Diciembre 01, 2007

Nada que importe demasiado (II)

El puto gilipollas que arruinó mi vida era, sin duda alguna, mi John Claverhouse. Un tipo odioso, medio subnormal, con una sonrisa sempiterna en los labios de candidato a miss simpatía que le dotaba de una cualidad especialmente aborrecible. Diseñé, en silencio, millones de planes para acabar de una vez por todas con su vida inmunda. Su vida y la mía estaban abocadas a chocar frontalmente y no había ninguna otra opción. Ella me había dejado, él debía morir, así funcionaba mi cerebro. La guerra se había declarado y mi único y obsesivo pensamiento era el de lanzarle escupitajos ardientes que le hirieran de muerte. Mi obligación era diseñar estrategias de ataque al enemigo. Viví durante meses en una atmósfera opresiva de fantasías obsesivas, en una continua introspección masoquista en la que el más dañado resultaba ser yo, mientras el puto gilipollas paseaba como si tal cosa por ahí, como si tuviera derecho a vivir así, con su sonrisa de capullo idiota.

Un día coincidimos en el ascensor y él, como hacía invariablemente, me sonrió, e incluso me preguntó que qué tal estaba. ¿Cómo se atrevía?, ¿Bromeaba? Le hubiera degollado allí mismo, sin mediar palabras. Yo no le devolví su sonrisa de mierda ni contesté a su saludo de subnormal, me limité a mirarle con odio, con una mirada de obelisco que confiaba en que pudiera matarle y procurarme así, por fin, la serenidad que tanto necesitaba para no volverme completamente loco.

Pensé que ya nunca más podría escribir poemas bonitos. Al menos, mientras él siguiera existiendo. A patir de ahora sólo escribiría insultos, de mi boca sólo saldrían culebras y sapos y maldiciones. Todos mis cuadernos se transfigurarían en cuadernos de condenado. Si no hacía mucho tiempo mi vida era un festín, y yo también exhibía ante el mundo una sonrisa alegre, ahora mi piel sudaría odio y rencor, mi cabeza sólo pensaría en diversas formas de asesinato. Mis palabras de abandonado serían escupitajos de odio. Mi mundo había sido destruido y yo era tan sólo un superviviente desorientado, hundido en sí mismo, alguien a punto de abrir la ventana para gritar hasta quedarse afónico: ¡me cago en tu puta madre!

El problema es que la venganza llevada a cabo por medio de la escritura es incapaz de mancharse las manos de sangre. Me resigné, pues me daba cuenta de que era incapaz de matar a nadie. No había salida, la guerra estaba en un callejón sin salida. Yo era un soldado solitario, sin armas, atado a un teclado. Tenía las manos frías, los pies fríos, las botas llenas de barro, la mirada atenta, en cualquier momento podía disparar a matar, pero me faltaba la pistola. Más que una auténtica batalla, se trataba de un teatro psicótico, de una obra en la que mi enemigo no comparecía porque yo era el único actor de un drama sin escenarios de verdad. Mis planes de venganza era invenciones inverosímiles, posibilidades sin visos de concretarse de alguna manera. No llegaban a alcanzar la realidad, giraban encerrados e impotentes en la esfera de mi odio.

Cuando salimos del ascensor seguramente se sintió aliviado al escapar del silencio incómodo que yo había creado esforzándome en mirarle como si fuera un obelisco enfurecido, capaz de matar con la mirada, ese poder que tanto deseaba. Tuvo la osadía de despedirse con otra de sus sonrisas irritantes. Hasta luego, dijo con su voz aflautada y sus gestos de yerno pefecto, solidario, caritativo y preocupado cínicamente por todos los desfavorecidos de la tierra. Adiós, respondí, con una sequedad que pretendía ser demoledora y definitiva. Quise añadir: para siempre, gilipollas, espero no volver a verte en mi vida. Mi cerebro se disparó: mientes, mientes, fachada, pura fachada, cínico, soplapollas, cursi, asqueroso. Pero no dije nada. Tal vez un día paseando por la calle le caiga encima una teja y le mate. Ese pensamiento tuvo la virtud de serenarme y de hacerme sonreír como un villano de cómic, como si yo controlara su destino gracias a mis superpoderes con respecto a las tejas asesinas. Incluso me reí de mis ocurrencias inmorales e irracionales. Sin duda estaba perdiendo la cabeza. O me olvidaba de ella y del subnormal de la sonrisa idiota o me precipitaba a velocidad supersónica al desastre total. El odio y la tristeza conforman un brebaje ácido y destructor, y yo me lo estaba bebiendo en dosis industriales. Había que poner fin a todo aquello. Tomar aire, olvidar, caminar, mirar el atardecer, distraerse. Pero me resultaba imposible.

Posted by SeñorS at Diciembre 1, 2007 07:48 PM
Comments

Ya será menos...

Posted by: yo at Diciembre 2, 2007 12:11 PM

Sí, en fin, pensé que la exageración era evidente...

Posted by: Sr. S. at Diciembre 2, 2007 03:14 PM
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