En torno a la oposición individualismo y holismo se dan un conjunto de oposiciones que, aunque no sean idénticas, sí son similares o adyacentes, tales como la oposición entre psicologismo y sociologismo, micro y macro, acción y estructura. En última instancia, podemos considerar que todas estas oposiciones son casos de la oposición clásica y largamente debatida entre el individuo y la sociedad. Que la sociedad es, desde un punto de vista ontológico, completamente independiente de los individuos que la componen, es una tesis difícilmente sostenible. Sin embargo, establecer cuál es la relación entre los individuos y la sociedad resulta más problemático. Enfoques holistas, como el estructuralismo, tienden a reducir la autonomía de los individuos y a resaltar los condicionamientos externos a los que están sometidos, como las instituciones. Enfoques individualistas, por el contrario, resaltan el papel de los individuos en la creación de las instituciones, su relativa autonomía. Aunque muchas teorías traten de superar el dualismo entre el individuo y la sociedad, considerando que los términos de la oposición se entienden uno en función del otro, y que por tanto se trata de conceptos relativos, no absolutos, varían al asignar una prioridad explicativa a uno u otro polo de la oposición. En este sentido consideraremos el alcance de la reducción de los fenómenos sociales a los elementos que los componen, los individuos.
El individualismo metodológico surge en el contexto de la filosofía analítica anglosajona. Desde esta perspectiva, autores como Elster o Roemer realizan una lectura del marxismo radicalmente diferente a la interpretación estructuralista de Althusser. No obstante, ambas lecturas tenían un objetivo en común: dotar de una adecuada cientificidad al marxismo, desligándolo así de la dialéctica y del humanismo que estaba muy presente en el Marx joven de los Manuscritos de economía y filosofía.
En el individualismo metodológico subyace un individualismo ontológico, según el cual sólo existirían los individuos y sus propiedades. Las entidades supraindividuales a las que hacen referencia las posturas holistas, tales como sociedad, clase social o superestructura, no existirían en realidad, siendo consideradas una mera agregación de individuos o de sus propiedades. Partiendo de esta consideración ontológica, se considera que lo correcto, desde un punto de vista metodológico, es adoptar también una postura individualista. Elster define el individualismo metodológico como una doctrina según la cual “todos los fenómenos sociales (su estructura y su cambio) sólo son en principio explicables en términos de individuos (sus propiedades, sus objetivos y sus creencias)” (Elster, 1984:22). No se confunde con el atomismo. Los individuos no son átomos aislados, sino que se relacionan entre sí, de tal manera que algunas propiedades son relacionales, como ocurre con el caso del poder, que sería explicado como un tipo de relación entre individuos y no como una propiedad sustantiva. El poder se ejerce, y no es una entidad distinta de su ejercicio. Esto tiene una implicación importante en el ámbito de la teoría marxista, pues al ser una propiedad relacional, no puede simplemente tomarse el poder, como si éste ocupara un lugar, algo que ya había señalado Foucault.
Cabría preguntarse si el individualismo metodológico es incompatible con un enfoque sistémico holista que conciba a los individuos como elementos de un sistema y de cuyas interacciones surjan las propiedades emergentes propiamente sociales, manteniendo igualmente un individualismo ontológico, ya que podemos pensar que “sistema” no es un término existencial, con contenido empírico, sino una forma de conceptualizar útil en según qué casos. Es decir, caracterizar la sociedad por sus componentes y sus propiedades (incluyendo las relaciones entre sus componentes) es caracterizarla como un sistema. No obstante, la teoría de sistemas, aplicada como metodología para el estudio de la sociedad, se enfrenta a varios problemas, como el de su escasa capacidad explicativa y algunas debilidades del primer funcionalismo (Baert, 1998:69), o la cuestión de sus relaciones con su entorno, con otros sistemas.
