Mayo 31, 2007

Breve observación

La música de Yann Tiersen se sale.

Posted by SeñorS at 02:14 PM | Comments (0)

Mayo 30, 2007

Certezas (no opiniones)

Fernando Sánchez Dragó es el personaje más ridículo y nauseabundo de cuantos han existido, existen y existirán. Paralítico mental como pocos.

P.D: mensaje para Sokal: eso es un impostor intelectual, no Derrida.

Posted by SeñorS at 08:59 PM | Comments (0)

More opinions

Janis Joplin es la mejor cantante de la historia, evidentemente (o sería mejor decir: audiblemente).

Posted by SeñorS at 08:48 PM | Comments (0)

Opiniones

Brokeback Mountain es aburrida y simplona. A la media hora de película la sensación de llevar diez horas ante la pantalla viendo paisajes (¿es una película o una postal?) me hizo comprender lo espantosa que resultaría la eternidad. Una película absolutamente sobrevalorada. No es poética, sencillamente es infumable. Claro que lo mismo se trata de una deconstrucción del western. Hoy día todo el mundo deconstruye cosas. Si Heidegger y Derrida levantaran la cabeza...

P.D: Dios bendiga a Emir Kusturica.

Posted by SeñorS at 07:28 PM | Comments (2)

Mayo 20, 2007

And now, for something completely different

Comentario del parágrafo 6 de El Ser y el tiempo, el problema de una destrucción de la historia de la ontología.

La historicidad es una estructura fundamental del “ser ahí” que hace posible la historia mundial y su pertenecer históricamente a ésta. Es, por tanto, una determinación más originaria. El “ser ahí” es su pasado, independientemente del conocimiento que se tenga del mismo, y no sólo en el sentido de que el pasado le quede a la espalda. El pasado es ontológicamente constitutivo del “ser ahí”. Éste se mueve dentro de una comprensión previa de su ser que le viene dada por su estar inserto en la tradición. La interpretación del ser efectuada por la tradición, la metafísica, ha ocultado la verdad del ser. Por tanto la destrucción de la historia de la ontología no tiene un carácter negativo. Se trata, más bien, de retrotraerse a un ámbito más originario desde el cual sea posible reiterar la pregunta por el sentido del ser, de desvelarlo, apropiándose así del pasado de forma creadora. Hay que ir a las cosas mismas, no a los conceptos heredados por la tradición. Ésta ha ocultado el origen, ha hecho que se olvide el ser

La ontología griega continúa vigente en los conceptos filosóficos, de tal manera que su recepción ha hecho del ser algo comprensible de suyo, un problema por el cual no se pregunta, porque no se ve la necesidad de plantear nuevamente la pregunta por el ser.

Para volver a plantearla es preciso destruir la historia que encubre el origen de los conceptos, buscar las primeras determinaciones del ser, y enmarcar la pregunta dentro de los límites que establece la propia manera de hacer la pregunta. Hay que hacer la pregunta de dónde y hasta dónde la interpretación del ser ha sido relacionada con el fenómenos del tiempo. Kant fue el primero en investigar en esta dirección. Sin embargo, no supo ver a fondo los problemas de la temporariedad, por cuanto no interrogó al ser en general ni hizo una analítica ontológica del “ser ahí”. Adoptó la postura cartesiana, dependiente de la escolástica medieval, que deja sin plantear la cuestión del ser de la res cogitans.

A la destrucción se le plantea el problema de interpretar la base de la ontología antigua a la luz de los problemas de la temporariedad. El ser de los entes se interpretaba como presencia, es decir, respecto a un determinado modo temporal, el presente. Ahora bien, esta interpretación se llevó a cabo sin comprender la función ontológica del tiempo. El ser sigue siendo aquello que aparece ante los ojos y el mismo tiempo es tratado como un ente más. La concepción del tiempo de Aristóteles ha determinado todas las concepciones posteriores.

