El siguiente escritor de la lista era un fanático de Edgar Allan Poe y de Lovecraft, Eduardo Salcedo. La primera vez que esuchó, por la radio, un relato de Edgar Allan Poe, sintió que el curso de su vida había sido bruscamente trastornado y no cabía en sí de emoción. Tendría unos dieciseis años por aquel entonces. Lo escuchó por la noche, en el walkman, en una oscuridad en la que se colaban tímidamente, por los huecos de la persiana, unas pocas líneas de luz proviniente de la farola más cercana a su ventana. Apenas durmió en toda la noche, en esa noche que para él sería crucial. Al día siguiente corrió a una librería en busca de los relatos de Edgar Allan Poe y alquiló en el videoclub Casablanca una película dirigida por Roger Corman, que no le gustó excesivamente porque, para Eduardo, Edgar Allan Poe no tenía nada que ver con el humor, sino con algo bien diferente. Devoró los relatos de Poe las cuatro noches siguientes y en la quinta noche escribió su primer relato, deudor, como no podía ser de otro modo, de la estética de Poe. Tituló su relato la brújula endemoniada y fue publicada en el mismo fanzine en que Roberto Ruiz publicó la reseña de la muerte de Alberto Jiménez. Roberto leyó el relato y se puso en contacto con Eduardo para proponerle escribir juntos una novela de terror que en las excitadas y retorcidas mentes de Roberto y de Eduardo iba a ser algo así como la gran novela de terror jamás escrita, un referente ineludible del género. Dedicaron más de dos años a escribir su novela, que fue publicada en una editorial independiente dedicada al género fantástico y de terror, y que solamente recibiría una crítica de Luciano Echevarría, en la cual destacaba la ingenuidad de los dos jóvenes escritores y los elevaba al dudoso honor de ser los Ed Wood de la literatura, por los innumerables fallos de la novela. Para Laura Yakovicz la novela escondía bajo un ropaje de subproducto pulp destinado al consumo banal una reflexión de alto contenido filosófico sobre lo monstruoso de la condición humana, sin querer, decía, han escrito una extraordinaria versión del Fausto de Goethe, del Drácula de Bram Stoker y del Frankenstein, de Mary Shelley, una historia conmovedora sobre el destino de los monstruos y sobre la pérdida de la identidad en un mundo esencialmente absurdo y aterrador, con una muy lograda estética posmoderna del fragmento y del pastiche, una obra de culto no apta para todos los públicos.
Domingo Sánchez Ramos era fundamentalmente un cinéfilo y fundamentalmente un fanático de Wim Wenders. Durante años vio unas tres películas por día y naturalmente le afectó al cerebro. No recuerda cómo ni por qué, ni en qué momento, se hizo escritor. No lo decidió, eso seguro. Se encontró de forma natural frente a una pantalla de ordenador, tecleando, prediendo cigarrillos y dando frecuentes viajes a la nevera a por cerveza. En poco tiempo completó dos novelas escritas con un lenguaje muy visual, casi como si se tratara de guiones cinematográficos. Nunca mitificó el oficio de escritor y se consideró siempre un artesano de las palabras que tejía historias sin preguntarse el motivo, por el puro placer de inventar. En su primera novela un chico se va de su casa, sin decir nada, llega a un hotel situado en medio de ninguna parte y alquila una habitación, hace un calor de mil demonios, la hija del propietario del hotel le sigue a todas partes, sacando todas sus armas de seducción, hasta que el chico cae en sus redes y por la mañana el padre les sorpende, desnudos, en la cama, se pone hecho una fiera y saca a patadas al chico de la habitación, la hija del propietario se ríe y no le ayuda. Durante toda la novela el chico apenas habla y el lector está siempre pendiente de lo que va a decir, pero finalmente no dice nada. La novela termina con la imagen del chico corriendo por el tejado del hotel, al atardecer, corriendo a cámara lenta, atravesando luces de neón, envuelto en una música con la que se tejen esos deseos que acaban en tragedias hermosas, escribe Domingo, sintiendo la brisa de ese lugar absurdamente situado fuera de la civilización, ese lugar libre e imposible.
Alejandro Espinoza estudiaba matemáticas en la Universidad, era fan de Led Zeppelin y escribió su primer cuento el día que cumplió 19 años, el primer cuento en que de verdad sintió que era un escritor, que podía ser el peor escritor de la galaxia, pero que aun así era y sería escritor y que aquella condición exigía una entrega incondicional y una determinada forma de ser, una manera peculiar de visión, un modo singular de encarar la vida y la muerte y todo lo demás, una estética de la existencia extrañamente peligrosa y atractiva refractaria a todo proyecto calculado, como había dicho René Char, que lindaba con el abismo al mismo tiempo que liberaba al espíritu y lo hacía danzar y reír con una alegría de águila.
Espinoza conoció el texto de la obra de teatro sobre los recuerdos de un viejo que luchó en la primera guerra mundial y le conmocionó hasta el punto de que quiso saber más sobre la vida y la obra de Silvia del Valle. Nunca se conocieron en persona, pero establecieron una relación epistolar y hablaron mucho sobre la vida, la escritura, la música, la angustia y el miedo al futuro, sobre cómo la gente va desapareciendo de nuestro lado y cae en el olvido y algún día, de repente, los recuerdos inesperados las traen de nuevo a nuestra conciencia y resulta extraño, como si el espacio-tiempo se hubiera contorsionado en una postura imposible, sobre chicos que se van con chicas a vivir a las copas de los árboles, sobre las inestables metáforas en que vivimos y que el tiempo, a veces, deja tiradas en la cuneta, caducas, nada es inmune al paso del tiempo, sobre salir al campo y mirar las estrella y la desgraciada vida de Van Gogh, sobre el batería de Led Zeppelin y el sublime momento de Stairway to heaven en que la batería entra triunfalmente y se te mete dentro de las entrañas con una fuerza descomunal que conmueve al universo, sobre los poetas que se suicidan, sobre la gente que se oculta, sobre los primeros besos con lengua que te llenan, según una metáfora, considerada cursi por ambos, por estar demasiado manida y de escasa calidad literaria, el estómago de mariposas, sobre el misterioso atractivo de palabras como precipicio, sobre la melancolía inevitable, sobre detectives que caminan por el desierto en círculo buscándose a sí mismos, sobre el desencanto del mundo que lo estaba royendo como termitas asesinas, sobre el letargo y la anestesia que devoraba las conciencias malformadas por la televisión, sobre la posibilidad improbable de encontrar un lugar en que no hacer nada y recibir simplemente el sol en la piel como un lagarto de sonrisa irónica, sobre los mapas y la realidad, sobre lo inútil de un mapa que coincidiera con la realidad, sobre las extrañas propiedades de la cinta de Mobius, sobre lo sagrado y lo profano, sobre el humo en las películas en blanco y negro, sobre la elegancia absoluta de Audrey Hepburn, sobre cómo Derrida liberaba al texto de la presencia del sentido, sobre sueños que están más allá de la razón, pero que es preciso soñarlos, inventarlos, acogerlos en la imaginación, sobre estaciones de tren y viajes inciertos, sobre la lluvia y sobre los paraguas rotos y sobre lo difícil que es aprender a caminar sin rumbo, sobre los situacionistas, sobre si los verdaderos héroes era o no los revolucionarios, sobre la voluntad de cambiar las cosas y sobre la dificultad de saber qué hacer, sobre la experiencia estética que justificaba la existencia, según Nietzsche, y sobre si de pequeños querían ser astrónomos o artistas, maneniendo siempre esa indeterminación respecto a qué significa en realidad ser artista, no hace falta definirlo, en realidad no se puede definir nada de modo completo y, finalmente, sobre no saber qué hacer con la vida de uno y confiar en que todo se solucione de algún modo enigmático ocultándose detrás de los percheros.
