Santa Teresa, la película de Ray Loriga, es sin duda alguna la peor película de la historia del cine. ¿Por qué hizo eso?, ¿POR QUÉ?
Por lo menos podía haber convertido el convento en un refugio de lesbianas drogadictas, y a Santa Teresa en una beatnick mística y esquizofrénica que se atraganta con el cuerpo de cristo empapado en LSD para ser poseída por el espíritu santo mientras suena Jimi Hendrix, cualquier cosa que aliviara el inmenso suplicio que supone ver esta película infinitamente aburrida.
¿Qué te ha pasado, Ray? Tú antes molabas.
Mi mente persigue alguna ocurrencia para que gracias al lenguaje se perpetúe fugazmente en este blog. Parece ser, sin embargo, que las ocurrencias son extraordinariamente veloces. Son sin duda ocurrencias dopadas. No es extraño puesto que la época (no sé muy bien a qué me refiero, quizás al siglo anterior y a lo que llevamos de éste, al capitalismo posindustrial en general o la técnica, en cualquier caso a una sensibilidad epocal express, como el café) es acelerada.
Horas y horas sentado en el escritorio, innumerables cigarrillos, latas de cerveza por todas partes, música: he aquí el punto de partida, la imagen repetida y querida, mi lugar en el mapa. Casi como un autista, a gusto en su soledad, ensimismado. La noche ha caído. La noche soy y hemos caído, algo así decía Alejandra. Y en el fondo, agazapado, late un anhelo indeterminado, un deseo que no sabe qué desea: deseo intransitivo, desgarro existencial, miedo y esperanza, todo junto en un cóctel que pide desesperadamente, que llama a alguien, que busca un tú en la noche.
Peter Pan no sabe vivir, si Wendy no le cuida será apenas un borracho que rueda de bar en bar, balbuceando palabras ininteligibles, tristes poemas dadá empapados en la espuma de la cerveza y el desencanto. Imagen patética del chico que sacaba buenas notas en lengua y literatura pero que nunca supo vivir, porque conjugaba mejor el verbo beber, y el verbo delirar exaltó en exceso su imaginación, siempre predispuesta a arriesgarse, a emprender una furiosa aventura contra la realidad.
Noches en el Paniagua, cerveza con whisky, recuerdos, música pop. Así transcurría su periplo estudiantil. Mal estudiante, siempre leyendo libros que no coincidían con los imperativos académicos. Leía al rabioso anarquista Stirner, en lugar de al racionalista Kant. Y lloraba escuchando canciones, y el alba lo sorprendía viendo las surrealistas películas del extraño David Lynch.
Mi vida es un cuento, se decía, el cuento desordenado de un escritor torpe, de un escritor que no sabe narrar y desperdiga imágenes sin sentido por el papel, imágenes abandonadas, rotas. Mis recuerdos son un rompecabezas, faltan piezas, son fotogramas que no configuran una historia sino destellos arbitrarios.
Aquí estoy, en una tienda de campaña, borracho y feliz, el mar enfrente de nosotros prosigue su conversación.
Aquí estoy, en un bar, ella sonríe y yo sonrío.
Aquí estoy, en un autocar hacia no sé dónde, llueve y dos gotas compiten ayudadas por el viento, juegan a ver quién llega antes al final del cristal: gana la que yo elegí.
Aquí estoy -¿pero cuándo?- hablo de cine con alguien, digo que Tim Burton es un genio absoluto, soy muy dogmático al respecto, no hay discusión posible, sólo gritos felices y alcohólicos.
Aquí estoy, triste, no sé qué pensar de mi vida.
Aquí estoy, feliz, no sé qué pensar de mi vida: hemos bebido ocho o nueve cortos de vino, con sus correspondientes tapas, y las calles del húmedo acogen nuestros pasos, que se dirigen en línea recta hacia lo desconocido, farolas como luciérnagas que de repente cobran vida cantan canciones y hay chicas que sonríen, pero yo soy demasiado tímido y no digo nada, aunque en secreto quiero refugiarme en sus brazos, pero ellas no escuchan mis gritos, o los escuchan sólo muy de vez en cuando, y no es extraño puesto que jamás supe desembarazarme de la fortaleza de mi triste yo y abrirme a los otros.
Aquí estoy, me sacan a bailar, pero yo no sé bailar, yo no sé hacer nada, me dicen algo, no entiendo bien lo que me están diciendo, hay que hacer algo, lo que sea pero algo, con urgencia, con desesperación, y yo no sé bailar.