La destrucción de la historia de la ontología tiene el sentido positivo de abrir un horizonte desde el cual sea posible reiterar la pregunta por el ser en su verdadera concreción.


Comentario del parágrafo 25, formulación de la cuestión existenciaria acerca del "quién" del "ser-ahí"

El “ser ahí” responde a un “quién”, no a un “qué”. En este sentido, solamente el hombre existe, las cosas son. El “ser ahí” es un ente cuyo ser es “en cada caso mío”. Esto indica una estructura ontológica, nada más. El yo es una indicación óntica. El “quién” se responde con el sujeto, con el sí mismo, aquello que se mantiene idéntico a lo largo del tiempo, refiriéndose a la multiplicidad de vivencias del sujeto. Conserva su sentido de “ser ante los ojos”, aunque se rechace, tácitamente, el “ser cosa” de la conciencia y el “ser objeto” de la persona. Hay una pre-comprensión del “ser ahí” como “ser ante los ojos”, pero la forma de ser del “ser ahí” difiere de ésta. El hecho de que sea comprensible de suyo que soy yo en cada caso el “ser ahí” no implica que se haya hecho una exégesis satisfactoria del ser del “ser ahí”. Partir del dato del yo puede convertirse en una trampa, porque no está claro que el acceso al “ser ahí” venga dado sin más por la percepción inmediata del yo. El yo es tan sólo un índice formal, provisional.

La estructura del “ser en el mundo” muestra que no existe jamás un mero sujeto aislado, sin mundo.

Del mismo modo que la comprensión óntica del “ser en sí” de los entes intramundanos pasa por alto la problemática ontológica del sentido de este ser al no darse cuenta de la estructura de “ser en el mundo”, la comprensión óntica del “ser ahí” corre el peligro de trasladar esta comprensión al plano ontológico.

El yo en tanto hilo conductor de la pregunta por el quien reclama una exégesis existenciaria.

P.D: Sé que esto ha sido un maltrato intolerable, queridos lectores :)

Posted by SeñorS at 03:33 AM | Comments (3)

Mayo 18, 2007

Palabras que vienen del griego como...

-Hecatombe, que quiere decir matar a cien bueyes.

Posted by SeñorS at 09:04 PM | Comments (1)

Mayo 06, 2007

Cumplimos 3 años

Se me olvidó, este blog cumplió tres años el 1 de mayo.

Posted by SeñorS at 05:18 PM | Comments (8)

Brumas repentinas en la tarde primaveral de Pumuky

Sin embargo, sin previo aviso -que es como suelen ocurrir estas cosas- se vio inserto en una maraña de sentimientos desolados que salían de su interior. De repente ya nada de lo que era podía argüir una razón de ser, un triángulo suma 180º pero por qué, un árbol es un árbol pero qué quiere decir esto, en fin, que se vio envuelto en una densa neblina que se infiltraba en la paz primaveral que minutos antes había reinado plácidamente en su cuarto arruinándola por completo y sintió con un repentino estupor que la realidad entera era presa de una irritante falta de significatividad. Siguió tumbado boca arriba en su cama bebiendo pequeños sorbos de su lata de coca-cola, notando como de forma completamente ajena a su voluntad un enfado general contra el mundo se apoderaba de su interior. ¡Malditos cabrones, mirad lo que habeis hecho! Era consciente del hecho de que la cordura se le empezaba a ir de la manos. Maldijo a Leibniz por haber formulado esa maldita pregunta, la de ¿Por qué el ser y no más bien la nada?, ¿A qué clase de mente enferma y retorcida se le ocurría hacer ese tipo de preguntas? No entendía nada. ¿Cómo que por qué el ser y no más bien la nada?, ¿Estaba de broma? Pues porque sí, qué sé yo.
Respiró hondo. Bajó a la cocina y vació el cenicero. Volvió a subir a su habitación. Estaba nervioso. ¿Qué me pasa? Nada, no me pasa absolutamente nada, nada de nada.