Espinoza nunca terminó la carrera de matemáticas, dado que empezó pensar en ellas de un modo bastante fantástico, disparatado, irracional, que provocó en sus profesor dudas acerca de la cordura mental de Espinoza, al que trataron, con cariño y alarma, de ayudar, pues le consideraban un chico de inteligencia extraordinaria, de una gran capacidad analítica y de una soltura suerior a la media para manejarse en los mundos abstractos del pensamiento. Pero no había nada que hacer, Espinoza había emprendido un rumbo solitario que se bifucaba en dos posibilidades: la locura, el pensamiento en ruinas de un cerebro deshecho, o la genialidad, la fresca y soleada cumbre a la que muy pocos pueden escalar. Espinoza era consciente de ello durante los frenéticos días en que permaneció encerrado en su cuarto, emborronando papeles con complejos cálculos, diseñando ecuaciones que dieran cuenta del comportamiento caótico del mundo y de las personas. Ecuaciones caóticas y, al la vez, perfectamente equilibradas, elegantes. Pronto su trabajo se reveló como carente de significación, o al menos de significación científica, quiero decir que era un puro disparate, pero estaba lleno de ideas interesantes que se podrían utilizar de otros modos. Habló con Silvia del Valle, le dijo que era preso de una angustia y de una incertidumbre que le estaban destrozando el estómago, Silvia dijo que eso eran los nervios y que con todas las ideas que tenían podía intentar escribir un cuento, Espinoza así lo hizo el dían en que cumplió 19 años y descubrió que era escritor. Más tarde vendría muchos otros cuentos y tres novelas. Las tres novelas están estructuradas de un modo complejísimo siguiendo fórmulas matemáticas, su lectura, sin embargo, es agradable, ligera, propia de un espíritu burlón. En un cuento dedicado a Silvia incluyó a un viejo que luchó en la primera guerra mundial y fue feliz. Silvia agradeció el gesto y se animó a escribir una novela sobre un estudiante de matemáticas que se vuelve medio loco hasta que un día descubre que es escritor y se vuelve loco del todo, loco pero feliz, extrañamente feliz, un bufón melancólico, un tipo con ángel, con la sombra de oro, un tipo con una desconcertante cualidad magnética, feo y delgaducho pero invulnerable. A Espinoza le pareció una buena novela, aunque no se reconoció en ella.
Julián Campos tuvo entre las manos por primera vez un libro de Nietzsche a los quince años y a partir de ahí nunca volvió a ser el mismo. La arriesgada lectura del genio del bigote lo absorvió hasta un punto del todo preocupante, sobre todo para su familia, a la que empezó a despreciar y a maldecir (hay que decir, de todas formas, que antes de leer a Nietzsche ya era un niño de carácter violento). A los dieciocho años se fue de casa y trabajó de camarero, de repartidor, fregando platos, de vigilante en unos grandes almacenes, de pinche de concina, de peón en una obra, de vendedor ambulante, de limpiador en un hotel, descargando camiones, de cajero en un supermercado, de vendedor ambulante, de animador en un camping y de socorrista. Escribía por la noche, con una determinación inquebrantable, como si estuviera demostrándole algo al mundo, con rabia y con orgullo, haciendo ostentación de la fuerza de su voluntad de poder. Rellenó unos diez cuadernos antes de escribir su primer libro, a medio camino entre el ensayo filosófico y la poesía, similar, aunque mucho menos brillante, que Así habló Zaratustra . No intentó publicar ni dar a conocer de ningún modo este primer libro.
Siempre fue un tipo solitario, hosco y arrogante. Lo siguiente que escribió fue un libro sobre Nietzsche, desconociendo acaso el sobresaturado mundo de los estudios sobre Nietzsche que se multiplicaban exponencialmente, como hongos, a un ritmo creciente que parecía no iba a decaer nunca. Esta vez intentó publicar su libro sobre Nietzsche y se lo mandó, impreso, a catedráticos de varias universidades. Sólo recibió una contestación, del profesor Cirilo Sánchez, quien consideraba que el estudio sólo decía obviedades, que aquello de que el eterno retorno significaba que nunca hubo un principio y que nunca habría un final ya lo había dicho Klossowski en Nietzsche y el círculo vicioso y le aconsejaba leer el libro de Deleuze sobre Nietzsche. Julián Campos se sintió decepcionado y le respondió una carta furiosa adornada con retórica nietzscheana en la que le tildaba de académico polvoriento hostil a la vida y de neoplatónico, amenazaba con demolerle a martillazos y acababa diciendo que sólo creen en la educación aquellos que temen a la vida. Un típico arrebato de nietzscheano cabreado. Cirilo no respondió a la carta y Julián Campos se sintió como Nietzsche, al que su época también desconoció.
Algunos años despues escribió un libro de poemas, todo ellos muy apolíneos, en que daba por finalizada su etapa de nietzscheano. En un poema incluso aparecía la brillante luz platónica del Bien y de la Belleza, idea suprema. Al Absoluto se accede por la vía alógica del amor a la verdad, declaraba en el prólogo.
Roberto Ruiz y Alberto Jiménez escribieron conjuntamente una novela de terror a los catorce años. Un viejo profesor alemán de la Universidad de Könisberg llegaba a Transilvania, llevando en su equipaje todo tipo de aparatos complicados, entre ellos un medidor de la frecuencia de ondas que emitían los vampiros y una súper máquina, parecida un horno diminuto, en la que preparaba brebajes misteriosos, mezclando elementos químicos, que le dotaban de las más diversas y fantásticas características: invisibilidad, supervelocidad, superinteligencia, superpercepción, que finalmente no le servirían de nada. También llevaba lupas, ajos, estacas, cuchillos, relojes, libros sobre brujería, sobre ocultismo y, por supuesto, sobre vampiros, que finalmente no le servirían de nada.
Las miradas aterrorizadas con que le recibieron los aldeanos no intimidaron al audaz profesor, amante del conocimiento, pero sobre todo amante de la aventura y del riesgo.
En una posada cercana al Castillo de los Vampiros el profesor de Könisberg pasaba la noche previa a su llegada al Castillo. Durante el transcurso de esta noche soñaba con una sirenas a cuyo canto hipnótico cedía sin oponer ningún tipo de resistencia, pues en el sueño no le daba tiempo a atarse a ningún mástil ni a nada, y las sirenas-vampiro le mordían el cuello con una violencia no exenta de cierto retorcido erotismo y mortal voluptuosidad, chupándole toda la sangre y exiliándole así del mundo de los vivos, para siempre.
Las sirenas-vampiro, despúes de extraerle toda la sangre al profesor, le besaban en la boca y le masturbaban con lentitud y aplicación, sonriendo dulcemente y excitándole hasta el delirio.
El profesor se despertaba sobresaltado, turbado por el extraño sueño, y comprobaba de inmediato dos cosas: 1) que tenía dos marcas rojas en el cuello y 2) que su semen ya no implantaría nunca la semilla de la vida en ninguna mujer; acaso una semilla negra en el útero de las sirenas-vampiro que ahora expandiría la muerte y el terror, un terror peor que la muerte.
Al llegar al Castillo, las sirenas-vampiro abrían la puerta al profesor y a continuación estallaban en unas carcajadas estridentes, que retumbaban por todas las frías paredes del Castillo como el aleteo de murciélagos malignos.
La novela se detenía ahí, aunque la intención de Roberto y Alberto era continuarla. Alberto opinaba que el profesor de Könisberg debería utilizar todo su ingenio y su instrumental técnico para crear un ejército de super-vampiros que vampirizaran a la humanidad, y ellos tendrían que escribir minuciosamente las escenas del ataque. El final de la novela sería la destrucción de la humanidad y de la vida y el inicio de una nueva era de terror y oscuridad gobernada por los vampiros. Roberto, sin embargo, pensaba que tras las carcajadas de las sirenas-vampiro el profesor debería comprender que se hallaba en peligro, a punto de experimentar un terror peor que la muerte, que era el objeto de una broma macabra y que la intención de las sirenas-vampiro era usarlo como juguete sexual para crear una raza de vampiros y luego encadenarlo en un oscuro calabozo donde residiría eternamente. El profesor intentaría huir, mientras las carcajadas de las sirenas-vampiro proseguían. Fin de la novela.
