Junio 28, 2007

32 escritores desconocidos, una corriente de literatura subterránea (III)

Roberto Ruiz y Alberto Jiménez escribieron conjuntamente una novela de terror a los catorce años. Un viejo profesor alemán de la Universidad de Könisberg llegaba a Transilvania, llevando en su equipaje todo tipo de aparatos complicados, entre ellos un medidor de la frecuencia de ondas que emitían los vampiros y una súper máquina, parecida un horno diminuto, en la que preparaba brebajes misteriosos, mezclando elementos químicos, que le dotaban de las más diversas y fantásticas características: invisibilidad, supervelocidad, superinteligencia, superpercepción, que finalmente no le servirían de nada. También llevaba lupas, ajos, estacas, cuchillos, relojes, libros sobre brujería, sobre ocultismo y, por supuesto, sobre vampiros, que finalmente no le servirían de nada.
Las miradas aterrorizadas con que le recibieron los aldeanos no intimidaron al audaz profesor, amante del conocimiento, pero sobre todo amante de la aventura y del riesgo.
En una posada cercana al Castillo de los Vampiros el profesor de Könisberg pasaba la noche previa a su llegada al Castillo. Durante el transcurso de esta noche soñaba con una sirenas a cuyo canto hipnótico cedía sin oponer ningún tipo de resistencia, pues en el sueño no le daba tiempo a atarse a ningún mástil ni a nada, y las sirenas-vampiro le mordían el cuello con una violencia no exenta de cierto retorcido erotismo y mortal voluptuosidad, chupándole toda la sangre y exiliándole así del mundo de los vivos, para siempre.
Las sirenas-vampiro, despúes de extraerle toda la sangre al profesor, le besaban en la boca y le masturbaban con lentitud y aplicación, sonriendo dulcemente y excitándole hasta el delirio.
El profesor se despertaba sobresaltado, turbado por el extraño sueño, y comprobaba de inmediato dos cosas: 1) que tenía dos marcas rojas en el cuello y 2) que su semen ya no implantaría nunca la semilla de la vida en ninguna mujer; acaso una semilla negra en el útero de las sirenas-vampiro que ahora expandiría la muerte y el terror, un terror peor que la muerte.
Al llegar al Castillo, las sirenas-vampiro abrían la puerta al profesor y a continuación estallaban en unas carcajadas estridentes, que retumbaban por todas las frías paredes del Castillo como el aleteo de murciélagos malignos.
La novela se detenía ahí, aunque la intención de Roberto y Alberto era continuarla. Alberto opinaba que el profesor de Könisberg debería utilizar todo su ingenio y su instrumental técnico para crear un ejército de super-vampiros que vampirizaran a la humanidad, y ellos tendrían que escribir minuciosamente las escenas del ataque. El final de la novela sería la destrucción de la humanidad y de la vida y el inicio de una nueva era de terror y oscuridad gobernada por los vampiros. Roberto, sin embargo, pensaba que tras las carcajadas de las sirenas-vampiro el profesor debería comprender que se hallaba en peligro, a punto de experimentar un terror peor que la muerte, que era el objeto de una broma macabra y que la intención de las sirenas-vampiro era usarlo como juguete sexual para crear una raza de vampiros y luego encadenarlo en un oscuro calabozo donde residiría eternamente. El profesor intentaría huir, mientras las carcajadas de las sirenas-vampiro proseguían. Fin de la novela.

Algunos años despúes, Roberto, recordando los días en que escribieron aquella novela de terror, llamó a Alberto, que había abandonado la escritura literaria y se dedicaba a la crítica cinematográfica, y le propuso escribir un guión. Alberto aceptó. Tras agotadoras sesiones de escritura, discusión, cafés y cigarrillos, escribieron la historia de Enma, una niña-vampiro, que rodó un director polaco. La película fue un fracaso comercial, pero se convirtió en una película de culto. Dos años despues, Alberto moriría en extrañas circunstancias. La reseña de su muerte fue publicada por Roberto en un fanzine sobre películas de terror y de serie B, prácticamente desconocido, publicado en fotocopias en blanco y negro, y según Laura Yakovicz se trata del texto más dolorido y hermoso que ella haya leído nunca.

