Noviembre 24, 2005

Microrrelato: los sueños del gigante

Suena A Perfect Circle y hay cigarrillos de sobra, es la hora propicia para escribir. Por ejemplo un microrrelato:

Las olas suenan como los suaves ronquidos del mar, del gigante azul que ahora duerme y sueña, barquitos de papel, una niña asomada a la orilla, depositando un barquito de papel. La niña se ríe, aplaude, el mar tiene un sueño tan sereno que el barquito flota sin dificultad sobre la superficie, intrépido aventurero con destino a la isla misteriosa. Pero de repente el gigante se adentra en un sueño intranquilo, nubarrones grises suplantan el azul del cielo y esbozan un rostro amenazante, las olas comienzan a agitarse, cada vez con más fuerza, los nubarrones descargan una tormenta feroz, las olas ya no acarician la orilla, lanzan puñetazos con una rabia inusitada, la niña ya no ríe, ahora llora con llanto inconsolable y el barquito de papel es engullido por las profundidades tenebrosas del sueño del gigante dormido...

Posted by SeñorS at 05:44 AM

Regreso a casa

Para Marta, la otra gran fan de Brunelesky (extraño programa infantil que emiten cuando aún no ha amanecido del todo) :)

Cuando llegamos a casa debían ser casi las ocho, por la televisión echaban el programa de Brunelesky, empezaba a amanecer pero las luces de las farolas no estaban apagadas todavía, brillaban como niños traviesos. Yo estaba aún medio borracho, abrí la ventana, hacía frío, encendí un cigarrillo, el de las buenas noches, antes de ir a la cama, y la noche se había consumido, ya era de día. Tenía mucho sueño pero me resistía a dormir, una rato más, sólo un rato más, para arañar un pedazo de ese mundo secreto, ese mundo que sólo conocen los niños irresponsables, los que no duermen ni aunque les amenacen con el hombre del saco, ese mundo por el que se filtran brumas oníricas y cartas sin destino.

A la mañana siguiente la voz quebrada: demasidos cigarrillos anoche, demasiadas cervezas, demasiada incertidumbre y pasos sin rumbo, vértigo otoñal, frío.

Recuerdo que durante el camino de regreso a casa hacía mucho frío, peces urbanos ateridos de frío, recuerdo el camino de regreso como una fantasmagoría ebria por las calles de piedra dura y silenciosa, y yo, incapaz de sostener el peso de palabras inútiles, decía qué frío.

Con una raro júbilo me decía que mi vida era un cúmulo de imágenes desvalidas, fragmentadas, que brillaban en la oscuridad como las ruinas de nadie.

Amanecía ya, brillaban aún las farolas, abrí la ventana, dejé que el frío me golpeara el rostro y fumé el último cigarrillo, para que la brasa actura de señal, el niño que nunca duerme, el espía que mira el jardín a través del ojo de la cerradura y dice socorro, sácame de aquí, yo quiero entrar.

Posted by SeñorS at 01:01 AM

Noviembre 23, 2005

Aniversario

El 20 de noviembre murió un gran tipo

Negras tormentas agitan los aires,
nubes oscuras nos impiden ver,
aunque nos espere el dolor y la muerte,
contra el enemigo nos manda el deber.
El bien más preciado es la libertad.
Hay que defenderla con fe y con valor.

Alta la bandera revolucionaria
que del triunfo sin cesar nos lleva en pos.
Alta la bandera revolucionaria
que del triunfo sin cesar nos lleva en pos.

¡En pie pueblo obrero, a la batalla!
¡Hay que derrocar a la reacción!
¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación!
¡A las barricadas! ¡A las barricadas
por el triunfo de la Confederación!

Durruti, por supuesto

Posted by SeñorS at 10:50 PM

Noviembre 22, 2005

Dos citas, dos gigantes del pensamiento

La literatura es la ciencia de la realidad devenida insoportable
L.M. PANERO

Y es que hay dos maneras de leer un libro: puede considerarse como un continente que remite a un contenido, tras de lo cual es preciso buscar sus significados o incluso, si uno es más perverso o está más corrompido, partir en busca del significante. Y el libro siguiente se considerará como si contuviese al anterior o estuviera contenido en él. Se comentará, se interpretará, se pedirán explicaciones, se escribirá el libro del libro, hasta el infinito. Pero hay otra manera: considerar un libro como una máquina asignificante cuyo único problema es si funciona y cómo funciona, ¿cómo funciona para ti? Si no funciona, si no tiene ningún efecto, prueba a escoger otro libro. Esta otra lectura lo es en intensidad: algo pasa o no pasa. No hay nada que explicar, nada que interpretar, nada que comprender. Es una especie de conexión eléctrica.
Gilles DELEUZE

Posted by SeñorS at 07:36 PM

Los niños muertos están solos (escrito con aroma a romanticismo negro)

Desde lo alto del edificio del mundo, Cristo, muerto, proclama que Dios no existe.
JEAN PAUL, Titán

Un niño muerto se aparece últimamente en mis sueños: su sonrisa helada me cubre de sudor frío la piel. Despierto, angustiado, y trato de encender la luz, pero la bombilla está fundida. Oscuridad total: nadie te salvará, frágil marioneta. Salgo al pasillo: las demás luces también se han fundido. La sonrisa del niño cae, se hace pedazos. Me asomo a la ventana: sombrías siluetas caminan silenciosas, débilmente iluminadas por la luz somnolienta de las farolas. Parecen caminar a cámara lenta: son románticos condenados a vagar sin fin. El niño muerto vuelve al cementerio: Jesucristo, muerto, desde la cima del mundo, acaba de proclamar que no existe Dios: los niños muertos están solos, siguen vagando. Descubrimos la terrible verdad: el enigma no tiene solución. Las siluetas que caminan a cámara lenta se han parado y miran hacia mi ventana: me uno a ellos, me confundo con las sombras: el sendero nihilista no lleva a ninguna parte. Sobre la escena planea una inscripcción terrible: el hombre es una angustia sedienta de salvación. Más terrible aún: no hay salvación, los niños están solos en el cementerio. Jesucristo, muerto, desde la cima del mundo, proclama que Dios no existe. Entonces, preguntan los niños, ¿estamos solos, no tenemos padres? Somos huérfanos, todos: terror cósmico. En el rostro del niño muerto puede leerse que el sufrimiento es una maldición. Me despierto sudando, la luz no se enciende: lo real no es racional, lo real no es racional, grito angustiado, una y otra vez, lo real no es racional, era mentira, grito, no sé a quién, yo grito, ¿por qué camino tengo que ir? Me desmayo. Despierto: la imagen de un mar sereno impide que mi sistema nervioso me arroje a la cuneta de la nada. Respiro hondo: miro las estrellas; si caen yo las miro. No hay salida: los borrachos se entretienen con la tristeza, duermen en callejones sin salida: vamos a morir todos y los niños están solos en el cementerio.

Posted by SeñorS at 06:20 PM

Los Niños Irresponsables (primera versión)

Probablemente me esté volviendo loco, pero no se preocupen. Afuera, en la calle, juegan los Niños Irresponsables. Escucho sus risas desde aquí, mientras escribo. Escucho sus gritos, que a veces suenan alegres y otras veces suenan desesperados, pero que en cualquier caso suenan siempre valientes. Cualquier cosa les asombra, se entretienen con nada, dicen que la vida es un juego, sólo que se trata de un juego extraño, sin reglas, o con unas reglas que nadie conoce y hay que inventarse; dicen esto, sonriendo, alegres, aunque detrás de su sonrisa no pueden evitar que se transparente un poso de melancolía, ese poso que siempre queda y que a veces, pero sólo a veces, pasa inadvertido. Qué nostalgia me entra al escucharlos. A mí me tendieron trampas, los otros, siempre muy serios, pronunciando sus grandes discursos, sus discursos pesados, serios, importantes, sobre la vida real, como si alguien supiera qué es la vida real. Es que es oírlos y en seguida uno siente que le han colocado una mochila llena de piedras en la espalda y que ya nunca será capaz de dar un paso más, pero me libré de sus trampas, o eso creo, de las trampas del tedio y del así son las cosas y del tienes que ser alguien en la vida. Me libré de sus trampas, de las trampas que urden estos creadores de callejones sin salida, de su asquerosa ideología que sólo promete tedio, aunque el precio a pagar por semejante temeridad sea tener que gritar de rabia por la muerte de los sueños, y añorarlos, empapar de lágrimas, todas las noches, el cadáver de Campanilla. Pero los Niños Irresponsables seguimos aplaudiendo, aunque sabemos que está muerta, seguimos aplaudiendo y resistiendo y creyendo que algunos muertos resucitan, que algunos muertos en realidad no mueren, viven aventuras formidables, si aún no has dejado de aplaudir.