Algunos años despúes, Roberto, recordando los días en que escribieron aquella novela de terror, llamó a Alberto, que había abandonado la escritura literaria y se dedicaba a la crítica cinematográfica, y le propuso escribir un guión. Alberto aceptó. Tras agotadoras sesiones de escritura, discusión, cafés y cigarrillos, escribieron la historia de Enma, una niña-vampiro, que rodó un director polaco. La película fue un fracaso comercial, pero se convirtió en una película de culto. Dos años despues, Alberto moriría en extrañas circunstancias. La reseña de su muerte fue publicada por Roberto en un fanzine sobre películas de terror y de serie B, prácticamente desconocido, publicado en fotocopias en blanco y negro, y según Laura Yakovicz se trata del texto más dolorido y hermoso que ella haya leído nunca.
Andrea de la Cueva Torres escribió durante más de diez años un diario en que mezclaba ficción y realidad, escrito, dice Laura Yakovicz, con una prosa acuática y nocturna que acaricia como un murmullo de espuma y crepúsculos el cerebro del lector. Sabemos que Andrea sufría crisis nerviosas, que siempre tuvo dificultades con las relaciones personales debido a su tendencia al mutismo y al aislamiento, que era muy hermosa, que su extrema sensibilidad la llevaba a territorios cercanos a la locura y al desamparo, que podía contemplar, absorta, durante horas, el mar, y escuchar música horas y horas y que su mayor y desgarrador deseo era huir, un deseo indefinido, vago y abrasador. Si pudiera simplemente huir, repite a lo largo de sus inumerables páginas, como un mantra. Al cumplir los treinta años la pista de Andrea se pierde. Tal vez huyó por fin, conjetura Laura. El diario se interrumpe. Las similitudes entre el diario de Andrea y los diarios de Alejandra Pizarnik son evidentes, pero también lo son sus diferencias. Andrea nos cuenta invariablemente sus deseos, variedades de su único verdadero e imposible deseo: huir. En la entrada del 23 de abril de 1990 Andrea escribe: si tan sólo me fuera concedido el don de construir dos alas con los retazos tristes de barcos de papel perdidos por niños asustados, tan sólo el roce de niebla de un suspiro en el desierto, cruzaría las noches estrelladas hasta legar a los confines de todo, y entonces dejaría de contener la respiración, sería como una muerte en que renace una vida que es más que la vida, y la angustia se apagaría como la pantalla de un televisor, si pudiera tan sólo escuchar la risa de alguien, de cualquiera que pasara por la calle y me saludara, si pudiera tan sólo vivir, caminar descalza por la hierba o por la arena, y sentir que todo está bien así, que no hay ningún monstruo, ningún agujero negro que temer porque te va a engullir, si tan sólo me fuera concedido el don de huir de aquí, de correr feliz hacia allí, mis dos alas frágiles me ayudarían a soportar el peso de mi cuerpo y ya no habría nada que hacer, ningún deber que cumplir, ninguna esperanza en el futuro, tan sólo la calma del crepúsculo perezoso y el viento, el viento que me habla, que me susurra al óído parajes que no existen y que yo sé verdaderos, mi verdadera patria, inexistente, yo que soy, que siempre he sido, una exiliada, un trasto viejo en tierra de nadie, si tan sólo me fuera concedido el don de desaparecer, como desaparece un nombre en la superficie del lago, y poder al fin ser nadie bajo las estrellas, pero la corriente de la vida impone su hastío y la estupidez de los hombres es semejante a una cadena, semejante a dardos, semejante a escupitajos de lava.
Los repentinos ataques de misantropía fueron una constante en la vida y en la obra de Andrea. Muchas veces -muchas noches- pensó que su destino era el mismo destino que el de Anne Sexton o el de Sylvia Plath: el suicidio. Qué fue de ella, sin embargo, no lo sabemos. El 6 de junio de ese mismo año escribió: los hombres no son felices y mueren y yo no tengo ganas de hacer nada. El aburrimiento es un estado de ánimo que descubre la esencia putrefacta del mundo, su inutilidad y su sinsentido. Odio con una furia suprema, con dientes rotos y relámpagos crueles, con puñetazos, con nudillos ensangrentados, odio vuestra mierda de sistema y vuestra vida de adultos, os odio tanto que a vecs me asusto de mí misma y os pegaría un tiro en la nuca sin dudarlo, hoy estoy especialmente irritable, insoportable, ningún ser humano querría tenerme a su lado, voy a llorar con las persianas bajadas y espero que con suerte la angustia pase y me sean concedidas mis anheladas alas, si pudiera simplemente huir; somos indigentes ontológicos, todos nosotros, no somos del todo, somos pedazos, fragmentos, el mundo entero ha sido despojado de significatividad, ya no significa nada, ya sólo me queda emprender la huida, la peligrosa huida, el correr salvaje de niña sin civilizar, de muñeca ebria de fuego y de llanto. Oh, todo es tan desolado, tan jodidamente triste.
El humor extremadamente cambiante de Andrea hacía que fuera muy difícil convivir con ella. Era, no obstante, delicada y amable la mayor parte del tiempo, incluos alegre, solía bromear y reírse, pese a que en su Diario prevalezca el miedo, la angustia, el odio, que reservaba para su escritura, como peligrosos artefactos que deben explotar de forma controlada en un lugar donde la única dañada resulte ser yo, escribe Andrea en una de sus última entradas. Un día, como decíamos, dejó de escribir su Diario, desapareció y no sabemos qué fue de ella. Laura Yakovicz dice, de forma un poco cursi, que quizás halló, al fin, dos alas frágiles con que soportar el peso de su cuerpo.
Dominique Lapierre, de origen francés, se trasladó a España a los quince años y fue el autor más prolífico de todos los comentados por Laura. Escribió más de setenta novelas entre los quince y los cuarenta años, con un estilo informal y ágil, en las que aparecen una serie de personajes un tanto estrafalarios: el mono suicida, la camarera lesbiana y drogadicta que pinta cuadros usando su propio pelo como pincel, el tuerto cuyo afán por dominar el mundo le llevó a ingresar en el manicomio de Mondragón, donde conoció a Leopoldo María Panero y juntos escribieron un libro inédito de poemas, un enano verde que luce en la oscuridad y habla en latín, un espía abstemio con agorafobia, un personaje de dibujos animados que nunca existió y cuya figura, en consecuencia, es desconocida, una trapecista adolescente con el poder de enamorar para siempre a todos los niños que acuden al circo, un profesor de matemáticas que vive encerrado en su casa y que odia pensar sólo en tres dimensiones, un alumno de filosofía que planea matar a una profesora de la Universidad de Salamanca y muchos más personajes surgidos de la imaginación de Dominique que nos es imposible referir aquí en su totalidad. Poco se sabe de su vida. Escribió mucho y un día dejó de hacerlo. Según Laura Yakovicz la literatura de Dominique es deliberadamente intrascendente, con un imaginario fruto de la cultura popular de los cómics y de las series de televisión y de dibujos animados. Describe peleas entre superhéroes y sus archienemigos en casi todas sus novelas. Solamente una novela tiene un corte más autobiográfico y nos permite inferir la personalidad de Dominique, es la historia de un niño solitario que juega con sus muñecos, ve dibujos animados y no tiene nada que decir sobre el sentido de la vida. Al llegar a la adolescencia se enamora, al salir de la adolescencia su novia no le soporta y al llegar a la vida adulta vuelve a ser un niño solitario cuya única pasión es escribir unas tres novelas intrascendentes por año.
Raúl Sánchez Blanco escribió poemas, articulos, ensayos, novelas policiacas, de ciencia-ficción, de fantasía, históricas, tratados sobre geometría fractal, libros de viajes, greguerías y cuentos. Se sabe que conoció a Blanca Soller, la autora de un único relato escrito a base de frases inconexas, y que le pareció un ser pedante y despreciable, un engreído y un capullo. Creía saberlo todo acerca de todo, comenta Blanca, y en realidad no sabía una mierda, ese psicópata con complejo de Edipo. Probablemente seguía siendo virgen a los treinta años. No obstante, su escritura es calificada por Laura como un terremoto ingobernable que abarca todos los terrenos, como un lúcido y frenético intento de ver las cosas desde todas las perspectivas posibles.