Un argumento a favor del individualismo metodológico lo constituye la debilidad de la explicación funcional señalada por Elster. La explicación funcional es admisible en biología, pero únicamente porque se cuenta con un mecanismo de retroalimentación causal: la selección natural. Ahora bien, las sociedades no son organismos, y por tanto no evolucionan como tales. El tipo de explicación adecuado en ciencias sociales es causal-intencional. Toda explicación científica es causal, ofrece un relato de por qué sucedió un fenómeno. Sin embargo, la explicación funcionalista, muy presente en sociología y antropología, no lo hace, no muestra los mecanismo causales que explican un fenómeno, sino que señalan la función que cumplen determinadas prácticas sociales o instituciones en una estructura social, generalmente una función beneficiosa para el mantenimiento de la estructura, aunque también pueden considerarse funciones negativas. El problema radica en que la función que cumplen es un efecto derivado de una conducta o de una institución, y si no se explica cómo ese efecto causó la conducta o la institución, cómo produjo su existencia, en realidad no se está explicando nada.
La diferencia entre la evolución y la conducta de los individuos es que la evolución es un proceso ciego, incapaz de lograr máximos globales que exigen estrategias intencionales del tipo “una paso atrás, dos adelante”. Es incapaz de no optar por un curso de acción que le llevaría a un máximo local, aun cuando elegir otro curso de acción pudiera llevarle a lograr un máximo global. Para poder comportarse como una máquina maximizadora global es necesario una conducta intencional, característica de los seres humanos, capaz de anticiparse con la imaginación al futuro. Por eso el tipo de explicación adecuada de los fenómenos sociales es causa-intencional, y no causal-funcional. Ahora bien, se plantean una serie de cuestiones: ¿la acción colectiva puede comportarse como una máquina maximizadora global, dado que la sociedad no es un sujeto intencional? También: ¿se comportan realmente los individuos como máquinas maximizadoras globales, teniendo en cuenta los límites de la racionalidad y el papel que juegan las normas sociales y las emociones a la hora de configurar la conducta? Si bien parece que Elster nunca ha dudado del individualismo metodológico, su consideración de la racionalidad ha señalado ciertas limitaciones. Su privilegio normativo como factor explicativo de la conducta no se mantiene en el análisis empírico de la conducta racional. En este sentido, Patrick Baert señala alguna objeciones a la teoría de la elección racional (Baert, 1998: 200 y ss). La tendencia a desarrollar explicaciones post hoc, su errónea suposición de que existe un concepto de racionalidad culturalmente neutro. De manera similar a los funcionalistas, cuyo origen Elster señala en la teodicea de Leibniz y en el sistema hegeliano, los teóricos de la elección racional viven en el mejor (el más racional) de los mundos posibles. El problema de las explicaciones post hoc es que constituyen una estrategia inmunizadora, de tal manera que da igual cómo se comporten los individuos, pues siempre se supone que lo han hecho de la manera más racional posible de acuerdo con sus creencias. Cuando alguien enfrenta varios cursos de acción, hace lo que cree que es probable que arroje el mejor resultado. Así, la racionalidad no es falsable. El segundo problema es que no tienen en cuenta la diversidad cultural y postulan una estructura transcultural de preferencias estable. Los dos problemas que señala Baert quizá tengan su origen en el planteamiento analítico de la teoría de la elección racional. No obstante, hay que señalar que Elster sí ha tenido en cuenta otros factores, además de la racionalidad, en su explicación de la conducta, como las emociones: “intuitivamente resulta claro que, debido a su peculiar intensidad fisiológica, las emociones y las ansias adictivas pueden cortocircuitar o, al menos, distorsionar la racionalidad de nuestras elecciones (Elster, 1999)”. También se pregunta hasta qué punto son construcciones culturales. El aprecio de Elster por la teoría de la elección racional en su versión normativa es compatible con un cierto escepticismo acerca de sus posibilidades descriptivo-explicativas.