Me cogen a hombros, me caigo espectacularmente en medio del bar, me desmayo otra vez, pero esta vez no me abro la cabeza. Me abrí la cabeza otra vez, cuatro o cinco puntos, la otra vez fueron siete, le digo a un compañero de clase, al otro miembro de la escuela filosófica de León. Se ríe, eres una leyenda tío, te abriste la cabeza dos veces antes de los 24; no, tío, fue horrible, la segunda vez fue horrible, la primera vez apenas me enteré, estaba demasiado borracho.
Aquí estoy, ahora, innumerables cigarrillos, latas de cerveza por todo el escritorio.
Aquí estoy, no sé cuándo, estamos en un bar, como siempre, y hablamos interminablemente, felices de estar juntos, sabiendo que esto se va a acabar, que vamos a hacernos mayores, que el tiempo pasa, hablamos de la revolución imposible, de nuestros deseos imposibles o de algo parecido.
Aquí estoy, estamos en la calle, erramos sin destino.
Aquí estoy, llegamos a casa, de repente tengo miedo, sueño que ella me abraza, mi Wendy consuela al trise lunático de Peter Pan. Sólo quiero... no sé lo que quiero...
La música deshace la triste fortaleza del yo, borra la frontera entre el yo y el mundo: ya no hay más un hiato, sólo hay voluntad de poder, por expresarme a lo Nietzsche (1). Abre líneas de fuga (2) del espíritu, devenires (3), intensidades, por decirlo a lo Deleuze. Una especie de espiritualidad pagana, sin trascendencias cristianas, con potencialidades del cuerpo que somos, no del cuerpo que tenemos. Exageradamente emocional, la música es irracional, rebelión contra el logos. Sócrates retrocede, avergonzado, no nos interesan los conceptos universales, sólo la música que potencia el ser, que no lo apresa categorialmente sino que lo eleva a insólitas intensidades.
(1). Si hay algo que la voluntad de poder no quiere es precisamente el poder, por cuanto es un valor establecido, no un valor creado por mi voluntad artística. Voluntad creadora, voluntad del niño (superhombre: tercera transformación del espíritu). Fuerzas afirmativas Vs. fuerzas reactivas. Fuerzas activas Vs. fuerzas pasivas. El superhombre no es una figura que vaya a acontecer en la historia, es voluntad de poder que no quiere la nada (nihilismo pasivo, cristianismo) sino que afirma el devenir, la finitud y vive como el niño que juega. Es potencia, entendida no como lo que potencialmente podría hacer un individuo, sino como lo que realmente puede. Nadie sabe lo que puede un cuerpo (Spinoza)
(2). líneas de fuga son articulaciones del deseo, un deseo que no es entendido como carencia sino como producción. Desear no es desear algo de lo que carezco sino producir un sentido, un encuentro, un acontecimiento. El deseo es un huracán que avanza alegremente, por decirlo con palabras de Maite Larrauti. Lo difícil no es conseguir lo que se desea, sino que lo difícil es desear. (Deleuze)
(3) La lógica del devenir es una subversión contra la monolítica y aburrida identidad parmenídea y también contra la identidad absoluta en que desemboca la dialéctica hegeliana.
P.D: El Renacimiento está sobrevalorado (iba a decir: el Renacimiento es una mierda, pero tampoco hay que pasarse). La denominación Edad Media es injusta.
Lo primero que tengo que decir, sobre las extrañas y disparatadas acusaciones que pesan sobre mí, es que son ciertas. Me propongo, no obstante, dejar escritas algunas explicaciones, que quizá ayuden a comprender, aunque no soy tan iluso ni tan ingenuo como para pretender que sean comprendidas del todo, y mucho menos pretendo justificarme, no soy tan enfermizo ni tan irresponsable como para dejar en la estacada a mis actos. Mis explicaciones quizá ayuden o quizá no, eso no depende de mi voluntad, aunque alguna vez, durante mi juventud, fui culpable de sobrevalorar mi voluntad como un atributo mágico del universo circundante. Ahora ya no sostengo esta forma de racionalidad mítica, el principio de realidad se impone siempre con implacable fiereza.