Y nos hacemos mayores, los Niños Irresponsables no son niños, cronológicamente hablando, pero todo el rato sueñan despiertos, arriesgándose a que los sueños pierdan su fantástica ingravidez, que los mantiene suspendidos en el viento, y aterricen contra el suelo y se hagan pedazos. Los Niños Irresponsables se aburren con los discursos que más que discursos son mochilas cargadas de piedras. Correr riesgos por algo que no se sabe muy bien qué es, algo que hay que buscar, que nadie ha visto, esa es la característica principal de los Niños Irresponsables, de la que se sienten más secretamente orgullosos, y si careces de ella nunca podrás ingresar en su sociedad secreta, en el caso de que quieras formar parte de ella y no seas un cómplice del asesinato de Campanilla.

Roberto, un tipo especialmente chiflado y especialmente melancólico (estoy aquejado de morbus melancholicus, solía decir, medio en broma, medio en serio), fue el primero en hablarme de esta sociedad secreta, aún recuerdo su voz, sus palabras, a veces teñidas de entusiasmo, como si ocultaran mundos que sólo pueden descubrirse emprendiendo aventuras disparatadas, otras veces lentas, sus palabras sonaban como hojas de otoño, como una lluvia a punto de caer, su voz se quebraba y te transportaba a un mundo en el que siempre llueve y el viento es el idioma de una chica lejana pidiendo auxilio, una chica de ojos enormes, que pide auxilio desde muy lejos, y su voz llega sigilosa, casi inaudible.

Conocí a Roberto en la facultad de Filosofía. Yo acababa de llegar a Salamanca, no conocía a nadie, vivía en un piso con dos tías particularmente irritantes y me pasaba las tardes leyendo, encerrado en mi cuarto. Un día Roberto se sentó a mi lado en clase y lo primero que me dijo fue: Kant es un tipo aburridísimo, parece que lleva una mochila llena de piedras en la espalda. Inmediatamente me cayó bien. Al salir, fuimos juntos a beber cerveza a un bar en el que te daban un pincho y una cerveza de tercio por un euro, y allí me habló por primera vez de los Niños Irresponsables, dijo que estaban por todas partes, aunque era difícil descubrirlos, pero sin duda había muchos y había que organizarse para librar una especie de batalla (¿pero contra quién?). Di por sentado que me consideraba ya miembro de su organización, cuyos miembros eran tipos a menudo marginales, inútiles, vagos, tipos perdidos, desorientados entre tanto caos y tanta mierda, pero inteligentes, aunque la inteligencia está sobrevalorada, decía Roberto, en cualquier caso era esencial que estuvieran dispuestos a desgastarse las pupilas soñando despiertos y que supieran que las palabras sugieren mundos y que estos mundos existen de verdad, en los intersticios de lo visible, en un territorio fronterizo, no exento de peligros, un territorio cuyo enorme poder de atracción ha malogrado a más de un poeta.

Cuando miro una cosa veo millones, dijo Roberto. Lo visible es sólo un ejemplo de lo real, dije yo, robándole la frase a Paul Klee. Yo estaba fascinado, me entraron unas ganas terribles de ir a la caza de más Irresponsables, de empezar la revolución, nuestra secreta, inútil, ineludible revolución. Quería saber más cosas, aprender a ver esos mundos, cuya existencia, por otra parte, me acababa de revelar un tipo que parecía al borde del delirio, con esa extraña manera de hablar suya, mirando en todas direcciones a la vez que hablaba, como si tuviera que buscar, que cazar las palabras, y luego pronunciarlas muy deprisa, para que no se le escaparan las demás, con sus ojeras de varios días sin dormir (los irresponsables no dormimos nunca por la noche, estamos al acecho, nuestra curiosidad insaciable por escuchar a los espectros y contemplar el mundo bajo esa otra luz que es la noche no nos lo permite), su pelo alborotado, su extrema delgadez y sus ojos brillantes, como si tuviera fiebre... la verdad es que parecía un loco, o un drogadicto, o un poeta, pero aun así yo decidí creer en la realidad de esos mundos y en que nuestra organización iba a lograr habitar en ellos. No sabía yo aún cuanta sangre y lágrimas podía acarrear nuestra aventura alucinada, esa carrera frenética que estábamos a punto de comenzar. No lo sabía aún, pues era entonces un perfecto irresponsable, preso del entusiasmo más radical y dispuesto a correr todos los riesgos, a caer, si era preciso.
Roberto y yo íbamos ya por la tercera cerveza aquella mañana en que los mundos desconocidos existían de verdad y nosotros íbamos a descubrirlos, íbamos a escribir como condenados locos atados al teclado, a abrir brechas para conquistarlos, para vivir en ellos. Lo visible es sólo un ejemplo de lo real, repitió Roberto. Aquella noche no dormí: la noche sugería millones de posibilidades, de caminos inexplorados que era preciso recorrer como caballos desbocados.

No sé, dije, podríamos escribir: no respetamos la belleza, conocemos todas sus trampas, pero nos gustan los cielos nublados y las historias en las que hay chicas inmensamente tristes que están a punto de coger un tren para no regresar nunca jamás a sus hogares. Sí, no está mal, dijo Roberto, el viaje a ninguna parte, la fuga sin fin, la rabia y la tristeza de los desesperados, todo eso, aunque igual suena demasiado romántico... la flor azul, sí, nosotros mordemos pétalos de la flor azul todas las noches, aunque a veces acabamos tirados en charcos de vómitos, pero somos valientes y, como dijo Bukowski, yo sé que hay gente que nunca estuvo loca, no quiero ni imaginar la horrible pesadilla que debe ser vivir así. Estábamos en un bar, esperando a Alexandra, una niña de lo más irresponsable que habíamos conocido en un bar, en el Paniagua: ella estaba cantando una canción de Radiohead y había salido sola de fiesta, y nosotros la invitamos a cerveza (beber cerveza es nuestra actividad favorita), hablamos un rato, no recuerdo muy bien sobre qué, pero recuerdo perfectamente que en un momento de la conversación, de repente Alexandra dijo: Kant es un tipo aburridísimo, parece que lleva una mochila llena de piedras en la espalda, y Roberto y yo nos miramos sorprendidos (aquella frase se había convertido, de una forma bastante enigmática, en nuestra contraseña), luego nos reímos y le anunciamos que había entrado a formar parte de nuestra sociedad secreta, la sociedad de los Niños Irresponsables, de los viajeros intrépidos, de los alocados buscadores de un oro que no existe, de los poetas más temerarios, los más alegres pero también los más empapados de niebla, los pájaros que cantan de noche, entre la niebla, y brindamos con litros de cerveza, exaltados, hasta acabar muy borrachos y muy felices. De esto hacía ya un mes, más o menos, y desde entonces habíamos pasado casi todo el tiempo juntos. Ahora estábamos esperándola, en un bar, escribiendo nuestro manifiesto: los pescadores de marionetas os convertiremos en niños de verdad; así lo habíamos titulado, de momento, pero no se trataba de un manifiesto artístico sino de un manifiesto vital, o, mejor dicho, de las dos cosas a la vez, por lo que pusimos el subtítulo: la vida como obra de arte total y la estética como justificación de la existencia.

Nosotros sabemos que las palabras vienen del país del viento, y que atraviesan los cuerpos, te agarran las entrañas y te raptan, te arrastran al fabuloso mundo de la inexistencia, sabemos que en ellas se alojan galaxias inexploradas, universos remotos, nosotros los recorremos cada noche. Somos los chicos que fuman asomados a la ventana, en invierno, aunque haga frío, los espectadores más tristes y más furiosos de vuestra ridícula farsa; nosotros, frágiles figuras a punto de romperse, contamos con la temeridad suficiente como para sobrevolar abismos y caminar sin tregua y sin paraguas bajo la lluvia de la desesperación. Hemos decidido violentar el mundo real con nuestra mirada salvaje. La poesía conquistará las calles, un frenesí delirante que nada sabe de fronteras.

Alexandra no llegaba y ya nos estábamos quedando sin tabaco, el cenicero rebosaba de colillas y la mesa de botellas de cerveza vacías. Roberto sacó de su mochila un libro de Enrique Vila-Matas y dijo, en un tono exageradamente alto, cómico y exaltado: como niños irresponsables nos comportaremos siempre, somos máquinas perfectamente solteras, amigo Sergio; y dio un trago larguísimo de su cerveza, hasta terminarla. Pero siempre queda un poso, casi imperceptible, en el que residen la melancolía y la rabia, y el peligro que acecha a los chiflados, irresponsables, temerarios poetas que ahora escucho desde aquí, mientras escribo, mientras miro la ventana y fumo un cigarrillo y me estoy volviendo loco, y el humo dibuja espirales áureas muy fugaces en el aire, que desaparecen engullidas por la nada, y el cielo está gris y yo recuerdo la historia de la chica que decidió dejarlo todo, que huyó, que no volvió nunca más.

