Dos senderos se abrían ante mí. Recorriendo uno me convertiría en un bufón trascendental, en un jorobado lleno de tics más ingenioso que Oscar Wilde y también más terrible, una mezcla de Witold Gombrowicz y John Kennedy Toole. Recorriendo otro me convertiría en el ser más melancólico del mundo, un tipo delgado y pálido que pasea bajo la lluvia, una mezcla entre Alejandra Pizarnik y la desesperación.
Quisiera ser tan famoso y ausente como Thomas Pynchon, ser una leyenda de la literatura norteamericana, escribir novelas entrópicas de más de mil páginas, pero no sé para qué ni por qué. Todas mis palabras, en cualquier caso, estarían teñidas de una incertidumbre feroz, como si no supieran a donde ir y hubiera que acompañarlas igualmente.
Blanchot ya nos regaló la mejor definición posible de la escritura: escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación. La fascinación flota en la atmósfera como una nube dispersa, inasible, presente pero escurridiza. Participar de la soledad es una contradicción que sólo la escritura resuelve. Imposible no adorar a Blanchot por haber dicho esto.
No hay que imitar a Bolaño, pero quizá habría que escribir como si él estuviera leyendo por encima del hombro lo que escribimos. Como si fuera un crítico feroz y tierno a la vez. Un buen fantasma, ya sin la piel que se dejó escribiendo, pero sonriente porque sabe, como Archimboldi, mirar debajo del mar y contarlo.
Escribir, de alguna forma, como preguntar, también es buscar. Pero si todo preguntar tiene su dirección previa que le viene de lo preguntado, escribir tal vez es buscar de un modo más salvaje, sin dirección previa, sin red, asumiendo el riesgo y la certeza de la derrota, un funambulista borracho tirando los dados de su destino azaroso.
Quisiera habitar en un lugar donde la apatía y los reproches fueran palabras inexistentes, inconcebibles. Ese monstruo bicéfalo anda siempre rondando por mi mundo. La apatía es tal vez, pero no estoy seguro del todo, un efecto colateral de ser incapaz de encontrarle sentido a tanto despertarse y vestirse y comer y dormir sin saber para qué, y los reproches provienen a veces incluso de mí mismo: vago, anormal, nunca te casarás ni tendrás coche, serás un mendigo y tendrás frío, ni siquiera podrás dar clases porque para eso tendrías que mantener un estado de cordura mental durante demasiado tiempo, y eres incapaz de controlar tus nervios durante una frase seguida, de contestar sin insultar a preguntas como para qué sirve la filosofía. Morirás solo y ni siquiera será entre la nieve, paseando, como Robert Walser, una muerte bonita.
Decía Rodrigo Fresán que Bukowski cumplió su misión al hacer que se olvidara definitivamente de Herman Hesse. Yo lo pienso y creo que nunca conseguiré olvidarme del bueno de Hesse, aunque a veces me dan ganas. A veces me dan ganas de ponerme a gritar como Céline, pura furia sintáctica. Y la sintaxis, por supuesto, es una cualidad del alma.
Se me ha acabado el tabaco, así que se acabó por hoy. Voy a comprar cigarrillos. Yo no escribo sin cigarrillos. Luego quizá siga, huyendo hacia adelante. Sin caminos. Soy feliz escribiendo, aunque escriba que estoy triste. Si escribo es que estoy bien, o no tan mal como para no poder escribir. Si no existiera la literatura... prefiero no imaginar un mundo sin ella. El abandonado se despide hasta que consiga su dosis de nicotina. La literatura también es una adicción y, como toda adicción, no tiene ningún sentido trascendente, no tiene ningún sentido más que ella misma.
Ya conseguí tabaco, aunque tuve que robar dinero suelto del bote. Luego lo pongo, lo prometo. Sigo.
Hay turbulencias interiores invisibles a los ojos de los otros. Un simple roce de la chica desconocida agita mi piel como si fuera la primera caricia que recibe un huérfano. Luego se disuelve en la nada porque ella era, sobre todo, una criatura que sólo mi imaginación situaba en la realidad. Pero eso no impide que llore su ausencia ni que me pregunte qué habrá sido de ella.
