Laura Yakovicz escribió en 1997 un raro ensayo sobre diversos escritores desconocidos que sobresalían por sus peculiares ideas, todas ellas colindantes con la extravagancia o con la locura, escritores aficionados a los laberintos, a jugar al ajedrez contra ellos mismos al amanecer, a beber cerveza con whisky, a confeccionar listas de objetos para representar el mundo, a pasar horas mirando el techo imaginando películas de dibujos animados en blanco y negro, a recortar fotos de revistas, al expresionismo abstracto, a la espiral áurea, a la mitología griega, a la física cuántica, a mirar por la ventana, a la luz amarilla de las farolas viejas de los cascos antiguos de algunas ciudades, a la lluvia y a las paradojas.
Comentó a un total de treinta y dos escritores. Todos ellos habían escrito su obra, absolutamente desconocida, antes de cumplir los cuarenta años. Se trataba de obras radicales y alarmantes, a veces incomprensibles pero siempre osadas. Entre ellos había escritores que consideraban a Bukowski un analfabeto, escritores que lo consideraban un gran poeta, escritores misántropos, escritores religiosos, escritores que decían sentir verdadero asco por la metaliteratura y que odiaban a los animales, escritores que sólo leían a Proust, escritores que leyeron a Baroja en el colegio pero no les gustó demasiado y otros que leyeron a Valle-Inclán y sí les gustó, escritores a los que no les gustaban las historias pero que sentían una necesidad imperiosa de ver palabras impresas, escritores que leyeron cuentos de pequeños y otros que sólo recuerdan ver dibujos animados durante horas y horas, escritores que odiaban a otros escritores y escritores que amaban hasta las hojas de los árboles.
Uno de ellos, Víctor Delgado, había dedicado dos años de su vida a escribir un largo y rencoroso poema contra la chica que no le dejó tocar sus tetas, en una excursión del colegio, cuando ambos tenían catorce años. En el poema explicaba que aquel suceso había arruinado su vida, que aquel deseo insatisfecho de tocarle las tetas le había perseguido durante años, que todas las noches soñaba con que le tocaba las tetas y que su obsesión había llegado a un punto de tensión insoportable. Las demás tetas son para mí un vasto prado de silencio, decía en uno de sus últimos versos. Añoro tus pezones adolescentes, que nunca pude ver, que no acaricié con la suavidad de un pianista haciendo música sobre un lago, esa es la cruz que arrastro. Toda su obra giraba en torno a las tetas. Hay dos cosas interesantes en el mundo, las tetas y las tetas, solía decir y escribir en sus ensayos. Lo último que escribió fue la segunda parte de su largo y dramático poema, Redescubriendo las tetas, de un tono menos furioso que el anterior, titulado simplemente Tetas. En esta ocasión el poema adoptaba la forma de una carta dirigida a la chica que según él arruinó su vida al no dejarse tocar las tetas, que era lo único que él deseaba hacer en esta vida, y le informaba de que había descubierto otras tetas mucho mejores que aquellas tetas pequeñísimas suyas y que esta vez las había tocado durante horas. Ahora soy feliz y ya me puedo morir. Así finalizaba el libro
Silvia del Valle, según nos refiere Laura Yakovicz, escribió, a los dieciocho años, una obra de teatro, irrepresentable por culpa de su larguísima duración y de su prácticamente nula acción. Trataba, sorprendentemente, sobre los recuerdos de un viejo que había luchado en la primera guerra mundial, un tema a priori ajeno a una chica que contaba dieciocho años al final de la década de los noventa y que había llorado la muerte de Kurt Cobain. En la obra aparecía un viejo en una trinchera con un fusil en la mano y un cigarrillo en la boca; se trataba del único actor que aparecía en la escena durante las casi seis horas y media que supuestamente duraba la obra, una obra llena de interrogantes silenciosos y de perplejidad creciente. (Atardecer, se escuchan disparos, explosiones, el fulgor rojo del crepúsculo se intensifica hasta convertirse en un río de sangre que chorrea por la trinchera. El viejo sonríe y comienza un disertación sobre el por qué de la guerra. Se lo pregunta al público, a continuación espera en silencio la respuesta, frunce el ceño, arroja el cigarrillo al suelo ensangrentado, que se queda flotando como un pequeño cadáver en tierra de nadie). Yo, a pesar de todo, fui feliz en la guerra porque entonces era joven, aunque sé que muchos jóvenes no son felices por el simple hecho de ser jóvenes. Hay jóvenes que no son felices y sin embargo no están librando ninguna guerra. Yo estaba en una guerra y era feliz y me enamoraba de las enfermeras y me gustaba estar todo el día en el campo y no tener que estar encerrado en una casa, porque a mí me gustan los horizontes abiertos. El viejo continuaba así durante horas, elogiando los beneficios de la guerra: la fortaleza física, la virilidad y la fraternidad, el honor de los guerreros, el contacto con lo originario, etc. Al final de la obra la sangre anegaba por completo la trinchera y el viejo moría ahogado con una expresión inmutable en el rostro. Nadie sabía muy bien si se trataba de un verdadero elogio a la guerra -poesía épica, decía en algún momento el viejo-o una ambigua forma de criticarla por medio de una ironía dudosa, o quizá no era ninguna de las dos cosas, ni un elogio ni una crítica, y se trataba de un encogimiento de hombros frente a un mundo esencialmente absurdo. Silvia no comentó nada acerca de su obra, se limitaba a dibujar en el aire un gesto que podía querer decir cualquier cosa o no querer decir nada, como si las palabras fueran impotentes. La única respuesta que tenía Silvia era encogerse de hombros. La siguiente obra que escribió fue una novela en la que un chico conocía a una chica y ambos se iban a vivir a un árbol solitario junto a una carretera por la que apenas pasaban coches. La escribió con una prosa sencilla y cinematográfica, manteniendo, dice Laura Yakovicz, un pulso narrativo envidiable que no decae ni un solo segundo. Al final de la novela el otoño despoja al árbol de sus hojas y la chica pregunta ¿qué estamos haciendo aquí? El chico se encoge de hombros. Suena el pitido de un coche. Se hace de noche. Fin.
