Agosto 24, 2007

El mito de la sociedad civil y el Estado (Contra los liberal-progresistas)

Podemos caracterizar la concepción hegeliana de la sociedad civil como la diferencia entre la familia y el Estado, aunque su formación es posterior al Estado. Por ser la diferencia supone al Estado, que ella necesita tener ante sí como algo independiente para existir. Aquí precisamente vendrá la crítica marxiana. El Estado no es para Marx un agente, un sujeto, no es previo a la sociedad civil, sino su resultado. Hegel concibe al Estado como sujeto y a la sociedad civil como su predicado. Marx no parte del movimiento del concepto abstracto, sino de las fuerzas productivas materiales y de las relaciones de producción como elementos de la transformación social. A esto se refiere como la inversión de la dialéctica hegeliana. Por eso el Estado no puede ser previo, ni independiente de la sociedad civil. El Estado, lejos de armonizar los conflictos de intereses que se dan en la sociedad civil, los reproduce, el Estado es funcional respecto a la sociedad civil, un instrumento de dominación al servicio de la clase dominante, que garantiza sus intereses. El punto de vista hegeliano, con la intención de crear estructuras universales superadoras del individualismo, pierde de vista la génesis socio-histórica del Estado.

La separación entre sociedad civil y Estado es análoga a la separación entre economía y política. El marxismo descubre los procesos económicos como la raíz de la superestructura política, como la base real sobre la que se asientan las estructuras jurídicas y políticas, cuya función primordial es el aseguramiento de la propiedad privada, manteniendo de esta forma el orden social. Esta relación de dependencia o de implicación no es, sin embargo, determinista, pues las formas de relación son más complejas que una relación causa-efecto.

Marx plantea que “no debemos censurar a Hegel porque describa el ser del Estado moderno tal como es, sino por presentar lo que es como esencia del Estado. Lo racional es real, pero esto se halla en contradicción con la realidad irracional que es siempre lo contrario de lo que expresa y expresa lo contrario de lo que es”. Mientras el Estado se presenta como la realización del espíritu, como realización de la libertad, para Marx no es, en realidad, sino una forma de las relaciones sociales cristalizada en instituciones que ocultan su origen y por tanto su verdadera función. El Estado, entonces, no realiza lo universal, sino que sirve a intereses particulares. Hegel subsumía las diferencias de la sociedad civil en la unidad del Estado, identificado con el interés general, para lo cual era necesario pensar el Estado como una instancia autónoma. Una vez cuestionada su autonomía respecto de la sociedad civil, se cuestiona también su capacidad de objetivar el orden de la razón y el concepto de sociedad civil adquiere una relevancia mayor. No obstante, Marx mantiene la diferenciación entre sociedad civil y Estado, que será cuestionada más tarde por Foucault como mera distinción teórica que no es operativa en la práctica, negando la trascendencia del Estado y afirmando que las relaciones de poder atraviesan y configuran todo el cuerpo social construyendo procesos de subjetivación. La diferencia reside en que Marx no diferencia ambas esferas de modo apriorístico, sino que la reconoce como un dato empírico. Dicha separación es un elemento constituyente de la sociedad moderna. La separación es abstracta, pero real, dado que produce efectos.

El olvido o la ocultación de la génesis estatal consiguen que el Estado se manifieste ante los individuos, no como una estructura constituida históricamente, sino como un dato natural, como un sujeto autónomo y exterior a los individuos. La formación de la subjetividad no es ajena a la maquinaria estatal. El Estado se objetiva en estructuras específicas sociales y se subjetiviza en estructuras mentales. Para Hegel estas estructuras supraindividuales son las que hacen posible la libertad del individuo, son la realidad de la idea ética. También para Foucault lo colectivo precede a la formación de los individuos, pero se diferencia de Hegel en que concibe la libertad como una práctica muchas veces enfrentada a las normas y a las instituciones que expresan las relaciones de dominio ya presentes en la sociedad civil que se plasman en el Estado, ambas instancias no están claramente diferenciadas y por ello el Estado no puede realizar la idea ética.

