El discurso del Rey mantuvo una densidad filosófica laberíntica, plagado de piruetas conceptuales omniabarcadoras. En algún momento tuve que gritar: "está hablando de lo Uno y de lo Múltiple, dice que eso es España, una unidad diversa capaz de abarcarlo todo, incluso lo otro de sí, dicho en hegelés. Necesitamos filósofos como él". Pensé que se iba a lucir hegelianamente diciendo que los españoles y los anti-españoles se superarían dialécticamente en una síntesis nueva, que la identidad se configura en diálogo con su propia negatividad y que entre todos podríamos hacer que todo español en sí deviniera español para sí, desplegando la esencia de la españolidad con la ayuda del trabajo del espíritu reflejado en nuestras instituciones, que velan por nuestra seguridad y libertad (a parecidos grados de ininteligibilidad se elevaba su metafísico discurso, plagado de Grandes Sustantivos Abstractos, un vicio que pega mucho con los discursos oficiales, que podrían consistir en esto: Libertad (aplausos), Dignidad (aplausos), Justicia (aplausos), Paz (aplausos), Solidaridad (aplausos) etc. El problema es que todos estos sustantivos no existen, porque son verbos, acciones, y hay que crear las condiciones para que sean posibles, realizarlos y no invocarlos para solazarse con la pátina de superioridad moral que los recubre)
Síntesis de lo Uno (España) y de lo múltiple (nacionalismos periféricos), porque el Rey-filósofo entró en un gracioso bucle y no paraba de darle vueltas a la unidad y a la diversidad que según parece conforman la sustancia de nuestra patria que, como todas las patrias, es una entidad metafísica (la nuestra, además, paradójica: una unidad diversa). Se ve que esa idea le obsesiona. Es lo único que quedó claro en su discurso de nochebuena: una unidad puede ser diversa sin mayores problemas y no se entiende a qué viene tanta tontería si la solución conceptual está ahí y hasta el Rey se la sabe. Los problemas de España y de la Santísima Trinidad resueltos (Dios también es una unidad diversa: Padre, Hijo y Espíritu Santo). Que bien vamos a dormir ahora que los verdaderos problemas (¿Qué es España?, ¿cómo puede ser Dios Uno y Trino (el rey diría "diverso"?) están resueltos.
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Pensamientos Despeinados manifiesta que todos los autores que apoyan la imposición del canon digital serán "defenestrados", como diría Lord Sidious en Star Wars. No sé si tengo derecho de cita, igual los matones autores españoles y las sociedades de gestión irrumpen en mi casa al grito de "no citarás gratis apropiándote del trabajo de otros". Quizá haya que pagar también por memorizar diálogos de películas, canciones, versos, frases de novelas, etc. Las sociedades de gestión podrían implantarnos chips en el cerebro para controlar lo que allí se cuece. Y pagar a espías que controlaran las conversaciones en los bares, pues hablar sobre cine o películas es un modo de copiar información, de traspasarla a otros cuerpos, y ahí hay un vacío legal, eso quizá también es un robo, y ninguna entidad privada está lucrándose con ello. Etc.
Muchas posibilidades quedan por explotar, ¡el neofascismo acaba de nacer! Queremos tanto a la mafia, ¿qué haríamos sin ella, nosotros, pobres incultos?, ¿no sabíamos que sólo la mafia puede proteger la cultura? Vivíamos en el país de la piruleta.
¿Cómo se distribuye el dinero? Insisto, me pica la curiosidad, me gustaría saberlo.
O de cómo los autores de este país devinieron atracadores, reaccionarios e hipócritas (¿derecho a copia privada?, ¿protección de la cultura?), amparados por sociedades mafiosas. La ideología preventiva ha calado también entre algunos sectores de una izquierda cada día más tonta (que hace caso a informes de la SGAE y desoye los de Manuel Castells) y ahora todos somos culpables a priori .
¿Cómo se distribuye el dinero entre los autores?, ¿vamos a pagar a Melendi para que se emborrache en los aviones?, ¿el dinero se lo lleva una entidad privada?, ¿es eso de izquierdas?, ¿si fotocopio un texto que yo he escrito, por qué tengo que pagar diez euros de más al comprar la fotocopiadora?,
No entiendo nada.
los ingresos de las entidades de gestión por copia privada pasaron de 31 a 114 millones de euros entre 2002 y 2004, lo que supone un incremento del 267%, mientras que en Europa la cifra rondó el 85%. La SGAE ha rechazado tanto la argumentación como los datos (de Castells y su equipo)
Es triste ver como la "izquierda" sucumbe ante las entidades de gestión.
¡¡¡¡NO AL PRÉSTAMO DE PAGO!!!!!!
noalprestamodepago.org
¡¡El dulce de leche no es otra cosa que leche condensada al baño maría!!
