Recuerdo haber pronunciado palabras enloquecidas
que se ahogaban felices en un vaso de cerveza,
en la noche, sin pensar siquiera,
feroces y exaltadas.
En otro mundo, en habitaciones borrosas,
palabras como velas frágiles
luchando contra la oscuridad,
bordeando el silencio.
No dibujaron mi rostro, ni crearon un refugio solo para mí.
Pero eso ya lo sabíamos.
A la intemperie, al viento.
Así caminaremos.
Con los dedos manchados de cenizas dibujaremos el camino.
Con los dedos congelados por el frío.
Por el viento frío que nunca ha dejado de soplar
y de arrastrarnos como marionetas mudas
mecidas en una danza sin fin hasta la muerte.
Y ya lo sabíamos, es cierto:
Los besos de las bailarinas de nieve que no existen
no duran mucho, apenas dejan rastro,
sus lenguas de hielo se derriten,
pero crean una adicción suicida,
recuerdos de lugares que no existen
y a los que con furia anhelamos regresar.
Sus ojos se clavan en la noche
y nosotros nos hemos clavado a las ventanas
abiertas a la noche.
Esperamos, como en un drama absurdo.
Desesperados apuramos el último trago.
Lloramos por la bailarina solitaria
cuya desnudez se confunde con la nieve
y baila hasta que muere
para despertar la primavera.
El viento quizás.
Quizás el viento se la llevó.
La raptó,
-dios cruel, artista loco-
al país de la música para obligarla
a danzar solo para él,
para siempre.
Consumido por la belleza terrible enloqueció.
Y también nosotros enloquecimos
y escribimos para borrar nuestro rostro.
Nos arañamos lágrimas
y las tiramos al viento.
Y el viento enloquecido
nos araña la piel.
Nada mejor que convertirse en marioneta
y exponerse a la furia de las tormentas,
desaparecer como un nombre dibujado en el agua,
confundirse con la bailarina de nieve,
fundirse en el abrazo de su ausencia
mordiendo copos de nieve derretidos.
Y lo sabíamos, es cierto:
los deseos ebrios son peligrosos,
dientes apretados sobre labios carnosos:
la realidad está teñida siempre de sangre.
Pero, en fin, qué podemos decir,
que un demonio trastornado nos poseyó,
que una misteriosa exaltación nos enardeció,
que nosotros solo escuchamos al viento
y su inefable música nos arrastró.
Recuerdo que las palabras enloquecidas
nos consumían antes en la noche
y nos arrojaban a países que no existen
y allí bailábamos y moríamos
a una velocidad de vértigo
varias veces en una melodía sin fin.
A veces, de tan locas que se volvían,
llegaban a asustar,
y preguntaban, al borde de un acantilado,
qué es el ser
y qué deminios hago yo aquí,
y entonces, con más fuerza que nunca,
esperaba que viniera a rescatarme
la chica que se confundía con la nieve
y que ahora danza para mí,
sola,
en la oscuridad,
para siempre,
derretida entre mis dientes,
prendida en el viento.