Agustín Flórez tuvo su primera experiencia sexual con una joven profesora de inglés de su instituto, experiencia que moldeó literariamente convirtiéndola en su primera novela, donde disimuladamente copiaba a Henry Miller y daba rienda suelta a sus fantasías sexuales. La novela abunda en los tópicos del género erótico y no tiene muchas pretensiones. Según Laura Yakovicz Agustín simplemente sintió la necesidad de narrar su experiencia y jamás pensó en su publicación mientras escribía, lo cual dotó a la novela de un estilo desenfadado de agradable lectura. Su segunda novela, sin embargo, es la que justifica su inclusión en una lista de autores osados, radicales y alarmantes. Esta vez el sexo, la violencia y la muerte conforman una escenario surrealista y brutal. Esta vez no copia disimuladamente a Henry Miller sino a Georges Bataille y al marqués de Sade, logrando, sin embargo, una voz propia extraordinariamente singular. La novela da miedo y es sumamente triste y desesperada.
Laura Yakovicz escribió en 1997 un raro ensayo sobre diversos escritores desconocidos que sobresalían por sus peculiares ideas, todas ellas colindantes con la extravagancia o con la locura, escritores aficionados a los laberintos, a jugar al ajedrez contra ellos mismos al amanecer, a beber cerveza con whisky, a confeccionar listas de objetos para representar el mundo, a pasar horas mirando el techo imaginando películas de dibujos animados en blanco y negro, a recortar fotos de revistas, al expresionismo abstracto, a la espiral áurea, a la mitología griega, a la física cuántica, a mirar por la ventana, a la luz amarilla de las farolas viejas de los cascos antiguos de algunas ciudades, a la lluvia y a las paradojas.
Comentó a un total de treinta y dos escritores. Todos ellos habían escrito su obra, absolutamente desconocida, antes de cumplir los cuarenta años. Se trataba de obras radicales y alarmantes, a veces incomprensibles pero siempre osadas. Entre ellos había escritores que consideraban a Bukowski un analfabeto, escritores que lo consideraban un gran poeta, escritores misántropos, escritores religiosos, escritores que decían sentir verdadero asco por la metaliteratura y que odiaban a los animales, escritores que sólo leían a Proust, escritores que leyeron a Baroja en el colegio pero no les gustó demasiado y otros que leyeron a Valle-Inclán y sí les gustó, escritores a los que no les gustaban las historias pero que sentían una necesidad imperiosa de ver palabras impresas, escritores que leyeron cuentos de pequeños y otros que sólo recuerdan ver dibujos animados durante horas y horas, escritores que odiaban a otros escritores y escritores que amaban hasta las hojas de los árboles.
Uno de ellos, Víctor Delgado, había dedicado dos años de su vida a escribir un largo y rencoroso poema contra la chica que no le dejó tocar sus tetas, en una excursión del colegio, cuando ambos tenían catorce años. En el poema explicaba que aquel suceso había arruinado su vida, que aquel deseo insatisfecho de tocarle las tetas le había perseguido durante años, que todas las noches soñaba con que le tocaba las tetas y que su obsesión había llegado a un punto de tensión insoportable. Las demás tetas son para mí un vasto prado de silencio, decía en uno de sus últimos versos. Añoro tus pezones adolescentes, que nunca pude ver, que no acaricié con la suavidad de un pianista haciendo música sobre un lago, esa es la cruz que arrastro. Toda su obra giraba en torno a las tetas. Hay dos cosas interesantes en el mundo, las tetas y las tetas, solía decir y escribir en sus ensayos. Lo último que escribió fue la segunda parte de su largo y dramático poema, Redescubriendo las tetas, de un tono menos furioso que el anterior, titulado simplemente Tetas. En esta ocasión el poema adoptaba la forma de una carta dirigida a la chica que según él arruinó su vida al no dejarse tocar las tetas, que era lo único que él deseaba hacer en esta vida, y le informaba de que había descubierto otras tetas mucho mejores que aquellas tetas pequeñísimas suyas y que esta vez las había tocado durante horas. Ahora soy feliz y ya me puedo morir. Así finalizaba el libro
Silvia del Valle, según nos refiere Laura Yakovicz, escribió, a los dieciocho años, una obra de teatro, irrepresentable por culpa de su larguísima duración y de su prácticamente nula acción. Trataba, sorprendentemente, sobre los recuerdos de un viejo que había luchado en la primera guerra mundial, un tema a priori ajeno a una chica que contaba dieciocho años al final de la década de los noventa y que había llorado la muerte de Kurt Cobain. En la obra aparecía un viejo en una trinchera con un fusil en la mano y un cigarrillo en la boca; se trataba del único actor que aparecía en la escena durante las casi seis horas y media que supuestamente duraba la obra, una obra llena de interrogantes silenciosos y de perplejidad creciente. (Atardecer, se escuchan disparos, explosiones, el fulgor rojo del crepúsculo se intensifica hasta convertirse en un río de sangre que chorrea por la trinchera. El viejo sonríe y comienza un disertación sobre el por qué de la guerra. Se lo pregunta al público, a continuación espera en silencio la respuesta, frunce el ceño, arroja el cigarrillo al suelo ensangrentado, que se queda flotando como un pequeño cadáver en tierra de nadie). Yo, a pesar de todo, fui feliz en la guerra porque entonces era joven, aunque sé que muchos jóvenes no son felices por el simple hecho de ser jóvenes. Hay jóvenes que no son felices y sin embargo no están librando ninguna guerra. Yo estaba en una guerra y era feliz y me enamoraba de las enfermeras y me gustaba estar todo el día en el campo y no tener que estar encerrado en una casa, porque a mí me gustan los horizontes abiertos. El viejo continuaba así durante horas, elogiando los beneficios de la guerra: la fortaleza física, la virilidad y la fraternidad, el honor de los guerreros, el contacto con lo originario, etc. Al final de la obra la sangre anegaba por completo la trinchera y el viejo moría ahogado con una expresión inmutable en el rostro. Nadie sabía muy bien si se trataba de un verdadero elogio a la guerra -poesía épica, decía en algún momento el viejo-o una ambigua forma de criticarla por medio de una ironía dudosa, o quizá no era ninguna de las dos cosas, ni un elogio ni una crítica, y se trataba de un encogimiento de hombros frente a un mundo esencialmente absurdo. Silvia no comentó nada acerca de su obra, se limitaba a dibujar en el aire un gesto que podía querer decir cualquier cosa o no querer decir nada, como si las palabras fueran impotentes. La única respuesta que tenía Silvia era encogerse de hombros. La siguiente obra que escribió fue una novela en la que un chico conocía a una chica y ambos se iban a vivir a un árbol solitario junto a una carretera por la que apenas pasaban coches. La escribió con una prosa sencilla y cinematográfica, manteniendo, dice Laura Yakovicz, un pulso narrativo envidiable que no decae ni un solo segundo. Al final de la novela el otoño despoja al árbol de sus hojas y la chica pregunta ¿qué estamos haciendo aquí? El chico se encoge de hombros. Suena el pitido de un coche. Se hace de noche. Fin.
El siguiente escritor comentado por Laura Yakovicz era Sergio García Robles, amigo de Víctor Delgado. Escribió una serie de relatos sobre personajes atormentados por culpa de un exceso de lecturas de literatura rusa y por una fijación obsesiva con la geometría y la astronomía. En la línea y el círculo, el relato que mejor define su personalidad y sus preocupaciones intelectuales, un personaje trata de entender que un círculo con un diámetro lo suficientemente grande se convierte en una línea, lo que le lleva a decir que una línea es en realidad un círculo y que el universo es muy extraño. Si tuviera una mirada lo suficientemente potente, al mirar al frente posiblemente viera mi nuca. A Víctor Delgado no le gustó nada el relato y así se lo dijo a Sergio, tu relato es una mierda, no te ofendas pero da la sensación de que eres un perturbado peligroso. Sergio no se lo tomó mal, o eso pareció al principio, pues lo siguiente que escribió fue un durísimo ataque contra los escritores que se centraban exclusivamente en la geometría de los pechos femeninos y descuidaban la geometría platónica del Universo y los grupos de galaxias que giraban y se alejaban a velocidades vertiginosas. Víctor Delgado respondió que sin duda la geometría del universo era hermosa únicamente por el hecho de albergar la geometría carnal y bamboleante de un buen par de tetas y no por la rigidez formal de los mundos platónicos ni por las abrumadoras distancias cósmicas. Si la belleza existe, concluía, se concentra de un modo asombroso en los pechos femeninos.