Pero las objeciones que puedan plantearse a la teoría de la elección racional no atañen directamente al individualismo metodológico, ya que, si bien están muy ligados, no se identifican. Los individuos y sus propiedades son la unidad elemental que hay que considerar en la explicación de los fenómenos sociales, y de esto no se deduce necesariamente la aceptación de los supuestos de la teoría de la elección racional, si bien es cierto que van muy ligados. Como señalaremos más tarde, el enfoque individualista pierde de vista los condicionantes externos de la conducta. En el enfoque del individualismo metodológico el criterio epistemológico de la reducción desempeña un papel crucial, se establece una reducción del nivel macro (social) al nivel micro (individuos) y se explica cómo la interacción entre las partes ha producido un fenómeno agregado. Lo que tenemos que preguntarnos entonces es si esta estrategia reduccionista es adecuada en las ciencias sociales, especialmente en el caso de la sociología, o si es una extrapolación de un enfoque adecuado en la economía, pero que, sin embargo, presta poca atención a los procesos históricos y a los condicionamientos externos que influyen sobre la conducta de los individuos y de los grupos y que pueden ser el objeto de estudio específico de algunas investigaciones sociológicas. Si nuestro objetivo es investigar el consumo, no podemos omitir información relevante, como el grupo social al que se pertenece, por considerar que un grupo puede descomponerse en los individuos que lo componen y que no es una categoría que exista en la realidad, o el condicionamiento externo del impacto de la publicidad sobre las preferencias y las necesidades del consumidor, considerando que los individuos siempre actúan maximizando su función de utilidad. Quizá resulte más útil, en función de los objetivos de la investigación, adoptar una postura holista, no necesariamente incompatible con el individualismo ontológico.
LOS LÍMITES DE LA REDUCCIÓN EN CIENCIAS SOCIALES
“Existen términos que pertenecen específicamente a fenómenos discernibles en un nivel y que refieren en ese contexto, razón por la cual sólo son aplicables allí”(Patricia E. Morey, 2004).
Aunque exista una explicación de niveles inferiores, se usa un vocabulario no reductivo que pertenece al contexto de referencia. Así, términos como estructura o clase social, aunque pueden ser descompuestos en sus elementos constituyentes, son operativos en un cierto nivel de análisis. Esto sin duda está muy cerca de una concepción pragmática de la explicación de los fenómenos sociales, tal como señala Patricia E. Morey. No se trata tanto de que no sea posible reducir los fenómenos sociales a sus términos individuales, sino de que para analizar algunos fenómenos no es operativo efectuar tal reducción, pues el análisis incorpora otros valores cognitivos, distintos de la reducción.
Quizá sea posible reducir la sociología a la psicología, y ésta a la biología, y ésta a su vez a la química o a la física, pero habrá fenómenos específicamente sociológicos, como los movimientos sociales revolucinarios, que serían muy pobremente explicados en términos de movimientos físicos. Al aplicar la reducción podemos estar ignorando información relevante del fenómenos a explicar. Al hilo de esta problemática se plantea también el tema de la unificación de las ciencias que sostenía Neurath, en el que no vamos a entrar aquí. Tan sólo señalaremos que es inseparable de la estrategia reduccionista.
Una crítica que el individualismo metodológico le hace al holismo es la de que postulan macroentidades como la sociedad y las consideran irreductibles a sus términos individuales basándose en que la sociedad tiene una serie de propiedades emergentes o, dicho de otro modo, que el todo es más que la suma de la partes. Sin embargo, desde el punto de vista del individualismo esto es innecesario: las propiedades emergentes se explican por las relaciones que se establecen entre las partes. Ontológicamente, la sociedad no existe. Conceptos como el de conciencia colectiva que usara Durkheim son considerados una muestra de falta de rigor científico.