Es cierto que asesiné a Francisco Brancusi, es cierto que le odié desde la primera vez que le vi, con una furia irracional en la cual me complacía con diabólica perversidad. Me regodeaba en mi odio incluso con voluptuosidad. No me había hecho nada, ni siquiera, seguramente, era consciente de mi insignificante presencia en el insondable Universo, pero yo le odiaba. Si buscan una razón para mi odio no la encontrarán, deberán enfrentarse al hecho inasumible para sus delicadas y domesticadas conciencias de que hay monstruos poseídos por una corriente oscura que les lleva a cometer atrocidades. La razón, tan venerada por los filósofos, no tiene nunca la última palabra.
Lo primero que me irritó fueron sus gestos, que consideré absurdos e indignos, pues a mi juicio (a mi trastornado juicio, lo admito) ofendían la belleza del universo, la perturbaban introduciendo un elemento disarmónico. Sus movimientos no tenían gracia. Cometí lo que considero un crimen estético: la categoría de la Belleza estaba siendo puesta en entredicho, y yo soy un admirador de la Belleza, he leído a Platón y a Plotino. No estaba dispuesto a vivir en un universo que consintiera la fealdad. Fue también un crimen teológico: Dios creó el Universo, el ser se sostiene sólo gracias a la voluntad divina, y puesto que Dios lo creó debe ser bello. Así razonaba yo antes de que el principio de realidad se me impusiera y me revelara la verdad, y la verdad era bien triste: era un asesino, un simple asesino. En secreto maquinaba mi crimen. Me consideraba un instrumento de la voluntad divina, y sabía que era preciso aniquilar a Francisco Brancusi.
Sus gestos eran irritantes y aborrecibles hasta extremos insospechados, o acaso lo fuera mi locura. Y su cara, una cara como de empanada, de provinciano paleto, me sumía en un odio que se acrecentaba con una intensidad que quizá nadie haya sentido nunca. Tenía cara de bobo y vestía como un estudiante de teología, con camisas de cuadros metidas por dentro del pantalón, y se peinaba con raya al lado y gomina. Estaba convencido de que lo hacía para torturarme. Le odiaba cada vez más. Nunca había conocido a nadie que me sacara de mis casillas por el mero hecho de existir. Y luego estaba su sonrisa bobalicona, como si fuera feliz todos los instantes de su miserable existencia. Un tipo así debía ser eliminado, no me cabía duda alguna al respecto. Su presencia me ofendía. Era la antítesis absoluta del alma bella. Una alma bella nos complace por su modo de ser, no por sus actos. Su modo de ser me atormentaba, y comprendí con una lucidez fría y repentina que yo no podría seguir viviendo si él también seguía viviendo. Asesinarle fue una necesidad que obedecía, no a mi voluntad, sino a un oscuro y salvaje impulso.
Una tarde, al salir de clase, lo seguí. Mi estado de ánimo era una especie de ebriedad agitada. Escondía en la manga un cuchillo. Entré tras él y nada más cerrarse la puerta del portal le rasgué la garganta. Salí corriendo. El sol, mortecino ya, invernal, pálido, amable, luminoso, infinitamente bello, me sonrió. Respiré hondo, me sentía feliz.
Al día siguiente, ese estado alucinatorio en que me había sumergido desde que conocí a Francisco Brancusi cesó bruscamente. El principio de realidad se me impuso con una brusquedad implacable, como un jarro de agua fría, por usar un símil común. Todo había pasado como en sueños, esas alucinaciones que todo el mundo sufre sin que impliquen, por lo general, muchos riesgos. En mi caso, esas alucinaciones habían continuado hasta el desenlace fatal. No me justifico, simplemente relato lo sucedido desde mi punto de vista. No eludo las responsabilidades. Soy un asesino, lo sé, sé que permaneceré en esta cárcel durante mucho tiempo y sé que me lo merezco, no quiero salir con el pretexto de enajenación, quiero pagar por lo que hice: yo no dejo a mis actos en la estacada. Aquí puedo leer y soñar. Sueño con criaturas infinitamente libres, con un mundo de paz y de luz, con noches hermosas de verano, con luciérnagas.
