
(probablemente estemos asistiendo a la inauguración de una nueva sección absurda con ánimo de perpetuarse en el tiempo, concepto éste último que pese a que no entendemos usamos constantemente... yo como defiendo el pragmatismo no tengo problemas y, dicho sea de paso: fastídiate Chomsky y fastídiate Steven Pinker, con tus setecientas páginas sobre la naturaleza humana, no existe gramática innata universal, describir reglas no significa que estén implementadas en el cerebro... el pragmatismo, estúpidos, el pragmatismo!! (no lo digo con ánimo ofensivo, es que me gusta imitar lo de "el capitalismo, estúpidos, el capitalismo!" de Zizek))
Ayer por la noche terminé de leer Exploradores del abismo, regalo de los reyes magos de oriente. Vila-Matas está en plena forma, por suerte para nosotros. Leánlo y disfruten de los equilibrios al borde del abismo.
Muy poca gente levanta la vista de sus miserias y desventuras cotidianas y grises. Contadas además con una extraordinaria profusión de detalles aburridísimos, obligándote a asentir, con una sensación creciente de encarcelamiento apoderándose de ti, y las consiguientes ganas de huir. A cualquier lugar, pero lejos de aquí, muy lejos de aquí. Extraña y difusa meta.
Muy poca gente levanta la vista y se detiene a contemplar las nubes, por ejemplo. Esto pensaba una tarde Eloy Martínez, con una ingenuidad envidiable. Pensaba esto en el mismo instante en que unas nubes rojizas perfilaban el cielo cada vez más oscuro de un invierno cuya virulencia, también en ese mismo instante, remitía y daba paso a un viento sereno, amable, acogedor.
Eloy había aspirado desde que era muy pequeño y muy callado a lograr un grado de serenidad practicamente invulnerable que le permitiera deslizarse por la existencia sin luchar y con una sonrisa evanescente adornándole siempre el rostro. Pero era difícil. A veces lo conseguía, pero era difícil. Yo también, como todos, me olvido de levantar la vista, mi panorámica se reduce a la miseria y a lo gris, a lo que no importa porque es aburrido y te quita las ganas de vivir, te las arranca de cuajo, como un navajazo.
Lamemos nuestas heridas, pero pocas veces logramos averiguar cuándo se produjeron, cómo, por qué.
Tengo la cabeza llena de preguntas, pero las respuestas se esfuman. Como las nubes, que ahora han desaparecido del cielo. Un enorme nubarrón gris lo cubre todo. Y más tarde dejará de sonar la música, se me acabarán los cigarrillos, sobrevendrá el desastre sordo e invisible que nos recubre como un manto y nos impide levantar la vista del suelo de nuestras miserias cotidianas.
Además no hay esperanza, vivir con esperanza es una carga muy pesada. Yo quiero aligerar mi existencia incluso de la esperanza y habituarme a las nubes, al viento, a las formas, a los colores, a los sonidos. Quiero captar mis sensaciones sin intermediarios, con la sencillez aplastante de los niños inconscientes. Abrir los ojos, ver. Como una primera mirada atenta y entregada, desligada y valiente. Como escuchar las formas hudizas de la noche, ahora que el cielo ya se ha ennegrecido por completo y mi meta resplandece, serena, escondida, al fondo de algo, sonriendo con una sonrisa evanescente, divertida, un poco irónica pero siempre amable y habitable y ligeramente ausente.
Ahora que ya tengo el título, sólo falta escribir el libro.
Próspero año nuevo
Próspero año nuevo, camaradas. Decir "camaradas" suena hoy con un inevitable distanciamiento irónico, una retórica retro resucitada (que de "erres") con un guiño melancólico a las turbulencias del siglo XX. Y estamos ya inmersos (me gusta decir "inmersos") en el viento crepuscular (también me gusta decir "viento crepuscular", imagen tópica teñida de lirismo ingenuo (también me gusta decir "teñida de lirismo ingenuo", etc)) que sopla arrancando las hojas de la primera década del tercer milenio (es curioso cómo numeramos nuestra existencia, cómo nos la contamos y organizamos).
Los argonautas melómanos
La música de Yann Tiersen (Live Aux Eurockéennes de Belfort) se integra perfectamente en el cielo gris, plomizo, inmóvil o secretamente movido por unas manos largas y suaves y blancas, componiendo un paisaje anímico por el que viajar, sin equipaje ni rumbo. Sólo la música es importante. Escuchar música (navegar) es necesario, vivir no (máxima de los argonautas melómanos).
Apreciación estilística sobre este post
Veo que me está quedando un texto entrecortado. Los paréntesis son como pequeños muros dificultando el flujo (o seccionándolo, obligándolo a transitar las bifurcaciones de los senderos).
Resumen del año (incluye una filosofía del acontecimiento y analogías despeinadas y carentes de fundamento entre la vida y la mecánica cuántica)
¿Qué pasó durante este año? Siempre pasan cosas, acontecimientos que van tallando esa narración improvisada, apresurada, que llamamos "mi vida" (¿por qué el posesivo?, pregunto, con una vela en la oscuridad, escuchando el ruido de pasos, de puertas viejas, oxidadas). Narración sin estructura y abandonada al azar. Al azar y a la necesidad. No me contradigo: Nietzsche y la tirada de dados, las múltiples trayectorias de la partícula que desembocan en una, no existen en otros universos, no todas son reales (Everett no tiene razón con sus múltipes universos). Habría que explorar el potencial simbólico de la teoría cuántica (es una lástima no ser físico y no comprenderla bien). Podemos imaginar (¿qué haríamos sin la imaginación? El desierto crecería, el aburimiento lo colonizaría todo, lo atascaría todo) las líneas imaginarias de una vida trazadas con un halo tembloroso de indeterminación cuántica. Quiero decir: con rupturas, discontinuidades, incertidumbre. Dados tirados al azar. El proyecto de ser, dicho a lo Ortega, no es un sendero fácil. Caminar con los ojos abiertos como faros iluminando el agua entrópica y saliendo a flote de vez en cuando, a recuperar un equilibrio inestable, dinámico, huracanado. Trato de traducir imágenes confusas, no se preocupen si nada queda claro, pues no parto de un "querer decir" claro.
El asombro ante la existencia es una atitud que trasciende cualquier ámbito categorial y puede ser extendido a la práctica culinaria (y de ahí puede ser reenviado al proceloso mar de las tesis filósóficas)
Una cosa sorprendente en este universo (no sé lo que pasará en la infinidad de universos que la imaginación de Everett postula en un singular derroche ontológico) es la enorme cantidad de transformaciones de los huevos: se puede hacer merengue con ellos si uno los deconstruye (los huevos son dualistas acérrimos) y los bate enérgicamente. Increíble. Lo cual me lleva a sostener la siguiente tesis filosófica: la materia es siempre producto de una transformación. Y ésta a otra: no hay distinción ontológica posible entre lo natural y lo artificial. Si acaso se trata de una distinción moral: natural bueno, artificial malo.