Un proyecto fantástico anidaba en su cabeza, las largas tardes de verano en que paseaba y pensaba mirando el horizonte. Podría decirse de él que vivía más en su pasado imaginario (el pasado es un lugar imaginario sustentando vagamente por la memoria, que lo recrea) y en un futuro que gustaba de teñir con ensoñaciones y que por lo tanto jamás adquiriría la consistencia suficiente como para acceder a la realidad, que en el presente.
Una tarde en que paseaba distraído se dio cuenta de que el mundo le hablaba. Su proyecto, su posibilidad existencial, radicaba en transcribirlo todo.