Escucho sus voces, surcando la noche, como si la noche misma escribiera su poema interminable.

Alexandra no vino. Nunca más la volvimos a ver. Más tarde nos enteramos de que había desaparecido. En un cambio de clase, en el pasillo, mientras fumábamos, preparándonos para soportar la infumable clase de metafísica, Roberto y yo escuchamos una conversación en la que dos chicas hablaban de Alexandra, una amiga suya, de la que no sabían nada, ha desaparecido, decía una, sí, no sabemos nada de ella. Comprendimos que habíamos perdido al tercer miembro de la sociedad secreta de los Niños Irresponsables y que a partir de ahí el mundo era un lugar un poco más inhóspito, un poco más aburrido y sensato, y un poco menos alegre y delirante. Delirar y soñar es nuestra única defensa, dijo Leopoldo María Panero, que era una de nuestras vacas sagradas y miembro honorífico, aunque ausente, de nuestra sociedad. Durante la clase de metafísica ni Roberto ni yo pudimos concentrarnos en el ente en cuanto ente ni en la existenciariedad de la existencia, aunque ambos nos sentíamos un poco en ese estado de angustia que de sopetón te hace sentirte como un muñeco frágil danzando sobre la nada.
Más tarde supimos la historia de Alexandra, nuestra Alexandra, la niña más irresponsable que hemos conocido, de la que los dos estábamos completa, irremediable, secretamente enamorados como sólo la clase especial de chiflados que éramos pueden estarlo, sin esperar nada a cambio, enamorados pero dispuestos a seguir funcionando como perfectas máquinas solteras. Queríamos ser su perro, como en la canción de The Stooges. Algo así, no estoy seguro, queríamos que el brillo de sus ojos no cesara nunca, y la mirábamos pensando que así lograríamos evitar su caída, como esas estrellas que miramos siempre, desde que escuchamos la pregunta de Faulkner: ¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?

Huyó. Contemplemos la escena: una estación de tren, hace frío, está a punto de nevar, Alexandra espera la llegada del tren, fuma, nerviosa, un cigarrillo, está sola, se sube al tren, la nieve empieza a caer, lenta, como si detrás del cristal el mundo se arropara en un manto helado, y la ciudad, poco a poco, va quedando atrás, diluida, fantasmal, ya no volveré, se dice, el tren aumenta de velocidad, como un gigante de hierro que, por fin, se ha despertado, y huye, hacia dónde, viento feroz, ya no volveré, se dice, Alexandra sonríe, respira hondo, ya no volveré, nunca, ya no volveré. El viento, feroz, agita los copos de nieve, Alexandra llora, ya queda poco, la siguiente parada, el tren frena, poco a poco, ruido como de hierros, como de esqueleto de gigante a punto de quebrarse, afuera ya no nieva, ahora el sol, tenue, sonríe sobre los árboles desolados, desnudos, parecidos a pequeños hombrecillos castañeteando con sus dientes, sus ramas nevadas...

Cuando recibimos la noticia del suicido de Alexandra, Roberto y yo no hicimos otra cosa que pasear incansablemente, sin rumbo, por las calles de Salamanca, en silencio, absortos, incapaces de comprender la magnitud de aquel acontecimiento inesperado. Las calles parecían el escenario de una derrota y estábamos tan tristes que todos nuestros delirios, todas nuestras ganas de buscar la verdadera vida ausente, todos nuestros sueños, parecían haberse roto, quedaban muy lejos, como en otra dimensión infinitamente lejana, irreal, sin importancia.

Probablemente me estoy volviendo loco, pero no se preocupen. Aún escucho sus voces, sus tercos y tiernos y desesperados aplausos.

Roberto dormía abrazado a los libros de su tocayo Roberto Bolaño. Este gesto la gente lo calificaba de muy raro, sin dudarlo. Para Roberto y para mí era el gesto más natural del mundo, podíamos cometer muchos parricidios literarios, queríamos cometerlos, para ser verdaderamente huérfanos, verdaderos poetas, pero nunca con Bolaño. Cuando murió de verdad, lloramos a borbotones, como Alicia en el País de las Maravillas. Roberto me dijo que había soñado que paseaba con Sophie Podolski la noche en que nos enteramos del suicidio de Alexandra, había soñado con Sophie Podolski, aquella poeta belga de la que hablaba Bolaño, aquella poeta que nació en 1953 y se suicidó en 1974 y sólo había escrito un libro, nos habíamos enamorado de ella sólo porque nos gustaba su nombre, y también nos gustaba imaginarla paseando a la deriva, sola, por calles dolorosamente bellas, nos preguntábamos qué pensaría, cómo vería el mundo. En mi sueño, me dijo Roberto, Sophie sonreía, me decía no te preocupes, todo está bien, y yo lloraba, Sophie me acariciaba el pelo y sonreía, fue un sueño muy triste, en cierto modo, pero también muy feliz, Sophie me transmitía una serenidad como de pequeñas olas acariciando la arena, una sensación de seguridad, aunque yo sabía que el peligro, un peligro indefinido, sin forma, nos amenazaba a los dos, una sensación parecida a estar desarmado en mitad de un desierto, y en el horizonte ver la figura de una silueta negra que se acerca, y, claro, no sabes si esa silueta viene a por ti o no.

La muerte de Alexandra, la chica más frágil del mundo, la chica de los ojos más grandes y más observadores del mundo, los más tristes, dos lagos insondables, se instaló de golpe en nuestras vidas, la muerte se instaló en nuestras vidas como una posibilidad real, en cierta forma como el único acontecimiento real, atrozmente real. Hasta ese momento la muerte no era para nosotros sino algo así como el personaje de una película, el personaje más importante de todo relato, pero algo poco consistente, una bruma indefinida, situada en un futuro intemporal, que señalaba el fin del camino, pero el fin estaba muy lejos, su aliento no nos mordía la nuca. Sin embargo, desde que escuchamos la palabra suicidio, Alexandra se suicidó, pastillas, la encontraron desnuda en una habitación de hotel, tirada al lado de la cama, sonaba el Amnesiac, la canción Life in a Glass House, cuando encontraron su cuerpo, su hermoso cuerpo desnudo, convertido en silencio, en piedra, en pájaro roto, irremediablemente roto, para siempre, es decir, un cuerpo fuera del tiempo, es decir un cuerpo muerto, experimentamos el terror de un acontecimiento para el cual no existía explicación posible, sólo lágrimas, dolor, desgarramiento. El acontecimiento más natural y el más inexplicable, la muerte armonizaba estos dos sentidos contrapuestos. Una cosa curiosa, la muerte. Recuerdo a Roberto, diciendo, entre lágrimas, con una sonrisa rota: yo no me pienso morir en la puta vida. Fue muy emotivo, sentí esa sensación de que hablaba Roberto, la que tuvo cuando soñó con Sophie Podolski, estar desarmado en medio de un desierto, tener miedo porque no sabes si la figura del fondo, que se acerca poco a poco, viene a matarte o qué, pero a la vez una serenidad fantasmagórica: la sonrisa de una poeta suicida envolviéndote como un refugio en el que es posible vivir para siempre.

Los días siguientes, tras recibir la noticia fatídica, Roberto no apareció por clase, dormía menos que nunca. Yo también dormía aún menos que de costumbre, lo cual de por sí ya era realmente poco, cuatro o cinco horas diarias. Mis compañeros de clase me decían qué ojeras, Sergio, hijo mío, duerme un poco, pero yo pertenecía a la banda de los que nunca duermen, y pensaba seguir pasándome las noches de insomnio armado con cigarrillos y con un bolígrafo, dos armas imprescindibles a la hora de ser uno de los conspiradores de la sociedad secreta de los Niños Irresponsables, las máquinas solteras, los insaciables escudriñadores de la realidad. Los días siguientes, tras recibir la noticia, vagábamos más perdidos que nunca, a la deriva pero mucho menos chiflados, como si lleváramos, nosotros también, una mochila llena de piedras en la espalda, y eso no podía ser, no, de ningún modo, la única solución era ser valientes, los poetas tiene que ser valientes, aceptar que la muerte forma parte de la vida, aceptar la realidad, lo cual nos alejaba un poco de los Niños Irresponsables, cuya fantasía secreta es destruir la realidad, hacer que salte en pedazos, pero nuestro plan no era dejar de soñar despiertos y volvernos unos asquerosos conformistas, de ningún modo, eso tampoco podía ser, sería necesario transmutar el vacío sobre el cual flotábamos como dos absurdos globos en una suerte de juego sin reglas, de carrera sin meta, la literatura como una especie de compromiso radical con la falta de sentido de la vida, y la vida como un santo decir sí, el devenir es inocente; ideas que robábamos de Bolaño, creo (el compromiso con la falta de sentido de la vida) y de Nietzsche, otro niño irresponsable (el santo decir sí).