La reducción sirve como criterio para realizar observaciones precisas, congruentes con otras teorías aceptadas, que expliquen y establezcan relaciones causales entre fenómenos y que contribuya a la predicción de nuevos hechos, y se pueden integrar teorías relativamente autónomas en otras más básicas. En muchas ocasiones, tal integración es fructífera y aumenta significativamente nuestra comprensión de los fenómenos. Así, por ejemplo, el autismo pudo ser adecuadamente comprendido teniendo en cuenta una ciencia más básica, como la genética, y explicado en función de ella, cuando antes se atribuía el autismo a un socialización deficiente. Ahora bien, no siempre la reducción es adecuada. Existen diferentes niveles de análisis de un fenómeno, y por tanto existe también una diversidad de criterios en función de los objetivos específicos de las diferentes disciplinas. Para el individualismo metodológico el límite de la reducción en ciencias sociales son los propios individuos, se les considera la unidad mínima con potencial explicativo de los fenómenos sociales. Pero cabría preguntarse si podemos seguir reduciendo los individuos a su código genético, por ejemplo, en cuyo caso sería la genética la ciencia más básica que explica la conducta individual, reduciéndola al nivel genético. El individuo sería el nivel macro, y los genes los determinantes subindividuales que explican la conducta, los microfundamentos de la conducta. Pero entonces, si lo que se pretende es analizar los fenómenos sociales, esta estrategia reduccionista habría excluido del análisis una gran cantidad de información que proviene del entorno y que es preciso considerar. Es decir, el límite de la reducción está en función de aquello que se considera el objeto de estudio.
No hay un solo microfundamento de los fenómenos macrosociales, “no son reducibles de manera unívoca, ya que son muchas las distribuciones de las propiedades de los individuos que pueden realizar el mismo tipo social”(Patricia E. Morey, 2004:110). De tal forma que para analizar algunos macrófenómenos buscar siempre la cadena de microfundamentos que lo explican puede ser contraproducente con los objetivos del análisis, ya que la preeminencia otorgada a las reducciones causales arriba-abajo, considerando que los fenómenos se explican por sus elementos componentes, puede ignorar el papel que juegan otras variables.
De esta forma, podría sostenerse un enfoque metodológicamente holista al considerar como objeto de estudio el condicionamiento externo de la conducta de los individuos en el consumo, si la pretensión es analizar el impacto de la publicidad en el mercado, por ejemplo, en vez de reducirlo a términos individuales, pues el objeto de estudio podría ser antes la estructura económica que la psicología de los individuos, o cómo ésta es condicionadas (no totalmente determinada) por los medios de comunicación.
CONSUMO E INDIVIDUALISMO METODOLÓGICO
En el artículo “Consumo en individualismo metodológico, una perspectiva crítica” (1994) Luis Enrique Alonso y Javier Callejo consideran que el individualismo metodológico tiene un campo de aplicación restringido a las teorías microeconómicas de la demanda. La concepción dominante en este tipo de teorías sobre el consumo y la necesidad asumió la sustitución del trabajo por la utilidad como fuente del valor económico. De las relaciones socioeconómicas objetivas del hombre en cuanto productor se pasó a las relaciones subjetivas del hombre individual con productos acabados, en cuanto satisfacen una necesidad. El hombre económico es visto así como consumidor. Las implicaciones de este cambio de concepción, o de paradigma, son que el hecho económico se asoció a un espacio delimitado: el mercado (en principio postulando la competencia perfecta) y se consideró que la formación del precio era el principal, si no el único, problema a tratar.
Del mismo modo que se planteaba la soberanía del ciudadano como elector, se planteaba la soberanía del consumidor en el sistema capitalista.
Con la teoría subjetiva del valor, se evita cualquier referencia al lugar que ocupan los individuos en el proceso de producción social, ya que las unidades relevantes para el análisis son las unidades individuales. La elección de qué se considera relevante para el análisis depende de la metodología adoptada, y en este caso quizá también de un compromiso con una determinada concepción liberal del hombre y el postulado de sociedades meritocráticas, que en la realidad no se cumple.
Así, tenemos un conjuntos de individuos soberanos no sometidos a ninguna relación como ser social, descontextualizados y ahistóricos. “La conformación de la psicología del consumidor –sometido a una cultura y a una historia- es aquí presentado como un universal ahistórico” y “la necesidad es previa a la producción”(Alonso, Callejo, 1994).