De esta forma la amistad entre Víctor y Sergio se quebró para siempre.
Sergio replicó que a él también le gustaban las tetas, pero que era excesivo centrar toda una carrera literaria en ellas y que si una chica de catorce años no se deja tocar las tetas está en su derecho y no hay por qué hacer un drama. Víctor le acusó de ser un escritor poco radical y aburrido presa de un misticismo geométrico pseudocientífico y que además se olvidaba de las personas porque únicamente le preocupaban los círculos y las líneas y que por qué no dejaba de dar el coñazo de una vez por todas.
Sergio, no obstante, no se desanimó y escribió una novela mastodóntica sobre la banda de Möbius, en la cual un hombre camina hasta alcanzar el otro plano del universo y luego vuelve a este plano otra vez, y así indefinidamente, atrapado en un caminar sin sentido en el cual en realidad camina siempre por el mismo plano y no se mueve nunca del sitio. La novela es profundamente melancólica y un ataque directo a la concepción lineal del tiempo del cristianismo y un ataque oblicuo al tiempo y espacio absolutos de Newton, reivindicando a Aristóteles y a Einstein, con una aparición estelar de Nietzsche hablando sobre el eterno retorno, donde grita enfurecido que nunca hubo un comienzo y que nunca habrá un final.
La siguiente escritora comentada es Blanca Soller, que solía tomar una manzanilla y fumar un porro a las doce del mediodía, hora en la que empezaba a escribir. Únicamente publicó un relato a los treinta y dos años, que estuvo reescribiendo durante años, quizá desde los quince. Su meta era llegar a una perfección absoluta. Se desquició en el intento y lo único que logró fue un texto inconexo de frases sueltas sin mucha relación entre sí. Escribía: hoy tengo sueño, todos moriremos solos, no me gusta nada comer sola, recuerdo un invierno en que habían desparecido mis guantes de lana y las manos heladas me dolían de frío, creo que los peces piensan en secreto y están descifrando el por qué del universo, me gustaría nadar más, tengo que dejar de fumar, anoche me deprimí mucho sin saber por qué, es probable que me saque el carnet de conducir, adoro los atardeceres y la música. Y así continuaba durante unas cuarenta y cinco páginas. Laura Yakovicz comenta que se trata de una escritura en la que se puede sentir como un zarpazo la tragedia del nihilismo y del desencanto del mundo occidental. Sergio García elogió fervientemente el texto, y comentó que las frases sueltas nos entregaban al abismo de un mundo sin sentido, como miríadas de puntos que no se encuentran nunca, átomos aislados incapces de formar una línea; el individualismo de la sociedad capitalista se trasparenta a través de esa escritura fragmentaria profundamente desgarrada, dijo.
Epílogo
Encontré el libro de Laura Yakovicz en una vieja librería cerca de la Plaza Zamora, en Salamaca. Los libros de los autores que comenta son prácticamente imposibles de encontrar, por lo que tendremos que limitarnos a pensar en ellos como libros posibles, como libros potenciales, como libros por venir aunque ya hayan sido escritos. Los autores son reales, pero se hallan en paradero desconocido.
Por supuesto, y como ya he dicho y repetido centenares de veces y lo seguiré haciendo hasta el día en que me muera, RADIOHEAD son la culminación suprema de la música, el acontecimiento más importante de la historia del universo, la justificación de la existencia. No exagero por la sencilla razón de que es imposible exagerar hablando de genios en estado puro.
http://www.youtube.com/watch?v=BrZTNhW44-o&mode=related&search=
Imposible escapar de la música de Yann Tiersen, imposible no dejarse envolver, no dejarse arrastrar, no dejarse hechizar, no dejarse fascinar.
Un domingo por la tarde sin nada que hacer y sin ganas de hacer nada no tiene por qué ser una catástrofe. La verdadera catástrofe, el verdadero error, sería un mundo sin música, es decir, un mundo invivible.
Con mi visión perturbada por alucinaciones, dispuesta a dejarse engañar por catalejos oxidados y por linternas mágicas, te vi saliendo de la espuma negra de un mar semejante a un monstruo bueno y triste, y tus pies diminutos y blancos avanzaban sumergidos en la arena, danzando al ritmo de las pulsaciones de la noche, y te esperaba subido a una roca, fumando un cigarro; era apenas la brasa roja intermitente en la oscuridad.
En algún momento me despisté y debí de cerrar los ojos porque cuando los abrí ya te habías evaporado como la ceniza que siempre se fuga con el viento y me encontraba solo pero feliz, escuchando una música que sólo existía en mi cabeza y que recorría mis venas como una corriente eléctrica, como si tuviera luciérnagas bellas y suicidas navegando por mis venas.
La música no aliviaba tu ausencia pero yo sentía que la escenografía del mundo se quebraba y revelaba su farsa, y brotaba una serenidad desnuda de artificios y pletórica de horizontes abiertos...
Si fuera una estrella del rock pondría una pose interesante y despreocupada, la mirada de mis ojos se perdería como la de un dios atormentado e indiferente en el humo denso de los bares y dejaría que la música jugara con mi cuerpo como si fuera una marioneta en manos de fuerzas invisibles y poderosas. Viviría dentro de las canciones y quizá me comprara unas gafas de sol. Cuando me hablaran del futuro no prestaría atención y bostezaría de aburrimiento.
Escudriñando un cajón absolutamente caótico en que atesoraba mis más precidas poesiones, destinadas, por otra parte, a sucumbir a la ferocidad implacable de Cronos, que todo lo devora, y a habitar así en el limbo del olvido, encontré cuentos, incios fallidos de novelas, poemas horribles, recortes de revistas de divulgación científica (no me enteraba de nada, pero me apasionaba el big-ban, los agujeros negros, el experimento de la doble ranura en que el observador colapsa la función de ondas, la dilatación del tiempo etc), un texto sobre Tim Burton en el que demostaba que Tim Burton era Dios, Pregúntale al polvo, la novela de Jhon Fante, fotocopiada, también fotocopias de fragmentos de Héroes y de Días extraños, de Ray loriga, un texto sobre la locura de Hamlet que escribí para la clase de literatura en el Instituto, en primero de bachillerato creo, y que publicaron, sin que yo me enterara hasta verlo impreso, en la revista del Instituto (por cierto, Hamlet sigue siendo uno de mis libros favoritos. Es más, yo diría que es el mejor libro de la historia de la literatura).
En una especie de novela-diario o algo así, en un texto huérfano de género en realidad, escribía así en el año dos mil:
Si alguien me preguntara sobre qué escribo le diría que sobre nada en concreto, que no cuento historias, ni hablo de guerras, que no tengo apenas personajes y que no les doy nombre porque no tienen identidad y quizá todos sean la misma persona, que no hay grandes catástrofes, ni grandes aventuras, ni misterios, ni asesinatos intrigantes, ni pensamientos deslumbrantes, ni tan siquiera escribo exactamente sobre mí, sobre cómo soy en realidad, ni tampoco la vida o la muerte recorren mis páginas, el alcohol y la noche quizá aparecen muy a menudo, y tampoco es que sea yo un alcohólico o un animal nocturno, pero en fin, ya que no escribo sobre muchas cosas, sobre algo tenía que escribir.
Libro este de voluntad poética, perdido en una inmensidad de hojas blancas de papel recién hecho como ángeles/murciélago exterminadores y analizadores de almas.
