Unos dedos largos, huesudos, como alambres, como alambres amenazantes en la oscuridad, te agarran las entrañas, las retuercen, te deshacen por dentro, te arrojan a la cuneta, cerca de una angustia que crece y anega tus visiones; que crece como una niebla espesa, empapándolo todo. Ya no tienes ganas de nada y siempre estás triste. Ni siquiera los resquicios de una furia triste capaz de sobreponerte al desencanto sobrevive en tu interior hueco. Ni siquiera tu rostro, ni siquiera tu nombre. La densa, implacable niebla lo borra todo, borra el sentido de vivir, lo desfigura. Ni siquiera la luz, repentinamente ajada, inhospitalaria, se salva. Fumas y no sabes que te pasa y fumas y a lo mejor dentro de un rato, a lo mejor en unos días, meses, años. La incertidumbre no era sólo una palabra bonita para jugar y hacer poemas.
En Montañas Solitarias vivió Jim el silencioso. Combatió lo mejor que pudo sus demonios interiores. Hasta los seis años no pronunció nunca una palabra. Más tarde explicaría, en un tono enigmático, el temor que le provocaba la posibilidad de que las palabras lo exiliaran de la naturaleza. Nunca sonreía. Se encontraba a una distancia infinita del mundo de los hombres. Sus ojos miraban fijamente la nada. Sus gestos lentos reflejaban un ritmo lento, un movimiento mínimo, más propio de plantas que de hombres.
La segunda vez que habló, Jim dijo, con una solemnidad no exenta de cierta naturalidad, lo siguiente: el fondo triste de todas las cosas sube a la superficie, sin dejar de ser fondo. Nadie entendió nada, pero sus palabras provocaron un silencio incómodo. Un silencio como de llanuras nevadas y tragedia metafísica.
En Montañas Solitarias todo el mundo hablaba sobre la locura del joven Jim. Es el viento, que se ha metido en su cabeza y todo el rato le habla en un lenguaje sin sentido que, sin embargo, de algún modo misterioso, Jim comprende mejor que nadie, por eso Jim no habla nunca, porque siempre está escuchando. Es de nacimiento, nadie puede hacer nada. No está loco, simplemente es diferente. Su percepción sobrenatural lo incapacita para la existencia cotidiana, que exige altas dosis de estupidez. Jim nunca escuchó a los hombres.
A los veinte años Jim decidió irse al mar. Nunca lo había visto. Se sentó en la playa y siguió percibiendo el fondo triste que sube a la superficie sin dejar de ser fondo de todas las cosas, pero estaba frente al mar.
Vaivenes anímicos, incapacidad total de vivir más de dos segundos en un estado de ánimo determinado. No son estados sino flujos, burbujas extrañas cayendo en cascada hacia algún lugar o hacia ningún lugar, simplente rodando, con los ojos cerrados yo voy adentro y no hay ningún afuera; corrientes intermitentes, discontinuas, saltos, rupturas, sacudidas que hacen temblar a la marioneta y a sus circunstancias: la marioneta es un ser en el mundo, no un sujeto. Quisiera que nada la sujetara. Quisiera.
Ahora contento, y cantando (mentalmente). La ventana abierta, la respiración en sintonía con el ser, la piel expuesta al tacto del viento. Bien, siguiendo el ritmo de la música. El alma es una especie de armonía, dice algún personaje de los diálogos platónicos. También: un soplo, un aliento. Algunos griegos vivían con miedo de que se esfumara al morir. Sócrates los tranquiliza. Sócrates demuestra (según él) que el alma va a un lugar mejor. El alma de los justos solamente. Bah.
A lo mejor: escribir y resistir, escribir y resistir, escribir y resistir. Pero sólo a lo mejor. Caímos por azar en un lugar huérfano de certezas y sobrado de desencanto. Una vida medida, controlada; con moldes a los que ajustarse. Hay que hacer torsiones vergonzosas para caber en los moldes. Hay que amoldarse. No luchar, no rebelarse, no protestar. Nada de verbos enojosos, nada de pensar, nada de tratar de comprender: ¿para qué?. Triunfar sí. Ganar dinero sí. Asentir sí. Comprar coches sí. Agachar la cabeza sí. Soñar no. Sed realistas, materialistas, pragmáticos. Eso sí. Éxito sí, reconocimiento social también. El éxito, sólo el éxito, medido, cómo no, con la vara del dinero, justificaría la dedicación a extravagancias que ya no cumplen (pero no siempre fue así) ninguna función social. Con extravagancias me refiero a cualquier práctica artística e, incluso, quién sabe, a cualquier movimiento social. Parálisis y prozac para todos.
