El hombre que ha sido desterrado del refugio seguro de la infancia, quiere entrar en el mundo, pero, al mismo tiempo, le teme, y por eso crea con sus versos uno artificial, supletorio. Deja que sus poemas giren en torno a él, como las plantas lo hacen alrededor del sol; se convierte en el centro de un pequeño universo, en el que nada le es extraño, en el que se siente en su casa, como el niño dentro de la madre, pues todo está hecho de la misma materia que su alma. Allí es donde puede realizar todo eso que afuera es tan dificil; allí puede, como el estudiante Olker, ir con las masas proletarias a la revolución, y como el virginal Rimbaud, azotar a sus pequeñas amantes, pero esas masas y esas amantes no están hechas de la materia hostil de un mundo extraño, sino de la materia de sus propios sueños; son, por lo tanto, lo mismo que él y no interfieren la unidad del universo que ha construido para sí mismo.
Milan Kundera, La vida está en otra parte.
Las sombras son sinceras, pero no puede decirse lo mismo del sol, que se empeña en colorearlo todo con su felicidad estúpida. Ah, la noche, los ojos de la noche, las piernas de la noche, su respiración, su garganta profunda. Yo era el único habitante despierto del planeta. No hacía nada, pensaba, no sé en qué, tirado en la cama. El único despierto en esta ciudad por la que me arrastro y me consumo, con los bolsillos llenos de cenizas, incapaz de aprender a vivir sin esperanza. Fumaba mucho, demasiado, y trataba de desaparecer. Encerrado en mi habitación, escuchando las voces de mi cerebro, yo me inventaba vidas lejos de aquí, en otras dimensiones, tal vez, en lugares menos parecidos a un infierno gobernado por el tedio y el miedo a la libertad. Yo soñaba. A veces estaba enfadado con el mundo, sin saber por qué. Daba vueltas por la casa. Comía algo, encendía la televisión, la apagaba, me preparaba un café, me ponía nervioso, me tomaba una tila. No me apetecía nada. Quería desaparecer y punto. A tomar por culo. No quería saber nada del mundo ni de las personas, de las guerras de mierda, de los hipócritas lameculos. Una pandilla de subnormales, a eso se reducía la humanidad. Lo siento por este pesimismo de misántropo enloquecido, por esta pataleta infantil, estos ladridos de perro rencoroso, pero los silencioso asesinos de la ingenuidad ríen revolcándose en un manojo de sueños rotos. Hijos de puta, cabrones. Les oía, me decían que los poemas eran inútiles, que yo era inútil. No sabían lo bien que me lo pasaba escuchándolos, lo orgulloso que estaba de ser un inútil que rellena folios como quien huye del lobo feroz y pretende inventarse unas alas para regresar a Nunca Jamás, la isla que no existe.
Salí a la calle, exaltado, gritando soy un inútil, un vago que escribe para no enfrentarse al mundo. Mi ser se hinchaba, respiraba, el aire era un trampolín, las palabras podían ser cuchillos y también refugios, martillos y pañuelos de seda. Words, words, words... Estar desgarrado tal vez no significa estar desesperanzado. Yo era el único habitante despierto del planeta y una estrella en el cielo de la noche se desnudaba sólo para mí.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
-Pavesse.
1. PRESENTACIÓN:
Estaba yo en un desierto, caminando hacia el horizonte, cuando vi, sobre la línea que separa el cielo de la arena, a una pequeña mujer envuelta en sábanas negras, que se agrandaba poco a poco, y yo no quería hablar con ella, yo quería huir, pero su canto me atraía sin remedio. Yo quería huir, yo no quería hablar con ella.
2.
Abrí la puerta y allí estaba ella. Tenía tanto miedo que no podía entrar, pero ella sonreía y su mano me envolvía y su canto me seducía. Yo no quería entrar, yo no quería hablar con ella, yo quería huir.
3.
Desperté: todas las cosas tenían un reverso oculto.
Me dormí: todas las cosas tenían un reverso oculto.
4. FIN.
Caminaba. Al fondo me observaban unos ojos que eran mis ojos que eran también su ojos, los ojos de ella: La Muerte. Yo no quería mirarme.
