Junio 16, 2007

Recuperando pedazos de mi ser esparcido en el caos del cajón de los recuerdos

Escudriñando un cajón absolutamente caótico en que atesoraba mis más precidas poesiones, destinadas, por otra parte, a sucumbir a la ferocidad implacable de Cronos, que todo lo devora, y a habitar así en el limbo del olvido, encontré cuentos, incios fallidos de novelas, poemas horribles, recortes de revistas de divulgación científica (no me enteraba de nada, pero me apasionaba el big-ban, los agujeros negros, el experimento de la doble ranura en que el observador colapsa la función de ondas, la dilatación del tiempo etc), un texto sobre Tim Burton en el que demostaba que Tim Burton era Dios, Pregúntale al polvo, la novela de Jhon Fante, fotocopiada, también fotocopias de fragmentos de Héroes y de Días extraños, de Ray loriga, un texto sobre la locura de Hamlet que escribí para la clase de literatura en el Instituto, en primero de bachillerato creo, y que publicaron, sin que yo me enterara hasta verlo impreso, en la revista del Instituto (por cierto, Hamlet sigue siendo uno de mis libros favoritos. Es más, yo diría que es el mejor libro de la historia de la literatura).

En una especie de novela-diario o algo así, en un texto huérfano de género en realidad, escribía así en el año dos mil:

Si alguien me preguntara sobre qué escribo le diría que sobre nada en concreto, que no cuento historias, ni hablo de guerras, que no tengo apenas personajes y que no les doy nombre porque no tienen identidad y quizá todos sean la misma persona, que no hay grandes catástrofes, ni grandes aventuras, ni misterios, ni asesinatos intrigantes, ni pensamientos deslumbrantes, ni tan siquiera escribo exactamente sobre mí, sobre cómo soy en realidad, ni tampoco la vida o la muerte recorren mis páginas, el alcohol y la noche quizá aparecen muy a menudo, y tampoco es que sea yo un alcohólico o un animal nocturno, pero en fin, ya que no escribo sobre muchas cosas, sobre algo tenía que escribir.

Libro este de voluntad poética, perdido en una inmensidad de hojas blancas de papel recién hecho como ángeles/murciélago exterminadores y analizadores de almas.

Sin pistolas cargadas ni descargadas, sin reconocerme en el espejo, aporreando las teclas, volando por los aires los puentes del presente en el que gimen un montón de imbéciles como yo, busco y no sé qué busco porque no aprendí a vivir. Me visto de pura escarcha, con el otoño, y estoy hueco.

Viernes noche. Otra noche más, otro viernes más, nada más. La tarde de viernes espera a la noche, mientras tanto suena la música, ahora suena Lou Reed. La niebla de irradiación de esta tarse se introduce por mis huesos con una mezcla extraña, curiosa, de alegría y tristeza, de belleza dolida, sublime. Puedo perder la fe en la humanidad, pero no en la niebla de este útimo día de noviembre, de esta belleza sincera y calmada que invade la tarde y me invade a mí. Podría vivir eternamente en esta paz, en esta belleza inmóvil, mirando esta niebla que me parece como el alma de las ciudades en invierno. Guitarras acústicas, tristes, ponen la banda sonora a la tarde de viernes, a la imagen de esta niebla espesa, poderosa, inmensa. Parece que siempre ha estado ahí, que siempre ha habido niebla, que es eterna, que no tiene materia y que jamás volverá a marcharse y ya no puedo imaginar el mundo sin esta niebla del treinta de noviembre y sin el humo viejo vertido por las chimeneas que se confunde con la niebla. La niebla borra los contornos de las cosas, las descubre o las reinventa, les da nuevos y afortunados matices. Las chimeneas parecen tener ahora sentimientos, más que los artistas hipersensibles que vagabundean por el mundo sin nada que hacer salvo, quizá, expresarse. Expresarse a través del mundo o, más bien, el mundo te elige para expresarse él, su ritmo que te retumba en los huesos y cuyo eco perdura indefinidamente, haciendo sonar cuerdas olvidadas de tu memoria, de lo que eres y no sospechabas que eras.