Sé que soy un irresponsable. De hecho, debería estar leyendo un texto sobre la ciencia unificada, o algo así. Y estoy aquí, escribiendo gilipolleces, bebiendo cerveza. Que deteste al círculo de Viena y me guste escribir lo que me da la gana no lo justifica, lo sé, la terca realidad no puede ser un motivo para patalear absurdamente cuando uno ha alcanzado cierta edad. Pero qué se le va a hacer, nunca seré el alumno del año. Quizá el desastre del año es un título que se adecúa mejor a mi personalidad.
Dos senderos se abrían ante mí. Caminando por uno llegaba a ser un perfecto ciudadano domesticado y obediente. Caminando por el otro llegaba a la locura o a mí mismo.
Recuerdo botellones junto al río, recuerdo estar borracho y feliz caminando, helado de frío, al lado de amigos, riéndonos, hablando de música, de cine, hablando todo el rato con palabras alcoholizadas, dioses todopoderosos de la nada, fuera del tiempo y del espacio, y recuerdo las ganas inmensas de que alguien me rescatara, recuerdo ser un ser muy frágil a punto de desmayarme. Jodido vacío, decía una canción.
Y, bueno, nada más, nos vemos caminando borrachos de vuelta a casa.
Huérfanos de Brooklyn, de Jonathan Lethem.
Hacía tiempo que no me gustaba tanto una novela. Mi criterio personal para decidir si una novela es buena o no es el siguiente: si te obliga a quedarte leyendo toda la noche, es buena. No es un criterio válido, ciertamente, para medir la calidad de una novela, como mucho es un criterio de gusto.
¿Se puede medir la calidad?
Pero es emocionante para los seres socialmente disfuncionales que son los lectores (cuando la lectura no es una obligación, ni entretenimiento exactamente, sino más bien una necesidad) verse atrapados por la fuerza magnética de la profunda relación que existe entre los signos, los acontecimientos y la vida. En la literatura, en el arte en general, a mi modo de ver, se da esta relación. Y experimentarla con nocturnidad es un placer.
Qué tristeza escuchar que la filosofía no tiene que proponer nada, que no tiene que crear nada. Lo dicen algunas profesoras que me dan clase, para las que la filosofía es algo así como una hormiga triste que ha de dedicar su vida a esclarecer el sentido de teorías científicas, o a dictarle a la ciencia normas de buen comportamiento (fábricas de Karl Popper en serie) y que no tiene derecho a decir nada (por un terror paralizante que desemboca en una estéril escolástica de analíticos profesionales profundamente aburrida y desesperante, un suicidio intelectual y vital). Pero Wittgenstein no es otra cosa que un asunto muy triste y es mejor no hablar de ello (de lo que es triste hablar, mejor es callar). En este sentido, estoy tan de acuerdo con Deleuze que escuchar a los filósofos que quieren suicidarse me afecta incluso al ánimo.
¡Los asesinos de la filosofía no se saldrán con la suya!
Sobre todo porque son malos, los wittgensteinianos, y además lo destrozan todo. Si se salen con la suya, entonces se habrá cometido un asesinato de la filosofía. ¡Si se salen con la suya! Son asesinos de la filosofía, sí, sí (Deleuze, en el Abecedario)
La filosofía es creativa, pero esto no significa que sea un asunto privado. Sigamos con Deleuze:
resultaría algo chocante que hubiera filósofos que dijeran lo siguiente: «Ah, perfecto: voy a entrar en la filosofía, y voy a hacer mi filosofía. Sí, ¡tengo mi filosofía!». Todo esto son declaraciones propias de un majadero... hacer su filosofía (...) uno no puede comprender lo que es la filosofía, es decir, hasta qué punto no es en absoluto algo abstracto –la filosofía, una vez más, como no lo es un cuadro o una obra musical, no es abstracta en absoluto. Y eso sólo puede comprenderse mediante la historia de la filosofía, siempre que la concibamos, me parece, perdóneseme la expresión, ¡siempre que la concibamos como es debido! Porque, ¿qué es...?, bueno... hay algo que me parece seguro: un filósofo no es alguien que contempla, ni siquiera alguien que reflexiona. Un filósofo es alguien que crea. Sencillamente, crea un tipo de cosas completamente especial... crea conceptos. Los conceptos no existen ya confeccionados, no se pasean por el cielo, no son estrellas... no se les contempla, vaya: hay que crearlos, hay que fabricarlos (...) si no se encuentra el problema al que responde un concepto, todo se presenta abstracto. Si se encuentra el problema, todo se torna concreto. (...) Un mal filósofo es alguien que no inventa ningún concepto, que se sirve de ideas acuñadas, que emite opiniones. En ese momento, no hace filosofía. Dice: «Esto es lo que pienso» (...) A mí nunca me han impresionado los que dicen: la muerte de la filosofía, superar la filosofía, filósofos que dicen cosas tan complicadas como estas. Pero a mí nunca me ha preocupado ni me ha impresionado, porque pienso: en fin, ¿qué quiere decir todo esto? Mientras haya necesidad de crear conceptos, habrá filosofía (...)