http://im-pulso.blogspot.com/2006/10/los-64-etarras-excarcelados-por-aznar.html
Saludos cordiales a la extrema derecha, que no condena la guerra de Irak que causa 100 muertos diarios porque es cosa del pasado. Que vergüenza
-Hijo, tengo que hablar contigo, no es sólo que vayas por ahí con el pelo enmarañado, delgaducho y triste... no sé, ¿qué te crees, un poeta? Es de risa, los poetas desaparecieron, ¿sabes? Desaparecieron para siempre y nadie los echa de menos, este mundo no echa de menos a los poetas, se vuelven todos medio locos y no valen para nada... ingenieros, médicos, abogados, esos sí hacen cosas, tú no sé qué haces, la verdad, aún no me he enterado... ah sí, un artista, ya, pero no se gana dinero con el arte, sólo algunos ganan dinero con el arte, muy pocos, ¿para qué sirve el arte? Dime, contesta... podrías haber sido un hombre de provecho, en lugar de sepultar tu inteligencia en vanos sueños, delirios románticos, fantasías infantiles, dios, en serio creías... pero bueno, ya es tarde... no son sólo tus pintas, esos ojos como melancólicos con la mirada perdida, y esa forma de andar desganada, pareces Neil Armstrong paseando por la luna... sí, chico, estás en la luna, es hora ya de bajar, hace ya mucho tiempo, cuando pintabas horas y horas, enfrascado en ti mismo... pero entonces eras aún un niño y pensábamos que estaba bien que fueras creativo, no nos preocupaba, no vimos el peligro, nos parecía bien, el niño es inquieto, es ocurrente, ni se nos ocurrió pensar que te ibas a convertir en un incapacitado social, en un ser tan extraño, capaz de aprender griego porque se te metió en la cabeza que había que leer a Heráclito en griego... ¿para qué sirve el griego?, ¿para qué sirve cualquier cosa de las que has hecho hasta hora? luego lloriqueas porque nadie te comprende, hijo, pero es que lo tuyo no tiene nombre, tus amigos del colegio, que eran más tontos y sacaban peores notas, esos borregos de mente tan estrecha que no han leído un libro en toda su vida porque creen que se convertirían en maricas, como tú dices, están ganando dinero, algunos hasta tienen coche y novia, y tú sigues dibujando y leyendo y no te das cuenta de que nadie puede vivir para siempre en una burbuja de cristal, entregado a diseñar fantasías introspectivas cuyo significado nadie, salvo tú, sabe cual es, si es que lo sabes, si es que tiene algún sentido... hijo, ¿me escuchas?, ¿se puede saber si me estás prestando algún maldito caso, maldita sea?
-Ah, papá, ¿qué haces?, ¿decías algo? Estaba escuchando música con los cascos puestos, ya sé que para ti las nuevas tecnologías y los extraterrestres son sinónimos, pero a algunos el mp3 no nos parece un artilugio ininteligible...
-Hay que joderse, no, es igual...
-Por cierto, ¿te acuerdas de aquel borrego incapaz de leer un libro porque creía que se convertiría en marica, ese que iba conmigo a clase, en el colegio, uno con cara de bobo?
-No sé, seguro que ya tiene coche y novia...
-Sí, creo que sí, pero no tiene ningún sitio a dónde ir y seguro que es un eyaculador precoz... su novia estará insatisfecha y le estará todo el día gritando, figúrate qué panorama... le pondrá los cuernos por ser tan egoísta y no esperar a que ella... ya sabes, papi, tú tienes mundo, pero bueno, en el fondo igual es mejor para los dos, ella ya no le estará todo el día gritando y podrá ver tranquilo partidos de fútbol por la televisión, los partidos de fútbol tienen argumentos sencillos, seguro que es capaz de seguirlos
-¿Quieres dejar de metete con la gente? No puede ser que seas tan chulo, tan ególatra, tan...