La tarde va a su ritmo. El tiempo no existe, somos nosotros en el tiempo, somos nosotros los que pasamos. He ahí lo trágico, somos nosotros los que desembocamos en el mar.

Los tejados se recortan sobre la niebla, que todo lo rodea. Destacan las antenas, los cables, toda esa ferralla metálica, inerte. Nadie se pregunta por el sentido de la existencia de las piedras, de los metales, quizá sea el mismo que el nuestro, es decir, ninguno.

Tim Burton, el poeta de las sombras

Todo comenzó en Burbank, lugar que sus padres consideraban el paraíso y que para Tim Burton era un lugar maravilloso desde el punto de vista infernal... Cuando uno es pequeño, piensa que todo es extraño y, a su vez, piensa que todo es extraño porque uno es pequeño. pero un día uno descubre que ya es un hombre y que todo es extraño. Fue un pésimo estudiante, al igual que otros genio como Kubrick o Tarantino. En esa época fundó el Club del cementerio, solía ir solo al cine, nadie le comprendía, rodó una película con muñecos a la que llamó La Isla del Doctor Agor, con influencias evidentes de El gabinete del Doctor Caligari, película fundamental en el Universo Tim Burton. Otras influencias son todas aquellas películas de terror que producía la Hammer, en las que la sangre era de un rojo muy brillante e intenso.

La estética expresionista, la obsesión por los acabados perfectos, las perspectivas y espacios geometrizados diagonal y contradiagonalmente, el manejo perfecto de las luces y las sombras, del claroscuro, la combinación entre lo poético y lo sombrío, ente el lirismo y el gusto por lo bizarro, y su desbordante imaginación, hacen de Tim Burton un prodigio de la dirección en un Hollywood del que se burla despiadadamente con sus marcianos verdes y cabreados.

Tim Burton es, sin duda, el gran genio del cine fantástico, el único capaz de crear esa atmósfera fantasmagórica que envuelve a sus películas, un disparate barroco de fantasía, un mundo paralelo.

Artistas incomprendidos, su ídolo Vincent Price, el peinado, Winona Ryder, la música de Danny Elfman, los seres que habitan la noche, el mito de Frankenstein, Edgar Allan Poe, la inclinación hacia temas macabros por el puro deleite de lo macabro, la navidad, calabazas, espantapájaros terroríficos, Jhonny Deep, su acor fetiche y álter ego en la pantalla, cementerios, oscuridad, leyendas, Ed Wood, películas de serie B, la constante revisitación del monstruo, el cuento de hadas en su forma favorita, la bella y la bestia, la amargura y la sensibilidad.

Con su cara de enfermo mental y su vestimenta negra, Burton luce casi como uno de sus monstruos, y es que nadie ha sabido captar como él la rara belleza de los monstruos, en sus escenarios irreales, envuetos en niebla, enfocados diagonalmente, tristes por su destino de monstruos, tristes porque no pueden alegrar a los niños en Navidad, aunque hayan secuestrado a Santa Claus; su corte de seres de la noche asusta a los niños, su ciudad es halloween. Jack Skellintong debe resignarse a su destino de mosntruo, Eduardo Manostijeras vivirá solo en su castillo, fabricando la nieve.

Hay una teoría que sugiere que Tim Burton es Dios. Me explico: en Tim Burton habitan tres personas: el de las superproducciones (Batman), el de sus proyectos personales (Pesadilla antes de navidad, Eduardo Manostijeras, Ed Wood) y, por último, sus comedias (Mars Attack, Beetlejuice).

P.D: como se ve, era un fanático de Tim Burton en el Instituto. Despúes de escribir esto me decepcionó con su versión de El Planeta de los Simios, cuyo final ni siquiera entendí, pero a Tim Burton se lo perdono. No creo que pueda superar Ed Wood, su mejor película, sin duda.

Posted by SeñorS at Junio 16, 2007 09:39 PM
Comments
Post a comment









Remember personal info?




Introduce el siguiente número tal como aparece: