La desgracia fue mi dios
Arthur Rimbaud.
Fue entonces cuando, bruscamente, se largó. Me quedé tumbado en el sofá, incapaz de articular palabras, incapaz de prestar atención a las imágenes parpadeantes que se sucedían velozmente en la pantalla, en una especie de danza epiléptica sin sentido, en un ritual de sonidos vacíos, lejanos, punzantes, durante meses, rumiando en silencio mi desolación y mi abondono, sintiéndome algo así como una figura ridícula que da vueltas colgado de una soga atada a un árbol, en un paisaje desértico y sin esperanza alguna de poder evitar una catástrofe inminente y devastadora.
Algo así, aunque no me gusta dramatizar. Veía alzarse claramente ante mí un agujero de proporciones metafísicas, aunque no estoy seguro de que esta sea la palabra adecuada, porque las proporciones son más bien físicas. En cualquier caso, se trataba de un agujero peligroso que estaba a punto de colonizar mi conciencia y de engullir mi ser. La rabia, la tristeza y la desgana formaban un triángulo, y en el centro estaba yo, atrapado, con mis pensamientos encadenados a un bucle infernal. La única salida que acertaba a ver, lo que mi imaginación se empeñaba en proyectar ante mi manifiesta incapacidad para vivir y para asumir los acontecimientos que me disgustan, que, por nimios que sean en relación con el universo, para mí se metamorfosean en catástrofes y apocalipsis sentimentales, eran todo tipo de formas de autodestrucción encuadradas de modos extraños y con una música disonante de fondo.
Pasaba el rato rodando una especie de cortometrajes solipsistas sobre un personaje cuya radical introversión -ese muro inquebrantable que levantaba contra el mundo, para protegerse, pero cuyos resultados no podían ser más irónicos, o paradójicos, pues invariablemente lejos de protegerse se infringía un daño incalculable- le conducía a errar como una pálida sombra fantasmal por los bares y a beber hasta el desmayo y a regresar a casa caminando solo, por la mañana, cuando las últimas luces de las farolas están ya apagadas y la sensación de realidad merma a medida que aumentan la belleza y el llanto inconsolable.
Durante los meses que pasé tumbado en aquel sofá, con la televisión encedida, cuyas imágenes miraba sin ver, yo era el resultado patético de una sensibilidad romántica a flor de piel regodeándose imaginariamente en su amplificada desgracia. Yo consistía únicamente en esos improvisados cortometrajes, en las imágenes que construía y que me construían a mí como un muñeco roto arrojado a las calles mojadas. A veces lograba escapar, durante momentos muy breves, a la infernal espiral que me envolvía. Pero irremediablemente volvía a pensar que ella no volvería y otra vez regresaba al sofá, a sentirme solo y el hombre más desdichado del mundo. Ella empezó a odiarme, quizá porque soy un tipo muy odioso, no lo sé, pero también soy un tipo cuya hipersensibilidad roza la locura paranoica y soy muy capaz de volverme loco de rabia y de tristeza y de representar un papel al que estoy abocado, por mucho que me resista: el papel desfasado del poeta maldito.
No es que yo quiera representarlo, sé que es una figura cómica que da lástima y que pertenece a otros tiempos, que resultan cansinos y hacen gala de un esteticismo sumamente cuestionable todos esos sujetos empeñados en romantizarlo todo y en no crecer. Ella me lo dijo: tienes la mentalidad de un niño y eres un desastre. Lo sé, y sé también que sería mejor si me levantara del sofá y me pusiera a cantar y a volar, como un pajarillo, por el ancho y vasto mundo, tan lleno de posibilidades. Lo sé, pero no se trata de saber, sino más bien de sentir, y lo que no sé es domesticar a los salvajes, es decir, a los sentimientos. No se trata de saber, esto no es una clase de epistemología contemporánea. Si lo fuera, te harían saber que en realidad usted no está en disposición de comprender ni el argumento más simple, que ni siquiera sabe si existe o no la realidad y que muy bien podría ser usted un cerebro en una cubeta o el personaje del sueño de un perro verde.
En cualquier caso, la desgracia fue mi dios y yo me sentía destrozado y empujado a palabras como precipicio, lluvia, alcohol...
Durante algún raro momento de autocrítica en que mi débil voluntad consideraba la posibilidad de agarrarme de los pelos y sacarme del pozo en que mi imaginación se regodeaba cavando más profundamente pensé que, en definitiva, lo mío era un historia de lo más común, vulgar, aburrida, nada remotamente singular ni reseñable, que yo era un exagerado y que si mi furia y mi imaginación pretendían colaborar en algún acto autodestructivo en realidad lo único que pretendía hacer era llamar la atención, luchar por hacerme visible.
Y, en efecto, me sentía invisible. Y, al sentirme invisible, sentía que mi identidad naufragaba o se hacía añicos. Y, como sentía que mi identidad se iba a la mierda, sentía miedo. Y, como sentía miedo, un miedo paralizador, un agujero metafísico cavándome las entrañas, no me movía del sofá. Y, como no me movía del sofá, lo único que hacía era imaginar a mi álter ego, borracho y desesperado, implorando a las estrellas nocturnas con los nudillos sangrantes de golpear paredes y fantasmas, en esos cortometrajes en que mezclaba el realismo sucio con una subjetividad decididamente enloquecida y anacrónica.
Y ahora esto tendría que ser el final del cuento, pero lo cierto es que se trata de un cuento sin final. Es tan sólo una canción pop, otra más, tal vez con destellos subterráneos de rabia punk. Otra más, otro muñeco roto, un tipo abandonado en un sofá sintiendo no future. Nada que importe demasiado.
En cualquier caso, si este cuento tuviera un final (que no lo tiene) sólo podría ser un violento final no exento de muerte: la mía o la del tipo por el que ella me abandonó, al que odio más que a nada en el mundo. En mi opinión es preferible que el muerto sea él y a ser posible que sufra, no mucho pero al menos algo sí, o mejor mucho, qué cojones, que le jodan al puto gilipollas que arruinó mi vida. Y para que este cuento tuviera un auténtico final deberíamos morir todos.
Posted by SeñorS at Noviembre 14, 2007 05:46 PMTendrias que empezar a meditar este asunto de escribir asi
Porque ya tengo celos
ABOLITION DU TRAVAIL ALIE.....AY!
Posted by: Hele at Noviembre 15, 2007 08:01 PMDestrucción, musa de las más sentidas letras.
Alégrate, al menos, en tu intrínseca y bohemia realidad de este cuento sin final, la impotencia devoradora te ha permitido hacer algo tan bello en la desesperación de su crudeza, como lo que has escrito.
Todo desastre tiene un lado bueno. No olvides que, quizá, lo positivo de algo destruido, es que puedes volver a construirlo de nuevo, y mejorar el punto por el que pudo destruirse.
Âme Noire
Posted by: Âme Noire at Noviembre 15, 2007 10:50 PMpues yo últimamente estaba medio desencantado con el tema escribir porque... no sé muy bien por qué, pero bueno, muchas gracias, vos escribís de fábula :)
Miraré el lado bueno del desastre, aunque no es tan fácil de ver :) gracias tb
Posted by: Sr. S. at Noviembre 16, 2007 03:37 AMSería una buena noche para morir.
Sería un proceso pacífico.
Pero no sucederá.
Me pregunto si me atrevería, al menos, a envenenar un jazmín...
Posted by: Rufs at Noviembre 16, 2007 04:32 AM