Al despertarse comprendió, repentinamente, que aquel hombre era su enemigo y que su misión era matarle. Era su John Claverhouse. En su habitación cochambrosa, con la ropa amontonada sobre una silla y sobre la cama deshecha, con varios ceniceros medio llenos, latas vacías de cerveza, libros tirados por todas partes, con su barba de meses y sus ojos de anacoreta, sus gestos de extraterrestre, sus pensamientos de misántropo feroz y antipático, comprendió que en algún lugar de la tierra, un hombre al que no había visto jamás, su antítesis más profunda, era su mortal enemigo y no descansaría ya nunca más en paz hasta haber eliminado a ese ser de la faz de la tierra. No sabía cómo, pero veía claramente su rostro y la amenaza que suponía su existencia. Que de gente molesta hay por el mundo, que de imbéciles simpáticos, todos tenemos nuestro John Claverhouse en alguna parte, a punto de asaltar nuestras vidas, esparciendo ese mal sutil que lo arruina todo.
Sí, hacía frío, lo recuerdo, la mano con la que sostenía el cigarrillo se me estaba helando, el cielo estaba gris, había un luz extraña, silenciosa, como una presencia que no se ve, como algo que, no sabría explicarlo, como si la realidad fuera leve, no un peso, no como una culpa que hay que arrastrar, sino ligera, alegre y absurda, y caminaba flotando, miraba al cielo, estuve a punto de chocarme con la gente, caminaba como un sonámbulo o como un zombi, con pasos lentos, fijándome en el cielo, no en las personas ni en los edificios, y de repente no sabía a dónde iba y tuve que parar y decirme un momento, espera, dónde estamos, y no sabía por qué usaba el plural, a dónde vamos, quizá me había vuelto loco y un amigo imaginario o un dios extraviado me hacían compañía en la travesía, no lo sé, la incertidumbre y lo maravilloso me impregnaban, el cielo gris, la luz teñida de lluvia a punto de caer irradiaba algo, pero los demás parecían no darse cuenta, seguro que es cosa mía, sí, nadie más se da cuenta.
Finalmente llegué a casa (los viajes del romanticismo sólo buscan llegar por fin a casa) y seguí interrogando inútil y felizmente a aquella luz filtrada por las nubes desmayadas como si se tratara de un gigantesco Tú sin rostro ni nombre.
La publicación de El increíble cuento menguante (más corto aún que el del dinosaurio) provocó reacciones críticas en apenas unos minutos. R. Mutt dijo que se trataba del nacimiento de un nuevo estilo, de una nueva mirada, del triunfal suicidio de la metaliteratura, que últimamente andaba, por cierto, medio enferma, incapaz de entenderse a sí misma, perdida en un mundo de lo que alguien diría eran significantes remitiendo a significantes remitiendo a significantes, que, bien mirado, decía R. Mutt, puesto que nadie o sólo tres personas en el mundo saben qué es un significante y probablemente una de ellas tan sólo se excita al escuchar la palabra significante, pero él, como todo el mundo excepto dos personas, tampoco sabe qué es un significante, la cosa resulta más bien desconcertante, más aún teniendo en cuenta, continúa R. Mutt, que nadie ha visto nunca a un significante, por lo que es difícil decir con certeza cómo es, cómo se viste, qué come, qué bares frecuenta, etc.
El nuevo estilo, decía R. Mutt, ha de llamarse minimalismo paródico y ha de contar con un único cuento. Así pues, es ya un estilo del pasado y hay que buscar nuevos horizontes. El minimalismo paródico, decía R. Mutt, su autoproclamado descubridor e historiador, y principal teórico de esta corriente efímera y mínima, bebe de diversas fuentes, pero sobre todo bebe de una fuente: la pereza. Sus fundamentos teóricos, no obstante, son tan complejos que una mínima introducción nos llevaría años de investigación y varios tomos mastodónticos con miles de notas a pie de página y referencias a artículos en francés de, entre otros, Deleuze, Barthes, Derrida, Baudrillard, y a artículos en alemán, de, entre otros, Gadamer, Heidegger, Husserl.