Tampoco, aunque estudiáramos filosofía, queríamos envenenarnos con ideas, las ideas, algunas ideas, son serpientes venenosas (no podíamos olvidar que los conceptos disecan la vida, que sugerir es crear), había que tener cuidado con los filósofos, esos curiosos personajes, tildados de inútiles y prepotentes, había algunos que eran seres maravillosos, chiflados, eternos buscadores, valientes, honestos, en definitiva Niños Irresponsables, y había otros que eran monstruos intelectualizados incapaces de sentir de verdad, cobardes repugnantes, pedantes, ignorantes. Pero nos gustaban casi todos, sobre todo de los más románticos, los que no podían comprender porqué ellos tenían que ser normales, convertirse en una especie de autómatas formando fila para morir, y se dejaron la piel tratando de comprender por qué estamos aquí. Sus gestos rebeldes e inútiles, aunque desaparezcan como lágrimas en la lluvia, serán emulados por más Niños Irresponsables, están por todas partes, sólo que es difícil descubrirlos, están caminando solos por ciudades, mirando con una curiosidad desmedida el atardecer, esa media luz crepuscular, anaranjada, jugo de luz desmayada, y sus ojos desgastan la rosa, cuando miran una cosa ven millones, anclados en el País de lo que no existe, o sí existe, pero de forma diferente, permanecen atentos al susurro de lo invisible, las palabras logran hacer presente lo invisible, si digo mar el mar que veo no existe, o sí existe, pero de forma diferente, y ahí viven los Niños Irresponsables, los que, como diría otra Niña Irresponsable, poeta especialmente querida por Roberto y por mí, Alejandra Pizarnik, vendieron su alma al demonio de los ensueños.

El último año de carrera, cuando en nuestra memoria Alexandra y Sophie se confundían, formando una sola poeta que quintaesenciaba el peligro, la valentía y la fragilidad, decidimos hacer un último gesto irresponsable en su homenaje. Al salir de clase, un día de noviembre, caminamos entre la niebla, dos figuras delgadas, vestidas de negro, pálidas, recogimos piedras y las metimos en nuestras mochilas, entramos en un bar, pedimos dos cañas, luego otras dos, y otras dos, y así hasta emborracharnos a conciencia. Sacamos el único poema que teníamos de Alexandra, escrito a mano en un papel manchado de café y ceniza, nos subimos encima de la mesa, y lo recitamos, dando voces, dejando que las lágrimas calientes recorrieran nuestros rostros helados, nuestras ojeras de perpetuos insomnes; gritábamos, enfurecidos, las palabras de Alexandra, que ya el viento se llevó para siempre, al País que no existe, gritábamos y cuando al fin terminamos de leer su poema, nos sentimos mejor, como si fuera la primera vez que dejábamos de contener la respiración desde nuestro primer año de carrera, desde la muerte de Alexandra, y empezamos a sacar las piedras de nuestras mochilas y a reírnos a carcajadas, como dos auténticos dementes, ante el asombro y el monumental cabreo del camarero, que nos echó a patadas, al frío y a la niebla, y nosotros seguíamos riéndonos, casi no podíamos caminar, seguíamos riéndonos, aunque en el fondo siempre queda el maldito poso de tristeza...

Probablemente me esté volviendo loco, pero no se preocupen. Hace algunos años que no veo a Roberto, desde que terminamos la carrera, no sé qué habrá sido de él. Yo, por mi parte, escucho voces todas las noches (sigo sin dormir por las noches), fumo a pesar del fanatismo de la dominante e histérica ideología de la salud y sueño con Sophie y con Alexandra, veo a Sophie caminando sobre la nieve, veo a Alexandra caminando sobre la nieve, me veo a mí, persiguiéndolas, ellas se ríen, me lanzan bolas de nieve, luego aparece Roberto, dice algo, cualquier cosa, y todos nos reímos, me veo rodeado de Sophie, Alexandra y Roberto, en la plaza Anaya, tumbados en la hierba, contando la historia de la chica que decidió huir porque odiaba su hogar, de los chicos que fundaron una sociedad secreta para enfrentarse al tedio existencial, porque querían atrapar la vida, morderla como si fuera una fruta a la que había que morder para extraer su jugo oculto, nos veo a todos paseando sin rumbo, de un lado a otro de la ciudad, descubriendo ciudades nuevas, la ciudad es inagotable, la mirada no cesa, seguimos siendo los niños irresponsables que siempre quisimos ser, soñamos despiertos, aunque los sueños se rompan, aunque los sueños pierdan la fantástica ingravidez que los mantiene suspendidos en el aire, aunque se vuelvan peligrosos y haya muerte y dolor y uno pueda volverse loco, a pesar de todo seguimos aplaudiendo, lloramos por la muerte de los sueños pero seguimos aplaudiendo, para que el cadáver de Campanilla resucite, seguimos resistiendo, no nos vencerán esos cabrones, de eso ni hablar, Alexandra no está muerta, habita en los grietas de lo visible, yo escucho su voz, desde aquí, mientras escribo, sus palabras que llegan como un viento muy frío y me atraviesan el cuerpo, sí, Sophie está con ella, yo no estoy loco, Campanilla está también, y Roberto, les veo a todos danzando, y les escucho, especialmente en ese instante indeterminado, cuando ya no es de día pero aún no es de noche, a través de esa hendidura me llegan sus voces, sus susurros, me dicen no te preocupes, todo está bien, a veces; otras veces me cuentan cosas sobre la lluvia o historias tristes de chicas que se largaron sin más, lo mandaron todo al diablo, me describen escenas de carreteras perdidas, cubiertas de polvo, por las que huyen, me hablan de la incertidumbre, del juego sin reglas que no comprendemos, que todos jugamos, sí, escucho sus voces, sus risas, afuera, aún quedan muchos Niños Irresponsables, todo está bien, a pesar del poso de tristeza que queda siempre en el fondo de los vasos vacíos.

Posted by SeñorS at 06:06 PM

Noviembre 15, 2005

Intento de atrapar el presente

Tengo sueño. Ahora mismo estoy bostezando. Ahora ya no. Ahora estoy escribiendo. Ahora no, pero para decir que no escribía tuve que escribirlo.

Game Over, Paradojas Win

Posted by SeñorS at 12:28 PM

Noviembre 14, 2005

Rítmicos y caóticos pensamientos

Hay que ver Pi, de Darren Aronofsky, genio culpable de perpetrar esa maravilla poética y cinematográfica: Requiem for a dream.

La espiral aurea está en todas partes. Fundido en negro.

Un matemático lee a Spinoza en un cuarto atestado de libros, ceniceros y latas de coca-cola vacías, y piensa, paseando sin parar de un lado a otro de su pequeño, caótico cuarto:

panteísmo, dios es inmanente al mundo, el sentido del mundo debe quedar fuera del mundo, no podemos salir fuera del mundo, veríamos otra película, el hombre es el ser que es y ha de ser, la estructura del Universo es numérica, puedo crear un modelo para comprender el mundo, existencia, trascendencia, existencia, trascendencia, la idealidad de las matemáticas, el pensamiento se objetiva, ello piensa, se piensa, no Yo pienso, el ser es anterior al pensar, la realidad radical es la vida, las matemáticas no sirven para describir la realidad vida, se percibe con el otro lado del hemisferio cerebral, yo estoy lejos de la vida, sólo tengo hemisferio analítico, números, números, los números pertenecen a la realidad del mundo, no son una creación de mi subjetividad, intersubjetividad en todo caso, el esquema sujeto-objeto sólo es sostenible desde una metafísica dualista que divida al ser en dos sustancias, Descartes tiene la culpa, Spinoza tiene razón, sólo hay una sustancia, el mundo tiene un orden lógico y necesario, sin embargo hay libertad, las cosas suceden sin un para qué, pero no escapan de las matemáticas, y hay libertad, sí, aunque quizá libertad se escriba con el lado del hemisferio que yo no uso, no sé, es posible, posible, qué palabra, vida, la realidad vida, quizá es un fundamento demasiado metafísico, Nietzsche, te embrujaste tú solo, pero no sé, existencia, trascendencia, existencia, trascendencia, como ExistenZ, de Cronenberg, no sabemos si estamos dentro del juego, la paranoia ontológica, los detectives sospechan, pero no hay Ser detrás de las pariencias, no hay caverna, no somos prisioneros de las imágenes, simulacro, si nuestros cerebros estuvieran en cubetas, el desierto de lo real, el sentido de la vida, la cuadratura del círculo, Pi, el estudio cinematográfico de la realidad rueda una película sin final, incertidumbre, incertidumbre, existencia, trascendencia, existencia, trascendencia...

