Hoy te vas a convertir en un ser de mentira, en un personaje que flota como un globo de palabras cerca de la brasa de un cigarro. Aún no has accedido a una dudosa existencia en un mundo ficticio y estás, sin embargo, a punto de morir. Eres delgado y miope, caminas como un extraterrestre, como si éste no fuera tu lugar en el mapa, por las calles cansadas del domingo. Al cruzar con el semáforo en rojo un coche va a hacerte pedazos. ¡Pum!, y el globo explotó.
Llevo varios días aquí, en este cuarto. No sé cuantos días, lo cierto es que he perdido la cuenta, he perdido la noción del tiempo, o mejor dicho: en mi conciencia el paso del tiempo ha adquirido algo así como una cualidad plástica, los instantes forman figuras como las de un cuadro de Paul Klee.
¿El tiempo forma imágenes?, me pregunto de pronto.
No sé, seguramente esto no tiene sentido alguno, últimamente tengo ideas extrañas, o más bien cadenas sucesivas de imágenes que me asaltan y que observo con curiosidad, a veces con estremecimiento.
No sé cuantos días llevo aquí, pensando en las cosas infinitas, en Heidegger cuando dice que hay que escuchar al ser, por ejemplo, también pensé en Hegel cuando dice que la subjetividad es la noche del mundo, expresión mucho más poética que la de negatividad abstracta, y pensé otras cosas, pensé confusamente durante horas, no sé cuantas horas, ya he dicho que he perdido la noción del tiempo y que el tiempo se transforma en cuadros de Paul Klee, pensé en muchas cosas más, todo el rato estuve dentro de la noche del mundo, pensando o imaginando, o las dos cosas a la vez, o mejor dicho recibía imágenes y pensamientos, porque yo estaba totalmente pasivo, pastando en el prado del ser, que diría nuestro amigo Heidegger.
Estuve absorvido, más tarde, (aunque todos los términos que uso para referirme al paso del tiempo me resultan problemáticos) en la contemplación del árbol que hay enfrente de mi ventana hasta que creí que me había vuelto loco, y también que la locura en que me sumergía con gusto había rasgado el velo de maya de mi visión y veía las cosas tal cual eran: desnudas, infinitas.
Estaba contemplando el árbol y pensando en mi lucidez o en mi locura mientras trataba de recordar si eso de las cosas infinitas lo había leído en algún poema de William Blake o en el relato de las experiencias con mescalina de Huxley, Las puertas de la percepción, y luego pensé en los Doors y en el principio de Apocalypse Now y luego dejé de pensar y me sentí en total sintonía con el verdadero ser del árbol y con el verdadero ser del mundo.
Pensé también en que Huxley soñaba con una droga que transfigurara el mundo y que al despertar no provocara dolor de cabeza y el físico resultara ileso.
Dejé de pensar en Huxley, todo a mi alrededor estaba animado, poseía vida, todas las cosas tenían un alma, por pequeña que fuera. Me convertía en un animista, o quizá en un panteísta, algo así, y me reía de mis ocurrencias. En cualquier caso me alejaba de los estándares del pensamiento occidental positivista, que vienen a ser como una policía que impide pensar.
Clavada con chinchetas en la pared, una foto del viejo y yonqui y marica de William Burroughs me observaba. Tenía pinta de banquero jubilado (esto creo que lo leí en alguna parte), no tenía pinta de haber matado sin querer a su mujer mientras jugaban a Guillermo Tell, ni de haber sido un drogadicto, ni de haber escrito algunos de los libros más extraños que se hayan escrito jamás, ni de haber grabado un disco con Kurt Cobain. En la foto una sonrisa estaba a punto de dibujarse en su cara, una sonrisa irónica que decía yo sé algo que vosotros ignorais, no era la sonrisa estúpida de la Gioconda, la sonrisa de Burroughs ni siquiera se esbozaba, pero se presentía, era una sonrisa más del tipo de la del gato de Cheshire: muerto Burroughs, su sonrisa virtual e irónica permanecía flotando en el vacío.