Qué espectro golpea la puerta
Quién pregunta si hay alguien ahí
escondido aguardando tras la muralla
tras la verja un jardín o un abismo
un lugar en el que vivir o morir
No hay nadie o quizás una ausencia
que es parecido pero no es lo mismo
restos tristes ahí ya no viviremos más
Bicicletas rotas y labios oxidados
todo el equipaje del desconcierto
cantando en una orilla, olvidado
El concierto de la ausencia
cuyas notas se clavan en los ojos
como mil alfileres mudos
Dedos amarillentos y ojos cansados
y palabras cansadas tartamudas
ebrias de juguetes rotos
No, ahí ya no hay nadie
ya no queda nadie ni nada
ni nadie nos rescatará de la nada
Espectros que traspasan la puerta del mar
y con ojos luminosos exploran el límite del mundo
y regresan con interrogantes tatuados en la piel
Quién llama y pregunta
si hay alguien ahí
Quién responde con rastrojos
en lugar de un corazón
Una música de espectros y cenizas
decora la puerta del jardín
y está también la muralla
que hay que arañar con los dientes
para poderla abrir.
La silueta de la ausencia
el escozor del abandono
el sabor metálico
de las pupilas grises
de la lluvia
que ya no nos moja el corazón
Sólo quedan el viento y los rastrojos
y en un teatro los espectros sobreviven
tambaleándose sobre el abismo
con la silueta del jardín tatuada
en sus ojos naúfragos.
Llegó el verano a León, tarde y brusacamente, pero llegó.
Tras veinte días de ajetreo continuo, sin ordenador, sin apenas leer, sin escribir pero contactando, digamos, a lo Heidegger, con lo originario, lejos de la tecnología y de la civilización, retomo ahora, con un ritmo más calmado, más descansado, entre libros y cigarrillos, el viejo y desorientado rumbo de mis peregrinos pensamientos, sólo que no tengo nada en qué pensar, o a lo mejor sucede que el calor veraniego recalienta mi cabeza convirtiéndola en la de un pajillero de trece años. Ningún pensamiento. Imágenes y recuerdos sí. También: confusión kafkiana ante el ser, sin proyectos, con una vaga, sutilmente viscosa sensación de algo que no acierto a decir qué es, de algo que puedo tratar de rodear con algunos nombres, pero que sé que no atraparé del todo. Algo impermeable al lenguaje, más allá de los matices, de los adjetivos. ¿Angustia? no exactamente. ¿Tedio? No exactamente. ¿Indiferencia? Algo así, pero no. ¿Miedo? No, algo menos intenso que el miedo. ¿Desorientación existencial, culpa, preocupaciones económicas, vaivenes anímicos, confusión, torpeza mental, ganas de estar solo, ganas de estar acompañado, ganas de escribir una novela de verdad, desilusión frente al futuro, la certeza de que tras la infancia sólo sobrevivimos? No sé, no sé, colores pálidos, movimientos lentos, desconfianza, inseguridad, horchata en lugar de sangre en las venas, aletargamiento, anestesia. Nervermind.
Ahora escucho a Björk, prendo un cigarrillo. Pienso: si en Barcelona hubiese tenido dinero para gastar me hubiese comprado una camiseta de Sonic Youth y una camiseta de Eduardo Manostijeras y más cosas. Pienso: si me concentrara es probable que fuera capaz de estar a punto de llorar escuchando a Björk, pero no lo hago. Pienso: dentro de un rato tengo que ir a ducharme.
Me da la sensación de que el período vacacional hubiese concluido ya. He de ponerme a estudiar, terminar la carrera de una vez y despues ya veremos. No me aptece estar de vacaciones por más tiempo, prefiero que septiembre llegue cuanto antes.
Pienso: Michel Foucault es el as, los demás son gilipollas a su lado. Bueno, excepto Deleuze. Bueno, excepto muchos más. No tantos en realidad. El pobre Chomsky queda como un niño con muy pocas luces en el debate que mantuvieron en televisión allá por el año 1971. Chomsky empequeñece con cada intervención de Foucault, se va haciendo más y más enano y finalmente sólo se ve la cabeza calva de Foucault, quien domina con soltura la escena. Chomsky se hace cada vez más enano y parece que incluso tartamudea, con creciente nerviosismo, que en lugar de hablar tartamudea palabras cojas, justicia, moral, naturaleza humana. No obstante, no dudo de las buenas intenciones de Chomsky, pero Foucault juega en otra liga y le gana por goleada.
Y no pienso muchas más cosas. Voy a ir a ducharme.
Ganas de escribir palabras desesperadas que se agarren a las cornisas mojadas de los tejados, de atravesar toda esa belleza que huye y se pierde como una canción o como una infancia perdida, esa luz suave, frágil, siempre a punto de romperse si intentas tocarla, que se cuela inadvertidamente por la ventana y que evoca, sin pretenderlo, un temor que pocas veces enunciamos, que jamás pronunciamos, la posibilidad de quedar petrificados por el abandono, por una soledad que ningún ornamento artístico, que ningún refugio sería capaz de aliviar. Yo dije: estoy solo, y me dijo: eso no es cierto. Pero qué más da si me pongo a pensar y a sentir, es decir, si me pongo triste.
Ahora contemplo los árboles agitados por el viento. Aquí no hay mar.
Si lo pienso detenidamente caigo en la cuenta de que mi mayor deseo (pero no un deseo ardiente sino uno frío, desapasionado, tranquilo) ha sido desaparecer. No huir, desaparecer. Tampoco morir, desaparecer. Disolverme en el viento frío y seco que sopla incombustible al desaliento. Irme con él, desaparecer.
Un tipo así, un tipo tan raro, tan insoportable, con treinta y dos cambios de humor diarios, no es muy probable que acabe bien, o lo que la ortodoxia biempensante, los guardines de la jaula de hierro, la pequeñoburguesa y atrozmente ignorante y estigmatizante clase media amante de la normalización considera bien, lo normal.
Un tipo así aprieta los dientes y con una mirada de fiera herida y triste se dice fracasaré a lo grande, con una silenciosa y discreta, pero épica, explosión.
Ganas de caminar descalzo por la arena, ganas lanzar piedras al agua, ganas de nada y ganas de todo, simultánea y paradójicamente. De arañarse el pecho y de darle cien patadas al mundo, de llorar recostado en las nubes grises y en el viento.
Nos asentamos en el camping Reina Maris, en Blanes, y a los cinco o seis días nos dejaron, por el mismo precio, que nos habían rebajado respecto al precio inicial, una tienda de campaña más grande, con camas y todo, y dejamos de dormir en el suelo.
Vivimos al lado de Abul (africano, empleado del camping) y de una pareja de argentinos que vendían marionetas en un puesto del paseo marítimo.
Tomamos café (amb llet) en la cafetería Tánger, a cargo de Mosef (marroquí), de quien nos hicimos amigos; incluso nos hicimos una foto de despedida y nos regaló hachís.
Un catalán del camping también nos regaló hachís porque le dimos papel y nos dijo que para lo que quisiéramos él estaba allí con un montón de litronas.
Un argentino del camping, el tipo más sonriente que hayamos conocido, preguntaba siempre ¿qué tal, chicos, todo bien?, o ¿qué pasa, capo, todo bien?
La dueña del camping era sueca.
Al menos tres personas nos preguntaron si éramos vascos y decíamos no, de León, y una dijo ah, bueno, debe ser el viento del norte y otra teneis un castellano muy castizo y nosotros sí, puede ser.
En un puesto de las Ramblas nos preguntaron a mis hermanos (gemelos) y a mí si éramos trillizos, y dijimos no, hay uno (yo) fruto de un óvulo anterior e independiente, por lo tanto no genéticamente idéntico (no lo dijimos así exactamente).
No pudimos trabajar, así que ahora somos más pobres pero qué se le va a hacer. ¿Todo bien, chicos, todo bien? Sí, dentro de lo que cabe bien, gracias.
Blanes no es especialmente bonito, es más bien feo (sobre todo la parte cutre de los guiris bebesangría), pero tiene playa y puedes sentarte en la arena por la noche y mirar las estrellas y eso está bien. De Bolaño ni rastro.
De Blanes fuimos a Lloret de Mar y de Lloret de Mar a Cadaqués, el pueblo de Dalí.
Dalí era un gilipollas, pero Cadaqués es el pueblo más hermoso del mundo.
También vimos la casa de Dalí.
De Cadaqués a Barcelona.