-Sí, sí, bueno, yo no tengo la culpa de la existencia de las hordas de borregos con coche y novia que tanto te gustan, papaíto de mi corazón, siempre tan preocupado por la seguridad burguesa de tu hijo primogénito... ganaré mucho dinero, te lo prometo, y me compraré docenas de coches y docenas de novias, todas bien vestidas, educadas, sonrientes, cocineras excelsas, seré un burgués elevado a la enésima potencia, te lo prometo... llegaré a casa por Navidad con docenas de novias listas y dispuestas para ser exhibidas en el gran teatro de las convenciones sociales y los atracones de carne y de pescado muerto, si no fuera por el marisco yo ni iba, qué pena que ya haya pasado la navidad, ¿no? Cigalas y lechazo, eso sí que es comida... docenas, te lo aseguro, seis rubias y seis morenas, para que el equilibrio cósmico no sea puesto en entredicho, y ninguna hablará de política ni de ningún tema espinoso, asentirán y sonreirán, si quieres les puedo poner a todas mis novias flores en la cabeza, para acentuar su función de florero en las grandes comilonas familiares, creo que la novia tonta de tu sobrino político llevaba flores en la cabeza en Navidad, ¿no es cierto? No las llevaba de verdad, cierto, pero conceptualmente, o metafóricamente, quiero decir, no literalmente, yo diría que sí, que era un florero móvil, se presentó a miss algo y todo, quizá sea una de esas supermodelos inteligentísimas, no lo niego, seguro que lee a Nietzsche en sus ratos libres, porque era bastante fea, a pesar de que se presentara a miss algo, no sé en qué pensaba, y los feos tenemos que leer mucho, ¿sabes? No para aprender, leemos con la convicción de que se nos quedará un aspecto interesante y de inteligencia, aunque sea falsa, impregnado en el rostro que disimulará su fealdad... Sartre no lo consiguió, es cierto, Sartre siguió siendo feo, pero su pipa de intelectual francés desviaba la atención y seguro que ligó mucho, las encandilaba disertando sobre el Ser y la Nada, todas esas modelos inteligentísimas y feministas caerían rendidas a sus pies, seguro...
-Deja de decir gilipolleces, ¿se puede saber qué pasa con el borrego de tu compañero de colegio?
-Nada, que le vi el otro día, me hizo gracia, ¿sabes? Hacía años que no le veía, recuerdo que fue él quien me rompió el coche aquel de plástico que me regalasteis, supongo que por Reyes, era un coche la hostia de guay, te metías dentro y dabas pedales, yo jugaba todo el rato a que era el coche fantástico, y el tipastro ese me lo rompió... mi rencor atraviesa milenios, es curioso, aún me acuerdo y me entran ganas de romperle algo, no sé, quizá le rompa su coche de verdad, sería justo, ¿no crees?
-Tú es que siempre prefieres la ficción a la realidad, hijo, no sabes lo desorientado que estás, te gusta tu recuerdo del coche fantástico, pero no te sacas el carnet de conducir...
-... qué bobo era, no era un mal tipo, pero a bobo no le ganaba nadie
-¿Me escuchas cuando te hablo?
-A veces sí, papi, no te preocupes, tu sapiencia paternal no cae en saco roto, evalúo todas tus tesis sobre la importancia de los coches reales en detrimento de los coches más artísticos, los coches fantásticos de mi memoria poética rotos por los bobos desaprensivos, ese coche de juguete de mi infancia es como una delicatesen proustiana, así que lo siento mucho, me quedo con Michael Knight
-Tú no te tomas nada en serio...
-Eso no es cierto, papaíto, me tomo el absurdo lo más en serio que puedo, la realidad es en sí absurda, o es absurda para nosotros, o más en concreto es absurda para mí, que no la entiendo y la encuentro muy graciosa, aunque a veces es trágica, o a veces simplemente es aburrida... ah, el tedio, el spleen de Baudelaire... la tragedia del hombre contemporáneo, ¿sabes?
-Bien, bien, pero dime una cosa, hijo, ¿cuándo piensas empezar a ganar dinero?
-No es algo que vaya a suceder porque yo lo piense, mi pensamiento no tiene poder alguno... a veces me pongo a pensar y a sentir, cosas ambas tristes, según mi adorado y sensibilísimo Proust, la cuestión es cuándo podré ganar dinero, y cómo, a mí también me preocupa, papaíto, aunque no te lo creas... me preocupa pero aún no me ocupa, como tú ya sabes...y no es que sea el fin de mi existencia, ganar dinero es el fin de la existencia sólo para los demócratas liberales, y yo ni soy demócrata (porque si todo es cuestión de números estoy perdido, como decía Jünger, o la democracia es un abuso de la estadística, como decía Borges, y además no es otra cosa que demagogia, esa mala hierba espontánea del suelo democrático, como decía otro...) ni soy liberal
-Qué cruz de chaval, dios mío...
-Si la cosa se pone mal me hago camarero, no te preocupes. Camarero comunista por el día y escritor surrealista por la noche, trabajador diurno y delirante nocturno, ¿te parece bien? Espero tu aprobado, papi, es importante para la sana formación de mi subjetividad, la Ley paterna, el psicoanálisis, ya sabes...
-¿Y cuándo te vas a echar una novia estable, formar una familia?