Luego me olvidé de Burroughs y pensé en Herman Hesse (pensé también en que no hacía otra cosa que pensar en escritores y que eso no podía ser normal). Recordé el principio de un libro suyo (pero no recordé de qué libro se trataba) en el que el protagonista, cuando tiene doce o trece años, dice que hay dos mundos, el mundo normal y aburrido de la seguridad del hogar burgués, y otro mundo mucho más atractivo y peligroso que se extendía más allá de sus muros, con todo su misterio, un mundo prohibido en el que algunos se perdían, y que públicamente se censuraba a aquellos que se perdían, pero secretamente uno se alegraba y admiraba a aquellos aventureros temerarios. Pensé que yo también quería entrar en ese mundo prohibido, que me gustaría, pero el condicional, para bien o para mal, significa casi siempre un prudente alejamiento de los efectos desastrosos que provocaría internarse realmente por los senderos de ese mundo prohibido. De esta forma, me dije, mi espíritu se debate en una tensión dialéctica entre los dos mundos de los que hablaba Hesse.
Luego, no sé si al día siguiente, o en algún momento de la noche de ese mismo día, no sé tampoco si había dormido (creo que dormí unas pocas horas y desperté) me entró un hambre atroz y me dirigí al frigorífico, que estaba casi vacío. Me hice un bocadillo con un pan bastante duro, seguramente del día anterior. Oí que alguien llamaba al timbre y me asusté. Permanecí cerca de la puerta, sin abrir, durante algunos segundos, hasta que oí la voz de Rodrigo. Hey tú, cabrón, deja de hacerte pajas y ábreme la puerta. Ya voy, espera a que tu madre se suba las bragas. Le abrí la puerta y sonrió. Creíamos que te habías muerto, maldito lunático, llevas días sin dar señales de vida. Ya, dije, he estado aquí, pensando. ¿En qué?, me miró frunciendo el ceño. Solo pensando, dije. Así te has quedado, pálido y ojeroso, pensar perjudica la salud, deberías saberlo, las neuronas se hacen la picha un lío y no saben qué hacer ni qué demonios quieres de ellas, así que se desquician y tú te mareas. Nos reímos.
Le hice pasar al salón y abrimos un par de cervezas. La cerveza es continua sangre que fluye, dijo Rodrigo. El néctar de los dioses, añadí. Permanecimos un rato en silencio. Le pregunté qué día era. 28 de abril, creo. Mierda, dije, es tardísimo.
1.
Llueve humo
sobre el libro del infierno
y Satán se ríe
de la próxima catástrofe
que está a punto
de escribir.
2.
Cuadernos de condenados
quemados por el olvido
de poetas condenados
quemados por el olvido
3.
Rimbaud y Lautréamont y
Artaud y Panero
la geografía de los nervios
anegada de lava
y del grito de la nada
4.
Humo de lava
y del poema que es nada
condenados
vagando por el no ser
Recuerdo el frío, sobre todo el frío
esperar al autobús para ir a clase
el cielo nublado que me hablaba
imaginar versos esperando el autobús.
Los laberintos, el café, las paradojas,
mantenerse imperturbable
como un sabio griego
ante los azotes
de la fortuna
llorar escuchando canciones
salir indemne
de la geometría del horror
Estas son
mis manos
vacías
El mar
lejano
oscuro
está en calma
y la luna
calla
y yo grito
como un loco
grito
voy por las calles
gritando
estas son
mis manos
vacías
lo grito
al viento
le digo
que me lleve
que
estas son
mis manos
vacías
Tarde o temprano a todos nos toca elegir.
De improviso, como un hachazo que corta el aire y la realidad, el camino se bifurca y si te quedas paralizado, sin saber qué hacer en medio de la calle, lo más probable es que el barro te cubra las botas y luego los pantalones y la camisa, y al final te cubrirá la cara y la boca y los ojos.
Incapaz de dar un paso, todo -la lluvia, las luces de los coches, la gente que ríe despreocupada, sin saber que quizá mañana mueran asesinados accidentalmente por la caída de una teja, las hojas de los árboles que se caen a cámara lenta y se enredan en tu pelo, los astros distantes en el firmamento- todo girará a tu alrededor sin rozarte siquiera, como si te encontraras metido en una película experimental sin argumento pero en la cual se hace patente, de un modo implacable, que entre el mundo y tú hay un hiato insalvable, incomunicación, lágrimas y sangre.