Sin pistolas cargadas ni descargadas, sin reconocerme en el espejo, aporreando las teclas, volando por los aires los puentes del presente en el que gimen un montón de imbéciles como yo, busco y no sé qué busco porque no aprendí a vivir. Me visto de pura escarcha, con el otoño, y estoy hueco.
Viernes noche. Otra noche más, otro viernes más, nada más. La tarde de viernes espera a la noche, mientras tanto suena la música, ahora suena Lou Reed. La niebla de irradiación de esta tarse se introduce por mis huesos con una mezcla extraña, curiosa, de alegría y tristeza, de belleza dolida, sublime. Puedo perder la fe en la humanidad, pero no en la niebla de este útimo día de noviembre, de esta belleza sincera y calmada que invade la tarde y me invade a mí. Podría vivir eternamente en esta paz, en esta belleza inmóvil, mirando esta niebla que me parece como el alma de las ciudades en invierno. Guitarras acústicas, tristes, ponen la banda sonora a la tarde de viernes, a la imagen de esta niebla espesa, poderosa, inmensa. Parece que siempre ha estado ahí, que siempre ha habido niebla, que es eterna, que no tiene materia y que jamás volverá a marcharse y ya no puedo imaginar el mundo sin esta niebla del treinta de noviembre y sin el humo viejo vertido por las chimeneas que se confunde con la niebla. La niebla borra los contornos de las cosas, las descubre o las reinventa, les da nuevos y afortunados matices. Las chimeneas parecen tener ahora sentimientos, más que los artistas hipersensibles que vagabundean por el mundo sin nada que hacer salvo, quizá, expresarse. Expresarse a través del mundo o, más bien, el mundo te elige para expresarse él, su ritmo que te retumba en los huesos y cuyo eco perdura indefinidamente, haciendo sonar cuerdas olvidadas de tu memoria, de lo que eres y no sospechabas que eras.
La tarde va a su ritmo. El tiempo no existe, somos nosotros en el tiempo, somos nosotros los que pasamos. He ahí lo trágico, somos nosotros los que desembocamos en el mar.
Los tejados se recortan sobre la niebla, que todo lo rodea. Destacan las antenas, los cables, toda esa ferralla metálica, inerte. Nadie se pregunta por el sentido de la existencia de las piedras, de los metales, quizá sea el mismo que el nuestro, es decir, ninguno.
Tim Burton, el poeta de las sombras
Todo comenzó en Burbank, lugar que sus padres consideraban el paraíso y que para Tim Burton era un lugar maravilloso desde el punto de vista infernal... Cuando uno es pequeño, piensa que todo es extraño y, a su vez, piensa que todo es extraño porque uno es pequeño. pero un día uno descubre que ya es un hombre y que todo es extraño. Fue un pésimo estudiante, al igual que otros genio como Kubrick o Tarantino. En esa época fundó el Club del cementerio, solía ir solo al cine, nadie le comprendía, rodó una película con muñecos a la que llamó La Isla del Doctor Agor, con influencias evidentes de El gabinete del Doctor Caligari, película fundamental en el Universo Tim Burton. Otras influencias son todas aquellas películas de terror que producía la Hammer, en las que la sangre era de un rojo muy brillante e intenso.
La estética expresionista, la obsesión por los acabados perfectos, las perspectivas y espacios geometrizados diagonal y contradiagonalmente, el manejo perfecto de las luces y las sombras, del claroscuro, la combinación entre lo poético y lo sombrío, ente el lirismo y el gusto por lo bizarro, y su desbordante imaginación, hacen de Tim Burton un prodigio de la dirección en un Hollywood del que se burla despiadadamente con sus marcianos verdes y cabreados.
Tim Burton es, sin duda, el gran genio del cine fantástico, el único capaz de crear esa atmósfera fantasmagórica que envuelve a sus películas, un disparate barroco de fantasía, un mundo paralelo.
Artistas incomprendidos, su ídolo Vincent Price, el peinado, Winona Ryder, la música de Danny Elfman, los seres que habitan la noche, el mito de Frankenstein, Edgar Allan Poe, la inclinación hacia temas macabros por el puro deleite de lo macabro, la navidad, calabazas, espantapájaros terroríficos, Jhonny Deep, su acor fetiche y álter ego en la pantalla, cementerios, oscuridad, leyendas, Ed Wood, películas de serie B, la constante revisitación del monstruo, el cuento de hadas en su forma favorita, la bella y la bestia, la amargura y la sensibilidad.
Con su cara de enfermo mental y su vestimenta negra, Burton luce casi como uno de sus monstruos, y es que nadie ha sabido captar como él la rara belleza de los monstruos, en sus escenarios irreales, envuetos en niebla, enfocados diagonalmente, tristes por su destino de monstruos, tristes porque no pueden alegrar a los niños en Navidad, aunque hayan secuestrado a Santa Claus; su corte de seres de la noche asusta a los niños, su ciudad es halloween. Jack Skellintong debe resignarse a su destino de mosntruo, Eduardo Manostijeras vivirá solo en su castillo, fabricando la nieve.
Hay una teoría que sugiere que Tim Burton es Dios. Me explico: en Tim Burton habitan tres personas: el de las superproducciones (Batman), el de sus proyectos personales (Pesadilla antes de navidad, Eduardo Manostijeras, Ed Wood) y, por último, sus comedias (Mars Attack, Beetlejuice).
P.D: como se ve, era un fanático de Tim Burton en el Instituto. Despúes de escribir esto me decepcionó con su versión de El Planeta de los Simios, cuyo final ni siquiera entendí, pero a Tim Burton se lo perdono. No creo que pueda superar Ed Wood, su mejor película, sin duda.
Los símbolos son extraños, funcionan como signos que refieren a algo distinto de su figura, a algo distinto de sí mismos pero que a la vez está contenido en ellos: la inadecuación entre la figura y el contenido que inquietaba a Hegel. Sí, son inquietantes, su contenido escapa a cualquier intento de determinación.
Mañana cuando el sol se apague
y nos vayamos todos a la mierda
será como si nunca hubiera habido nada
y no sé por qué
me da por pensar en eso
quizá sólo para entretenerme
o para estremecerme
o para darme ánimos y sobrevivir
al desfile monótono de los pájaros
con el vientre herido.
Aparte de escribir el cuento bastante tonto de ahí abajo, he superado mi mitológicamente gigantesca y proverbial pereza y he puesto dos nuevos enlaces.
Ella y la guydebordiana caspa de estrellas.
Hale, a leer
El Rey sin cabeza se estaba volviendo loco.
En su reino nadie le hacía caso, todos se mofaban de él, como si fuera el último bufón, el último mono maricón al que están a punto de matar metiéndole plomo derretido por el culo, como sucedía en alguna novela, creo, y no el supremo soberano, fuente de toda verdad, de toda justicia, ley eterna y majestad divina, que regía el cosmos y la ciudad con su sabiduría inquebrantable y con su porte altiva y el gesto desdeñoso fruto de la autoconciencia de su superioridad incuestionable.
Las risas de los súbditos, sin embargo, no llegaron nunca a oídos del Rey sin cabeza, pues su ausencia de cabeza implicaba, por rigor lógico y fisiológico, una ausencia de orejas, de esos orificios pequeños (o grandes, según los casos) que nos ayudan a introducir en nuestro organismo sonidos que luego nuestro cerebro interpreta y que a veces son música, otras veces son risas, otras veces son palabras, otras veces son pitidos de coches, otras veces son ruidos de obras, otras veces son gritos de dolor, otras veces son gritos de placer, otras veces son dientes que rechinan, otras veces son aparatos de radio, otras veces son televisores que se han quedado encendidos, otras veces son moscas que zumban a un volumen altísimo, otras veces afiladores de cuchillos, otras veces motoristas sin casco, otras veces palmas, otras veces silbidos, otras veces vecinas que gritan, otras veces el ruido de persionas que se bajan, etc... así que la tarea de escuchar se le había vuelto extremadamente complicada al rey sin cabeza que se había transformado en bufón y en mono maricón. Yo diría, ahora que lo pienso, que es posible que haya un director de orquesta dentro de nuestro cerebro, o puede que no, quién sabe, en cualquier caso la cuestión es que el Rey sin cabeza no oía las risas que lo humillaban por no tener cabeza.
