Sin embargo, sin previo aviso -que es como suelen ocurrir estas cosas- se vio inserto en una maraña de sentimientos desolados que salían de su interior. De repente ya nada de lo que era podía argüir una razón de ser, un triángulo suma 180º pero por qué, un árbol es un árbol pero qué quiere decir esto, en fin, que se vio envuelto en una densa neblina que se infiltraba en la paz primaveral que minutos antes había reinado plácidamente en su cuarto arruinándola por completo y sintió con un repentino estupor que la realidad entera era presa de una irritante falta de significatividad. Siguió tumbado boca arriba en su cama bebiendo pequeños sorbos de su lata de coca-cola, notando como de forma completamente ajena a su voluntad un enfado general contra el mundo se apoderaba de su interior. ¡Malditos cabrones, mirad lo que habeis hecho! Era consciente del hecho de que la cordura se le empezaba a ir de la manos. Maldijo a Leibniz por haber formulado esa maldita pregunta, la de ¿Por qué el ser y no más bien la nada?, ¿A qué clase de mente enferma y retorcida se le ocurría hacer ese tipo de preguntas? No entendía nada. ¿Cómo que por qué el ser y no más bien la nada?, ¿Estaba de broma? Pues porque sí, qué sé yo.
Respiró hondo. Bajó a la cocina y vació el cenicero. Volvió a subir a su habitación. Estaba nervioso. ¿Qué me pasa? Nada, no me pasa absolutamente nada, nada de nada.