Posted by SeñorS at 03:09 AM | Comments (0)

Una tarde en la vida de Pumuky

En 1999 Pumuky tenía 16 años y podemos verlo encerrado en su habitación. Es una calurosa tarde de mayo, está tirado sobre la cama, mirando las copas de los árboles suavemente balanceadas por la brisa y esperando a que sus padres se vayan de casa para poder prender un cigarrillo a gusto y escuchar música. Las ventanas del balcón de su habitación están entreabiertas y de la calle llega un susurro primaveral que Pumuky juzga muy agradable. Los árboles parece que sonríen, se dice, y lo apunta en su cuaderno: los árboles parece que sonríen esta tarde. Escuchamos a la madre de Pumuky; dice Pumuky, nos vamos, no llegaremos muy tarde, a ver si sales un poco a que te de el aire, hace un día muy bueno. Vale, contesta Pumuky. Escucha el ruido de la puerta al cerrarse y luego escucha hablar a sus padres en la calle y luego el ruido del motor del coche encendiéndose. Luego la calle vuelve a quedarse en silencio. Un árbol se agita levemente. Pumuky saca el paquete de tabaco de su escondite y enciende un cigarro. Por aquella época fuma Camel. Aún no fuma mucho. Se levanta de la cama y pone música y vuelve a tumbarse boca arriba sobre la cama. Baja a la cocina a por un cenicero y a por una coca-cola y de nuevo ocupa su lugar en la cama. Se coloca el cenicero sobre el estómago y sacude la ceniza dándole pequeños golpecitos al cigarro con el dedo índice. Sigue mirando los árboles y pensando. Cierra los ojos, expulsa el humo con mucha lentitud, una bocanada de aire fresco se introduce por el balcón y le acaricia las mejillas. Pumuky sonríe y bebe un trago de la lata de coca-cola.

Posted by SeñorS at 01:55 AM | Comments (0)

Mayo 05, 2007

La mejor novela del siglo XXI

Cuando Pumuky creció siguió siendo pequeño. Estudió Física, Matemáticas y Teoría de la Literatura y literatura comparada y escribió la que probablemente es la mejor novela del siglo XXI, aunque los perezosos reseñadores profesionales de los periódicos la pasaron por alto, considerándola un mero subproducto de un subgénero, la ciencia ficción, lo cual evidenciaba un secreto a voces, que los críticos literarios no estudiaron nada cuando fueron a la Universidad, si es que fueron, y que algunos ni siquiera saben leer, según comentó el propio Pumuky años más tarde, cuando era considerado el único escritor de culto que había dado España desde Cervantes y la prensa le acosaba, aunque no la prensa cultural, pues el único interés de la prensa era la personalidad de Pumuky que, emulando a Pynchon y a Salinger, se ocultaba generando una curiosidad insaciable sobre su identidad y sobre la forma de su rostro y su figura. Especularon durante años, algunos dijeron que sin duda era un señor feo y bajito cuya fealdad era la causa de su irritabilidad y de su desprecio por el género humano en general y de su soterrada misoginia en particular. Otros dijeron que no había ninguna misoginia soterrada en particular en su novela sino un guiño humorístico a Schopenhauer, que sí era misógino pero aún así le resultaba simpático. Otro incluso se atrevió a decir que una lectura atenta revelaba sorprendentemente una habilidosa decostrucción de las identidades de género y que Pumuky era un abanderado del posfeminismo. Sin duda es un señor feo, feo y miope, feo y bajito y es posible que camine encorvado como un jorobado, dijo otro. Sí, es feo, sus complejos son la causa de que haya escrito más de 1.000 páginas en un sólo libro, lo cual sólo puede ser una extravagancia de alguien muy feo que no tiene otra cosa en que emplear su tiempo aparte de en teclear durante horas a solas en su cuarto cultivando una disparatada vida interior que no le interesa nadie excepto, claro está, al él mismo. Es feo y su novia le dejó porque leía mucho, según ella esa fue la causa, pero en realidad todos sabemos que fue porque Pumuky es feo. Sólo una periodista dijo que a ella le parecía guapo, a lo cual replicaron que nadie le había visto la cara, pero ella se reafirmó en su postura, le parecía guapo y además su sintaxis era ferozmente viril, lo cual le ponía muy cachonda, y que su frío distanciamiento de las situaciones que describía, su ausencia de emoción revelaban una tristeza ontológica que también le ponía muy cachonda y además le daban unas ganas urgentes y tremendas de acostarse con él y de mimarle sin parar durante horas y horas envueltos en el acogedor caos de unas sábanas revueltas. Otro periodista, sin embargo, dijo que su prosa no sólo no era viril sino que se notaba que odiaba a Hemingway, rasgo afeminado donde los hubiera, y que Pumuky no sólo no era viril sino que era una especie de homosexual sensible al que le gustaban las mujeres, lo cual, dijo, no es óbice para que no fuera considerado un homosexual por Hemingway, pues una cosa era que a uno le gustasen las mujeres y otra ser un macho hemingwayenesco de falo dominante, cosa que sin duda Pumuky no era, pues incluso se permitía leer poesía.