Parece un pollo sin cabeza, decía alguien, y a todos les parecía que un pollo sin cabeza chorreando sangre como un aspersor macabro era muy gracioso, y todo el reino se llenaba de carcajadas, de las carcajadas de niños terribles que no tienen respeto por la vida humana y apedrean al gordo de la escuela en el recreo. El reino se llenó de carcajadas, mientras el Rey, solitario, taciturno, triste, meditabundo, solitario, acogido en el seno de los nacidos bajo el signo de Saturno, hamletiano, existencialista, cabizbajo, alicaído, flemático, irritable, nervioso, no oía nada ni veía nada, porque, aunque no hemos hablado de ello todavía, la ausencia de cabeza del Rey sin cabeza implicaba, por extraño que pueda parecer, una ausencia de ojos, y sin ojos es difícil ver, quizá algún día consiga ver algo, a veces el Rey dice que ve sirenas que se transforman en cuerpos desnudos de mujeres bañados en espuma que se acercan a su cama y jadean y les ofrecen sus pechos para que juegue con ellos porque él es el Rey y tiene el privilegio de gozar de los pechos más fantásticos que el dios que moldea el barro y le infunde vida con su aliento ha tenido a bien crear, pero todos en el reino sabemos que se trata de una alucinación, porque el rey no tiene orejas por no tener cabeza y es imposible que las oiga jadear y decirle todas esas cosas, invenciones propias de hombres fantasiosos que han perdido la cabeza.
Cómo perdió el Rey su cabeza es algo que no sabemos muy bien. Yo nunca le he visto con cabeza. Quizá quedó a medio hacer y nunca tuvo cabeza, quizá se la cortó la reina de coraones, no lo sé, es ocioso que me ponga a especular, no tiene cabeza y punto, es así, yo no he inventado el mundo ni sus leyes.
Carecía también de boca y, en general, de todas las cosas que están en la cabeza. Decía cosas, pero no por la boca, se imaginaba que los que tienen boca al decir las cosas las cosas pasaban por sus bocas, pero esto no es así, y hubo que explicárselo, si yo dijera camión gigante con cuchillas a los lados al pasar el camión por mi boca me destrozaría los mofletes, dijo alguien, así que las cosas que decimos no pasan por la boca. El Rey siguió sin comprender qué pasaba entonces cuando alguien hablaba, y algunos que al principio lo entendían dejaron de entenderlo y se quedaron huéfanos de explicación y prefirieron, por si acaso, dejar de hablar. Hubo un montón de mudos precavidos en el reino del Rey sin cabeza, y el Rey decretó no hablar, dijo que era más seguro que, a partir de entonces, se transmitieran los pensamientos directamente, sin intermediarios peligrosos.
Cesaron, entonces, las carcajadas, y el rey recuperó parte de su prestigio de sabio. Sin embargo, algo terrible sucedió, las risas ahora le llegaban al rey directamente, y las oía. La primera vez que las escuchó no supo muy bien qué era lo que estaba oyendo; ese sonido desarticulado, caótico, que parecía no significar nada.
Comezó a sentirse muy inquieto y muy triste y muy angustiado y comprendió que se reían de él y que lo habían estado haciendo desde siempre e intentó suicidarse cortándose la cabeza.
Pero no tenía cabeza.
En las afectadas maneras de la poesía española hay algunas excepciones felices, escritores que se internan en su disecado mundo de verborrea vacua como Luke Skywalker en la estrella de la muerte y lo dinamitan desde dentro. Palabra de Caronte, palabras tartamudas raspadas en la piedra, por monos desnudos, por monos asustados y valientes, incluso por monos temerarios (sólo los poetas son tan valientes) que a veces se parecen a una sandía.
A veces estamos de resaca y estamos tristes, pero nos agarramos de los pelos y nos levantamos. Sostenemos largas tertulias con fantasmas borrachos. Es raro, lo sabemos, pero es absolutamente necesario o el mundo se hará mierda, mierda con la que un artista de mierda que tal vez habitó algún rincón desconocido de la memoria de Georges Perec dibujará un mapa de Europa parecido a un escarabajo pelotero.
Y bebiendo, borrachos, la lluvia nos metamorfosea y de dadaístas terribles que acribillan a pedradas al monstruo del lago Ness nos convertimos en seres insultantemente sentimentales que piensan más de lo común en el amor.
Un tal Manuel Astur ha escrito un muy buen libro. Leánlo o saldré a la calle a disparar a gente al azar.
P.D: Vayan a La soledad del pinchadiscos, allí lo encontrarán.
Una brizna de ceniza ardiente acaba de incidir sobre mi dedo anular.
No es un acontecimiento espectacular, cierto, pero una vida consta de pequeños acontecimientos y no de grandes metas. Escupimos sobre las grandes metas, nos reímos de las grandes metas, despreciamos las grandes metas, estamos por encima (o por debajo) de las grandes metas. Sólo hay devenires y acontecimientos (ver Deleuze)
Mañana -por fin- acabo los exámenes. Antes del miércoles hago un trabajo sobre mis admirados Hegel y Marx (los "enemigos" de la sociedad abierta, jódete Popper) y final definitivo del agobiante período de exámenes. La asignatura de mañana es de ¿libre? elección, Introducción al pensamiento clásico, que imparten en filología. Es curioso que a los alumnos de filosofía nos dejen sacar ocho créditos cursando una versión light de asignaturas que ya hemos cursado, pero está bien. Ni siquiera hay que hacer un trabajo, ni leer libros, leerse unos apuntes y listo.
En el primer cuatrimestre cogí Mitología clásica como asignatura de libre elección. Fue, sin embargo, un encontronazo desafortunado con los filólogos. La profesora pretendía que memorizara nombres a tutiplén. Fueron las clases más aburridas que he recibido en mi vida, una tortura atroz. Lógicamente dejé de ir a clase y en el examen, tras encontrarme con preguntas tipo test (¿no hay nada que desarrollar?, ¿qué es esto?, un ordenador con todos los datos sacaría un diez, la mente cumple más funciones aparte de procesar información, por el amor de dios...) perdí la esperanza de aprobar por ciencia infusa y me dediqué a contarle la teoría del símbolo de Hegel en una pregunta que más o menos (más menos que más, ciertamente) se prestaba a ello. Era completamente absurdo, pero me daba cosa entregar el examen nada más recibirlo y además la teoría del símbolo de Hegel me parece muy interesante y me apetecía contarla, porque era justo lo que había estado leyendo el día anterior. Incluso le conté lo que opinaba respecto a que una lectura desde la perspectiva de Derrida de la teoría del símbolo de Hegel implicaba la imposibilidad de negar la inadecuación figura y contenido y que esta inadecuación se podía entender como el origen desplazado de la presencia del significado. Vamos, que tal presencia es un mito (aquí le hice un guiño al contenido de su asignatura). Y bueno, seguí un rato dándole vueltas a las posturas de Hegel y Derrida respecto al símbolo y a la metáfora. Salvo por el carácter momentáneo, destinado a la superación, de la diferenciación (entre figura y contenido, entre significante y significado) Hegel y Derrida coinciden en que la metáfora nos abre al vagabundeo de lo semántico, en palabras de Derrida. Lógicamente suspendí.