Andrea de la Cueva Torres escribió durante más de diez años un diario en que mezclaba ficción y realidad, escrito, dice Laura Yakovicz, con una prosa acuática y nocturna que acaricia como un murmullo de espuma y crepúsculos el cerebro del lector. Sabemos que Andrea sufría crisis nerviosas, que siempre tuvo dificultades con las relaciones personales debido a su tendencia al mutismo y al aislamiento, que era muy hermosa, que su extrema sensibilidad la llevaba a territorios cercanos a la locura y al desamparo, que podía contemplar, absorta, durante horas, el mar, y escuchar música horas y horas y que su mayor y desgarrador deseo era huir, un deseo indefinido, vago y abrasador. Si pudiera simplemente huir, repite a lo largo de sus inumerables páginas, como un mantra. Al cumplir los treinta años la pista de Andrea se pierde. Tal vez huyó por fin, conjetura Laura. El diario se interrumpe. Las similitudes entre el diario de Andrea y los diarios de Alejandra Pizarnik son evidentes, pero también lo son sus diferencias. Andrea nos cuenta invariablemente sus deseos, variedades de su único verdadero e imposible deseo: huir. En la entrada del 23 de abril de 1990 Andrea escribe: si tan sólo me fuera concedido el don de construir dos alas con los retazos tristes de barcos de papel perdidos por niños asustados, tan sólo el roce de niebla de un suspiro en el desierto, cruzaría las noches estrelladas hasta legar a los confines de todo, y entonces dejaría de contener la respiración, sería como una muerte en que renace una vida que es más que la vida, y la angustia se apagaría como la pantalla de un televisor, si pudiera tan sólo escuchar la risa de alguien, de cualquiera que pasara por la calle y me saludara, si pudiera tan sólo vivir, caminar descalza por la hierba o por la arena, y sentir que todo está bien así, que no hay ningún monstruo, ningún agujero negro que temer porque te va a engullir, si tan sólo me fuera concedido el don de huir de aquí, de correr feliz hacia allí, mis dos alas frágiles me ayudarían a soportar el peso de mi cuerpo y ya no habría nada que hacer, ningún deber que cumplir, ninguna esperanza en el futuro, tan sólo la calma del crepúsculo perezoso y el viento, el viento que me habla, que me susurra al óído parajes que no existen y que yo sé verdaderos, mi verdadera patria, inexistente, yo que soy, que siempre he sido, una exiliada, un trasto viejo en tierra de nadie, si tan sólo me fuera concedido el don de desaparecer, como desaparece un nombre en la superficie del lago, y poder al fin ser nadie bajo las estrellas, pero la corriente de la vida impone su hastío y la estupidez de los hombres es semejante a una cadena, semejante a dardos, semejante a escupitajos de lava.
Los repentinos ataques de misantropía fueron una constante en la vida y en la obra de Andrea. Muchas veces -muchas noches- pensó que su destino era el mismo destino que el de Anne Sexton o el de Sylvia Plath: el suicidio. Qué fue de ella, sin embargo, no lo sabemos. El 6 de junio de ese mismo año escribió: los hombres no son felices y mueren y yo no tengo ganas de hacer nada. El aburrimiento es un estado de ánimo que descubre la esencia putrefacta del mundo, su inutilidad y su sinsentido. Odio con una furia suprema, con dientes rotos y relámpagos crueles, con puñetazos, con nudillos ensangrentados, odio vuestra mierda de sistema y vuestra vida de adultos, os odio tanto que a vecs me asusto de mí misma y os pegaría un tiro en la nuca sin dudarlo, hoy estoy especialmente irritable, insoportable, ningún ser humano querría tenerme a su lado, voy a llorar con las persianas bajadas y espero que con suerte la angustia pase y me sean concedidas mis anheladas alas, si pudiera simplemente huir; somos indigentes ontológicos, todos nosotros, no somos del todo, somos pedazos, fragmentos, el mundo entero ha sido despojado de significatividad, ya no significa nada, ya sólo me queda emprender la huida, la peligrosa huida, el correr salvaje de niña sin civilizar, de muñeca ebria de fuego y de llanto. Oh, todo es tan desolado, tan jodidamente triste.
El humor extremadamente cambiante de Andrea hacía que fuera muy difícil convivir con ella. Era, no obstante, delicada y amable la mayor parte del tiempo, incluos alegre, solía bromear y reírse, pese a que en su Diario prevalezca el miedo, la angustia, el odio, que reservaba para su escritura, como peligrosos artefactos que deben explotar de forma controlada en un lugar donde la única dañada resulte ser yo, escribe Andrea en una de sus última entradas. Un día, como decíamos, dejó de escribir su Diario, desapareció y no sabemos qué fue de ella. Laura Yakovicz dice, de forma un poco cursi, que quizás halló, al fin, dos alas frágiles con que soportar el peso de su cuerpo.

Posted by SeñorS at Junio 28, 2007 09:35 PM
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