Y nuestro matemático filosófico siguió pensando al ritmo de sus paseos de un lado a otro de su cuarto.

Posted by SeñorS at 12:08 PM

Noviembre 10, 2005

Conversaciones con el inconmensurable Friedrich Nietzsche

-El Dios cristiano es un engendro decadente, enefermizo y decrépito.
-Pero Nietzsche, no te pases...
-¿No osarás defender a esos autoflageladores que se hacen llamar cristianos; ah, los cristianos, ya descubrí yo su genealogía, qué moral ridícula de rebaño construyeron esos transmundanos odiadores de la vida; esos cobardes que nos temen a nosotros los espíritus libres.
-Estás como una puta cabra Nietzsche...
-Soy el filólogo más astuto y malicioso que la historia haya contemplado jamás, Señor S., mi filosofía extramoral, que ha de ser cantada en las alturas, fue sólo para pocos, para filósofos del futuro, porque los libros para todos son inevitablemente faltos de todo valor digno de ostentar tal nombre. ¿Bien común? Contradicción en los términos, digo yo, con mi astucia de viejo filólogo, lo bueno es lo más alto de la jerarquía, propia de espíritus libres, no de cristianos, esas ovejas transmundanas rebosantes de platonismo que invierten la vida y no saben onurgullecerse de ser.
-Bueno, otro día hablamos más, que hoy te noto muy exaltado
-Yo filosofo a martillazos, no soy un mero ingeniero de conceptos. Lo profundo ama la máscara, Señor S., y bien harán en danzar con una máscara por el mundo los espíritus libres, cuyo pudor es el de un dios, y su pudor encierra mucha bondad...
-Eh, para, no me entero de nada
-Lea mi Más allá del bien y del mal, aunque en realidad nunca podremos ser comprendidos del todo, nosotros que manejamos el arte del matiz como el espadachín más virtuoso...
-Sí, sí, hasta otra

Posted by SeñorS at 12:24 PM

Noviembre 09, 2005

Nadie sabe a dónde conducen

Si queremos mostrar lo que hay en nosotros, entonces, cuando caemos, hemos agotado realmente la vida.
Jünger.

Hay tres estados que son la llave de todas las vivencias: la ebriedad, el sueño y la muerte.
Jünger

El insondable fundamento del Universo es, en su sentido último y más profundo, algo en lo que los soñadores –que así se autodenominan- no dejan de pensar un solo instante (...). Nuestra gente sólo experimenta estados de ánimo o, mejor dicho, sólo vive por estados de ánimo.
Jünger.

Lo maravilloso, que es más profundo que la belleza, y que se manifiesta a través de ella como uno de sus medios, se comunicaba así a través de sueños, libros e imágenes y estorbaba los esfuerzos de una educación que intentaba aniquilarlo totalmente y desarraigarlo, o, lo que es lo mismo, también explicarlo. Ese apoyo de lo maravilloso era fuerte, más fuerte como para que resultara claro a la conciencia, afectando incluso a veces a lo corporal. Quien tiene capacidad para ello es seguro que ha experimentado en sí mismo ese ataque de lo maravilloso al mundo de los hechos, como desequilibrio en instantes en los que se abre la perspectiva mágica, como parálisis de la respiración y del latido del corazón, como extinguirse fulminante de la percepción y su renacimiento, al que aparece el mundo de algún modo cambiado, especialmente despúes de la irrupción óptica de ciertos paisajes. Seguramente que los médicos también han clasificado este estado en su gran catálogo de soserías con las que comentan las enfermedades.
Jünger.

La realidad se me antojoba una repulsiva caricatura del Reino de los sueños.
Jünger

El hombre no es sino una nada autoconsciente.
Julius Bahnsen

1. La Carta de Sandra, triste y rabiosa.

La imaginería del Yo destruido cobra tintes tiernos (la ternura, dice Milan Kundera, nace en el momento en que el hombre es escupido hacia umbral de la madurez y se da cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como niño, no comprendía) y destructivos (la imagen de la caída, a medio camino entre el romanticismo y el nihilismo y que no es sino la expresión del deseo que no encuentra estrategias para su satisfacción): la imposibilidad de un Yo de ser un Yo para sí mismo (una especie de alienación, de extrañamiento ante el propio Yo, de disolución de la identidad, de estado de ánimo que siente lejos la vida) desemboca en una interrogación fatal, desvalida, que ni siquiera sabe qué preguntar, en la cual cada tentativa de respuesta está condenada a plantear nuevas preguntas, a empreder nuevos viajes, siempre a ningún lugar, a disfrazarse con nuevas y frágiles identidades, entrando y saliendo en un juego de una complejidad creciente y sin finalidad alguna salvo la propia acción de jugar, sin reglas determinadas de antemano: el ser confuso se arroja a la noche en busca de la olvidada flor azul en un mundo cuyo estatuto ontológico es un signo de interrogación (...).
Algunos sujetos, fascinados por una visión entrevista en ensueños, arrebatados por su fuerza, seducidos por su misterio, sufren un desgarro existencial: de ahora en adelante sólo podran vivir haciendo equilibrio sobre los restos del naufragio; anacoretas y extravagantes a los ojos de los demás; su búsqueda de la belleza en un mundo que la ha olvidado puede concluir en la desolación, en la derrota, en la miseria, en el fondo, si es que hay fondo, pero en su huida aparentemente irracional y rabiosa estos raros aventureros se toparán con hallazgos maravillosos, imposibles de explicar: sólo es posible vivirlos. Los soñadores desgarrados resisten escuchando los latidos del Universo azul. No habitan en el mundo vulgar, el deseo ancestral de habitar en la ficción habla como un relámpago y su voz no puede ser acallada. Rara vez son comprendidos, sin embargo no pueden dejar de caminar, ni de escuchar el batir de olas del mar en el que quedó sumergida la infancia.

Laura H. Yakovic, La resistencia de los soñadores desgarrados

Sandra, la chica más retraída del mundo, aplasta el cigarrillo con sus delgadas manos blancas, mirando el cenicero sin verlo, con la mirada perdida, absorta en la contemplación de algo imposible de atrapar, algo inasible que, cuando ya crees tenerlo, se te escurre de las manos, de algo que si permaneces muy atento, vigilante, espiando el fulgor mortecino de la tarde, el cielo teñido de gris, se insinúa con una sonrisa, algo a modo de refugio o de viaje en busca de un refugio.
Hace ya más de dos semanas, tal vez mucho más de dos semanas, que vive como una sonámbula, ausente, como si se hubiera despeñado dentro de sí misma por una pendiente, como si se hubiera caído en un lugar muy remoto y su silencio no fuera sino una señal de su lucha por averiguar en qué lugar se encuentra.
Sandra vaga por las calles invernales con la sensación de estar a punto de desmayarse en cualquier momento, con la sensación de que todo es un sueño pegada a la nuca como una lapa inquietante. Sandra, fantasma pálido y delgado, sin destino posible en este mundo, acosada por una caos de pensamientos y de sensaciones que no acierta a armonizar de ninguna manera, que no acierta a descifar, por más que lo intenta, mira la realidad y es como si ésta se le escapara de los dedos. La realidad es una amalgama caótica de sueños frágiles, de borrosos proyectos de futuro y recuerdos de vivencias que el tiempo desmoronó sin remedio, y hay un inquietud que no azota como una tormenta repentina y furiosa sino que, sumergida en un mar inmóvil, susurra sin cesar una canción con nubes grises y hojas esparcidas por las aceras mojadas de ciudades inagotables, una inquietud ligera pero constante dentro de la cual las expectativas de hallar una salida merman poco a poco, aunque nunca desaparecen del todo, no desaparecen del todo y por eso es necesario, es preciso, es impostergable viajar al fin de la noche y abrir brechas en lo desconocido.

Si fuera posible caminar y caminar, y ser libre, aunque sea una libertad que sólo sirve para fugarse, como la de un músico embarcado en una desesperada gira sin fin, o la de un vagabundo yendo de un lado a otro, en la parte de atrás de un viejo camión, viendo las carreteras que se van abandonando, que no sirven para llegar a ninguna parte; viendo las luces de las farolas de los pueblos que van quedándose atrás, imaginando las vidas de sus habitantes, tal vez en esos pueblos también haya chicas perdidas que no saben qué hacer y miran las estrellas, y la vida, con un revoltijo confuso de miedos y deseos en su interior, se dice Sandra; viendo las líneas blancas de la carretera, dibujadas por la noche y sus fantasmas, con una botella de vino en la mano mientras anochece. Carreteras abandonadas de un desierto que ya nadie se atreve a surcar. Viendo las estrellas, para que no se caigan.

