Junio 29, 2007

32 escritores desconocidos, una corriente de literatura subterránea (IV)

Alejandro Espinoza estudiaba matemáticas en la Universidad, era fan de Led Zeppelin y escribió su primer cuento el día que cumplió 19 años, el primer cuento en que de verdad sintió que era un escritor, que podía ser el peor escritor de la galaxia, pero que aun así era y sería escritor y que aquella condición exigía una entrega incondicional y una determinada forma de ser, una manera peculiar de visión, un modo singular de encarar la vida y la muerte y todo lo demás, una estética de la existencia extrañamente peligrosa y atractiva refractaria a todo proyecto calculado, como había dicho René Char, que lindaba con el abismo al mismo tiempo que liberaba al espíritu y lo hacía danzar y reír con una alegría de águila.
Espinoza conoció el texto de la obra de teatro sobre los recuerdos de un viejo que luchó en la primera guerra mundial y le conmocionó hasta el punto de que quiso saber más sobre la vida y la obra de Silvia del Valle. Nunca se conocieron en persona, pero establecieron una relación epistolar y hablaron mucho sobre la vida, la escritura, la música, la angustia y el miedo al futuro, sobre cómo la gente va desapareciendo de nuestro lado y cae en el olvido y algún día, de repente, los recuerdos inesperados las traen de nuevo a nuestra conciencia y resulta extraño, como si el espacio-tiempo se hubiera contorsionado en una postura imposible, sobre chicos que se van con chicas a vivir a las copas de los árboles, sobre las inestables metáforas en que vivimos y que el tiempo, a veces, deja tiradas en la cuneta, caducas, nada es inmune al paso del tiempo, sobre salir al campo y mirar las estrella y la desgraciada vida de Van Gogh, sobre el batería de Led Zeppelin y el sublime momento de Stairway to heaven en que la batería entra triunfalmente y se te mete dentro de las entrañas con una fuerza descomunal que conmueve al universo, sobre los poetas que se suicidan, sobre la gente que se oculta, sobre los primeros besos con lengua que te llenan, según una metáfora, considerada cursi por ambos, por estar demasiado manida y de escasa calidad literaria, el estómago de mariposas, sobre el misterioso atractivo de palabras como precipicio, sobre la melancolía inevitable, sobre detectives que caminan por el desierto en círculo buscándose a sí mismos, sobre el desencanto del mundo que lo estaba royendo como termitas asesinas, sobre el letargo y la anestesia que devoraba las conciencias malformadas por la televisión, sobre la posibilidad improbable de encontrar un lugar en que no hacer nada y recibir simplemente el sol en la piel como un lagarto de sonrisa irónica, sobre los mapas y la realidad, sobre lo inútil de un mapa que coincidiera con la realidad, sobre las extrañas propiedades de la cinta de Mobius, sobre lo sagrado y lo profano, sobre el humo en las películas en blanco y negro, sobre la elegancia absoluta de Audrey Hepburn, sobre cómo Derrida liberaba al texto de la presencia del sentido, sobre sueños que están más allá de la razón, pero que es preciso soñarlos, inventarlos, acogerlos en la imaginación, sobre estaciones de tren y viajes inciertos, sobre la lluvia y sobre los paraguas rotos y sobre lo difícil que es aprender a caminar sin rumbo, sobre los situacionistas, sobre si los verdaderos héroes era o no los revolucionarios, sobre la voluntad de cambiar las cosas y sobre la dificultad de saber qué hacer, sobre la experiencia estética que justificaba la existencia, según Nietzsche, y sobre si de pequeños querían ser astrónomos o artistas, maneniendo siempre esa indeterminación respecto a qué significa en realidad ser artista, no hace falta definirlo, en realidad no se puede definir nada de modo completo y, finalmente, sobre no saber qué hacer con la vida de uno y confiar en que todo se solucione de algún modo enigmático ocultándose detrás de los percheros.
Espinoza nunca terminó la carrera de matemáticas, dado que empezó pensar en ellas de un modo bastante fantástico, disparatado, irracional, que provocó en sus profesor dudas acerca de la cordura mental de Espinoza, al que trataron, con cariño y alarma, de ayudar, pues le consideraban un chico de inteligencia extraordinaria, de una gran capacidad analítica y de una soltura suerior a la media para manejarse en los mundos abstractos del pensamiento. Pero no había nada que hacer, Espinoza había emprendido un rumbo solitario que se bifucaba en dos posibilidades: la locura, el pensamiento en ruinas de un cerebro deshecho, o la genialidad, la fresca y soleada cumbre a la que muy pocos pueden escalar. Espinoza era consciente de ello durante los frenéticos días en que permaneció encerrado en su cuarto, emborronando papeles con complejos cálculos, diseñando ecuaciones que dieran cuenta del comportamiento caótico del mundo y de las personas. Ecuaciones caóticas y, al la vez, perfectamente equilibradas, elegantes. Pronto su trabajo se reveló como carente de significación, o al menos de significación científica, quiero decir que era un puro disparate, pero estaba lleno de ideas interesantes que se podrían utilizar de otros modos. Habló con Silvia del Valle, le dijo que era preso de una angustia y de una incertidumbre que le estaban destrozando el estómago, Silvia dijo que eso eran los nervios y que con todas las ideas que tenían podía intentar escribir un cuento, Espinoza así lo hizo el dían en que cumplió 19 años y descubrió que era escritor. Más tarde vendría muchos otros cuentos y tres novelas. Las tres novelas están estructuradas de un modo complejísimo siguiendo fórmulas matemáticas, su lectura, sin embargo, es agradable, ligera, propia de un espíritu burlón. En un cuento dedicado a Silvia incluyó a un viejo que luchó en la primera guerra mundial y fue feliz. Silvia agradeció el gesto y se animó a escribir una novela sobre un estudiante de matemáticas que se vuelve medio loco hasta que un día descubre que es escritor y se vuelve loco del todo, loco pero feliz, extrañamente feliz, un bufón melancólico, un tipo con ángel, con la sombra de oro, un tipo con una desconcertante cualidad magnética, feo y delgaducho pero invulnerable. A Espinoza le pareció una buena novela, aunque no se reconoció en ella.

