Cuando cobré conciencia de mí mismo, me vi en medio de un campo desolado, a la hora del crepúsculo, como un grieta dolorosa en el paisaje mudo. Espantar a los pájaros me producía mucha tristeza, porque confirmaba mi soledad monstruosa, mi destino de monstruo -que es el mismo destino de los locos y de los que son incapaces de vivir y funcionan en otro plano de existencia, siempre en lucha contra el plano normal, anhelándolo y viendo lo imposible que les resulta acceder a él, con el dolor que ello acarrea- un destino roto.
Me vi solo, y oscurecía, y yo necesitaba el sol para sentirme seguro y no enfermar de melancolía y de bilis negra y caer en círculos concéntricos en un largo desmayo hacia la nada. Los horizontes quebrados repentinamente angustiaban mi recién descubierta autoconciencia. Como si alguien me hubiera soltado la mano y me dejara caer. Ya no tenía nada en que agarrarme ni nada por lo que vivir y sólo quería dormir y permanecer en silencio durante el resto de mi vida porque hablar me cansaba, no tenía nada que decir y mucho que sufrir. Era incapaz de vivir y no quería por nada del mundo espantar a los pájaros. Pero aun así les espantaba. Se alejaban de mi lado. Pero yo no quería.
Cobré conciencia de mí mismo cuando mi novia me abandonó por otro espantapájaros más normal. Es cierto, he estado loco casi siempre. Mis estados de ánimo me traicionan y sé que resulto insoportable. Soy muy aburrido, pues no me gusta hacer cosas ni visitar lugares. Prefiero mi rutina, pero eso es sólo porque si no la angustia me taladra el alma y me pongo a temblar. Soy un manojo de nervios y el espantapájaros más inseguro que conozco. Mi autoestima está por los suelos. Si quieren que dibuje un autorretrato en prosa -dejando a un lado lo problemático de las relaciones entre lo enunciable y lo visible- sería algo así: un rostro esquelético con dos ojos de mirada perdida, un poco tristes y un poco ajenos al discurrir del mundo, replegados sobre sí mismos, un poco autistas quizá, y los brazos cruzados, como dos palos muy finos, muy delgados, que con sólo tocarlos pueden romperse. Un espantapájaros que no sabe qué hacer, un monstruo triste y un desastre.
Es extraño lo que hace el amor, porque amar es devenir otro, y cuando me vi solo en medio del campo viví mi descubrimiento de la autoconciencia como una crisis de indentidad. ¿Qué era yo, a punto de caer la noche? No era una cosa que pensaba, sino un cosa que sentía, que era atravesada por una multiplicidad indescifrable de sentimientos que rasgaban mi rostro como un millón de alfileres crueles. Paradójicamente, devenir otro era la plena realización de mi yo, y cuanto más me anclaba en mi yo más me perdía.
Lo siento por filosofar tanto, quizá sería mejor escribir una canción pop. En el fondo todo es muy triste.
Posted by SeñorS at Octubre 16, 2007 12:10 AM