Y bueno, ya que hablábamos de libros en el anterior post, continuemos hablando de libros. Con 13 o 14 o 15 años (yo recuerdo el tiempo pasado como un bloque nebuloso al cual me refiero imprecisamente como "cuando era más pequeño" o "cuando era aún más pequeño y la oscuridad me asustaba, en los albores de la gestación de mi yo y sus multiplicidades imaginarias") me puse a leer a Umbral obsesivamente: Las Ninfas, La forja de un ladrón, Trilogía de Madrid, Los cuadernos de Luis Vives, Los helechos arborescentes, Mortal y Rosa, La leyenda del César visionario, El Giocondo... sólo leía a Umbral, vaya, así hasta leer unos treinta libros suyos (de hecho es el escritor del que más libros he comprado). El resto de escritores me aburrían. Luego se me pasó y leí a algunos más, pero siempre he funcionado a base de obsesiones periódicas.
-La noche del oráculo, de Paul Auster, imprescindible, si aún no has leído esta extraordinaria proeza narrativa no tienes perdón de dios y arderás en el infierno, consumido por el fuego eterno. La novela que más me ha gustado del gran Auster, con perdón de El palacio de la luna y de El libro de las ilusiones.
-Maxon y Dixon, de Thomas Pynchon, el escritor oculto, mito de la literatura norteamericana, que aparece en un episodio de Los Simpsons con la cara cubierta por una bolsa con un signo de interrogación. De momento me aburre, pero lo acabo de empezar, le daré una oportunidad a Pynchon, porque los mitómanos andamos siempre a la caza de nuevos mitos.
-Esperanto, de Rodrigo Fresán. Un buen libro, Rodrigo escribe bien, incluso muy bien, pero le falta algo, a mí me da la sensación de que le falta algo, pero no sé qué.
-El fin del mundo como obra de arte, de Rafael Argullol. Cada vez me gusta más este tipo. Lo acabo de sacar de la biblioteca, aún no lo he leído.
-Poemas de la locura, seguido de El Hombre Elefante, de Leopoldo María Panero. Último libro, creo, de Leopoldo. No está a la altura de maravillas como Last River together, El que no ve o Poemas del manicomio de Mondragón, perpetradas (me gusta el verbo "perpetrar") en la década de los 80. Pero para los fanáticos es nuestro poeta, brillando como un sol negro en la aburrida cosmología poética, y lo será siempre frente a la banalidad de los conformistas que se adaptan a las convenciones de la palabra poética (esto del sol negro y la cosmología lo copio de la introducción de Túa Blesa a su poesía completa)
-La trascendencia del ego, de Sartre. Por alguna sinrazón me cae mal Sartre, y haber leído el existencialismo es un humanismo no ayuda; es obvio que Sartre no comprendió a Heidegger (si luego se lee la carta sobre el humanismo), pero bueno, este libro es interesante, sobre todo por el planteamiento de un campo trascedental sin sujeto que remite a una conciencia impersonal absoluta, inmanente (yo me entiendo :p)
-El día eterno, de J.G. Ballard. Lo saqué de la biblioteca porque me gustaba la portada y porque la ciencia ficción NO es un género menor. Hace falta ser un híbrido de elitista y analfabeto para pensar que es un género menor. Mi propósito para año nuevo va a ser leer más ciencia ficción.
-La trilogía de Nueva York, de Paul Auster. Sólo tenía la ciudad de cristal, que compré sin saber que formaba parte de una trilogía. Ahora Fantasmas y la habitación cerrada me están esperando (ya voy).
-La ignorancia, de Milan Kundera. A mí de Kundera sólo me gustó mucho la vida está en otra parte, y bastante La insoportable levedad del ser. No soy especialmente fanático de Kundera, pero una extraña inercia me empuja a leer sus libros, incluso sus ensayos, el arte de la novela y el telón.
Y más o menos eso es lo último que he leído o estoy leyendo o voy a leer. Lo escribo aquí y así no lo olvido. Leer y escribir probablemente sea una enfermedad adictiva, un vicio, y lo que más nos gusta son los vicios. ¿Habrá dicho algo Derrida sobre el texto como patología adictiva de personalidades compulsivas? No sé, él habla más bien de relaciones entre significantes, pero es seguro que era un formidable adicto a la lectura.
El demagogo, ese fruto espontáneo del suelo democrático.
Robert Michels.
En paráfrasis: el contertulio, esa mala hierba espontánea y epidémica del suelo democrático que amenaza con sus palabras, semejantes a un virus idiotizante, todo pensamiento que no sea repetición clónica de clichés infundados.