-Qué sé yo... sin trabajo, sin poder comprar un piso, sin coche, soy el hombre sin, un paria, un vagabundo errante...
Lucía se despierta sobresaltada: una pesadilla en mitad de la noche ha atravesado su ser como la carcajada inhóspita de un monstruo sin nombre, sin forma. Continúa asustada durante un buen rato, tratando de ubicarse en la oscuridad amenazadora de su cuarto. La sensación viscosa de ese miedo que la acosaba durante el sueño va despegándose poco a poco de su cuerpo.
El miedo se diluye como un murmullo que se apaga, sus voces confusas quedan atrás, en la bruma onírica, y desaparece... pero no del todo: un eco, un rastro apenas perceptible se insinúa, tenue, en la penumbra del cuarto.
Para calmarse, tiene que dar la luz y encender un cigarrillo. Luego se agarra las rodillas con los brazos entrelazados y apoya la barbilla. Los ojos tan abiertos que no parecen ojos humanos sino dos animalillos asustados, enjaulados, esperando su ejecución inminente.
A la segunda calada ya no recuerda qué ha soñado, pero la sensación de miedo aún flota, dispersa y amorfa, por la habitación: un escalofrío recorre la piel de Lucía.
El miedo desaparece, pero tan lentamente, como la voz de una niña asustada que canta cada vez más bajo, pero cuya voz no llega nunca a ser ahogada del todo por el silencio.
Lucía termina el cigarrillo y adopta esa postura defensiva, como si fuera una muralla, impenetrable para los fantasmas. Sin embargo, no está más calmada. Al contrario, cada vez se pone más nerviosa. El miedo desaparecía, pero ahora empieza a sonar cada vez más alto, más agudo y más amenazante. Suena como la voz de una niña asustada que grita cada vez más alto. Lucía está a punto de gritar, pero el miedo se lo impide. Al borde de un ataque de nervios, Lucía salta de la cama y abre la puerta de su cuarto.
Está a punto de quedarse sin respiración: una niña pequeña y asustada grita y llora en el pasillo.
Entonces se despierta, continúa asustada durante un buen rato, tratando de ubicarse en la oscuridad amenazadora de su cuarto. La sensación viscosa de ese miedo que la acosaba durante el sueño va despegándose poco a poco de su cuerpo...
Un día subirás a un coche, conducirás durante días y llegarás a una casita en ruinas, llena de polvo y silencio, y pasarás allí algunos meses, enfrentado a los desiertos que crecen por dentro y aislado del ruido incesante que producen los del otro lado, los del exterior. Si no acabas desquiciado, habrás ganado el juego. Es difícil no desquiciarse, la mayoría gritan, lloran, son aterrorizados por un elefante rosa o se declaran culpables, aunque no saben de qué. Otros se vuelven fanáticos religiosos, o se creen Jesucristo crucificado, o creen que el mundo se ha acabado y que sólo queda la casita en ruinas suspendida en medio del fragor apocalíptico. No salen de la casita por temor a que afuera un paisaje atroz transforme su corazón en un montón de cenizas y angustia.
Acaban locos, aunque todos huyen de la locura. La locura los persigue, los desiertos interiores crecen y los persiguen vayan a donde vayan, como un perro obsesivo que sólo quiere alcanzar la pelota.
Y no me preguntes cual es el juego, hoy no estoy nada metafísico, sólo te diré que yo he cambiado los abismos insondables del yo por el viento.
No hay más un yo en el lugar del viento
Señor S
Dejad hablar al viento
ese es el paraíso.
Ezra Pound
Igual que la luciérnaga estremecida
se extiende como un débil hilo sobre el jardín
regodeándose en el crepúsculo
así se disuelve el ser
en esta brisa de un tiempo lejano
de un tiempo fuera del tiempo
es esta paz que te atraviesa
que te deshace:
no hay más un yo en el lugar del viento.
la noche dice sin palabras
como un gesto debajo de las sábanas
esta belleza que se quiebra
que se deshace.
tú sonríes
y es triste
pero hermoso
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Cada vez se hace más tarde. El tiempo pasa. Ya puedes hacer piruetas suicidas en la cornisa de un tejado mientras bebes cerveza y lloras con desesperación furiosa y risas histéricas, que el tiempo pasa igual. Cada vez se hace más tarde, conejo blanco, y no has encontrado tu lugar en el mapa, y ya puedes quemar el mapa y correr veloz como un viento que huye, que el territorio no va a desaparecer, la terquedad muda del mundo... Puedes, sin embargo, inventar un mapa, inventar un tesoro, sólo así tendrás algo que buscar. Y quizá, después de todo, el tesoro exista, aunque sea frágilmente sobre este quizá que nos lanza a tierras incógnitas, allí donde el pensamiento más clarividente encuentra su límite y se golpea contra él. El pensamiento lanza puñetazos contra el lenguaje.