El siguiente escritor comentado por Laura Yakovicz era Sergio García Robles, amigo de Víctor Delgado. Escribió una serie de relatos sobre personajes atormentados por culpa de un exceso de lecturas de literatura rusa y por una fijación obsesiva con la geometría y la astronomía. En la línea y el círculo, el relato que mejor define su personalidad y sus preocupaciones intelectuales, un personaje trata de entender que un círculo con un diámetro lo suficientemente grande se convierte en una línea, lo que le lleva a decir que una línea es en realidad un círculo y que el universo es muy extraño. Si tuviera una mirada lo suficientemente potente, al mirar al frente posiblemente viera mi nuca. A Víctor Delgado no le gustó nada el relato y así se lo dijo a Sergio, tu relato es una mierda, no te ofendas pero da la sensación de que eres un perturbado peligroso. Sergio no se lo tomó mal, o eso pareció al principio, pues lo siguiente que escribió fue un durísimo ataque contra los escritores que se centraban exclusivamente en la geometría de los pechos femeninos y descuidaban la geometría platónica del Universo y los grupos de galaxias que giraban y se alejaban a velocidades vertiginosas. Víctor Delgado respondió que sin duda la geometría del universo era hermosa únicamente por el hecho de albergar la geometría carnal y bamboleante de un buen par de tetas y no por la rigidez formal de los mundos platónicos ni por las abrumadoras distancias cósmicas. Si la belleza existe, concluía, se concentra de un modo asombroso en los pechos femeninos.
De esta forma la amistad entre Víctor y Sergio se quebró para siempre.
Sergio replicó que a él también le gustaban las tetas, pero que era excesivo centrar toda una carrera literaria en ellas y que si una chica de catorce años no se deja tocar las tetas está en su derecho y no hay por qué hacer un drama. Víctor le acusó de ser un escritor poco radical y aburrido presa de un misticismo geométrico pseudocientífico y que además se olvidaba de las personas porque únicamente le preocupaban los círculos y las líneas y que por qué no dejaba de dar el coñazo de una vez por todas.
Sergio, no obstante, no se desanimó y escribió una novela mastodóntica sobre la banda de Möbius, en la cual un hombre camina hasta alcanzar el otro plano del universo y luego vuelve a este plano otra vez, y así indefinidamente, atrapado en un caminar sin sentido en el cual en realidad camina siempre por el mismo plano y no se mueve nunca del sitio. La novela es profundamente melancólica y un ataque directo a la concepción lineal del tiempo del cristianismo y un ataque oblicuo al tiempo y espacio absolutos de Newton, reivindicando a Aristóteles y a Einstein, con una aparición estelar de Nietzsche hablando sobre el eterno retorno, donde grita enfurecido que nunca hubo un comienzo y que nunca habrá un final.
La siguiente escritora comentada es Blanca Soller, que solía tomar una manzanilla y fumar un porro a las doce del mediodía, hora en la que empezaba a escribir. Únicamente publicó un relato a los treinta y dos años, que estuvo reescribiendo durante años, quizá desde los quince. Su meta era llegar a una perfección absoluta. Se desquició en el intento y lo único que logró fue un texto inconexo de frases sueltas sin mucha relación entre sí. Escribía: hoy tengo sueño, todos moriremos solos, no me gusta nada comer sola, recuerdo un invierno en que habían desparecido mis guantes de lana y las manos heladas me dolían de frío, creo que los peces piensan en secreto y están descifrando el por qué del universo, me gustaría nadar más, tengo que dejar de fumar, anoche me deprimí mucho sin saber por qué, es probable que me saque el carnet de conducir, adoro los atardeceres y la música. Y así continuaba durante unas cuarenta y cinco páginas. Laura Yakovicz comenta que se trata de una escritura en la que se puede sentir como un zarpazo la tragedia del nihilismo y del desencanto del mundo occidental. Sergio García elogió fervientemente el texto, y comentó que las frases sueltas nos entregaban al abismo de un mundo sin sentido, como miríadas de puntos que no se encuentran nunca, átomos aislados incapces de formar una línea; el individualismo de la sociedad capitalista se trasparenta a través de esa escritura fragmentaria profundamente desgarrada, dijo.
Epílogo
Encontré el libro de Laura Yakovicz en una vieja librería cerca de la Plaza Zamora, en Salamaca. Los libros de los autores que comenta son prácticamente imposibles de encontrar, por lo que tendremos que limitarnos a pensar en ellos como libros posibles, como libros potenciales, como libros por venir aunque ya hayan sido escritos. Los autores son reales, pero se hallan en paradero desconocido.
Posted by SeñorS at Junio 25, 2007 11:18 PMesta bien fome el poema y bien largo y tambien aburridopm saben que chaooooooooooooooooooooo fomes y la pagina = de fome que ustedes .
casi ma que de dormida con lo que lei fomes y mas fomes
dediquence a otra cosa mejor porque de poetas se mueren de hambre ya ese es mi comentario . aburidos bu bu bu bu bu bu!!!!!!!!!y les digo algo mas no entendi nada poor que ni siquiera lo lei el solo hècho de berlo tan grande y largo me aburrio ya chaooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!
tarada!
Posted by: claudia at Julio 10, 2008 03:04 PMtarada!
Posted by: claudia at Julio 10, 2008 03:04 PM