Para el racionalismo individualista del marginalismo microeconómico el consumidor es el rey del mercado, minimizando así el rol de un sistema de códigos de control en el que el poder de la oferta determina la estructura de la demanda y de la sociedad (el poder de las grandes empresas en la formación de la demanda). Pero las necesidades no son un conjunto acabado y estable que estén únicamente del lado del consumidor, las corporaciones monopolistas también pueden crear necesidades. Es estos casos las necesidades son inducidas desde el mercado. Para el marginalismo las preferencias individuales se consideraban dadas antes de todo intercambio y relación social.
La importancia de los medios de comunicación es crucial. Para Alonso y Callejo, antes que ciudadanos autónomos y soberanos, como consumidores somos espectadores que deben ser entretenidos. Así, el ocio y el consumo pierden su carácter privado y son regulados por un conjunto de aparatos que reproducen la dinámica de la expansión de la producción en masa. Los medios de comunicación convierten todo lo que pasa por ellos en objetos de consumo (incluida la política, sobre todo en períodos pre-electorales).
Se produce así la dominación de un modo de vida (consumista) y de un tipo de producción que ejerce un control exclusivo sobre la oferta. Además, la percepción micro de la sociedad que conlleva el individualismo metodológico genera desconfianza hacia cualquier tipo de acción comunitaria, exacerbando la dimensión instrumental de las relaciones sociales. Según estos autores, el individualismo metodológico responde a un “imperialismo de lo económico, extiende el análisis típico de la microeconomía más ortodoxa a todo el comportamiento humano. Cualquier cosa que el género humano hace, ya sea la más íntima o la más pública, puede ser explicada por la racionalidad instrumental que sirve de base a la microeconomía utilitarista y marginalista” (Alonso, Callejo, 1994:8).
También para Pierre Bordieu su base sigue siendo la de un sujeto radical y antropológicamente libre actuando en situaciones artificialmente simplificadas y ahistóricas, aunque en el individualismo metodológico, tal como lo plantea Elster, se han añadido algunas restricciones situacionales ausentes en planteamientos anteriores.
Tanto el individualismo como el posmodernismo son para Alonso y Callejo “microfilosofías del hedonismo enfrentadas a lo social y grupal multidimensional”.
En este caso, la reducción del hombre a hombre económico y de éste a agente maximizador, pierde de vista muchas variables. Además, la estabilidad de las preferencias y el equilibrio de los mercados no se da en la realidad. Según Bobillo, estos planteamientos “sustituyen la realidad por el modelo construido para conocerla”.
Para Elster tampoco la teoría de la eleccion racional puede explicarlo todo, de una racionalidad sustantiva paramétrica pasa a considerar una racionalidad limitada, estratégica y procedimental.
Habría que preguntarse también hasta qué punto los comportamientos económicos siguen una racionalidad instrumental. Para Alonso y Callejo, el consumo instrumental es más bien una práctica rara.
En definitiva, fuera del análisis del individualismo metodológico quedan los procesos culturales y la conformación de la psicología del consumidor, y se enfrenta a varios problemas:
1) Psicologismo: analiza conductas aisladas, en vez de prácticas sociales, que sería más adecuado en un análisis de los fenómenos sociales (no psicológicos)
2) Deja fuera el consumo autodestructivo (Elster no tanto, ya que analiza también las emociones y las adicciones)
3) La publicidad es considerada mera información, no se resalta el papel estratégico que juega en la creación de necesidades.
4) Una tendencia a remarcar el futuro ignorando el pasado y su papel en la formación de los habitos de consumo.
5) No se tiene en cuenta el orígen histórico de las situaciones en función de las cuales se explican algunos fenómenos sociales
6) No tienen en cuenta el origen del individuo lo individual, como si éste fuese una esencia universal y no, en parte, el resultado de un proceso histórico que define qué es un individuo.
“En cuanto se parte de tendencias psicológicas invariantes, se cae en un psicologismo asocial escasamente útil para la investigación y que desemboca con facilidad en abstracciones universalistas sobre lo que es el hombre, sus necesidades, sus motivaciones, etc, dejando a un lado las circunstancias concretas (Alonso, Callejo, 1994:16)
Posted by SeñorS at Febrero 19, 2008 05:38 PM