Junio 14, 2007

El rey sin cabeza

El Rey sin cabeza se estaba volviendo loco.

En su reino nadie le hacía caso, todos se mofaban de él, como si fuera el último bufón, el último mono maricón al que están a punto de matar metiéndole plomo derretido por el culo, como sucedía en alguna novela, creo, y no el supremo soberano, fuente de toda verdad, de toda justicia, ley eterna y majestad divina, que regía el cosmos y la ciudad con su sabiduría inquebrantable y con su porte altiva y el gesto desdeñoso fruto de la autoconciencia de su superioridad incuestionable.

Las risas de los súbditos, sin embargo, no llegaron nunca a oídos del Rey sin cabeza, pues su ausencia de cabeza implicaba, por rigor lógico y fisiológico, una ausencia de orejas, de esos orificios pequeños (o grandes, según los casos) que nos ayudan a introducir en nuestro organismo sonidos que luego nuestro cerebro interpreta y que a veces son música, otras veces son risas, otras veces son palabras, otras veces son pitidos de coches, otras veces son ruidos de obras, otras veces son gritos de dolor, otras veces son gritos de placer, otras veces son dientes que rechinan, otras veces son aparatos de radio, otras veces son televisores que se han quedado encendidos, otras veces son moscas que zumban a un volumen altísimo, otras veces afiladores de cuchillos, otras veces motoristas sin casco, otras veces palmas, otras veces silbidos, otras veces vecinas que gritan, otras veces el ruido de persionas que se bajan, etc... así que la tarea de escuchar se le había vuelto extremadamente complicada al rey sin cabeza que se había transformado en bufón y en mono maricón. Yo diría, ahora que lo pienso, que es posible que haya un director de orquesta dentro de nuestro cerebro, o puede que no, quién sabe, en cualquier caso la cuestión es que el Rey sin cabeza no oía las risas que lo humillaban por no tener cabeza.

Parece un pollo sin cabeza, decía alguien, y a todos les parecía que un pollo sin cabeza chorreando sangre como un aspersor macabro era muy gracioso, y todo el reino se llenaba de carcajadas, de las carcajadas de niños terribles que no tienen respeto por la vida humana y apedrean al gordo de la escuela en el recreo. El reino se llenó de carcajadas, mientras el Rey, solitario, taciturno, triste, meditabundo, solitario, acogido en el seno de los nacidos bajo el signo de Saturno, hamletiano, existencialista, cabizbajo, alicaído, flemático, irritable, nervioso, no oía nada ni veía nada, porque, aunque no hemos hablado de ello todavía, la ausencia de cabeza del Rey sin cabeza implicaba, por extraño que pueda parecer, una ausencia de ojos, y sin ojos es difícil ver, quizá algún día consiga ver algo, a veces el Rey dice que ve sirenas que se transforman en cuerpos desnudos de mujeres bañados en espuma que se acercan a su cama y jadean y les ofrecen sus pechos para que juegue con ellos porque él es el Rey y tiene el privilegio de gozar de los pechos más fantásticos que el dios que moldea el barro y le infunde vida con su aliento ha tenido a bien crear, pero todos en el reino sabemos que se trata de una alucinación, porque el rey no tiene orejas por no tener cabeza y es imposible que las oiga jadear y decirle todas esas cosas, invenciones propias de hombres fantasiosos que han perdido la cabeza.

Cómo perdió el Rey su cabeza es algo que no sabemos muy bien. Yo nunca le he visto con cabeza. Quizá quedó a medio hacer y nunca tuvo cabeza, quizá se la cortó la reina de coraones, no lo sé, es ocioso que me ponga a especular, no tiene cabeza y punto, es así, yo no he inventado el mundo ni sus leyes.

Carecía también de boca y, en general, de todas las cosas que están en la cabeza. Decía cosas, pero no por la boca, se imaginaba que los que tienen boca al decir las cosas las cosas pasaban por sus bocas, pero esto no es así, y hubo que explicárselo, si yo dijera camión gigante con cuchillas a los lados al pasar el camión por mi boca me destrozaría los mofletes, dijo alguien, así que las cosas que decimos no pasan por la boca. El Rey siguió sin comprender qué pasaba entonces cuando alguien hablaba, y algunos que al principio lo entendían dejaron de entenderlo y se quedaron huéfanos de explicación y prefirieron, por si acaso, dejar de hablar. Hubo un montón de mudos precavidos en el reino del Rey sin cabeza, y el Rey decretó no hablar, dijo que era más seguro que, a partir de entonces, se transmitieran los pensamientos directamente, sin intermediarios peligrosos.

Cesaron, entonces, las carcajadas, y el rey recuperó parte de su prestigio de sabio. Sin embargo, algo terrible sucedió, las risas ahora le llegaban al rey directamente, y las oía. La primera vez que las escuchó no supo muy bien qué era lo que estaba oyendo; ese sonido desarticulado, caótico, que parecía no significar nada.

Comezó a sentirse muy inquieto y muy triste y muy angustiado y comprendió que se reían de él y que lo habían estado haciendo desde siempre e intentó suicidarse cortándose la cabeza.

Pero no tenía cabeza.

Posted by SeñorS at Junio 14, 2007 08:57 PM
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