La contradicción entre la brevedad característica del minimalismo paródico y los cientos de páginas necesarios para explicar su(s) sentido(s) es uno de los encantos de esta corriente, dice un entusiasmado R. Mutt. No están ausentes de sus propósitos literarios el mezclar a Carver o a Hopper con Ionesco o Beckett, sin olvidar a los Monty Phyton, aunque más que mezclar se trata de condensar hasta llegar al límite de la condensación, a la esencia de la condensación, y al hablar de esencias hemos ya abierto la caja de un interminable debate sobre esencias. R. Mutt dice lapidariamente que el minimalismo es un arte de esencias y que esto no se pierde, de ninguna manera, al adjuntar el adjetivo paródico. Simplemente, se trata de una recontextualización irónica de los discursos esencialistas, que no culta, sin embargo, su admiración por las esencias, su devoción por las esencias, su postrarse ante las esencias, pero que, claro, como no podía ser de otro modo, también se ríe de las esencias, dado que, en el fondo, lo parodójico es la esencias misma del minimalismo paródico.
Su irónica propuesta no está exenta de los problemas de ambigüedad que conlleva el uso de la ironía, de la perturbación del buen sentido que provoca siempre el distanciamiento irónico, no sabiendo, en realidad, si se trata de una autodestrucción de la metaliteratura o de metaliteratura.
Odio la metaliteratura y los pepinillos, dice R. Mutt, enérgicamente, enrocado en su postura. El minimalismo paródico es propiamente metaliteratura, cierto, pero, en un acto suicida, acaba con la metaliteratura y hasta con el universo, si se lo propone.
R. Mutt finaliza su crítica advirtiendo de los graves peligros que se ciernen sobre nosotros de continuar radicalizando la estética del minimalismo paródico. El cuento podría seguir menguando hasta desaparecer en un vórtice o en un agujero negro. Es evidente, por otra parte, que R. Mutt no sabe qué quiere decir "vórtice" ni tampoco "agujero negro", pero R. Mutt continúa exaltándose en su vorágine entrópica, suponiendo que "vorágine entrópica" realmente signifique algo, y dice: alguien podría escribir "Me" simplemente, y el siguiente continuador de este estilo se vería en un aprieto, en una situación peliaguda, viéndose forzado a elegir entre ser el más radical de todo los minimalistas paródicos, para lo cual no tendría que escribir nada, y nadie se enteraría nunca de su logro, o a no escribir nada. Por eso, dice R. Mutt, se mire como se mire, el único cuento del minimalismo paródico contiene en sí su propia coronación y aniquilación.
Las objeciones a la crítica de R. Mutt tampoco se hicieron esperar. Hubo quien le acusó de ser él mismo el autor de cuento y señaló que R. Mutt era el pseudónimo que utilizó Duchamp para presentar su obra "Fuente" y que repetir la jugada era una especie de delirio posmoderno de meta-transversalidad artística o algo así. En definitiva, que nada de esto tiene sentido y que la clave está en el aburrimiento del autor de El increíble cuento menguante cuyo título es una referencia a la película El increíble hombre menguante, en clave apropiacionista o algo así. Fin.
Me desperté.
El misticismo en estado salvaje que bullía como licores hirviendo en el cerebro de Arthur Rimbaud se mezcla hoy en mi ánimo con una serenidad de sabio griego, y una sonrisa prendida con hilos tenues al viento vence a la gravedad, susurros que provienen del bosque caen como hojas de otoño en los charcos de mis pupilas exiliadas.
Moldeo, con mis dedos fríos, sueños que al despertar, por unos instantes breves y extraños, aún conservan como un aliento de verdad, como una niebla de realidad que se disipa veloz y sin remedio. Sentado en la cama, huérfano de otros mundos, tardo todavía unos minutos en recomponer mi ser y en pensar que necesito un café y también un remedio rápido que me proteja de tanto deseo estrellado contra una realidad muda y terca.
Nadie se enamora nunca de los filósofos. Son aburridos. A nadie le interesa qué papel cumple la imaginación en la filosofía kantiana. Y los poetas son aún peor, monstruos de soledad. Pero aún no he llegado a asentir a aquello de ya he leído todos los libros y la carne, ay, es triste. Miles de libros nos esperan y una sed desquiciada nos abrasa la boca y los dedos.