Y un pequeño poema de despedida:
Nosotros, niños perdidos,
En el bar que es una isla que no existe,
Nos reímos de nada y de todo,
Mientras en el fondo del vaso vacío
Un poso de tristeza nos mira.
No echan Las Chicas Gillmore en la 2 por LAS PUTAS OLIMPIADAS DE MIERDA
Era extraño. Y hermoso. Cabalgábamos. Locos irresponsables, tarados mentales, delirantes, huyendo hacia adelante, como si un monstruo nos persiguiera. Un monstruo feo, y real, demasiado real; un sol hiriente en los ojos, un sol infame y cruel, que iluminaba nuestros rincones polvorientos, nuestros miedos atroces e irreconciliables. Los fantasmas de la oscuridad. Los que veía de niño, cuando dormía con la luz del pasillo encendida. Fantasmas. Era confuso. Todos hablábamos a la vez y no se entendía lo que decíamos, lo que queríamos decir. Todos huíamos, hacia delante, eso seguro. Pero ¿de qué huíamos? ¿hacia dónde nos dirigíamos? Nadie lo sabía. La música siempre estaba a todo volumen y pocas veces pensábamos que algún día, en un futuro próximo, la losa de la responsabilidad adulta caería sobre nuestras trastornadas cabezas de niños terribles que se creen eternos. Chupábamos algunas dulces drogas. Nos evadíamos. La realidad es fea. A evadirse, con furia, señores del jurado, con desesperación adolescente y angustias existenciales, sí. Creemos que estamos en nuestro derecho de construirnos nuestra propia identidad. Reconstruiré al hombre que soy, dijo Artaud, el alucinado Artaud. Perdimos la identidad, o nunca la tuvimos, y queremos una, porque tenemos miedo, señores del jurado, un miedo abstracto que nos ataca de vez en cuando, nos aprieta el cuello algunas noches de horizontes rotos. ¿Y qué hareis vosotros, bienpensantes, padres de familias respetables y decentes, cuando vuestros hijos se rebelen, vuestros jóvenes y prometedores hijos, convertidos en rebeldes metafísicos? Ya veo las muecas de desolación impresas en vuestros ojos incrédulos, incapaces de comprender que a veces uno necesita gritar y arrastrarse hasta el fondo, porque su meta es conquistar las estrellas y no se conforma con menos. Pisar el acelerador, salvajemente, huyendo hacia adelante.
Fiebre. Extrañas carreteras que atraviesan el desierto. Un viaje incoherente, sin destino posible, salvo quizá la muerte. No quiero ser una solterona sin valor para amar la muerte. El genial y terrible Rimbaud me acompañará. Nos emborracharemos y buscaremos la verdadera vida ausente. Violaremos a mujeres de cera en los puertos abandonados de cuentos que nadie ha contado. Lágrimas de ginebra en la noche azul. Lloraremos porque nos abandonaron y no sabemos buscarnos ni ser nosotros mismos. Sí, lloraremos con temeridad, escupiendo al viento, enfrentados al universo y a su terrible belleza que se desparrama sin piedad en rostros y calles con lunas de neón.
Concluye la sangrienta venganza. Menos violenta que la primera. Y menos fascinante. Con más diálogo y más explicaciones del argumento.
Tarantino es un genio, el gran genio posmoderno del cine.
Como ya hablé de Tarantino cuando Kill Bill Vol. 1 no tengo mucho más que decir.
Una gran película, vayan a verla.
Eso es todo, amigos.
La vida sin instrucciones de uso, señores.
La última pieza del puzzle perdida en el rincón más raro de casa.
Hoy me he despertado a las catorce horas. He ido a la piscina. Ahora escucho música y dentro de un rato prenderé un cigarrillo (mi hermana ha vuelto de canarias con varias cajas de flamantes Marlboros). Jornada estival sin nada que destacar. Cansado y extrañamente sosegado, S. se entrega en brazos de su actividad favorita: hacer el vago.