Es así que la demagogia es un mal estructural y no meramente accidental de la llamada democracia, y el periodismo, lejos de oponerse al poder, se constituye en un poder, básicamente en un poder manipular. La existencia inauténtica (Heidegger dixit) en el Se impersonal (se dice, se piensa, se hace) es la alienación democrática.
Además el demos no se gobierna, la representatividad se lo impide.
El 20 de noviembre de 1936 muere Buenaventura Durruti. Nació el 14 de julio de 1896, en León, España.
"El cadáver llegó a Barcelona tarde por la noche (...) En la casa de los anarquistas, que antes de la revolución había sido la sede de la Cámara de Industria y Comercio, los preparativos ya habían comenzado el día anterior. (...) La ornamentación era simple, sin pompa ni detalles artísticos. De las paredes colgaban paños rojos y negros, un baldaquín del mismo color, algunos candelabros, flores y coronas: eso era todo. Durruti era un amigo. Tenía muchos amigos. Se había convertido en el ídolo de todo un pueblo. Era muy querido, y de corazón. Todos los allí presentes en esa hora lamentaban su pérdida y le ofrendaban su afecto. Y sin embargo, a parte de su compañera, una francesa, sólo vi llorar a una persona: una vieja criada que había trabajado en esa casa cuando todavía iban y venían por allí los industriales, y que probablemente nunca lo había conocido personalmente. Los demás sentían su muerte como una pérdida atroz e irreparable, pero expresaban sus sentimientos con sencillez. Callarse, quitarse la gorra y apagar los cigarrillos, era para ellos tan extraordinario como santiguarse o echar agua bendita. Miles de personas desfilaron ante el ataúd de Durruti durante la noche. Esperaron bajo la lluvia, en largas filas. Su amigo y su líder había muerto. (...) El entierro se llevó a cabo al día siguiente por la mañana. Desde el principio fue evidente que la bala que había matado a Durruti había alcanzado también el corazón de Barcelona. Se calcula que uno de cada cuatro habitantes de la ciudad había acompañado su féretro, sin contar las masas que flanqueaban las calles, miraban por las ventanas y ocupaban los tejados e incluso los árboles de las Ramblas. Todos los partidos y organizaciones sindicales sin distinción, había convocado a sus miembros. Al lado de las banderas de los anarquistas flameaban sobre la multitud los colores de todos los grupos antifascistas de España. Era un espectáculo grandioso, imponente y extravagante; nadie había guiado, organizado ni ordenado a esas masas. Nada salía de acuerdo a lo planeado. Reinaba un caos inaudito. El comienzo del funeral había sido fijado para las diez. Ya una hora antes era imposible acercarse a la casa del Comité Regional Anarquista. (...) Los obreros de todas las fábricas de Barcelona se habían congregado, se entreveraban y se impedían mutuamente el paso. (...)A las diez y media, el ataúd de Durruti, cubierto con una bandera rojinegra, salió de la casa de los anarquistas llevado en hombros por los milicianos de su columna. Las masas dieron el último saludo con el puño en alto. Entonaron el himno anarquista "Hijos del pueblo". Se despertó una gran emoción. (...) Las motocicletas rugían, los coches tocaban la bocina, los oficiales de las milicias hacían señales con sus silbatos, y los portadores del féretro no podían avanzar. (...) Los puños seguían en alto. Por último cesó la música, descendieron los puños y se volvió a escuchar el estruendo de la muchedumbre en cuyo seno, sobre los hombros de sus compañeros, reposaba Durruti. Pasó por lo menos media hora antes que se despejara la calle para que la comitiva pudiera iniciar su marcha. Transcurrieron varias horas hasta que llegó a la plaza Cataluña, situada sólo a unos centenares de metros de allí. Los jinetes del escuadrón se abrieron paso, cada uno por su lado. (...) Los coches cargados de coronas dieron un rodeo por las calles laterales para incorporarse por cualquier parte al cortejo fúnebre. Todos gritaban a más no poder. No, no eran las exequias de un rey, era un sepelio organizado por el pueblo. Nadie daba órdenes, todo ocurría espontáneamente. Reinaba lo imprevisible. Era simplemente un funeral anarquista, y allí residía su majestad. Tenía aspectos extravagantes, pero nunca perdía su grandeza extraña y lúgubre. Los discursos fúnebres se pronunciaron al pie de la columna de Colón, no muy lejos del sitio donde una vez había luchado y caído a su lado el mejor amigo de Durruti. García Oliver, el único sobreviviente de los tres compañeros, habló como amigo, como anarquista y como ministro de Justicia de la República española. (...) Se había dispuesto que la comitiva fúnebre se disolviera después de los discursos. Sólo algunos amigos de Durruti debían acompañar el coche fúnebre al cementerio. Pero este programa no pudo cumplirse. Las masas no se movieron de su sitio; ya habían ocupado el cementerio, y el camino hacia la tumba estaba bloqueado. Era difícil avanzar, pues, para colmo, miles de coronas habían vuelto intransitables las alamedas del cementerio. Caía la noche. Comenzó a llover otra vez. Pronto la lluvia se hizo torrencial y el cementerio se convirtió en un pantano donde se ahogaban las coronas. A último momento se decidió postergar el sepelio. Los portadores del féretro regresaron de la tumba y condujeron su carga a la capilla ardiente. Durruti fue enterrado al día siguiente" (Kaminski).
No sé, estas son las historias que te puedo contar: Silvia trata de girar la cerradura, pero las llaves se agitan impotentes en sus manos temblorosas. Borracha, triste y feliz a la vez, canturrea una canción y sonríe, tal vez recuerda algo, pero sonríe al vacío o se sonríe a sí misma o sonríe a la nada. Cuando por fin consigue vencer a la escurridiza cerradura siente un mareo fulminante, como si su cabeza hubiera iniciado un vuelo muy lejos de ella, entre brumas que distorsionan los contornos del mundo, un vuelo imposible a Nunca Jamás que irremediablemente termina ante la certeza de la muerte de Campanilla. Camina de puntillas por el pasillo, cierra la puerta de su habitación y se tira sobre la cama: todo empieza a dar vueltas. Sigue canturreando la misma canción –se ríe, llora- una y otra vez. Pero el mareo aumenta y ahora siente un miedo informe, agobiante, irrespirable. No se atreve a moverse, si no la intensidad del mareo aumentaría y el miedo, que por ahora domina, se transformaría en puro pánico. Trata de serenarse, respira hondo, no pasa nada, tranquila. Por fin se duerme. Al día siguiente, nada más despertar, bebe agua como si por la noche hubiese soñado que estaba perdida en un desierto interminable, con el sol abrasándole la piel y en torno suyo oasis ilusorios que no lograba alcanzar. Le duele la cabeza y apenas come en todo el día... estas son las historias que te puedo contar, historias de chicos y chicas desorientados, a veces tristes, que llegan a casa borrachos y se marean y se despiertan con resaca y a veces también son felices, sí, no hay que olvidarlo, aunque sea extraño eso de ser feliz, a veces son felices. No son muy buenas historias ni pasa nada en ellas, ya lo sé, pero si afinas el oído escucharás sus deseos, sus inquietudes, no se sabe cuales son estos deseos ni estas inquietudes, pero aun así se pueden escuchar, son borrachos más melancólicos que Bukowski y son también almas rotas, perdidas en la noche, buscando un faro, sí, son caminantes y son insomnes y yo siento una especial ternura por todos ellos, mis personajes marginales... yo también consumía mi vida, yo también quería deshacerla en lugar de construirla, sí señor, me sentía enfrentado a toda la sociedad, lo cual es una estupidez, porque la sociedad no es un ente abstracto, pero entonces era joven y estúpido, y feliz siendo estúpido, es decir, que era muy joven, y me sentía cómodo lindando con la marginalidad, una especie de romántico tardío en una época de cinismo generalizado, odiaba a los niños pijos, sin saber muy bien quienes eran ni por qué, y escuchaba a Nirvana sin parar y bebía y rompía botellas de cerveza en las calles de alguna ciudad de cuyo nombre no me acuerdo, sí, tenías que haberme visto, llevaba pantalones rotos, el pelo largo y sólo creía, con una fe de ateo, en Kurt Cobain, mi guía espiritual en mitad de aquella catástrofe espiritual; en mi interior se habían acumulado muchos cantos desgarrados, peligrosamente fascinantes, mi actitud era una especie de respuesta irracional, como si sólo deseara matar a la ballena blanca, lo sé, pero por aquella época yo amaba todo lo irracional y mi caos era sagrado... habíamos crecido lejos de todas partes, nos aburríamos, no sabíamos qué hacer, ¿qué hacer?, la vieja pregunta leninista se tornaba urgencia existencial y no teníamos respuesta, bebíamos mucho y nos lo pasábamos bien, la cerveza aliviaba el mundo, rompía la cadena de trivialidad cotidiana, el frío esperando el autobús para ir al instituto, el aburrimiento supremo de las clases, la cerveza, el parque donde bebíamos, rompían esa cadena cíclica sin salida aparente y que amenazaba con consumirnos, porque si el alcohol iba a consumirnos al menos lo hacía con la elegancia del camino del exceso y al menos veríamos paisajes hermosos durante la travesía, que no imaginábamos corta sino como el camino esencial de acceso al mundo, un horizonte que se desplegaba ante nuestros ojos sedientos de absoluto... sedientos de absoluto, qué expresión, yo leía a Hörderlin y sabía que nunca estuvo loco y fue feliz incluso cuando murió solo en la nieve... ahora bien, sabíamos que el futuro iba a llegar, lo sabíamos pero sentíamos otra cosa y de algún modo confiábamos mágicamente en un presente perpetuo de borracheras, de risas, de