Las instituciones que Hegel ve como la libertad objetivada, Foucault las ve como expresiones de relaciones de poder, que imponen estructuras cognitivas y evaluativas. El Estado sin embargo no es la única instancia que ejerce la soberanía, el poder no se focaliza en un punto, pensarlo así es ignorar toda la microfísica del poder. El poder, entonces, no es algo exterior, no emana de un sujeto trascendente, del Estado, y no es posible separar tajantemente sociedad civil y Estado. Instituciones de la sociedad civil, como la familia o la escuela, son estructuras cerradas de la sociedad disciplinaria que las instituciones estatales reproducen. La línea de demarcación entre la sociedad civil y el Estado es borrosa.

Con el asentamiento de la democracias liberales el concepto de sociedad civil cobra un gran auge y una connotación positiva, como si en la sociedad civil no se dieran conflictos y fuera una fórmula mágica para el crecimiento democrático. La sociedad civil empieza a cobrar tintes míticos y su concepto se idealiza hasta constituirse en un discurso autolegitimador de la democracia que sirve para acallar la disidencia y mantener intactas las relaciones de producción capitalistas, el orden social dominante. Así, las posturas socialdemócratas, liberal-izquierdistas, no se oponen al capitalismo, lo maquillan. La sociedad civil se concibe como un tejido de organizaciones no gubernamentales que sirven de contrapeso la Estado, un refugio potencial de tolerancia, la dimensión social no sometida directamente a la coacción estatal (Adela Cortina), el mundo de la opinión pública, del pluralismo, espacio de asociación humana sin coerción, un espacio público creado comunicativamente desde el diálogo de quienes defienden intereses universalizables, en el sentido del principio de la ética discursiva. Esta última postura es la que adopta Habermas. Sorprende en todas estas visiones el idealismo y la parcialidad con que conciben la sociedad civil, como si en vez de analizar la sociedad civil se propusieran hacer propaganda de las democracias occidentales con el fin de crear una democracia planetaria. Exageran la distancia que tienen la sociedad civil con el Estado, exageran su autonomía y conciben de modo idealista este espacio, cuya ausencia de coerción es ficticia. Este idealismo de la ausencia del Estado sirve en realidad para preservar el Estado. El Estado, como decíamos antes, crea estructuras mentales de percepción, y llega hasta las familias, las vigila; llega hasta los cuerpos (biopolítica). Este desgajamiento entre sociedad civil y Estado tiene bastante de arbitrario. Se fijan únicamente en el aspecto positivo de la sociedad civil, ignorando que en ésta es donde se dan también la violencia, la intolerancia, la explotación de unos hombres por otros, el racismo, la desigualdad, etc. Ignoran que las instituciones de la sociedad civil producen discursos ideológicos, adoctrinadores, interiorizan la ideología dominante. Ven las instancias sociales de dominación exclusivamente en términos de liberación del sujeto. Ignoran la lógica de la dominación presente en la estructuración jerárquico-burocrática-autoritaria de las organizaciones de la sociedad civil. Mitifican el pluralismo de nuestras sociedades que, para Adela Cortina, significa que distintos grupos proponen diferentes modelos de felicidad. Bajo esta aparente diversidad, sin embargo, en lugar de darse la diferencia de modelos, más bien se oculta un modelo de felicidad estándar producido por el discurso liberal consistente únicamente en ganar dinero, como si la lógica del Capital se hubiera instalado en la conciencia de los individuos y las necesidades dirigidas se contemplaran como un estado de cosas natural, incuestionable, inmodificable.

Exageran el papel activo de los ciudadanos en las democracias liberales. En realidad los ciudadanos no participan en los procesos de decisión, son más bien espectadores que votan.

P.D: Por fin llegué a la crítica a Hegel. Era un anarquista camuflado entre su Filosofía del Derecho :)

Posted by SeñorS at Agosto 24, 2007 01:46 PM
Comments

Ay...tengo que confesar que hasta leer Hegel a traves tuyo me cuesta.... como haces todos los dias con Hegel es un misterio para mis debilidades!!

Ni dios ni est......AY

Posted by: Helena at Agosto 29, 2007 07:22 AM

Uf, ya voy a descansar de hegel. Lo más poético que dijo fue lo de "la noche del mundo" el resto aridez conceptual :)

Posted by: Sr. S. at Septiembre 3, 2007 05:22 PM
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