El protagonista será un nihilista peligroso y depresivo. No se mencionará, bajo ningún concepto, la guerra civil española.
El puto gilipollas que arruinó mi vida era, sin duda alguna, mi John Claverhouse. Un tipo odioso, medio subnormal, con una sonrisa sempiterna en los labios de candidato a miss simpatía que le dotaba de una cualidad especialmente aborrecible. Diseñé, en silencio, millones de planes para acabar de una vez por todas con su vida inmunda. Su vida y la mía estaban abocadas a chocar frontalmente y no había ninguna otra opción. Ella me había dejado, él debía morir, así funcionaba mi cerebro. La guerra se había declarado y mi único y obsesivo pensamiento era el de lanzarle escupitajos ardientes que le hirieran de muerte. Mi obligación era diseñar estrategias de ataque al enemigo. Viví durante meses en una atmósfera opresiva de fantasías obsesivas, en una continua introspección masoquista en la que el más dañado resultaba ser yo, mientras el puto gilipollas paseaba como si tal cosa por ahí, como si tuviera derecho a vivir así, con su sonrisa de capullo idiota.
Un día coincidimos en el ascensor y él, como hacía invariablemente, me sonrió, e incluso me preguntó que qué tal estaba. ¿Cómo se atrevía?, ¿Bromeaba? Le hubiera degollado allí mismo, sin mediar palabras. Yo no le devolví su sonrisa de mierda ni contesté a su saludo de subnormal, me limité a mirarle con odio, con una mirada de obelisco que confiaba en que pudiera matarle y procurarme así, por fin, la serenidad que tanto necesitaba para no volverme completamente loco.
Pensé que ya nunca más podría escribir poemas bonitos. Al menos, mientras él siguiera existiendo. A patir de ahora sólo escribiría insultos, de mi boca sólo saldrían culebras y sapos y maldiciones. Todos mis cuadernos se transfigurarían en cuadernos de condenado. Si no hacía mucho tiempo mi vida era un festín, y yo también exhibía ante el mundo una sonrisa alegre, ahora mi piel sudaría odio y rencor, mi cabeza sólo pensaría en diversas formas de asesinato. Mis palabras de abandonado serían escupitajos de odio. Mi mundo había sido destruido y yo era tan sólo un superviviente desorientado, hundido en sí mismo, alguien a punto de abrir la ventana para gritar hasta quedarse afónico: ¡me cago en tu puta madre!
El problema es que la venganza llevada a cabo por medio de la escritura es incapaz de mancharse las manos de sangre. Me resigné, pues me daba cuenta de que era incapaz de matar a nadie. No había salida, la guerra estaba en un callejón sin salida. Yo era un soldado solitario, sin armas, atado a un teclado. Tenía las manos frías, los pies fríos, las botas llenas de barro, la mirada atenta, en cualquier momento podía disparar a matar, pero me faltaba la pistola. Más que una auténtica batalla, se trataba de un teatro psicótico, de una obra en la que mi enemigo no comparecía porque yo era el único actor de un drama sin escenarios de verdad. Mis planes de venganza era invenciones inverosímiles, posibilidades sin visos de concretarse de alguna manera. No llegaban a alcanzar la realidad, giraban encerrados e impotentes en la esfera de mi odio.
Cuando salimos del ascensor seguramente se sintió aliviado al escapar del silencio incómodo que yo había creado esforzándome en mirarle como si fuera un obelisco enfurecido, capaz de matar con la mirada, ese poder que tanto deseaba. Tuvo la osadía de despedirse con otra de sus sonrisas irritantes. Hasta luego, dijo con su voz aflautada y sus gestos de yerno pefecto, solidario, caritativo y preocupado cínicamente por todos los desfavorecidos de la tierra. Adiós, respondí, con una sequedad que pretendía ser demoledora y definitiva. Quise añadir: para siempre, gilipollas, espero no volver a verte en mi vida. Mi cerebro se disparó: mientes, mientes, fachada, pura fachada, cínico, soplapollas, cursi, asqueroso. Pero no dije nada. Tal vez un día paseando por la calle le caiga encima una teja y le mate. Ese pensamiento tuvo la virtud de serenarme y de hacerme sonreír como un villano de cómic, como si yo controlara su destino gracias a mis superpoderes con respecto a las tejas asesinas. Incluso me reí de mis ocurrencias inmorales e irracionales. Sin duda estaba perdiendo la cabeza. O me olvidaba de ella y del subnormal de la sonrisa idiota o me precipitaba a velocidad supersónica al desastre total. El odio y la tristeza conforman un brebaje ácido y destructor, y yo me lo estaba bebiendo en dosis industriales. Había que poner fin a todo aquello. Tomar aire, olvidar, caminar, mirar el atardecer, distraerse. Pero me resultaba imposible.