Tal vez luego vea una película de Woody Allen. Ayer terminé de leer El doble, del gran Dostoyevski. ¿Qué libro leo ahora? No sé. Encima los cabrones de la biblioteca me han vuelto a multar por entregar tarde un DVD. Un día tranquilo frente al ordenador, esa ventana eléctrica.
Los días pasan yo me quedo.
La tarde detenida, ebria de su luz derramada sobre los tejados... La tarde sonríe, como si no supiera que la boca de ballena de la noche la engullirá como a un Jonás cualquiera. La tarde dirige sus pasos hacia el vientre de la ballena.
Y yo me quedo.
Pero una ventana puede ser un mundo si uno abre bien los ojos.
Pero si nado lo suficiente alguna playa esperará al naúfrago.
P.D: Ya estoy fumándome un rico cigarrillo canario.
Ella conducía salvajemente sin mirar dónde posaba sus pies diminutos. Decidió de una vez para siempre que no pasaría por la vida como un fantasma. Es mejor arder que consumirse lentamente, pensó. No, ella le clavaría sus colmillos al mundo. Todo o nada. A romperse, viajera irresponsable. Hay gente así, que lo apuesta todo, que nada sin guardar la ropa. Aquella noche, sin embargo, estaba triste. Jodidamente triste. Y besó al peligro en sus labios de cristal. Lanzó un grito, desde el lodo. Ella conquistaría las estrellas.
S. está achicharrado en su cuarto y completamente destrozado.
He ido a la piscina, he jugado al frontón y luego he ido a por mi vieja bici de cross (me ha dado por arreglarla para hacer el imbécil con ella) al crucero y he subido a la Virgen en ella (cinco o seis kilómetros, pero cuesta arriba)
Al borde de un síncope (hacía años que no desplegaba tanta actividad física). Estoy tan cansado que no acierto en las teclas, las muy cabronas se mueven como moscas tocapelotas.
¡Mierda! Mi hermano me acaba de comunicar que ha partido el manillar de la bici. ¿QUÉ? Casi desfallezco, subo la cuesta al borde de mis limitadas fuerzas físicas y ahora se parte el manillar. Oh destino cruel, hijoeputa.

Por cierto, ¿Alguien ha conseguido algún libro de este autor? Yo sólo he podido leer textos breves encontrados en Internet.
Y frente al mar
voy a recordar
lo que no fue
Andrés Calamaro.
Recuerdo cuando yo era Jim Morrison y Huxley me abría las puertas de la percepción. Vi cosas que no creerías, cómo se adelgazaban las nubes, que ya no eran losas sobre mi cabeza, sino pájaros cantores o algo parecido, algo capaz de sacarme de aquí.
Recuerdo también cuando sucumbí al canto de las sirenas. No quise atarme al mástil. ¿Y qué pasó luego? Eso no lo recuerdo.
Recuerdo, sin embargo, cuando era Lou Reed y la heroína era mi amante y caminaba por las calles sucias de Nueva York, demasiado muertas para soñar, como diría Dylan, otro poeta, demasiado muertas, sí, con todas las flores de los hippis marchitas, rotas.
Recuerdo una conversación con Ezra Pound en la que los dos hablamos con ideogramas chinos y descubrimos el sentido de la vida, sólo que eso no lo recuerdo, el sentido de la vida, digo. Recuerdo los ojos de loco genial que Pound se pintó en la boca, como si fuera un pintalabios corriente, y cómo besaba las nubes, la palabra nube, cuyo pasadizo llevaba a la palabra lluvia, y ésta a otras palabras, en un laberinto infinito, interconectado como una inmensa red. Hilos de Ariadna. Recuerdo haber matado al Minotauro un millón de veces en un sueño especialmente intranquilo.
Recuerdo cuando yo era un lobo estepario y entré en el teatro sólo para locos y, saben, creo que aún no he salido del todo de ese teatro. Hable con aquel negro sobre Jazz, aunque yo no tengo ni las más remota idea sobre Jazz, pero igualmente le dije que yo era Charlie Parker y que por favor se callara de una vez, porque no tenía ni puta idea de qué estaba diciendo, y que yo era el mejor saxofonista que había pisado la tierra jamás.