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Fue invitado a dar una conferencia sobre algún tema abstruso, sobre el cual años de estudio apasionado le habían convertido en un experto. Preparó concienzudamente su conferencia, repasó, leyó, subrayó, pensó como un descosido, dejó de dormir, entregado a su tarea, absorbido por completo. La aridez conceptual no lo disuadió, se había impuesto un rigor inhumano, y sabía perfectamente de lo que hablaba, su fuerza interior se acrecentaba, se sentía como un conquistador, un triunfador. Su tesis era clara, perfectamente argumentada, exquisitamente expuesta, con un estilo ágil, contundente, soberbio. Cuando terminó la conferencia, sin embargo, decenas de ojos asombrados lo miraban como a un extraterrestre caído por casualidad en un planeta ajeno y hostil.
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¿Te acuerdas cuando eras
una sonrisa entrelazada con la noche
y el humo de un cigarrillo al amanecer?
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Mucho tiempo he estado acostándome tarde, retardando el momento de irme a la cama con cualquier excusa. Libros, películas, ver basura televisiva, cualquier cosa me servía con tal de no ir a la cama, cerrar los ojos, desaparecer. Algunas veces una vaga angustia se filtraba por los poros de mi piel, un malestar indeterminado me mantenía en suspenso frente al mundo. Estábamos yo y mi conciencia y nunca era el momento adecuado para dormirnos.
Cultivaba mi angustia con curiosidad, advertía claramente cómo la apatía me inutilizaba. Muchas veces no hacía nada. No era capaz de leer ni de nada, una tristeza sin causa flotaba como una niebla invisible por mi habitación, impregnándola de sinsentido y atrocidad. Era un desierto, ruinas desoladas, una ciudad espectral, un pueblo abandonado, como si el entusiasmo y el deseo se hubiesen fugado a otro mundo. A un mundo lejano, irreal, que no me pertenecía, un mundo inaccesible para mi gris conciencia. Una pálida figura insustancial, una marioneta arrojada a la carretera mojada, un muñeco al que de pronto han robado el alma, un mecanismo averiado, un cerebro que ha dejado de segregar las sustancia químicas de la vida... creo que pueden hacerse una idea.
No obstante, no siempre era así, me estoy dejando llevar por las palabras, exagero la situación para envolverla en una atmósfera literaria, miento, desvirtúo los hechos. Un personaje desesperado posee cierta grandeza trágica. La felicidad burguesa es aburrida. La felicidad no tiene ninguna grandeza, ni ningún interés artístico. Pero tampoco era feliz del todo, ni era convencional. No sabía lo que era y tampoco es que me importara mucho. Me acostaba muy tarde. Bebía una botella de vino y escuchaba a Janis Joplin. No obstante, a mi particular modo era feliz, a mi modo marginado y lunático y desesperado, pero echaba de menos algo. A ella.
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(Versión 1)
Los sabios, los temerarios, partieron al amanecer. Surcando la niebla invernal, sus figuras se desvanecían paso a paso, engullidos por la lejanía. Otros horizontes, otros mundos quizá, les aguardaban. Toda la ciudad contempló su partida, sumida en un silencio cómplice de la niebla, apenas turbado por el silbido leve del viento y el rumor hipnótico del mar. Brillaban sus orgullosos y desafiantes ojos con el destello tembloroso de la locura de Ahab.
Partían, sin duda, en busca del demonio blanco.
Sin duda estaban poseídos y nunca hallarían descanso.
Muchos años anduvieron, de ciudad en ciudad, de país en país, recorriendo todos los caminos, en todas las direcciones, sin ceder ni un solo momento a la fatiga o a la desilusión, sobreponiéndose con un esfuerzo sobrehumano a las adversidades que les acosaban, guiados por el fin de su titánica (acaso imposible) empresa: matar al demonio blanco.
Consumidos por su obsesión, por el hambre, la fiebre, la locura, por el frío, imaginaron innumerables veces haber cazado por fin al demonio blanco, como en sueños llegaban al final de su camino, la paz los inundaba, dejaban de errar.