Julián Campos tuvo entre las manos por primera vez un libro de Nietzsche a los quince años y a partir de ahí nunca volvió a ser el mismo. La arriesgada lectura del genio del bigote lo absorvió hasta un punto del todo preocupante, sobre todo para su familia, a la que empezó a despreciar y a maldecir (hay que decir, de todas formas, que antes de leer a Nietzsche ya era un niño de carácter violento). A los dieciocho años se fue de casa y trabajó de camarero, de repartidor, fregando platos, de vigilante en unos grandes almacenes, de pinche de concina, de peón en una obra, de vendedor ambulante, de limpiador en un hotel, descargando camiones, de cajero en un supermercado, de vendedor ambulante, de animador en un camping y de socorrista. Escribía por la noche, con una determinación inquebrantable, como si estuviera demostrándole algo al mundo, con rabia y con orgullo, haciendo ostentación de la fuerza de su voluntad de poder. Rellenó unos diez cuadernos antes de escribir su primer libro, a medio camino entre el ensayo filosófico y la poesía, similar, aunque mucho menos brillante, que Así habló Zaratustra . No intentó publicar ni dar a conocer de ningún modo este primer libro.
Siempre fue un tipo solitario, hosco y arrogante. Lo siguiente que escribió fue un libro sobre Nietzsche, desconociendo acaso el sobresaturado mundo de los estudios sobre Nietzsche que se multiplicaban exponencialmente, como hongos, a un ritmo creciente que parecía no iba a decaer nunca. Esta vez intentó publicar su libro sobre Nietzsche y se lo mandó, impreso, a catedráticos de varias universidades. Sólo recibió una contestación, del profesor Cirilo Sánchez, quien consideraba que el estudio sólo decía obviedades, que aquello de que el eterno retorno significaba que nunca hubo un principio y que nunca habría un final ya lo había dicho Klossowski en Nietzsche y el círculo vicioso y le aconsejaba leer el libro de Deleuze sobre Nietzsche. Julián Campos se sintió decepcionado y le respondió una carta furiosa adornada con retórica nietzscheana en la que le tildaba de académico polvoriento hostil a la vida y de neoplatónico, amenazaba con demolerle a martillazos y acababa diciendo que sólo creen en la educación aquellos que temen a la vida. Un típico arrebato de nietzscheano cabreado. Cirilo no respondió a la carta y Julián Campos se sintió como Nietzsche, al que su época también desconoció.
Algunos años despues escribió un libro de poemas, todo ellos muy apolíneos, en que daba por finalizada su etapa de nietzscheano. En un poema incluso aparecía la brillante luz platónica del Bien y de la Belleza, idea suprema. Al Absoluto se accede por la vía alógica del amor a la verdad, declaraba en el prólogo.

Posted by SeñorS at Junio 29, 2007 06:48 PM
Comments
Post a comment









Remember personal info?




Introduce el siguiente número tal como aparece: