Mayo 05, 2007

La mejor novela del siglo XXI

Cuando Pumuky creció siguió siendo pequeño. Estudió Física, Matemáticas y Teoría de la Literatura y literatura comparada y escribió la que probablemente es la mejor novela del siglo XXI, aunque los perezosos reseñadores profesionales de los periódicos la pasaron por alto, considerándola un mero subproducto de un subgénero, la ciencia ficción, lo cual evidenciaba un secreto a voces, que los críticos literarios no estudiaron nada cuando fueron a la Universidad, si es que fueron, y que algunos ni siquiera saben leer, según comentó el propio Pumuky años más tarde, cuando era considerado el único escritor de culto que había dado España desde Cervantes y la prensa le acosaba, aunque no la prensa cultural, pues el único interés de la prensa era la personalidad de Pumuky que, emulando a Pynchon y a Salinger, se ocultaba generando una curiosidad insaciable sobre su identidad y sobre la forma de su rostro y su figura. Especularon durante años, algunos dijeron que sin duda era un señor feo y bajito cuya fealdad era la causa de su irritabilidad y de su desprecio por el género humano en general y de su soterrada misoginia en particular. Otros dijeron que no había ninguna misoginia soterrada en particular en su novela sino un guiño humorístico a Schopenhauer, que sí era misógino pero aún así le resultaba simpático. Otro incluso se atrevió a decir que una lectura atenta revelaba sorprendentemente una habilidosa decostrucción de las identidades de género y que Pumuky era un abanderado del posfeminismo. Sin duda es un señor feo, feo y miope, feo y bajito y es posible que camine encorvado como un jorobado, dijo otro. Sí, es feo, sus complejos son la causa de que haya escrito más de 1.000 páginas en un sólo libro, lo cual sólo puede ser una extravagancia de alguien muy feo que no tiene otra cosa en que emplear su tiempo aparte de en teclear durante horas a solas en su cuarto cultivando una disparatada vida interior que no le interesa nadie excepto, claro está, al él mismo. Es feo y su novia le dejó porque leía mucho, según ella esa fue la causa, pero en realidad todos sabemos que fue porque Pumuky es feo. Sólo una periodista dijo que a ella le parecía guapo, a lo cual replicaron que nadie le había visto la cara, pero ella se reafirmó en su postura, le parecía guapo y además su sintaxis era ferozmente viril, lo cual le ponía muy cachonda, y que su frío distanciamiento de las situaciones que describía, su ausencia de emoción revelaban una tristeza ontológica que también le ponía muy cachonda y además le daban unas ganas urgentes y tremendas de acostarse con él y de mimarle sin parar durante horas y horas envueltos en el acogedor caos de unas sábanas revueltas. Otro periodista, sin embargo, dijo que su prosa no sólo no era viril sino que se notaba que odiaba a Hemingway, rasgo afeminado donde los hubiera, y que Pumuky no sólo no era viril sino que era una especie de homosexual sensible al que le gustaban las mujeres, lo cual, dijo, no es óbice para que no fuera considerado un homosexual por Hemingway, pues una cosa era que a uno le gustasen las mujeres y otra ser un macho hemingwayenesco de falo dominante, cosa que sin duda Pumuky no era, pues incluso se permitía leer poesía.

Extracto de una entrevista realizada por correo electrónico a Pumuky

"Abres un libro de un escritor español y habla sobre la guerra civil, abres otro libro de otro escritor español y habla sobre la posguerra, abres otro libro de otro escritor español y vuelve a hablar otra vez sobre la guerra civil, es un auténtico coñazo monotemático, por mí la guerra civil puede irse a freír espárragos. Así que dejé de abrir libros de escritores españoles y me puse a ver películas de terror de la Hammer y videoclips de la MTV, lo cual ayudó mucho en mi formación literaria, en lo que a sintaxis se refiere la MTV me proporciono muchas ideas para desorrollar una narrativa visual hecha a base de veloces oraciones subordinadas similares a cascadas de imágenes de una película cuyo montaje vertiginoso no sabemos muy bien a dónde se dirige pero que igualmente nos hipnotiza como un hipnosapo."

La mayoría de las reseñas, cuando se publicó la obra de Pumuky, titulada, por cierto, Las aventuras fractales de un sujeto descentrado en el país de los espacios geométricos no euclidianos o de cómo la espuma cuántica y la espuma de la cerveza difieren de la espuma del mar pero la trilogía espumática tiene como mínimo común denominador el sustantivo espuma, señalaban la ininteligibilidad de la obra de Pumuky, sus experientos sintácticos consistentes en el absurdo propósito de escribir frases muy muy largas porque sí y sin venir a cuento insertando centenares de subordinadas que hacían que las frases se prolongaran como la corriente imparable de un río por espacio de decenas de páginas vertiginosas y la poca conveniencia de una trama plagada de digresiones en las que subtramas que se enlazaban con la trama principal finalmente se perdían del supuesto hilo principal que quizá ni siquiera existía y no llegaban a ninguna parte, provocando lo que orgullosamente Pumuky consideraba el efecto de una mariposa entrópica aguijonenando el cerebro del espectador (Pumuky consideraba a sus lectores espectadores y no lectores).