Pero apenas recobraban el sentido la verdad se imponía: el demonio blanco no existe.
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(Versión 2)
Ellos –los locos, los temerarios- partieron al atardecer. Era invierno y la niebla engullía sus figuras como la boca de un fantasma triste. Otros horizontes, otros mundos quizá, les aguardaban. La ciudad entera les despidió. El silencio, turbado apenas por el silbido agudo del viento y el rumor hipnótico del mar, inundaba las calles. En el fulgor de sus ojos oscuros, desafiantes, temerarios, se adivinaba la locura, el mensaje incierto del viento, motivo de su partida.
Nadie sabía, en realidad, qué había pasado, por qué aquellos cuatro hombres partían, ni hacia dónde, pero la enrarecida atmósfera que precedió a su partida inquietó el ánimo de todos los habitantes de la ciudad. Toda la ciudad miraba atemorizada a esos cuatro hombres, cuyos ojos enloquecidos sumían en el terror a quien los mirara directamente. Toda la ciudad –silenciosa, fantasmal- miraba al suelo mientras aquellos cuatro hombres partían.
Sus pasos, sumergidos ya en la niebla, llegaban con un eco que erizaba la piel.
Los días previos a su partida no hablaron, no comieron, apenas se movían, los cuatro permanecían como petrificados, con la mirada perdida, una mirada cortante como el filo de una navaja manchada de sangre.
Y el viento soplaba, agudo, penetrante.
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Que un pobre diablo, que un triste de la vida, consiguiera hacerse querer por la chica que ocupaba las fantasías de los hombres de toda la ciudad, no es moco de pavo. Estudiante pobre, malvivía emborrachándose en todas las tabernas. Triste y lunático como era, sus amigos siempre acababan llevándole a casa, consolándole como podían. Era difícil saber lo que le pasaba, porque ni él mismo lo sabía. Frágil y sensible, un tarado en toda regla: enclenque, maniático, sabihondo, triste, pálido, delgaducho e insoportable, así era el chico que conquistó a la chica de los sueños de toda la ciudad.
Ella se fijó en él, a saber por qué.
Todo comenzó en una taberna. Estaba borracho, como siempre, como toda la vida, triste y borracho.
Le hizo gracia, nunca había visto a un tipo tan extraño. Se encaprichó con él, aunque tenía novio. Y él, un triste de la vida, se sintió feliz por una vez, feliz de verdad por primera vez en la vida.
Parece el final de una película ñoña, pero así ocurrió: se besaron, follaron mucho y comieron perdices.
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Al borde de un acantilado, Arturo Sánchez escribe sus memorias en un cuaderno viejo del que apenas quedan unas pocas páginas en limpio.
Respira profundamente, contempla el mar. Es un día de primavera y no ha ido a clase. Enciende el primer cigarrillo del día, tose, le lloran un poco los ojos y sonríe (acaso el mar conoce sus pensamientos más íntimos). Nací en abril, en una ciudad del norte, y nevaba, lo cual era extraño, porque en abril no suele nevar. Así empieza. No tiene mucho que contar. El 16 de abril cumplirá veinte años. A los trece años di mi primer beso, en una excursión del colegio, no recuerdo si fue con lengua, se me nubló el conocimiento y no sabía ni qué pensaba. Aún me dura la sonrisa. Arturo piensa en aquella chica del colegio y le parece una fantasmagoría, un fruto de su imaginación. Aquella chica existó de verdad, y hoy no se diferencia de una fantasía: extraño.
A los quince años Kurt Cobain era mi guía espiritual, llevaba los pantalones rotos, la angustia y la belleza dolorosa del mundo recorrían mis venas como una corriente eléctrica, o tal vez como una lluvia infinitamente suave, infinitamente triste y acogedora y desgarradora.
Arturo deja de escribir, apaga el cigarrillo. Hace buen tiempo, está alegre. Solo, pero alegre; extrañamente alegre.
A los diecisiete seguía encerrado en mi cuarto, leyendo, y apenas iba por clase. Arturo recuerda el instituto, la vergüenza que pasó cuando fue considerado el chico más guapo de la clase, en un estúpido juego.
Eres de lo más raro, a cualquier otro le habría encantado, pero tú te enfadas.
Arturo recuerda, aún no tiene veinte años y no para de recordar.