Lo recuerdo, tal vez lo leí de pequeño, alguna noche fría de mi infancia, con una linterna, en algún desván misterioso, que tal vez nunca existió. Eso no importa, yo lo recuerdo, porque la memoria imagina cosas y si vas a decirme que no son reales mejor que te largues de aquí y no vuelvas nunca, porque no tienes ni puta idea.
Recuerdo muchas más biografías soñadas, muchos países de enanos, de gigantes, muchos cabarets elegantes y tristes, muchas sirenas que nadaban en charcos en las calles grises y como cansadas de alguna ciudad que alguien se inventó. Recuerdo también canciones y que yo viví dentro de ellas. Por ejemplo Not Dark Yet, de Dylan. Recuerdo haber sido amante de la melancolía, que nació de la costilla de ese verso francés, una tristeza erótica, pero no recuerdo quien dijo ese verso. Recuerdo que las mujeres de los versos no existen, pero que nos pueden matar igualmente porque su mirada es un puñal. Y su poder diabólico, de nínfulas perpetuas. Lolitas de papel, luces de mis vidas, fuegos de mis entrañas. Recuerdo que mi vida fue una estrella que caía, una road-movie en busca de algo. Y Panero dijo mi vida fue una larga borrachera. Mi vida fue un largo delirio y una payasada, y me divertí llorando con las gaviotas. Recuerdo que mi vida fueron recuerdos inventados, como cualquier otra biografía.
P.D: Me he permitido robar el título a Vila-Matas (primera antología personal)
Recuerdo haber siempre pensado que la propia vida no existe por sí misma, pues si no se narra, si no se cuenta, esa vida es apenas algo que transcurre, pero nada más
Es difícil escribir sobre algunas cosas. Al contar lo que te ha sucedido lo dramatizas en exceso o le quitas importancia, exageras lo insignificante u omites lo principal.
Sylvia Plath. Diarios,
Mordidos por los perros del amanecer, casi enteros, regresamos a casa, a la tienda de campaña, tras volar con el ángel maldito, sorber su estela de polvo blanco sobre una cartera de cuero. Dormir dos horas y despertarse siendo un híbrido entre ser humano y zombi y luego un viaje interminable en el que se confundían la vigilia y el sueño. Las ojeras le dicen al sol que te den por el culo, invento infame.
Y ya aprendí que las resacas sin televisor y sin sofá son castigos y no volveré a renegar del confort, si es que alguna vez lo hice. Aprendí que mi corazón no es aventurero y que si late lo hace a los acordes del surrealismo de la desesperanza, las mismas notas que movían el de Alejandra Pizarnik.
Gustoso de llamarme dandy de la nada frente al espejo, es decir, frente al folio en blanco, muriendo en cada frase, resucitando cuando escucho a Marguerite Duras decir ya que uno está perdido y ya no tiene nada que escribir, que perder, uno escribe. Y luego, cuando ya casi me duermo, cobijados en la oscuridad, me susurra: un libro abierto también es la noche. Y luego, en sueños: la escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez.
No sabemos lo que vamos a escribir hasta que lo escribimos. Ya ven, yo iba a marcarme un relato muy underground, en plan escritor posmoderno supercool, sobre la experiencia de Tapia (aunque sólo estuve tres días), pero aquí estoy, vagabundeando por los párrafos como una culebra adicta al crack, hablando de nada otra vez, agarrándome a las palabras, que son ya el último bote para el naúfrago feliz que lleva mi nombre y dice que soy yo (aunque yo soy muy mentiroso)
Lo cierto es que a veces soy un cascarón vacío y me aburre el espectáculo del mundo y otras veces encuentro fascinante cómo el humo de un cigarrillo hace piruetas inverosímiles en el aire. Ciclotímico egomaniaco, a veces sólo quiero escribir y fumar y estar solo y otras veces sólo quiero emborracharme y hablar. Sometimes I feel so happy; sometimes I feel so sad, como canta Lou Reed, ese poeta que también canta (S. se desnuda de sus máscaras, aprecien el ejercicio de punkismo sentimental de este último párrafo, ya que S. considera que un escritor es un hombre al filo de la existencia. Wittgenstein dijo que un hombre no forma parte del mundo, es el límite del mundo; y Wittgenstein era muy listo)
Qué curioso que los niños crean que nadie les ve si se tapan los ojos. En cierto modo, todos lo seguimos creyendo (se me acaba de ocurrir)
P.D.: Acepto toda clase de críticas sobre mi forma de escribir. Puedes decirme que un caracol babeando sobre mi chándal escribiría mejor (esto me pasó de verdad, un caracol dibujó un bonito sendero en mi pantalón mientras hacíamos botellón en Ribadeo) o si no te gusta la literatura también puedes decírmelo, aunque por supesto no te haré ni caso, yo seguiré deambulando por los hilos del lenguaje
Mañana ya por fin me voy a Tapia de Casariego.