Extracto de una entrevista realizada por correo electrónico a Pumuky

"Abres un libro de un escritor español y habla sobre la guerra civil, abres otro libro de otro escritor español y habla sobre la posguerra, abres otro libro de otro escritor español y vuelve a hablar otra vez sobre la guerra civil, es un auténtico coñazo monotemático, por mí la guerra civil puede irse a freír espárragos. Así que dejé de abrir libros de escritores españoles y me puse a ver películas de terror de la Hammer y videoclips de la MTV, lo cual ayudó mucho en mi formación literaria, en lo que a sintaxis se refiere la MTV me proporciono muchas ideas para desorrollar una narrativa visual hecha a base de veloces oraciones subordinadas similares a cascadas de imágenes de una película cuyo montaje vertiginoso no sabemos muy bien a dónde se dirige pero que igualmente nos hipnotiza como un hipnosapo."

La mayoría de las reseñas, cuando se publicó la obra de Pumuky, titulada, por cierto, Las aventuras fractales de un sujeto descentrado en el país de los espacios geométricos no euclidianos o de cómo la espuma cuántica y la espuma de la cerveza difieren de la espuma del mar pero la trilogía espumática tiene como mínimo común denominador el sustantivo espuma, señalaban la ininteligibilidad de la obra de Pumuky, sus experientos sintácticos consistentes en el absurdo propósito de escribir frases muy muy largas porque sí y sin venir a cuento insertando centenares de subordinadas que hacían que las frases se prolongaran como la corriente imparable de un río por espacio de decenas de páginas vertiginosas y la poca conveniencia de una trama plagada de digresiones en las que subtramas que se enlazaban con la trama principal finalmente se perdían del supuesto hilo principal que quizá ni siquiera existía y no llegaban a ninguna parte, provocando lo que orgullosamente Pumuky consideraba el efecto de una mariposa entrópica aguijonenando el cerebro del espectador (Pumuky consideraba a sus lectores espectadores y no lectores).