Sandra se imagina a sí misma como una naúfraga y lo que menos desea es ser salvada, divisar tierra, porque también hay naufragios en tierra, porque la vida es una derrota y más vale darse cuenta de ello lo antes posible y construirse un refugio con los restos del naufragio y contemplar la lluvia que no ha cesado nunca de caer. Sandra piensa esto y encuentra un raro placer en sus pensamientos, como si en vez de pensar estuviera gritando a pleno pulmón, sola en mitad de la noche, gritando muy fuerte para despertar a los muertos. Sandra quiere hundirse, romperse, y cuanto antes mejor y ya verán esos idiotas lo peligroso que puede ser un corazón encerrado entre paredes de hormigón. Un corazón triste que odia y ama a la vez y que late a un ritmo diferente, siempre demasiado lento o demasiado deprisa pero nunca ajustado al ritmo exterior de las cosas, de los demás.

Hace frío en la casa, Sandra lee envuelta en una manta, sin prestar mucha atención al contenido del libro: la lluvia golpea la ventana como queriendo transmitir un mensaje: un mensaje indescrifrable, insistente: salir de aquí, hormiga malherida, y cantar en el bosque como una cigarra. Pero cómo se hace eso. Sandra no lo sabe, Sandra sólo sabe que ella quiere correr y cantar y que odia la vida de las hormigas y que es necesario huir por carreteras nocturnas que nadie sabe a dónde conducen.
Sandra prende otro cigarrillo Camel antes de ponerse a escribir una carta, otro cigarrillo más en esta tarde lenta de humo y lluvia en que ya anochece; en que la melancolía es hermosa como algunas canciones pequeñas y lentas, a punto de romperse. Y para qué vivir si no es para escuchar canciones, se pregunta Sandra. Hay canciones que saben seducir como el vértigo y Sandra sólo quiere caer y caer, cerrar los ojos, desaparecer. Una carta o un pequeño bote amenazado por el oleaje.

La carta:

Sólo sé leer el mundo en el idioma de la rabia y la tristeza. No es el mundo, soy yo, en fin. No es el tiempo, somos nosotros en el tiempo, en fin. En este mundo sólo queda sitio para las aventuras imaginarias. Estoy atrapada. Soy una gata. Cada noche salgo al tejado. Las estrellas me hablan al oído. Me dicen que ellas también están solas, que ellas también lloran. Hay que resistir, apretamos los dientes. Ellas lloran y es tierno como los lost boys incapaces de entrar en el mundo de los adultos, un mundo que los lost boys no pueden entender. Yo tampoco, yo conozco la tragedia de Peter Pan.
Soy una pequeña embarcación, inmóvil, rodeada por los furores de un mar salvaje. En clase no me concentro, no atiendo, veo cómo mueven los labios los profesores, pero nada de lo que dicen cobra sentido. Hablo con la gente y los siento muy lejos de mí y no me enetero de lo que dicen. Quiero llorar, pero yo no sé llorar, y qué haré cuando las lágrimas sean la única salida, faros luminosos en la noche oscura del alma. Lágrimas como una inmensa lluvia catártica. Tiene que llover. A veces me imagino dentro de un cuadro. En ese cuadro es de noche, pero la oscuridad está pintada con un color mágico: no asusta, invita a dormir para siempre, a sumergirse en ella como si fueras un trozo de estrella, diminuto y brillante, navegando sin dirección en esa noche acogedora y tierna. Es raro. Algunos de mis compañeros piensan que soy medio autista. Lo hago sin darme cuenta. No me doy cuenta del tiempo que pasa mientras me sumo en estos estados, estos ensueños que me atrapan, en los que es dulce sumergirse. Pero lo hago sin querer. De verdad, no puedo evitarlo. Pero me gusta estar así, a veces, sin hablar ni nada. No siempre, claro, pero quiero decir que no me aburro si me dejas sola mirando el mar, o los árboles de otoño, durante horas y horas, yo sola, mirando, sin nadie alrededor, no sólo no me aburro sino que disfruto enormemente. A veces las imágenes son más elocuentes que las palabras, ¿no crees? Se puede pensar en imágenes, no sé si te habías dado cuenta. Y creo que las palabras aliadas con las imágenes erotizan la realidad, y las mejores palabras la hacen saltar en pedazos, como la frase “un feroz viento arrasó la ciudad y sólo quedó el mar golpeando aquellas hermosas ruinas de nadie”.

Creo que es posible vivir poéticamente y morir poéticamente y hacer algo en la vida me importa una mierda, ser alguien en la vida me importa menos aún, porque cuando se refieren a ser alguien se refieren en realidad a tener éxito, a una vida de insoportable, interminable aburrimiento, a sacrificar la libertad y la creatividad en aras de un conformismo asesino y cobarde, que sacraliza lo establecido. El materialismo no significa más que un inmenso aburrimiento, cuando todas las necesidades están cubiertas la vida sólo puede expresarse a través de sueños y deseos imposibles, y son necesarias muchas dosis de rabia y tristeza para aventurarse en lo desconocido. Hay que navegar a contracorriente. Los soñadores desgarrados aprietan los dientes. Hay que resistir.

¡Navegar es necesario, vivir no!

De todas formas, no te preocupes, no voy a meter mi preciosa cabecita en un horno, imitando a Sylvia Plath: entre el decir y el vivir hay una cierta distancia. Me gustaría que no fuera así, pero cómo abolirla. Yo no lo sé. Y Fumo demasiado, es cierto. Y bebo demasiado, eso también es cierto. El otro día, o mejor la otra noche, hablé con alguien y luego no me acordaba de haber hablado con él ni de haber dicho las cosas que me dijeron que dije ni de nada de lo que hice. En fin. Eso no me gusta pero, no sé, empiezo a beber la primera cerveza y a partir de ahí los actos se independizan de mis intenciones, es como caer, y es bella la autodestrucción y los románticos perdidos en la noche, ebrios y desamparados. El mundo visto a través del alcohol es un universo diferente, privado del peso de lo real: entonces me río y salto y hablo sin parar y soy ingeniosa y es una gozada estar viva y que los otros también estén vivos y que estemos todos juntos riéndonos, bailando con Dyonisos. Es una sensación rara cuando no recuerdas nada y los otros te cuentan todas las estupideces que cometiste. No te reconoces, o más bien reconoces a un personaje imaginario que vive adentro de tu conciencia, oculto. Algo así. Luego estoy triste, inerte, durante la resaca, lo sé, no beberé tan a menudo. Intentaré no hacerlo, lo prometo. Soy idiota. Ya no me gusta tanto como antes, además. Perdió parte de su sentido, pero la inercia etílica es muy poderosa. A veces el alcohol es la pócima mágica que hace que la felicidad y la tristeza coincidan. Es sólo que no sé qué hacer. No sé qué hacer y no sé qué hacer y no sé qué hacer. Los profesores me decían: no desperdicies tu inteligencia. Pero ellos pensaban de un modo utilitarista, tenía que utilizar mi supuesta inteligencia para trinunfar: no sabían qué era el existencialismo ni quién era Heidegger, no sabían que el lenguaje es la casa del ser, ni fueron capaces de ver más allá de análisis sintácticos o cabos y golfos, no sabían que el azar y no las buenas intenciones configuran el destino de una vida, y los soñadores no tenemos destino sino restos del naufragio y crepúsculos azules adentrándose en silencio en la oscuridad.

Un horror, casi nunca iba a clase. Me hicieron repetir tres veces el último curso del instituto. Iba a la biblioteca. Ahora que lo recuerdo qué nostalgia de aquellos tiempos en que pasaba las mañanas en la biblioteca, leyendo, o mirando por la ventana la serenidad invernal de León, las calles frías que sentía como una irrupción de lo maravilloso atacando al mundo de los hechos, y, por cierto, el arte es la aventura de los hechos al sentido. Allí fui feliz. Allí leí a muchos escritores sin los que ahora no sería capaz de imaginar mi existencia, sin los que no quiero imaginarla. Yo no quiero tener un Destino, así, con mayúsculas. Siento como si fuera una cadena, una atadura insoportable, una pérdida irremediable de lo que pudo haber sido. Como si me mutilaran. De veras que me daría rabia tener un destino, una meta de-terminada en la vida. Lo contrario me condena a vagar como un pálido fantasma, eso también lo sé, pero estar condenado a buscar sabiendo que no vas a encontrar puede ser una aventura, la última aventura que podemos emprender, una aventura interior, imaginaria en cierto modo, una navegación sin mar, pero una aventura al fin y al cabo, y tal vez formidable, si logramos hacerla formidable, quiero decir.