Sin más que añadir, se despide un humilde servidor de vosotros ustedes. Prometo (promesas que no valen nada) regresar entero para contarlo (literariamente, o sea, falsamente) S., el Dostoievski del ciberespacio (jeje, ya le gustaría) emprenderá su ruta en soledad. Allí le esperarán (supongo, eso espero) los borrachos, impresentables, de sus amigos; que a estas alturas ya se habrán fumado todo lo fumable (grrrrr). Ellos, cansados, resacosos. Yo, fresco cual hierba recién mojada. Fiestas... las fiestas son peligrosas, algunas acaban en el hospital (estas vez no, regresaré entero, ya lo he dicho, sano y salvo) Sean buenos y vayan al cielo (más vale tarde y mucho más nunca)
Bueno, esto parece una despedida, cuando me voy pero ya vengo (el domingo)
P.D: cómo mola escribir llenándolo todo de paréntesis (mola mazo)
Los ojos del lobo en la noche
Llaman a la puerta.
Masco las rosas del delirio solitario
Su espuma sangrienta
Su canto que detiene al Universo:
Frío, negro, desmayado.
Me encapucho con el cielo
De las noches de verano
Y mis ojos dos estrellas caídas
Iluminan la calle desierta
Y respiro los diminutos pasos de la lluvia.
Masco las ramas del viento
Que agita mi fragilidad, mi ser medio roto:
Sé que he de morir de fragilidad.
Astro caído sin rumbo aún sueño
-Inmóvil un poco asustado-
Construyo barquitos de papel lanzados
Por manos de niñas de todos los colores
Que naufragan embotellados
En mis mares de olas de tinta.
Y quién sabe qué ola arrasará su voz
Qué lobo asesino
Clavará los colmillos del silencio.
-----------------------------------------------
Masco cenizas
Con mis dientes rotos apretados
Me visto con tristezas
Ya los sueños rotos asesinados
-----------------------------------------------
Pero
Astro caído
Aún sueño
El
Lobo
Morirá
En la tarde
S. se consume como un cigarrillo olvidado, ociosamente abandonado a su vacío existencial y a su delirio autorreferencial, que va tomando el rumbo de un teatro vacío, sin actores, sin drama, sin nada. La tragedia del no-rumbo, el tiempo detenido del melancólico. Los personajes ya sólo fuman y fuman y miran el horizonte. Danza de miradas perdidas. Escritura fragmentada.
Se escenifica aquí el nihilismo masturbatorio. No vale nada. Es gratis. Pasen y vean, aunque lo cierto es que no hay mucho que ver. Estas palabras salen de la garganta del aburrimiento. S. prende un cigarrillo y piensa: el problema de la libertad es que uno no sabe muy bien qué hacer con ella. Si digo soy libre me veo frente al mar, mirando y nada más. Las olas se persiguen. El mar es un espejo que dice existir y nada más.
Hay dos formas de afrontar el absurdo: la angustia y el humor. La primera provoca ilusión de profundidad. La segunda de lo contrario, de alejamiento, de desapego, del mundo como burla, como farsa esperpéntica. Ambas son necesarias. Cual equilibrista ebrio yo vasculo de una a otra por la cuerda floja tejida a lo largo de la existencia, de los días y las noches.
Este teatro deshabitado por vacaciones, silencioso.
Mañana o pasado me voy a Tapia de Casariego.