Quizá les guste a los fanáticos de Joyce y de Thomas Pynchon que se hayan licenciado en matemáticas, hayan visto Star Trek y Ghost in the Shell docenas de veces, lean a Platón antes de irse a dormir, les fascine la ciencia ficción y el cine de serie B y tengan enmarcado encima de la pared de su escritorio el enunciado del segundo principio de la termodinámica, hayan memorizado por puro placer el diccionario de Mitología Griega y Romana de Pierre Grimal, tengan una extraña fijación con la idea de lograr escribir la frase más larga y sintácticamente compleja de la historia de la literatura apoyándose para estructurarla en teoremas de la lógica de predicados, se sientan orgullosos de haber formado un club en el Instituto dedicado a estudiar con fervor la estética de las teleseries norteamericanas de los años 80, crean que escribir cientos de decimales del número Pi en mitad de una novela es muy gracioso, hayan ido a ver El Club de los Poetas Muertos y sintieran más simpatía por el doctor en Filosofía cuya obra era desgajada por los románticos alumnos del profesor de literatura que por el profesor de literatura, hayan leído media docena de veces El Guardián entre el centeno y crean en la posibilidad de que Holden no sea sólo un personaje literario sino alguien que va a nacer algún día en el mundo tridimensional, les resulte graciosa una escena en que un detective drogadicto tortura a un asesino leyéndole durante horas a Lacan, encuentren una belleza indescriptible en la espiral aúrea, la banda de Moebius y la campana de Gauss, admiren a los posmodernos maximalistas tipo David Foster Wallace, hayan sido fanáticos de Proust en su adolescencia, les guste que en las novelas haya miles de detalles innecesarios y diálogos al margen de la narración, sientan un desmedido entusiasmo por la frivolidad pop capaz de convertir en un icono comercial la cara y el bigote de Friedrich Nietzsche y la del Ché Guevara serigrafiado por Andy Warhol, piensen que la escuela es una institución penitenciaria vigilante y estigmatizante y que la sociedad entera del capitalismo posindustrial ha aprendido que el Gran Hermano quiere que le quieran, desprecien la ópera y el teatro y la alta cultura y sientan instantáeamente una simpatía mucho mayor por toda clase de subgéneros eróticos y de terror y por las películas malas de todos aquellos que tenían almas de artistas pero eran unos inútiles, que odien la literatura intimista del yo y sus pequeñoburgueses alrededores y aboguen por un riguroso formalismo estructural a la hora de diseñar argumentos surrealistas, que tuvieran una experiencia mística al ver 2001: una odisea del espacio, en la parte de los colorines, hayan leído al menos doce veces Alicia en el País de las maravillas y estén obsesionados con la sonrisa Cheshire, hayan leído La Montaña Mágica de Thomas Mann y no sólo no les haya aburrido, como al simplista de Bukowski, sino que hayan disfrutado mucho con las conversaciones sesudamente filosóficas, hayan jugado de pequeños al Pacman durante horas y horas y al Mario Bros. 3 y piensen, sinceramente, que las formas narrativas de los videojuegos y del cine y de la televisión (de las series norteamericanas, obviamente, no de la repugnante ficción televisiva española, que es la cosa más asquerosa que se haya visto nunca) están destinadas a influir aún más en la literatura, odien a las profesoras de filología cuyas aburridas clases hacen que uno pida a gritos el suicidio colectivo del género humano y hayan fantaseado con la idea de dominar el mundo para imponer sus disparatados criterios estéticos a la humanidad. Es decir, es una novela que sólo le gusta al propio Pumuky. El lector medio, si consigue llegar a la última de sus 1.658 enrevesadas páginas, tan sólo se preguntará cómo es posible que un editor se arriesgara a publicar las surrealistas pajas mentales de un escritor que muestra un desprecio tan palmario por sus lectores.

La identidad del autor de esta reseña nunca se supo. Algunos especularon con la posibilidad de que el responsable de la misma no fuera otro que el propio Pumuky. Pumuky lo negó pero no pudo evitar señalar entre risas que desearía, si fuera posible, incluirla como parte de su propia novela, pues constituía un prólogo genialmente autoparódico de la misma y que incitaría, por puro espíritu de la contradicción, a leerla.