Mi obsesión continua es el paso del tiempo, Cronos devorando a sus criaturas, pensar cómo era yo hace un año, dos, tres, cómo sentía, como veía el mundo, en fin, no es muy original, ya lo sé, pero desde luego es muy obsesivo.

En la lucha contra el poder del tiempo hay que saber que vamos a perder, y aun así luchar: todo el mundo quiere sustrarse a la corriente caníbal del tiempo, pero sólo los muertos están fuera del tiempo. Somos tiempo. Tiempo y memoria, jirones de recuerdos que se pierden como lágrimas en la lluvia.

Y ya no podemos salir a respirar aventuras al aire libre de los caminos polvorientos (el mundo pasó del caballero andante al procesado de Kafka), sólo mirar por la ventana y ver la lluvia y conversar con las estrellas. No hay salida. Hay que inventarla. Si no la encontramos vamos a acabar muy mal, me temo, moriremos jóvenes, lejos de casa.

Trata de imaginarte la conciencia como una isla. Creo que es una buena estrategia (además es una imagen hermosa) ya que estamos obligados a vivir en un mundo incomprensible que imita las novelas de Kafka; quiero decir que siento nostalgia de un refugio, y también lo anhelo (romántica estoy, oiga, tanto anhelo, tanta nostalgia). No sé, no me hagas caso, últimamente no paro de tener ideas raras y a mis estados de ánimo les ha dado por jugar a memorfosearse quince veces al día. Quiero decir que la aventura es una fábula, pero la catástrofe la vivimos todos los días. Claro que la catástrofe la vemos a cierta distancia y el horror se junta con la fascinación en esta visión. Creo que cerrar los ojos al sufrimiento inherente al acto de vivir es una cobardía, aunque todos necesitemos algo a lo que agarrarnos. Creo que los idiotas son más felices. Pero amo la sensibilidad salvaje de los románticos. El viaje romántico, despúes de todo, es un viaje interior, eso está claro. Claro que Kafka no era nada romántico, y yo amo a kafka por encima de todas las cosas. Tal vez mi única pretensión sea decir: aquí estoy, hacedme caso, comprendedme. Pero es difícil comprender a otro, tal vez sea lo más difícil, muchas veces los otros no forman parte de mi realidad. Soy demasiado egoísta, muñeca lírica seducida por el vértigo.

Quisiera escribir palabras capaces de deshacer el alma de alguien, captar la belleza, que no es de nadie, pero no sé por qué, para qué, dónde estoy.

Una noche, borracha, al regresar a casa me miré los ojos en el espejo del ascensor y parecían flores marchitas sobre las que caía lluvia, tristemente fosforescentes sobre mi pálido, fantasmal rostro, y nada más acostarme me puse a repetir yo soy, yo soy, yo soy, y de repente no sabía qué significaba ser y me dio miedo y me metí bajo las sábanas y las mantas muy encogida, abrazándome las rodillas con las manos y apretando los párpados como si así fuera posible librarse del hombre del saco, del miedo irracional y su carnaval de pesadillas. No comprendía nada, no comprendía qué significaba estar aquí, estar viva, ser en este mundo, y me aterroricé un poco. No sé, tal vez todo esto no sean sino angustias de niña pija y mimada, o que estoy metafísica porque apenas como, pero lo que digo es cierto: el viento se llevó el tejado de mi casa y ahora estoy desnuda bajo la lluvia y no sé dónde estoy y corro en todas las direcciones a la vez. No sé decirlo de otro modo. El viento, desnuda. No tengo casa. Lágrimas. Voy a fumar el último cigarrillo y voy a ir a dormir. A quién le puede importar todo esto. Ni siquiera sé qué quiero decir. Si me pierdo del todo búscame en el rincón más raro y más apartado que se te ocurra. Estaré tratando de que la luna se convierta en la chica bonita que una vez me tuvo entre sus brazos.

Yo quiero fundirme con la noche azul en un canto ebrio interminable.

Quiero gritar tan fuerte que el ser se haga pedazos y los pedazos floten como diminutas y brillantes volutas de polvo perdidas en un rincón lejano del firmamento.

Quiero irme a vivir a la frase “viento fuerte sopla anunciando la huida que será emprendida por los niños salvajes”

Sandra terminó de escribir la carta y la estuvo leyendo con extrema lentitud mientras la ceniza del último cigarrillo caía sobre el papel. Luego sopló la ceniza y fue a darse una larga ducha antes de irse a dormir. Le gustaba la sensación del agua deslizándose sobre su piel mientras escuchaba música. Me pasaría la vida entera debajo del agua, pensó.


2. Fuga al País de lo Desconocido.

Siempre llueve en el País de lo Desconocido.
El color de la lluvia suena a misterio en el País de lo Desconocido.
Siempre. Y se escuchan ecos de las conversaciones que el viento y las ramas mantienen mientras anochece. Siempre anochece en el País de lo Desconocido.
Siempre llueve y se escuchan los susurros misteriosos de la noche que se acerca.
Siempre, si prestas atención. En el País de lo Desconocido(...)

En un antiguo mapa, descubierto por Lucy en el cajón de su bisabuela muerta, se hallaba dibujado una pequeña isla. Si prestas atención, puede verse que el dibujo de la isla es también el dibujo de una sonrisa. Lucy dobló el mapa con cuidado y se lo guardó en el bolsillo. Por la noche soñó que partía en busca de la isla misteriosa. Se veía a sí misma sola, en medio de un mar gigantesco, en medio de una noche serena y estrellada, y de repente olas de siete metros destrozaban su pequeña embarcación. Lucy luchaba por sobrevivir en medio del estruendo, se agarraba a los pequeños pedazos de madera, la boca le sabía a sal, miraba inquieta alrededor y sólo veía un violento cuadro de espuma y oscuridad. Lucy sabe que es un sueño, es mentira, ella está durmiendo y la luz del pasillo ahuyenta las pesadillas, pero aun así tiene miedo. Lucy despierta empapada en sudor frío y salado. Qué lejos el País de lo Desconocido, aún.

Laura H. Yakovic, Lucy y el País de lo Desconocido.

Al día siguiente de escribir la carta, Sandra desapareció. Lo más probable es que no fuera a encontrarse a sí misma, sino más bien a perderse, a tratar de desatar los férreos lazos de una identidad diseñada e impuesta por lo establecido, impuesta sin que nos diéramos cuenta, desde que éramos pequeños, por una educación destinada a abolir la libertad y a fabricar autómatas obedientes. Sandra fue a buscar la aventura imposible, a vivirla en el idioma de la rabia y la tristeza en que para ella se escribía el mundo. Su viaje sólo puede definirse como una pasión por la caída, una insólita exploración de los aspectos insondables de la existencia, un intento desesperado de no caer en las trampas que nos tienden a cada rato y de abrir brechas para poder ver algo entre tanta confusión. Caminó muchas horas, sola, por carreteras nocturnas que nadie sabe a dónde conducen. En su aventura imaginaria hay lágrimas de verdad, y dolor y destinos rotos y un corazón aventurero encerrado entre paredes de hormigón, un corazón condenado a errar por el desierto, desierto que ya nadie se atrave a surcar, ni a mirar. Pero Sandra quería lograr el coraje de unos ojos capaces de enfrentarse a la nada, de crear nuevas miradas, de abrir brechas por donde fugarse al Pais de lo Desconocido. No quería acomodarse en el Pais de lo Establecido, donde no hay salida.

En el Pais de lo Desconocido los naúfragos sufren el ataque de lo maravilloso, trastornando sus mentes y sus cuerpos, y los naúfragos gritan y lloran y se exaltan y ríen y a veces están alegres y a veces tienen miedo. Los padres de Sandra no comprendían por qué su hija había sido raptada a un país que todavía no existe, a un país al que se llega cayendo y en el que no hay normas y sí hay peligros y maravillas y donde navegar es necesario y vivir no y no importa a dónde nos lleve la navegación, ella es lo único importante, es una batalla perdida y los habitantes del país luchan sabiéndolo y luchan a muerte, dejándose la piel; luchar es lo importante, ganar no.

Cuando Sandra se escapó algunos dijeron que lo veían venir. Mentían. Nadie sospechó nada. Ni siquiera Sandra, probablemente. Hablaba mucho de hacerlo, pero nunca pensaba hacerlo de verdad. No sería exacto decir que decidió huir, más bien le sobrevino repentinamente la necesidad de hacerlo. Lo hizo sin pensar, en un arrebato fulminante. Partió llena de miedo y de un entusiasmo que se trasparentaba a través de su sonrisa helada. A las siete de la mañana estaba en la estación de tren, envuelta en una bufanda, esperando, muy nerviosa, con un cigarrillo entre sus delgados y fríos dedos y casi sin equipaje.