Ayer se me ocurrió decir esto de un personaje: tenía los ojos más grandes que los pies, pero nunca miraba por dónde pisaba.
Oigo decir que dicen de Bukowski: Pues bien, el estilo de este escritor, inmerecidamente exaltado por los jóvenes, amenaza con intoxicar la literatura mundial con sus propuestas anodinas, triviales, e imperar con su mala influencia entre las nuevas promociones literarias. Peor para nosotros.
Imagino al viejo Chinaski retorciéndose de risa en su tumba. Gran victoria, enfadar a los críticos y entusiasmar a los que de verdad escriben. Que el genio hable:
Yo solía jugar a un juego conmigo mismo, un juego llamado isla desierta, y mientras estaba tirado en la cárcel, en la clase de arte o caminando hacia la ventanilla de diez dólares en las carreras, me preguntaba, Bukowski, si tú estuvieras en una isla desierta, tú solo, y nunca pudieras ser encontrado, excepto por pájaros y gusanos, ¿tomarías una vara y rascarías palabras sobre la arena? Yo tenía que decir no, y por un rato esto resolvía un montón de cosas, y me dejaba seguir adelante y hacer un montón de cosas que yo no quería hacer, y me alejaba de la máquina de escribir y me ponía en el pabellón de caridad del hospital municipal, la sangre corriendo fuera de mis oidos, de mi boca y de mi culo, y ellos ahí esperando a que yo muriese, pero nada pasaba. Y cuado salía me preguntaba otra vez, Bukowski, si estuviertas en una isla desierta y etc; y sabes, pienso que era que la sangre había abandonado mi cerebro, o algo, y yo decía, sí, sí, yo tomaría una vara y rascaría palabras sobre la arena.
S. y Bukowski
- Hey, Bukowski, ¿unas cervezas?
- Siempre, joder, vamos a por dos docenas.
Caminamos por las calles grises. Bukowski escupió al suelo. Fruncimos el ceño, poniendo cara de malo de película; de mafiosos, para ser exactos. Aquello no estaba tan mal. Escribir, beber. Inventar mundos, se trataba de eso; de sobrevivir, para ser exactos. Parecía que iba a empezar a llover, así que regresamos pronto a casa y abrimos una cerveza cada uno. Prendimos la tele. La apagamos. Pusimos música.
- Odio el rock, mierda, lo odio.
- Vale, Bukowski, ya lo quito.
- Si fueras una tía ya estaríamos jodiendo, dijo.
- Pues te jodes, soy algo hermafrodita a nivel mental, pero nada más.
- Hey, capullo, qué coño significa eso del hermafroditismo mental.
- No sé, un rollo andrógino.
- Pues a Hemingway y a mí nos nos va ese rollo.
- Ya, Hemingway era muy macho, y mira como acabó
- Que te follen, me traes a tu cuento para decirme esas gilipolleces.
- Vale, mierda, de qué quieres hablar.
- No quiero hablar, quiero beber; la gente no para de hablar ni un maldito segundo y no dice nada, nunca; todos imbéciles.
- Y qué es lo que hay que decir, Buk, ¿te puedo llamar Buk?
- No hay una puta mierda que decir.
- Mira, eres un Henry Miller analfabeto.
- Entonces por qué me traes a mí a tu cuento y no a Henry.
- No sé qué decirle a Henry.
- Te voy a decir una cosa, S., y no lo olvides, siempre que escribas habrá un eco cabrón detrás de tu nuca. No tengo nada más que decir.
- Ya, pero esto se llama conversaciones contigo, así que vas a conversar, quieras o no.
- Eres el tío más pesado que he conocido, S.
- Bueno, ¿cuál es el sentido de la vida? Descifrémoslo y acabemos de una vez.
- El sentido de la vida es... lo siento, voy a vomitar y ahora vuelvo.
- Te espero, Buk. –Buk fue a vomitar y ya está aquí otra vez.
- La vida no tiene sentido; ya dije que beber era mi respuesta a la nada.
- Pero habrá metas, algo que hacer, no sé, no crees en nada.
- Creo en la literatura y en la cerveza y en los coños.