Los transeúntes te observarán como si fueras un marciano que acaba de aterrizar y salir de su nave, porque tus ojos de marciano te delatan: tú nunca supiste vivir como los demás y habitas en la dimensión de la perplejidad y el disparate.
Tarde o temprano hay que elegir. Te obligan, porque tú no quieres, bien lo sé yo, aunque en realidad no te obliga nadie, pero igualmente es obligatorio. Entonces la melancolía (a la que de modo cursi nos gusta llamar la dama azul) se apodera de tu cuerpo indeciso, plantado en mitad de la calle, lo impregna de vértigo y hasta tus uñas tienen miedo (o están tristes, el influjo de la dama azul). Tienes que decidirte, todo el mundo lo dice.
(¿Pero a qué?)
-Pero si permanezco plantado aquí, mientras todo gira a mi alrededor y el mundo pierde consistencia y credibilidad, si permanezco aquí, digo, agarrado a mi tabla como un idiota tozudo, a mi tabla de salvación, si permanezco aquí, digo, si resisto los temblores y las tormentas, si permanezco aquí, resistiendo, tal vez... quiero decir, hay que resistir, de cualquier forma hay que resistir, no acabarán conmigo, te lo prometo, les plantaré cara y habrá desesperación y horas de insomnio, y hambre y miedo y tal vez sangre, pero yo voy a permanecer aquí.
Poemas
Te acuerdas cuando eras
la luna antes del anochecer
y los desiertos
no nos asustaban.
Ayer
es decir
hace siglos.
Los cigarrillos y la música
y el alcohol que bebíamos ayer
felices de ser arrojados
a las viejas calles
de farolas amarillas.
Me han dicho que los pájaros ebrios
vuelan sin mirar
que tienen una confianza suicida
en sus propias alas.
Prosa Nº1
Estaba nervioso, no por algo en especial, no me iba de viaje, ni se acercaban los exámenes ni nada, ningún acontecimiento trascendental que fuera a desbaratar los cimientos de mi insignificante existencia se adivinaba en el horizonte, en mi futuro próximo, pero igual me encontraba nervioso, preso de una agitación espiritual soterrada, si es que aún se puede hablar del espíritu. Si se puede (y ahora, que estamos solos, creo que sí se puede) diré que me encontraba como anestesiado, espiritualmente anestesiado, claro. Paseaba mecánicamente de un lado a otro del cuarto y aplastaba los cigarrillos a la mitad. Miraba por la ventana: el sol caía mansamente sobre el cerezo pero la luz, recordé, no es nuestra. Buscaba algo en que emplear mi tiempo pero no hacía nada.
Cuando uno se vacía por dentro arrastra su cuepo como si de un trasto viejo y enojoso se tratara, un trasto paradójicamente muy pesado, a pesar de estar vacío. Vacío, tedio, muerte, me entretuve confeccionando listas de palabras, desolación, quimera, lluvia, espantapájaros errante, marioneta muda, silencio, silencio y luces fuera, la función ha terminado.
Podría pasarme días enteros, quizá semanas e incluso meses, por no hablar de años, mirando el mar, sentado en una roca a orillas del mar, solo, sin hablar con nadie, sólo miraría y miraría y eso es todo, el mar, las olas, mirar y escuchar y nada más, o acaso desaparecer, comportarme como un fantasma, como un holograma o como un espectro, como alguien, en cualquier caso, que no cumple función determinada alguna en este mundo y es feliz sólo con ser (llamaríamos a esto acuerdo categórico con el ser), alguien que se sienta en una roca y la brisa lo acaricia y escucha el rumor del agua y el rumor de las chicas que juegan a la orilla, de las chicas que se ríen y toman el sol y nunca van a sufrir las embestidas de la angustia existencial.