Al bajarse del tren Sandra caminó muchas horas, sola, por carreteras nocturnas que nadie sabe a dónde conducen.

3. Diario de Sandra, Noviembre.

Los diarios, los cuadernos de bitácora de los naúfragos, son el relato imprevisible de una lucha a muerte contra el tiempo; las palabras que van quedándose atrás migas de pan que señalan los caminos que Cronos ha devorado. Algunos Diarios no narran sino la caída del alma en no se sabe dónde, en un País Desconocido, país que existe dentro de nosotros y del cual lo ignoramos casi todo, hay ciudades abandonadas y otras cuyas luces se advierten en la lejanía, con un fulgor que se diría surgido de una pócima mágica, una pócima que hechiza la mirada y te hace sentir con la imaginación cosas que jamás hubieras juzgado posibles. Es un país rodeado de nada por todas partes, porque antes de nacer y despúes de morir el verbo ser es vencido por su hermano maligno, la Nada, y cuando, en mitad de una noche de lluvia, nos despertamos, una perplejidad nos sobrecoge, un escalofrío nos recorre el cuerpo como una descarga de electricidad, y dicha perplejidad adopta formas diferentes, desde el entusiasmo delirante hasta el pánico atroz, en un continuo, peligroso, atractivo baile de metamorfosis anímicas.

Laura H. Yakovic, Estética del naufragio y metamorfosis anímica en la poesía perpleja.

Escrito por Sandra algún día en que el cielo fue gris y se estuvo aguardando el advenimiento de una fantasía que nos rescatara, Noviembre.

La luz desmayada del sol sobre las hojas verdes y amarillas. El olor a tabaco. Las tardes colgadas fuera del tiempo. Nostalgias absurdas. La chica que camina a punto de romperse, de caer; la hermosa caída. La melodía sutil de lo invisible. La voz sutil de lo invisible. La chica invisible. Sonríe. La coraza arborescente, el viento que nos envuelve. La alegría pop. La tristeza dark. Mares serenos, salados, lejanos. Los paseos a la deriva. La ciudad y sus luciérnagas eléctricas. La música nocturna. Palabras que encantan.

Levanto los ojos, los arrojo una vez más al estanque del cielo: que naden en ese mar suspendido en el viento.

Me he puesto una chaqueta de lana y una sonrisa que encontré en un charco de lluvia, olvidada, una sonrisa de niña retraída que luzco como el atributo más ineludible de mi ser y que bien puede ser la imagen adecuada de una serena desesperación.

Sigo fumando mucho y bebiendo mucho. Ya no tengo esas resacas depresivas que me convertían en piedra inerte. Ahora estoy alegre, ligera, como si cantando pudiera sobrevivir a Cronos, ese dios cruel que devora a sus criaturas. Una brisa de entusiasmo me atraviesa, cierro los ojos, me dejo llevar, hoja de otoño.

Ahora la noche, el alcohol, el viento furioso que recién se ha destado, los árboles silbando y algunas lejanas farolas perdidas entre la lluvia le dictan a mi ser que se deshaga en el viento ebrio y lluvioso y deje ya de pensar porque pensar no sirve para nada. En cierto modo son heroicas nuestras vidas sin destino, con más libertad y más miedo y batallas que alguna vez libraremos con todas nuestras fuerzas, arriesgándolo todo y nos da igual perder, queremos jugárnoslo todo a una carta; nos da igual perder, queremos beber, escuchar música y que no acabe nunca la noche, tenemos miedo, no tenemos ganas de entrar en eso que llaman vida, nos negamos, pataleamos como niños irresponsables frente a un futuro que nos han negado, que no nos pertenece. Nos han robado la vida y ya verás con qué furia la vamos a buscar. La verdadera vida está ausente. Por carreteras nocturnas la buscaremos, conductores suicidas, sin rumbo, sin frenos, nos da igual perder.

Aquí las palabras no se corresponden exactamente con la realidad, la frase “viento que sobrecoge” suena casi todo el rato, y la frase “niño salvaje que lo arriesgó todo para llegar al fondo” nos tiene como sumidos en un estado hipnótico que rara vez abandonamos, pero si gritas muy fuerte, tanto como para romperte, tal vez el desencanto que nos anestesia se transmute en una suerte de rara belleza o bote salvavidas y, pobres románticos trasnochados, podamos inventarnos un lugar en el que cantar y saltar por encima de la ansiedad y los miedos inútiles.

Nadie sabe a dónde conducen. Lo pasamos bien, de momento, y preferimos no pensar mucho en el futuro. No hay futuro. Estamos un poco melacólicos, a veces. Pero ya sabes, no somos mejores ni peores que el resto, es sólo que un feroz viento azul nos atravesó una vez y no podemos olvidar su hechizo; sobrevivimos como atados a esa presencia que se muestra ocultándose.

Suenan los frágiles pasos, los susurros de la noche, de la chica azul y la chica azul sonríe y cualquiera diría que por fin habitamos en el refugio seguro que tanto tiempo habíamos anhelado, del cual sentíamos esa extraña nostalgia que nos mantenía noches enteras vigilando por la ventana, por si acaso escuchábamos algún eco que nos recordara su rostro, mirando con un atención feroz el atardecer para tratar de asir lo inasible.

Pero otra vez se nos escurre de los dedos, seguiremos caminando con los ojos abiertos por carreteras que nadie sabe a dónde conducen y escuchando ecos de los caminos que yacen bajo el sepulcro de hojas amarillas esparcidas por Cronos. Nadie sabe a dónde conducen.

Posted by SeñorS at 05:50 PM

Noviembre 01, 2005

Noviembre, jimi Hendrix, ciempies y neoliberalismo

No nieva aunque noviembre tiene nombre de nieve.

Llueve. Suena Jimi Hendrix. Sí, toda la electricidad del Universo chispeaba en sus manos. Tremendo Jimi.

Y ahora, un texto bastante raro: La historia del ciempies:

¿De dónde salió la historia del ciempiés que llegó a una tienda de zapatos y sólo tenía dinero para comprarse un par? ¿es cómica?,¿ es triste? ¿significa lo que significa la vida si es que significa? Si digo sin parar la palabra "significado" ésta pierde el significado, se pierde a sí misma.

El ocio es la madre de todos los vicios, incluso de los vicios metalingüísticos.

¿Qué hizo el ciempiés?
Tener cien pies y ningún camino: definición del teatro del absurdo.
Analogía del existencialista: teatro-vida.
Corolario: somos cien-piés, no tenemos el dinero, no podemos comprar zapatos.
Grito del transgresor nihilista: quememos los zapatos.
Grito del socialista con mucha conciencia social: que todo el mundo tenga dinero para zapatos.

El problema es: decidir si uno se atreve a caminar descalzo, si puede, o si más tarde preguntará su valor de cambio para venderse en la gran fiesta del neoliberalismo, y comprarse cien zapatos al precio de no caminar fuera del camino marcado. El que se mueve no sale en la foto, niños, aprendan a obedecer a los mayores, su deber es producir mucho para consumir mucho para mantener un ciclo absurdo, con crisis de superabundancia y todo, hay de todo en la gran fiesta del neoliberalismo, la revolución se vende muy bien en camisetas del Che y ya utilizan el hip-hop para anunciar hamburguesas, sí, hay de todo, hay un chiste macabro que llaman libertad, y que consiste en que tú tienes la libertad, por ejemplo, de trabajar diez horas al día en un bar cobrando una mierda, y sin días libres, y el dueño, que ha heredado el bar, tiene la libertad de forrarse sin trabajar, a costa de tu trabajo que, no te olvides, has elegido libremente.

El neoliberalismo es el colmo de la libertad, oigan. Es usted perfectamente libre de esclavizarse, o morirse de hambre. Pueden decidir, son libres, el mercado es libre, todo el mundo es libre en el gran circo neoliberal, los pobres se mueren libremente de hambre.

Además que el sistema neoliberal es muy educativo: te enseña a competir, a odiar a los otros, a ser esquizofrénico, la ideología neoliberal es algo muy bonito, está decorada con centros comerciales, y no se olviden, el estado del bienestar (dicen estado de bienestar sin reírse, por lo que deduzco que no es un chiste), el mercado lo distribuye todo, no se alarmen, los derechos del hombre han pasado a ser los derechos del consumidor, si no eres consumidor ni siquiera te consideran hombre. Es una buena definición. Hombre: dícese del sujeto que consume patológicamente demostrando así que la sociedad mejor organizada es aquella que aspira enfermizamente a la riqueza y donde dijo utopía dice éxito personal y económico.

Posted by SeñorS at 04:57 PM