Me despierto y otra vez sucede que no he desaparecido. ¿Sed? Sí, gracias, tengo la boca algo pastosa. Veo los Simpson, como, tomo café. Y al ordenador. Lanzo botellas rotas que no llevan mensajes. Pongo música. Hoy me apetece escuchar The Strokes, White Stripes, The Libertines, Velvet Undreground, todo eso; no sé por qué.
Hay gente de todos los colores, eso es cierto, de todas las clases, como en un supermercado. Hoy un desasosiego sereno fluye lento por mis venas. Por mis venas navegan barquitos de papel y sustancias extrañas. La gente duerme y desayuna, y si lo piensas, digo si lo piensas, es extraño, en el fondo es raro, jodidamente incomprensible, la gente caminando de un lado para otro, comiendo, bebiendo, haciéndose pajas o tirándose desde los tejados. No sé, las resacas son siempre nihilistas, porque le obligan a uno a hacer arquitecturas imposibles sobre la nada. No sé si se entiende esto último que he dicho, el estómago vacío, el dolor de cabeza, reconstruir el puzzle de la noche anterior, las tonterías que dijiste y repetiste diez millones de veces, con quién estuviste, por qué se reían, por qué no estaban de acuerdo en que Led Zeppelin inventaron la música, cuando eso es algo que todo el mundo sabe, etc. El vértigo, tal vez sea eso; morir como perros, como el procesado según Kafka, sin respuestas, solos, sin saber por qué. De todas formas da igual, si nada importa sé feliz, un hombre feliz y amnésico que ignora el futuro y las preguntas de los espejos en la noche.
Esto no es pesimista, ni realista (horrible palabra) en el fondo la esperanza del naúfrago nos tiene agarrados los huevos del alma; es sólo un día tranquilo frente al ordenador, un día que amenaza tormenta, hermoso y triste como un sol apagado. Ya está lloviendo. Parece que nunca ha dejado de llover.
Borracheras nocturnas que hilan nuestras vidas al borde del abismo de la nada. Alcohol frío resbalando por una garganta que grita y grita rabiosa, porque el mundo se va a acabar. Misticismo ebrio y ganas de ver el otro lado, de penetrar en la existencia hasta el fondo, para haber vivido, para haber sentido salvajemente y no descubrir un día que tan solo fuimos pálidas sombras y nada más, rostros transparentes y cobardes con forma de epitafio.
No hay duda de que la fascinación por la autodestrucción es peligrosa; no hay duda de que es una fascinación poderosa, sencillamente porque la realidad no es suficiente, no es suficiente ni de lejos, y algo hay que hacer cuando uno vive en un estado de insatisfacción perpetua: buscando.
P.D: En realidad estos textos fueron escritos en total sobriedad, ayudado tan solo por una cocacola y algunos cigarrillos.
He desplegado mi orfandad
sobre la mesa, como un mapa.
Dibujé el itinerario
hacia mi lugar al viento.
Los que llegan no me encuentran.
Los que espero no existen.
Y he bebido licores furiosos
para transmutar los rostros
en un ángel, en vasos vacíos.
Alejandra Pizarnik, Fiesta
Los árboles amanecieron despeinados y un viento cansado silbaba distraído. Un aroma de casa en ruinas impregnaba la colección de pasos perdidos. Hay caminos por inventar, se dijo, barcos que nos llevarán muy lejos, al otro lado. Hay relojes parados que aciertan la hora dos veces al día y playas soñadas más reales que las de verdad.
Las mañanas prometen comienzos, pero pocas veces los cumplen. Al final uno siempre está solo, aunque haya gente, y fabricar corazas no sirve de nada, porque todas las corazas son frágiles y se rompen en el mar, que es el morir.