Quizá les guste a los fanáticos de Joyce y de Thomas Pynchon que se hayan licenciado en matemáticas, hayan visto Star Trek y Ghost in the Shell docenas de veces, lean a Platón antes de irse a dormir, les fascine la ciencia ficción y el cine de serie B y tengan enmarcado encima de la pared de su escritorio el enunciado del segundo principio de la termodinámica, hayan memorizado por puro placer el diccionario de Mitología Griega y Romana de Pierre Grimal, tengan una extraña fijación con la idea de lograr escribir la frase más larga y sintácticamente compleja de la historia de la literatura apoyándose para estructurarla en teoremas de la lógica de predicados, se sientan orgullosos de haber formado un club en el Instituto dedicado a estudiar con fervor la estética de las teleseries norteamericanas de los años 80, crean que escribir cientos de decimales del número Pi en mitad de una novela es muy gracioso, hayan ido a ver El Club de los Poetas Muertos y sintieran más simpatía por el doctor en Filosofía cuya obra era desgajada por los románticos alumnos del profesor de literatura que por el profesor de literatura, hayan leído media docena de veces El Guardián entre el centeno y crean en la posibilidad de que Holden no sea sólo un personaje literario sino alguien que va a nacer algún día en el mundo tridimensional, les resulte graciosa una escena en que un detective drogadicto tortura a un asesino leyéndole durante horas a Lacan, encuentren una belleza indescriptible en la espiral aúrea, la banda de Moebius y la campana de Gauss, admiren a los posmodernos maximalistas tipo David Foster Wallace, hayan sido fanáticos de Proust en su adolescencia, les guste que en las novelas haya miles de detalles innecesarios y diálogos al margen de la narración, sientan un desmedido entusiasmo por la frivolidad pop capaz de convertir en un icono comercial la cara y el bigote de Friedrich Nietzsche y la del Ché Guevara serigrafiado por Andy Warhol, piensen que la escuela es una institución penitenciaria vigilante y estigmatizante y que la sociedad entera del capitalismo posindustrial ha aprendido que el Gran Hermano quiere que le quieran, desprecien la ópera y el teatro y la alta cultura y sientan instantáeamente una simpatía mucho mayor por toda clase de subgéneros eróticos y de terror y por las películas malas de todos aquellos que tenían almas de artistas pero eran unos inútiles, que odien la literatura intimista del yo y sus pequeñoburgueses alrededores y aboguen por un riguroso formalismo estructural a la hora de diseñar argumentos surrealistas, que tuvieran una experiencia mística al ver 2001: una odisea del espacio, en la parte de los colorines, hayan leído al menos doce veces Alicia en el País de las maravillas y estén obsesionados con la sonrisa Cheshire, hayan leído La Montaña Mágica de Thomas Mann y no sólo no les haya aburrido, como al simplista de Bukowski, sino que hayan disfrutado mucho con las conversaciones sesudamente filosóficas, hayan jugado de pequeños al Pacman durante horas y horas y al Mario Bros. 3 y piensen, sinceramente, que las formas narrativas de los videojuegos y del cine y de la televisión (de las series norteamericanas, obviamente, no de la repugnante ficción televisiva española, que es la cosa más asquerosa que se haya visto nunca) están destinadas a influir aún más en la literatura, odien a las profesoras de filología cuyas aburridas clases hacen que uno pida a gritos el suicidio colectivo del género humano y hayan fantaseado con la idea de dominar el mundo para imponer sus disparatados criterios estéticos a la humanidad. Es decir, es una novela que sólo le gusta al propio Pumuky. El lector medio, si consigue llegar a la última de sus 1.658 enrevesadas páginas, tan sólo se preguntará cómo es posible que un editor se arriesgara a publicar las surrealistas pajas mentales de un escritor que muestra un desprecio tan palmario por sus lectores.

La identidad del autor de esta reseña nunca se supo. Algunos especularon con la posibilidad de que el responsable de la misma no fuera otro que el propio Pumuky. Pumuky lo negó pero no pudo evitar señalar entre risas que desearía, si fuera posible, incluirla como parte de su propia novela, pues constituía un prólogo genialmente autoparódico de la misma y que incitaría, por puro espíritu de la contradicción, a leerla.

Posted by SeñorS at Mayo 5, 2007 04:21 AM
Comments

Me he reído mucho.
También me he quedado
sin
aliento.

Posted by: Ella at Mayo 5, 2007 06:34 PM

Tiene alma de artista y la cultura pop no lo ha echado a perder por lo demas es divertidisimo y muy a tono con su epoca. Maniaco y Presuntuoso, otro más...

Posted by: atenea at Agosto 8, 2007 10:16 PM
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