Sí, pero no... más bien era... no sé decir, quiero decir decir con exactitud, con precisión, sin que nebulosas semejantes a las que envuelven las galaxias en los documentales empañen como un halo, como un polvo muy fino, con una leve densidad que distorsiona el sentido, el significado... como dos ojos con la córnea dañada... y las gafas rotas de repente, sin explicación... es difícil precisar, seguro que me entiendes, no soy un cirujano de las palabras, corto frases aquí y allá sin precisión, un poco como un explorador ciego dando palos al aire... las palabras diseminan, sí, diseminan es un modo bastante preciso de precisar lo impreciso, lo borroso que anida en el corazón de la lengua o del mundo, de estas palabras cuya posición exacta se me escurre ahora como partículas subatómicas que no caen al centro por la fuerza de gravedad sino que habitan en espacios más misteriosos... diseminan el sentido, quiero decir que yo ahora digo algo y el significado está presente ante mí como una luz, pero quizá pronuncio las palabras y en algún momento ese algo en su recorrido por el aire se disfraza y llega a tus oídos irreconocible, siendo otra cosa, y tú piensas qué tonterías dice este tarado... porque ese algo se ha transformado en otra cosa y es como si ya no habitáramos en el mismo mundo, o lo viéramos desde dos perspectivas tan diferentes, tan diferentes que no nos comunicamos, pero... en fin, en algún momento la luz se desparrama... o ves el cielo negro como si estuvieras en la luna... el cielo siempre es negro, más allá de la atmósfera es negro... si estuvieras en la luna tu cielo siempre sería negro, porque en la luna no hay atmósfera y tú verías el cielo siempre negro y tal vez no verías lo que te digo, porque mis palabras las he abandonado confiadamente a la luz, a esa luz que no es nuestra, pero las he abandonado con la esperanza de que las palabras funcionen como una linterna e iluminen alguna región del bosque, tal vez... así que no, no era eso lo que que quería decir, más o menos era eso pero no era eso, era probablemente algo análogo, pero análogo es algo igual pero a la vez algo distinto, porque sino no se podría hacer ninguna analogía y sería lo mismo, y no hay dos cosas iguales en el universo, ni dos gotas de agua son exactamente iguales... durante algún tiempo pensaron que había un éter, porque pensaban que era necesario para que condujera la luz, ¿sabes? Creían en el éter, era casi mágico si lo piensas, un fragmento de un poema surcando melacólicamente los helados espacios, hilillos azules, azules pero invisibles (así me imagino yo el éter), trayéndonos la luz para que podamos vivir en este planeta... es difícil imaginar espacios tan gigantescos, si lo piensas bien es difícil... el sol está a ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros y la luz tarda ocho minutos en llegarnos... ocho minutos: el sol podría desaparecer y me daría tiempo a fumarme un cigarrillo antes de que una sombra infinita propagara su mensaje de muerte cósmica... y si lo piensas estamos aquí... pero para mí ahora aquí quiere decir en un trozo de esfera girando, danzando en medio de quién sabé qué, de quién sabe por qué... y si imaginas espacio y espacio, ¿hasta dónde puedes llegar? Imaginando quiero decir... aquí, en el planeta tierra... y más allá espacio y espacio y espacio... una vez, de pequeño (seguro que a ti también te pasó) pregunté que por qué no se caía la tierra, y eso sigue siendo algo misterioso para mí, no porque no tenga explicación, me refiero a un misterio mucho más profundo que afecta al ser por completo... ser o no ser, esa es la cuestión, la cuestión, porque no hay otra... ¿hacia dónde se caería la tierra?, ¿hacia ariba o hacia abajo? pero arriba y abajo son conceptos relativos... esto es fácil de entender, arriba y abajo respecto a algo, ¿no? Izquierda y derecha también son conceptos relativos... Bueno, iba a decir... pero el tiempo también es relativo, y esto es más difícil de entender, lleva siglos desprenderse de la concepción newtoniana, aunque los físicos ya se desprendieran nosotros seguimos pensando que si quitas toda la materia y el movimiento quedan el espacio y el tiempo absolutos... aunque Aristóteles ya sabía que no... pero si yo me voy de viaje en un cohete muy muy veloz y luego regreso a la tierra tú serás más viejo que yo, casi parece un relato de ciencia ficción... pero el tiempo se dilata, y el sentido se disemina, el sentido de las palabras... tú las dejas abandonadas, encuadernadas en un viejo libro que cría polvo y mil años despúes suenan de manera diferente... y en realidad cada uno las lee con un sonido diferente aunque no hayan pasado ni dos minutos desde que las escribiste... por cierto, ahora mismo no estoy seguro de que esté quedando muy preciso lo que quería decir... tal vez no quería decir nada, tan sólo hablar, hablar un rato mientras el frescor de la noche de verano entona su sinfonía cósmica... cosmos significa orden en griego, y los pitagóricos imaginaban que el universo poseía una armonía y la armonía tenía que ver con los números y los números con la música, así que imaginaban que las esferas celesten producían música... el universo era hermoso y a lo mejor los griegos se ponían contentos sólo por poder tumbarse en una pradera y hablar de esa sinfonía cósmica... y Sócrates decía que la filosofía era la música del alma y Schopenhauer decía que la música era la esencia del mundo y... pero ya no sé qué iba a decir, lo siento... ah sí, bueno, pero nos hemos desviado... en fin, sí, me preguntabas sobre el tedio, el aburrimiento... como estado de ánimo... sí, es incluso una cuestión metafísica, ¿no? quiero decir... volvemos al problema del quiero decir, pero será mejor que lo dejemos... en fin, sí, Baudelaire sentía un auténtico temor al aburrimiento existecial, y no te diré que a mí no me pasa que de repente todo me aburre y deambulo como un espectro por ahí... y, bueno, quizá algunos se enfanden por esto que voy a decir pero para mí la filosofía, que ha sido mi pasión fundamental, no tiene tanto que ver con categorías como la verdad, sino con categorías como lo interesante u otras de índole semejante, categorías estéticas casi siempre... como decía Deleuze, ¿no? No hay nada que comprender, algo te afecta o no te afecta... algo, de repente, como un corte en la monótona y aburrida sucesión de las horas y los segundos, del girar de los planetas, te toca una cuerda del espíritu o algo... y escuchas la música o no la escuchas, ves algo o no ves nada, pero no hay nada que explicar, ni que entender... en fin, hay que tener el coraje suficiente, la valentía suficiente para aceptar que a veces uno se aburre, pero hay que ser capaz de.. no sé, de desplegar las potencialidades, de afirmar la vida... de abrirse, aunque sea en momentos fugaces, etéreos, chispas que apenas si se ven, a lo maravilloso, que atraviesa a pesar de todo los espacios cósmicos y nos hiere con su dulzura abismal el pecho... en fin, la vida, que puede ser terrible y tener mal gusto, tiene que merecer la pena... uno tiene que hacer que merezca la pena, ¿no? No es que tenga un sentido sino que uno tiene que ser capaz de producir su sentido... algo así, ya sabes que no es exactamente eso lo que quiero decir, y sé que mis palabras pueden quebrarse en el camino y llegar con una luz muy pálida y sonar distorsionadas en otros oídos, pero en fin, es así... y creo que ya es hora de que me vaya yendo a la cama... siempre se queda algo en el tintero por decir, ¿no? como esas despedidas en que justo cuando te vas parece que la conversación empieza... la puerta está abierta y los invitados ya se van y justo en ese momento la conversación se anima, cobra vida propia y dices bueno, ya nos vemos mañana...
¿J.J. Benítez está realmente loco? Los disparates que dice a veces son graciosos, pero, ¿se los cree de verdad? En fin, no sé...
La egolatría desbocada que pulula por gran número de blogs escritos por neuróticos resulta bastante insoportable, no sé si se habrán fijado. "Mi amiga me odia porque quiere ser como yo y no puede"... Poor favoooor... si las biografías ya son soporíferas de por sí.
P.D: Que se guarden su intimidad, es lamentable, creen que sus pequeñas miserias privadas son un conocimiento que el universo está a la espera de recibir. Decía Panero que es un vicio muy español el de creer universal la propia anécdota. Esta creencia actúa como un cáncer, multiplicando textos insustanciales y carentes de cualquier tipo de interés literario. Lo peor es que al parecer muchos piensan que la literatura consiste en contarnos su vida privada, así sin más, sin siquiera una mínima voluntad de estilo o de trascender lo particular. La literatura peligra con este grafismo maníaco y pequeñoburgués de porteras que nos ha entrado.
PPD: Este es el post número 500; espero que no haya demasiados que puedan caer bajo mi propia crítica :p