De Barcelona a León donde, según parece, el verano ha pasado de largo y se ha instalado un otoño perpetuo.
Hay que coger la mochila y largarse. Cerca de donde vivió Bolaño, o a lo mejor justo donde vivió Bolaño, en Blanes. Aún no lo hemos decidido, ya veremos una vez estemos en Barcelona. A buscar trabajo y a estar simplemente en la playa, lejos de las burbujas tecnológicas, cerca del viento, del mar, nada más. A la aventura.
No habrá restos espectrales del escritor, supongo. O quizá sí. Juro que cuando compré 2666 fue porque la novela me llamaba, se comunicaba telepáticamente conmigo. No había ido a comprar a novela de Bolaño pero, por supuesto, salí de la librería con ella bajo el brazo. Me llamaba. Empecé a leer nervioso, como con miedo de no estar a la altura como lector. Leer es difícil, leer bien quiero decir. Tuve que comenzar a leerla varias veces.
Podría ser un cuento de Bolaño, uno melancólico, la búsqueda de un escritor desaparecido, definitivamente desaparecido. Sentir lo que sintieron Espinoza y Pelletier cuando se dieron cuenta de que nunca encontrarían a Archimboldi. Tampoco encontraremos a Bolaño en Blanes.
Pero aun así Bolaño siempre da fuerzas.
La literatura no se opone a lo real ni es diferente a lo real, es sólo una forma de ver y vivir lo real. Todo viaje es literario, hasta el más insignificante. Viajar toda la noche en tren y aparecer por la mañana en la costa brava, sin sabe qué hacer, deshilvanando el destino, con posibilidades abiertas como un sistema caótico o como una partícula subatómica, se merece el adjetivo de literario, si a uno le da la gana. Al menos eso creo.
Marcho mañana. Supongo que no escribiré nada más aquí hasta agosto. Espero que encontremos trabajo y podamos, al menos, pagarnos las vacaciones.
Supongo que la estructura de los memes en su transitar por los blogs es rizomática, o no. En cualquier caso yo recojo el testigo de Caspa de Estrellas y de aquí que se disemine hacia dónde quiera. Hay que copiar el segundo párrafo de la página 139 del libro que se esté leyendo.
Alesandro Baricco, Esta historia
No tenía intención de dejarme distraer por su maldad, de manera que mantuve la calma, y conseguí dominar la pesadumbre. Me limité a comentar, con un inútil atisbo de polémica, que me costaba un gran esfuerzo encontrarle algún sentido festivo a todo aquello.
Juan Arana, Materia, Univeso, Vida
La materia no es sólo la forma en potencia; también es deseo de forma, y quien dice deseo, dice impulso y dice fuerza. No es pura pasividad; en ella también hay una dimensión activa que orienta los cambios hacia donde ella quiere. Esta perspectiva finalista impregna toda la física aristotélica y plantea problemas que no corresponde abordar ahora. Es suficiente advertir que lo que abre las puertas a la finalidad es la presencia de un dinamismo: la materia teorizada por Aristóteles está indisolublemente unida a una potencia para encauzar el devenir de acuerdo con una determinada racionalidad. Antes de él, Platón había hablado de un "ser del devenir", cuya característica principal era "la siguiente: ser un receptáculo de toda generación, como si fuera su nodriza". Frente a esta inmovilidad pasiva y amorfa, la movilidad de la materia aristotélica es formal, y en ello estriba la posibilidad de entender el movimiento como algo más que un mero deterioro de un orden peviamente existente. a pesar de todo, cabe preguntarse qué es lo que da a la materia la capacidad de predeterminar su encaminamiento hacia cierta forma. La paradójica respuesta es que tal aptitud se debe a que la materia no es ordinariamente pura materia. En la materia primera, que se reduce a mera potencialidad informe, no hay rastro de predisposición a ser actualizada de uno u otro modo ni, por tanto, subsiste en ella dinamismo alguno. Por el contrario, en la materia segunda sí lo hay porque en cierto sentido ya es forma: un trozo de marfil, por ejemplo, es una buena "materia" para hacer figuras delicadas porque posee la "formalidad" propia del marfil, la cual es mucho más afín a los complicados perfiles de ciertas tallas que si fuera una piedra o un trozo de hierro; en definitiva, es la forma lo que llama a la forma. En este sentido, la concepción dinámica y finalista de la materia aristotélica se apoya en las concomitancias formales de una materia que está solapadamente mezclada con su opuesto, la forma.