Disfrutaba mucho imaginando que esto era posible, mi pensamiento tendía más hacia lo mitológico que hacia lo racional, porque si uno deriva hacia los parajes racionales y adultos del pensar, en seguida se da cuenta de que no es posible, de que entre sus fantasías y lo real hay un tenue cristal que lo arruina todo.
Ni siquiera estaba triste, o al menos no muy triste. Era la desgana personificada, siempre lo he sido, siempre preferiría no hacerlo. Nada giraba fuera de la órbita de la apatía, a cuyo extraño poder de atracción tan sólo, de alguna manera, escapaban los sueños, pero los sueños son frágiles y se rompen y al final, siempre, irremediablemente, uno está solo y es mortal y caminar a la intemperie no es algo al alcance de los cobardes.
Había que comer todos los días, y eso era una lata. Había que dormir todos los días, y eso era una lata. Tanto abrochar y desabrochar, escribió alguien en su nota de suicidio, a modo de explicación supongo. Me reí mucho con aquella nota, que en el fondo era triste y terrible, pero que en un primer momento consideré una genialidad, una obra maestra y portátil del humor negro. Me pasó lo mismo con La conjura de los necios, que primero me reí a carcajadas, pero luego me di cuenta de que en el fondo de ese maldito libro (una obra maestra absoluta, por cierto) hay algo terrible que asusta. Quizá sea porque Toole se suicidó. La nota de suicidio de Toole fue destruida por su madre.
Tanto abrochar y desabrochar. No es extraño que alguien acabe desquiciado al descubrir una terrible verdad de la existencia, que hay que abrocharse y desabrocharse la cremallera del pantalón todos los días, y repetir el gesto hasta la saciedad, hasta reventar de ejecutar miles de pequeñas acciones cotidianas cuya oscura finalidad escapa a nuestra capacidad de comprensión (llamaríamos a esto desacuerdo categórico con el ser)
Prosa Nº2
Abandonamos la carretera y nos aventuramos por los caminos, polvorientos y en penumbra, que comunicaban pueblos prácticamente fantasma, con pocos habitantes, todos viejos y a punto de morir. Apagué la radio del coche, ahora sólo se escuchaba el lento rodar de los neumáticos por el camino y a algunos grillos. Ella encendió un cigarrillo y me lo pasó. Gracias, le dije. Sonreía.
-¿Es aquí?
-Sí, un poco más adelante debe estar- dije, con la voz temblorosa.
-El espantapájaros, la llanura sombría del Espantapájaros Triste, del monstuo abandonado que espera impertérrito a que la chica del cuento le bese y le infunda la vida, devolviéndole su alma perdida- dijo ella riéndose, con una voz exagerada y con un gran derroche retórico en sus gestos, deliberadamente cómicos.
Detuvimos el coche: allí estaba. Un silencio extraño, casi definitivo, se apoderó de nosostros: el espantapájaros nos miraba y parecía el ser más desvalido de la tierra. No te preocupes, me dijo ella, acariciándome el pelo, es un poeta y ha soportado la crudeza del invierno con un admirable estoicismo, nadie podrá nunca con él.
Yo asentí en silencio y no lloré.
Prosa Nº3
Una imagen me perseguía antes de dormir, todas las noches una imagen similar se dibujaba ante mí, me veía a mí mismo recorriendo una playa, vestido únicamente con un bañador y fumando un cigarrillo, y ella estaba alegre y corría por la arena. Los dos estábamos prácticamente solos, no teníamos ni la más remota idea de qué íbamos a hacer con nuestras vidas, pero no teníamos miedo, le sonreíamos al futuro desafiantes, inconscientes e irresponsables.
Muchas noches me he acostado feliz, resguardado por esta imagen, lo he imaginado todo minuciosamente: el color del cielo, la sensación de la brisa marina, de los pies hundiédose en la arena, los gritos de los niños, el jaleo de los bares a los que acudiríamos despúes de estar en la playa, las olas cansadas del atardecer, las cañas que tomaríamos juntos en la terraza, lo he imaginado todo, me he dedicado a proyectar esta imagen inventada de mi futuro muchas noches felices.