Zooey abrió la ventana y saludó a los árboles, abrasados por un sol cabrón que no respeta nada. Se había levantado tarde, tras un sueño extraño, en el que corría por el laberinto y el Minotauro le perseguía. De cualquier modo, siempre olvidaba sus sueños a los cinco minutos de levantarse, mientras el colacao frío atravesaba su garganta como una cascada manchada de barro. Bostezó y prendió un cigarrillo, que fumó sin ganas, lentamente. Miró al mar, que siempre le había parecido un monstruo solitario, un animal de fábula que escondía algún tesoro, algún secreto capaz de justificar tanto absurdo existencial, tanta búsqueda inútil. El poema de la esperanza del naúfrago, que se escribe con letras de sal en el mar, todo eso, ya saben, el típico nihilismo y el típico deseo de trascendencia, de absoluto, de cualquier adolescente introvertido; de cualquier mirada perdida. El mar detenía de algún modo el tiempo y estaba hecho de lágrimas y de miradas de silencio. Zooey pensó que si agarraba el hilo de Ariadna sería capaz de entrar en el laberinto y matar al Minotauro. Luego prendió la tele y escupió a la pantalla, justo en la cara de Maria Teresa Campos. Que te follen, vieja de mierda, dijo. Estaba cabreado porque había dormido mal y porque a veces la realidad es tan aburrida y estúpida que sólo puedes escupirla a la cara.
Zooey se vistió lentamente, se lavó la cara y los dientes y las manos, pero el alma que no tenía seguía sucia, hundida en un charco de mierda. Hipócritas, lunáticos, enfermos, subnormales, a dónde coño vais si no sabeis quienes sois. Gritos mudos de la boca del rencor. Zooey era un bicho raro, un personaje sin propósitos en la vida, sin ideales, un caminante muerto. Los días pasan, el puñal del tiempo nos joderá a todos igual, pensó, con furia. Wendy ya no cose sombras a nadie y los inmaduros con terror a la responsabilidad, a la vejez asquerosa, lloramos y os escupimos a todos, cabrones, porque nos da la gana y porque queremos abandonarnos al viento, al azar caprichoso, para reivindicar la libertad salvaje que nos merecemos, para escupiros las mentiras mezcladas con los cerales del desayuno que nos hicisteis tragar, vuestro estado del bienestar; de la tiranía escondida, mejor dicho. Algún día caerá la máscara del fraude y la juventud rabiosa aniquilará vuestro sistema podrido. Zooey aplastó la colilla contra el cenicero y expulsó el humo con fuerza, tratando de que llegara a las nubes. Luego vio su cuerpo delgado en el espejo y le sacó la lengua a su reflejo.
Zooey caminó por la arena del mar, dibujando huellas, mecido por los vientos sin dirección. Había perdido el hilo de Ariadna y no podía regresar. La única salida era asesinar al Minotauro, que descubrió dentro de él, como una presencia oscura y viscosa que reía entre dientes; un eco que devolvía su voz huérfana de pájaros libres.
La última página se escribirá con silencio.
Bueno, ayer llegamos del Derrame: sudor, vino tinto, THC, música, polvo, risas absurdas e incontroladas,etc. El Enterprise (nuestra tienda, a la que le sobran hierros y le faltan clavos) sufrió algunos daños... aquí huele a vino, tíos... en efecto, un cartón de Vegas derramado; pero aún resistirá, comandada por C-kirk (Ferny), señor Spock, el chino de cuyo nombre no nos acordamos (Txoak) y Scotty.
O´funk´illo impresionantes; Jacky Trap... qué buena está Karmen; Sugarless también se salieron; en general buenos conciertos y buen ambiente. Tres días sin dormir, saltando, bebiendo, fumando; ojeritas rojas y polvo en los dientes, dolor de culo por sentarse en la calzada (al menos yo) y un auténtico desfile de tribus urbanas especialmente disfrazadas para acudir al festival.
Por cierto, ¿Por qué apenas se come en un festival, si el desgaste físico es enorme? El sábado yo sólo comí medio bocadillo, y luego, que yo sepa, no merendamos ni cenamos ni hostias.
P.D: ayer escribí un post, que se me borró, sobre el Derrame, así que si este es una mierda lo siento, no he tenido ganas de rehacerlo (desgana total)... en posteriores ocasiones me esforzaré un poco más.
De todas formas en Declive y Lasnait ya están las respectivas crónicas embrutesías y derrameras (no pongo los enlaces porque no sé cómo se hace; en posteriores ocasiones pondré enlaces :)
Eso es todo amiguitos y amiguitas