Sobre el cielo de un gris casi sucio se dibuja, como dibujado con compás por la mano de un gigante invisible, un arco iris frágil y desvaído. La lluvia, muy fina, cae sin prisa, con una calma infinita, como si tuviera todo el tiempo del mundo para roer los tejados, las estatuas, el laberinto de calles por el que pasean, agazapados, los habitantes de esta ciudad que, quizá, hace mucho tiempo, permaneció inundada y muda, olvidada y fantasmal, y hoy saca la cabeza del agua para respirar, para coger un poco de aire y continuar, con su ritmo lento o rápido, una travesía sin desenlace final.
Desde esta ventana el sol no se ve. Sólo se divisa un cielo gris, opaco, plomizo. Sin embargo, el sol oculto ilumina los tejados rojos y los árboles solitarios, que tiemblan casi imperceptiblemente, dejándose mecer por un inesperado claro en el bosque urbano.
El arco iris dura apenas el tiempo justo para poder ser descrito. Ahora ya ha desaparecido, quien no estuviera mirando en el momento oportuno nunca sabrá de su fugaz existencia esta tarde lluviosa. El sol también acaba de desaparecer, ocultado por una nube. Todo ha quedado sumido de nuevo en una penumbra aplastante.
He hecho una pausa para liarme un cigarrillo y al volver a fijar la mirada ya estaba otra vez el sol derramándose débilmente sobre los tejados y sobre los árboles, que reciben con una sonrisa ligera y alciónica los designios caprichosos de los elementos, sus mezclas y composiciones. El paisaje cambia continuamente, en una danza perpetua y sin fin.
En el edificio de enfrente, una antena metálica, roja y blanca, cuya función desconozco, destaca como un extraño árbol, huraño y soberbio, receloso de agitarse con el viento, indiferente a la caída de la lluvia, sin escuchar su música. A la izquierda de la antena, en el patio de un convento de monjas, hay un árbol enorme, majestuoso, con pinta de filósofo estoico, rodeado por pequeños árboles sin hojas, esqueléticos, con pinta de poetas desesperados o de súbditos resignados y tristes, que esperan sin saber qué, y desesperan a veces, pero al final resisten siempre, escupen al Rey, como escritores desconocidos y valientes, sin talento y pobres y desorientados, pero valientes.
Así es el mundo al otro lado de la ventana, un paisaje que, de tanto ser visto, va adquiriendo una vida propia y un sentido especial para quien lo observa como un espía, como un detective o como un poeta perezoso.
El marco de la ventana reduce el mundo a una pequeña porción visible desde una perspectiva singular únicamente para devolverle toda su sutil complejidad.
Un aliento indescifrable late en el cuadro, enmarcado por la ventana, del mundo exterior, a punto siempre de ser destruido por el tiempo, sobreviviendo a la intemperie como un mortal cualquiera.
Posted by SeñorS at Abril 10, 2008 01:56 AM