Sin embargo, otras noches la demoledora certeza de estar desubicado y solo como el espantapájaros abandonado me sumía en una desesperanza axfisiante, y me veía paseando solo y medio loco por una ciudad cualquiera, entrando en librerías y buscando con furia y con urgencia un bote salvavidas entre los estantes polvorientos de los libros que ya nadie lee.
El espantapájaros abandonado está siempre solo y a veces le entran ganas de llorar, pero para qué, si nadie le va a escuchar.
El grito de su mirada vidriosa es engullido por el silencio nocturno.
Es una noche de verano, serena y hermosa, cuya belleza sólo sirve para acentuar el contraste cruel con su alma estéril, devorada por los pájaros a los que ya ni espanta ni nada, porque está siempre solo y triste y nadie se acuerda de las figuras ridículas abandonadas en campos yermos.
Días y días sin poder escribir, sin saber qué decir, ni para qué ni cómo, ni nada de nada, pero igual bien, más o menos bien, dentro de lo que cabe bien, sí, gracias, mejor ahora, quizás mejor ahora, un poco de catarro y cada vez un poco más viejo, un poco más viejo ya, cada vez más pero bien, sí, no importa demasiado, no sé, ni triste ni alegre o las dos cosas a la vez, quién sabe...
Hoy, 24 años ya, me estoy bebiendo mi regalo de cumpleaños, un barril de cinco litro de cerveza Franziskaner (no del todo), y estoy escuchando otro regalo, el disco de Los Planetas, La leyenda del espacio. Bien, sí, gracias, adoro a Los Planetas, eléctrico y aflamencado y con cerveza de monjes franciscanos suena mejor, no necesito nada más o quizás sí pero no sé qué, o sí lo sé pero no es posible, o algo así o qué sé yo, o no importa o más bien sí importa pero la tristeza y la música, pero la tristeza y la música...
Más regalos: el último libro de Paul Auster. Gracias ;)
Y nada más o poco más o qué sé yo y dónde estoy y a dónde voy...
No lo recuerdo pero me lo han contado muchas veces, nevaba el 16 de abril de 1983, el día en que nací. Tampoco lo recuerdo pero era un bebé muy guapo, o al menos eso dice mi madre: en las fotos yo sólo veo a una cosa diminuta con los ojos cerrados en una cuna, creo que era de madera. Luego, según mi tía, empezó un proceso de degeneración rumbo a la fealdad, con lo guapo que eras de pequeño... frase favorita de mi tía-madrina.
Y bueno, eso, que me hago mayor y más feo (según la lógica de mi tía) y no tengo ni coche ni piso ni trabajo y además no me importa y además me alegro y además prefiero beber cerveza y escuchar música y fumar cigarrillos asomado a la ventana, sintiendo el viento fresco de las noches que anticipan el aroma veraniego, y ser un nómada sin moverme del asiento, un vagabundo del espíritu, un rebelde metafísico, un desesperado feliz de la vida que avanza a trompicones con nostalgias a cuestas -recuerdos que de golpe me asaltan inusitadamente- y esperanzas poco probables a lomos de una mirada errante y alucinada que sondea horizontes imaginados más allá de lo real... la brecha entre el deseo y la realidad, los intersticios de lo real que espío como un detective perdido y ebrio entre calles nostálgicas...
Botellas de whisky y latas de cerveza, paquetes de cigarrillos arrugados, botas cubiertas de polvo, gafas de sol: vamos a cruzar el país y muchos países más en coche escuchando Highway 61 Revisited, Blonde on Blonde y Blood on the Tracks, de Bob Dylan. Podemos ir a cualquier sitio y no tenemos ningún sitio a donde ir y sólo queremos escuchar a Bob Dylan.
P.D: El momento más sublime de la historia es cuando, en la gira por Inglaterra del 66, Bob contesta a los gritos de Judas: I don´t belive you, you are a lier (No te creo, eres un mentiroso), luego se dirige al grupo, play fucking loud, y empieza a sonar Like a rolling Stone. Los que dudaban de la veracidad de esta anécdota pueden comprobarla en No direction home, de Scorsese, y en The Bootleg Series, Vol 4, live 1966