conversaciones perfectamente absurdas y de estrellas conmovidas por nuestra diminuta presencia en la inmensidad inabarcable de la noche, del firmamento... teníamos un gran futuro por delante para ganar dinero estudiando empresariales o cualquier cosa por el estilo, todas las oportunidades, decían, ya sabes, todo ese discurso de mierda a favor de la guerra entre los codiciosos dictado directamente por los labios del capital que soltaban los gilipollas, y luego fuimos los vagos, drogadictos desagradecidos que por alguna extraña razón, por nuestra culpa, lo habíamos echado todo a perder, pero no sabíamos qué habíamos echado a perder, ¿la vida?, ¿y cómo se ganaba la vida?, ¿produciendo mucho para poder consumir mucho?, ¿los centros comerciales eran el teatro del mundo? Pues menuda mierda de obra, había que rescribir el guión... nosotros que habíamos nacido en el próspero primer mundo y siempre teníamos un plato de comida en la mesa, no como esos pobres niños de África, ya sabes, si no te terminabas la comida del plato estabas matando a desnutridos niños africanos... en fin, que sentía un asco infinito por su nauseabunda moral, una rabia que explotó durante algún tiempo en la forma de un nihilismo destructivo, una actitud vital descreída hacia el exterior y una pasión autodestructiva hacia el interior, si lo valores tradicionales caían yo quería ayudar y empujarlos para que cayeran, quería colaborar en el resquebrajamiento moral de occidente, que su decadencia se consumara de una vez por todas como el sueño apocalíptico de un poeta esquizofrénico... ah, la belleza de las ruinas... tal vez lo decadente me pareciera cool, quién sabe... el sueño del fin del mundo, esa fantasía alucinada me parecía hermosa, no sabía muy bien por qué, creo que le atribuía un significado muy extraño, místico quizá... tal vez me parecía una obra de arte total, el arte y la locura suplantando la vida para realizarla definitivamente, no sé, cosas de adolescentes... qué ridículo suena ahora, ¿verdad?
1.º Alrededor de una bola de fuego gira frenéticamente una bola de mierda sobre la cual se venden medias de señora y se estiman los gauguins...
78.º ¡Una patada al Cosmos!, ¡Viva dadá!
Walter Serner.
Tenemos derecho a cualquier diversión, sea en las palabras, en las formas, en los colores, en los ruidos. Todo esto, sin embargo, es una magnífica locura que nosotros conscientemente amamos y despachamos..., una enorme ironía, como la vida misma; la técnica exacta del absurdo definitivamente admitido como sentido del mundo.
Raoul Hausmann.
El dadá no es, en su núcleo, ni movimiento artístico ni antiarte, sino radical acción filosófica. El dadá practica el arte de una ironía militante.
Peter Sloterdijk.
Ser dadaísta significa dejarse llevar por las cosas, estar contra la formación de sedimentos; estar sentado un momento en una silla significa poner la vida en peligro.
Manifiesto 1918.
El dadá no mira un cosmos ordenado. Lo que a él le importa es mantener la presencia de espíritu en el caos. Sería absurda aquella actitud de gran pensador en medio del alboroto asesino tal y como era corriente en las complacidamente excitadas filosofías de la vida de aquella época. El dadá exigía la existencia de una absoluta simultaneidad con las tendencias de la propia época: vanguardia existencial(...) el pathos de verdad de esta corriente es tener el tiempo en los nervios y pensar y vivir a su ritmo.
Peter Sloterdijk
Menos mal que la realidad no existe.
Jean Baudrillard, El crimen perfecto
En al menos dos cuentos (no recuerdo cuales, pero uno es de El Aleph y el otro de Ficciones, seguro), Borges, en una atmósfera fantasmagórica de filosofía-ficción, habla de un lugar cuyo lenguaje no asigna realidad a los sustantivos.
P.D: para explicarlo mejor, tendría que buscar los cuentos... es una lástima que sea tan vago. Si no fuera tan vago, hablaría también de la relación entre dadaísmo y existencialismo... el condicional arruina mi faceta ensayística.
Anatomía de Grey, House, Entre fantasmas, las series de cuatrosfera, Futurama, Redes, Días de cine, Los Simpson, Padre de familia, Friends, Me llamo Earl...
La identidad, Milan Kundera
Cumpleaños, César Aira
Desciende, río invisible y El cazador de instantes, Rafael Argullol
Crítica de la razón cínica, Peter Sloterdijk.