Nunca es la hora de irse a la cama. En esto también me comporto como un niño. Una hiperactividad cerebral sin objetivo alguno me mantiene alerta, acechando. Soy como una veleta jugando a los dados, rendido al azar, sometido al dictado de extaños designios, vapuleado por ráfagas de viento que me zarandean de aquí para allá. Y los recuerdos nevados me dan mucho frío.
Experimetó un súbita necesidad de decir algo cursi, del tipo me ahogaría en la profundidad alegre y triste de tus ojos misteriosos, pero no lo dijo y trató de transmitírselo a ella telepáticamente. Al llegar a casa, tumbado en la cama, borracho, sintió que ella le había escuchado, que ya lo sabía. Escenas inconexas de la noche se agolpaban en su memoria y salvó del naufragio solamente una mirada que le acompañaría ya para siempre.
La desgracia fue mi dios
Arthur Rimbaud.
Fue entonces cuando, bruscamente, se largó. Me quedé tumbado en el sofá, incapaz de articular palabras, incapaz de prestar atención a las imágenes parpadeantes que se sucedían velozmente en la pantalla, en una especie de danza epiléptica sin sentido, en un ritual de sonidos vacíos, lejanos, punzantes, durante meses, rumiando en silencio mi desolación y mi abondono, sintiéndome algo así como una figura ridícula que da vueltas colgado de una soga atada a un árbol, en un paisaje desértico y sin esperanza alguna de poder evitar una catástrofe inminente y devastadora.
Algo así, aunque no me gusta dramatizar. Veía alzarse claramente ante mí un agujero de proporciones metafísicas, aunque no estoy seguro de que esta sea la palabra adecuada, porque las proporciones son más bien físicas. En cualquier caso, se trataba de un agujero peligroso que estaba a punto de colonizar mi conciencia y de engullir mi ser. La rabia, la tristeza y la desgana formaban un triángulo, y en el centro estaba yo, atrapado, con mis pensamientos encadenados a un bucle infernal. La única salida que acertaba a ver, lo que mi imaginación se empeñaba en proyectar ante mi manifiesta incapacidad para vivir y para asumir los acontecimientos que me disgustan, que, por nimios que sean en relación con el universo, para mí se metamorfosean en catástrofes y apocalipsis sentimentales, eran todo tipo de formas de autodestrucción encuadradas de modos extraños y con una música disonante de fondo.
Pasaba el rato rodando una especie de cortometrajes solipsistas sobre un personaje cuya radical introversión -ese muro inquebrantable que levantaba contra el mundo, para protegerse, pero cuyos resultados no podían ser más irónicos, o paradójicos, pues invariablemente lejos de protegerse se infringía un daño incalculable- le conducía a errar como una pálida sombra fantasmal por los bares y a beber hasta el desmayo y a regresar a casa caminando solo, por la mañana, cuando las últimas luces de las farolas están ya apagadas y la sensación de realidad merma a medida que aumentan la belleza y el llanto inconsolable.
Durante los meses que pasé tumbado en aquel sofá, con la televisión encedida, cuyas imágenes miraba sin ver, yo era el resultado patético de una sensibilidad romántica a flor de piel regodeándose imaginariamente en su amplificada desgracia. Yo consistía únicamente en esos improvisados cortometrajes, en las imágenes que construía y que me construían a mí como un muñeco roto arrojado a las calles mojadas. A veces lograba escapar, durante momentos muy breves, a la infernal espiral que me envolvía. Pero irremediablemente volvía a pensar que ella no volvería y otra vez regresaba al sofá, a sentirme solo y el hombre más desdichado del mundo. Ella empezó a odiarme, quizá porque soy un tipo muy odioso, no lo sé, pero también soy un tipo cuya hipersensibilidad roza la locura paranoica y soy muy capaz de volverme loco de rabia y de tristeza y de representar un papel al que estoy abocado, por mucho que me resista: el papel desfasado del poeta maldito.
No es que yo quiera representarlo, sé que es una figura cómica que da lástima y que pertenece a otros tiempos, que resultan cansinos y hacen gala de un esteticismo sumamente cuestionable todos esos sujetos empeñados en romantizarlo todo y en no crecer. Ella me lo dijo: tienes la mentalidad de un niño y eres un desastre. Lo sé, y sé también que sería mejor si me levantara del sofá y me pusiera a cantar y a volar, como un pajarillo, por el ancho y vasto mundo, tan lleno de posibilidades. Lo sé, pero no se trata de saber, sino más bien de sentir, y lo que no sé es domesticar a los salvajes, es decir, a los sentimientos. No se trata de saber, esto no es una clase de epistemología contemporánea. Si lo fuera, te harían saber que en realidad usted no está en disposición de comprender ni el argumento más simple, que ni siquiera sabe si existe o no la realidad y que muy bien podría ser usted un cerebro en una cubeta o el personaje del sueño de un perro verde.