Posted by SeñorS at 04:21 AM | Comments (2)

Mayo 04, 2007

Pumuky contra Conan

Fue entonces, más o menos, cuando el hijo pequeño de Juan Ruano -un hombre tranquilo y afable y silencioso que en sus ratos libres pintaba cuadros que imitaban con total descaro el expresionismo abstracto de Pollock, del cual era un rendido admirador, y que quería visitar París algún día y que a veces incluso fantaseaba con la idea inverosímil, pero no por ello menos atractiva, de llegar a Montparnasse y sentarse en la plaza a dibujar y a fumar en pipa- Héctor Ruano, apodado Pumuky porque un compañero de clase le dijo un día que era tan pequeño como Pumuky, aunque al principio casi nadie sabía quien era Pumuky y Manuel tuvo que explicarles a todos los alumnos de 5º de EGB que era un dibujo animado que salía en una serie de televisión, un duende que siempre iba descalzo y tenía el pelo rojo y la punta de la nariz roja y todos, desde entonces, le llamaron Pumuky, si bien muchos siguieron sin saber quién era y además Héctor Ruano no era pelirrojo ni tenía la punta de la nariz roja ni iba descalzo ni era un duende, comenzó a tener una serie de pesadillas recurrentes en las que un musculoso y aterrador Conan el bárbaro le perseguía por bosques tenebrosos blandiendo un hacha amenazadora, de las cuales no se despertaba hasta el momento exacto en el que viéndose a sí mismo tumbado y atado sobre una especie de mesa de piedra muy fría el hacha se alzaba en lo alto sujetada por las manos de Conan y, tras un leve destello plateado, estaba a punto de cortarle el cuello.
Al despertar nunca gritaba pero el miedo ya había penetrado por todos los poros de su piel sudorosa y se había ramificado por toda la habitación, invadiéndola por completo y dotándola de una atmósfera espectral sacada directamente de Drácula de Bram Stoker o quizá de algún retorcido matorral del diablo que crecía en la prosa envenenada de Edgar Allan Poe o de alguna de las películas de terror que Pumuky, aunque no quería, al final siempre acababa viendo, incapaz de irse pronto a la cama y de matar la curiosidad que sentía por saber qué veían sus hermanos mayores en la tele por la noche, a la hora en que supuestamente él tendría que estar ya en la cama durmiendo.
A los cuatros segundos de despertar salía corriendo de su habitación a oscuras en la que las ramas invisibles del bosque de las pesadillas no paraban de crecer y se metía en la cama de sus padres, al lado de su madre, y al despertar recibía la tranquilizadora luz del sol con un gesto de inmenso alivio en el rostro que al llegar otra vez la noche se transformaría de nuevo en inquietud, una inquietud que Pumuky arrastraba a veces durante todo el día y que sus profesores no habían tardado en percibir, pues durantes las clases su actitud era la de un ausente, la de alguien tan profundamente enredado en sus ensoñaciones interiores que ni siquiera veía lo que tenía delante de sus ojos, pero no se trataba esta vez de ensoñaciones placenteras como aquellas en que le gustaba sumirse durante horas para poder imaginar complejas historias que no siempre, o en realidad casi nunca, tenían un final, o aquellas frenéticas introspecciones que consistían en recreaciones imaginarias de partidos de fútbol al estilo Oliver y Benji, sino de algo mucho más amenazante, a juzgar por lo que desde sus asustados ojos se transparentaba al mundo exterior, algo oscuro e innombrable (se adivinaba, sin embargo, un leve resplandor, una leve esperanza) una fuerza subterránea o una fuerza que brotaba desde algún lugar desconocido y perturbador que le arrastraba y le dejaba mareado, un combate en el que Pumuky estaba a punto de perderse a sí mismo pero un combate en el que Pumuky iba a apretar los puños y los dientes y en el que, en el momento en que sintiera el sabor de su sangre en la boca iba a escupir y a asestar un puñetazo mortal a Conan el bárbaro, cuya amenazante hacha iba a volar por los aires cortando las ramas y abriendo un claro en el bosque.

Posted by SeñorS at 02:21 AM | Comments (2)