Abril 28, 2007

Vistas desde la noche del mundo

Llevo varios días aquí, en este cuarto. No sé cuantos días, lo cierto es que he perdido la cuenta, he perdido la noción del tiempo, o mejor dicho: en mi conciencia el paso del tiempo ha adquirido algo así como una cualidad plástica, los instantes forman figuras como las de un cuadro de Paul Klee.

¿El tiempo forma imágenes?, me pregunto de pronto.

No sé, seguramente esto no tiene sentido alguno, últimamente tengo ideas extrañas, o más bien cadenas sucesivas de imágenes que me asaltan y que observo con curiosidad, a veces con estremecimiento.

No sé cuantos días llevo aquí, pensando en las cosas infinitas, en Heidegger cuando dice que hay que escuchar al ser, por ejemplo, también pensé en Hegel cuando dice que la subjetividad es la noche del mundo, expresión mucho más poética que la de negatividad abstracta, y pensé otras cosas, pensé confusamente durante horas, no sé cuantas horas, ya he dicho que he perdido la noción del tiempo y que el tiempo se transforma en cuadros de Paul Klee, pensé en muchas cosas más, todo el rato estuve dentro de la noche del mundo, pensando o imaginando, o las dos cosas a la vez, o mejor dicho recibía imágenes y pensamientos, porque yo estaba totalmente pasivo, pastando en el prado del ser, que diría nuestro amigo Heidegger.

Estuve absorvido, más tarde, (aunque todos los términos que uso para referirme al paso del tiempo me resultan problemáticos) en la contemplación del árbol que hay enfrente de mi ventana hasta que creí que me había vuelto loco, y también que la locura en que me sumergía con gusto había rasgado el velo de maya de mi visión y veía las cosas tal cual eran: desnudas, infinitas.

Estaba contemplando el árbol y pensando en mi lucidez o en mi locura mientras trataba de recordar si eso de las cosas infinitas lo había leído en algún poema de William Blake o en el relato de las experiencias con mescalina de Huxley, Las puertas de la percepción, y luego pensé en los Doors y en el principio de Apocalypse Now y luego dejé de pensar y me sentí en total sintonía con el verdadero ser del árbol y con el verdadero ser del mundo.

Pensé también en que Huxley soñaba con una droga que transfigurara el mundo y que al despertar no provocara dolor de cabeza y el físico resultara ileso.

Dejé de pensar en Huxley, todo a mi alrededor estaba animado, poseía vida, todas las cosas tenían un alma, por pequeña que fuera. Me convertía en un animista, o quizá en un panteísta, algo así, y me reía de mis ocurrencias. En cualquier caso me alejaba de los estándares del pensamiento occidental positivista, que vienen a ser como una policía que impide pensar.

Clavada con chinchetas en la pared, una foto del viejo y yonqui y marica de William Burroughs me observaba. Tenía pinta de banquero jubilado (esto creo que lo leí en alguna parte), no tenía pinta de haber matado sin querer a su mujer mientras jugaban a Guillermo Tell, ni de haber sido un drogadicto, ni de haber escrito algunos de los libros más extraños que se hayan escrito jamás, ni de haber grabado un disco con Kurt Cobain. En la foto una sonrisa estaba a punto de dibujarse en su cara, una sonrisa irónica que decía yo sé algo que vosotros ignorais, no era la sonrisa estúpida de la Gioconda, la sonrisa de Burroughs ni siquiera se esbozaba, pero se presentía, era una sonrisa más del tipo de la del gato de Cheshire: muerto Burroughs, su sonrisa virtual e irónica permanecía flotando en el vacío.

Luego me olvidé de Burroughs y pensé en Herman Hesse (pensé también en que no hacía otra cosa que pensar en escritores y que eso no podía ser normal). Recordé el principio de un libro suyo (pero no recordé de qué libro se trataba) en el que el protagonista, cuando tiene doce o trece años, dice que hay dos mundos, el mundo normal y aburrido de la seguridad del hogar burgués, y otro mundo mucho más atractivo y peligroso que se extendía más allá de sus muros, con todo su misterio, un mundo prohibido en el que algunos se perdían, y que públicamente se censuraba a aquellos que se perdían, pero secretamente uno se alegraba y admiraba a aquellos aventureros temerarios. Pensé que yo también quería entrar en ese mundo prohibido, que me gustaría, pero el condicional, para bien o para mal, significa casi siempre un prudente alejamiento de los efectos desastrosos que provocaría internarse realmente por los senderos de ese mundo prohibido. De esta forma, me dije, mi espíritu se debate en una tensión dialéctica entre los dos mundos de los que hablaba Hesse.

Luego, no sé si al día siguiente, o en algún momento de la noche de ese mismo día, no sé tampoco si había dormido (creo que dormí unas pocas horas y desperté) me entró un hambre atroz y me dirigí al frigorífico, que estaba casi vacío. Me hice un bocadillo con un pan bastante duro, seguramente del día anterior. Oí que alguien llamaba al timbre y me asusté. Permanecí cerca de la puerta, sin abrir, durante algunos segundos, hasta que oí la voz de Rodrigo. Hey tú, cabrón, deja de hacerte pajas y ábreme la puerta. Ya voy, espera a que tu madre se suba las bragas. Le abrí la puerta y sonrió. Creíamos que te habías muerto, maldito lunático, llevas días sin dar señales de vida. Ya, dije, he estado aquí, pensando. ¿En qué?, me miró frunciendo el ceño. Solo pensando, dije. Así te has quedado, pálido y ojeroso, pensar perjudica la salud, deberías saberlo, las neuronas se hacen la picha un lío y no saben qué hacer ni qué demonios quieres de ellas, así que se desquician y tú te mareas. Nos reímos.

Le hice pasar al salón y abrimos un par de cervezas. La cerveza es continua sangre que fluye, dijo Rodrigo. El néctar de los dioses, añadí. Permanecimos un rato en silencio. Le pregunté qué día era. 28 de abril, creo. Mierda, dije, es tardísimo.

Posted by SeñorS at Abril 28, 2007 08:19 PM
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