En cualquier caso, la desgracia fue mi dios y yo me sentía destrozado y empujado a palabras como precipicio, lluvia, alcohol...
Durante algún raro momento de autocrítica en que mi débil voluntad consideraba la posibilidad de agarrarme de los pelos y sacarme del pozo en que mi imaginación se regodeaba cavando más profundamente pensé que, en definitiva, lo mío era un historia de lo más común, vulgar, aburrida, nada remotamente singular ni reseñable, que yo era un exagerado y que si mi furia y mi imaginación pretendían colaborar en algún acto autodestructivo en realidad lo único que pretendía hacer era llamar la atención, luchar por hacerme visible.
Y, en efecto, me sentía invisible. Y, al sentirme invisible, sentía que mi identidad naufragaba o se hacía añicos. Y, como sentía que mi identidad se iba a la mierda, sentía miedo. Y, como sentía miedo, un miedo paralizador, un agujero metafísico cavándome las entrañas, no me movía del sofá. Y, como no me movía del sofá, lo único que hacía era imaginar a mi álter ego, borracho y desesperado, implorando a las estrellas nocturnas con los nudillos sangrantes de golpear paredes y fantasmas, en esos cortometrajes en que mezclaba el realismo sucio con una subjetividad decididamente enloquecida y anacrónica.
Y ahora esto tendría que ser el final del cuento, pero lo cierto es que se trata de un cuento sin final. Es tan sólo una canción pop, otra más, tal vez con destellos subterráneos de rabia punk. Otra más, otro muñeco roto, un tipo abandonado en un sofá sintiendo no future. Nada que importe demasiado.
En cualquier caso, si este cuento tuviera un final (que no lo tiene) sólo podría ser un violento final no exento de muerte: la mía o la del tipo por el que ella me abandonó, al que odio más que a nada en el mundo. En mi opinión es preferible que el muerto sea él y a ser posible que sufra, no mucho pero al menos algo sí, o mejor mucho, qué cojones, que le jodan al puto gilipollas que arruinó mi vida. Y para que este cuento tuviera un auténtico final deberíamos morir todos.
La materia no existe
Max Planck
Creo que, en última instancia, el tiempo no existe en absoluto
Julian Barbour
1. Schopenhauer no era pesimista. Nadie que de verdad ame la música puede serlo. Al menos no del todo. Nadie que escriba puede serlo. Al menos no del todo. Escribir es siempre un acto afirmativo, aunque se escriba con la mente enfebrecida de fantasías apocalípticas y los dedos congelados de frío y de tristezas exagerada y anacrónicamente románticas. Incluso aunque las marionetas hayan perdido la gracia de sus movimientos y se golpeen la cabeza contra una pared gritando que Dios no existe.
2. Foucault dijo que él no era un gran intelectual, ni un filósofo, ni un escritor, que era, simplemente, un profesor. Hacen falta más profesores así. Foucault, por cierto, no era posmoderno.
3. Proyecto para una novela distópica, paranoica y políticamente conservadora: seres atrapados por el hipnótico flujo de las Pantallas son vigilados por Ellos, la Compañía, con un propósito Desconocido. La Resistencia tecnófoba se refugia en bosques donde se recita a Shakespeare.
4. En la desternillante serie inglesa The IT Crowd se dice que si escribes "google" en Google Internet se rompe. Es lógicamente absurdo.
Claustrofobia recorriéndote las venas, vacío, espantapájaros ahorcados, girando sobre sí mismos, sin ojos, el pecho arañado por una ansiedad indescifrable, ganas de nada, sólo de dormir, toda la vida bajo el edredón, afuera hace frío, afuera es peor, afuera no hay nada que hacer, sólo consumirse, llorar por nada, paranoias que te dejan en la cuneta, sin fuerzas, y sólo, intermitentemente, chispazos de cierta belleza aligeran tu peso muerto, abren posibilidades que luego se ahogan como una garganta que tose, resacosa y asustada, que espera a un dios danzarín...