Marzo 23, 2007

El esteta trastornado

Lo primero que tengo que decir, sobre las extrañas y disparatadas acusaciones que pesan sobre mí, es que son ciertas. Me propongo, no obstante, dejar escritas algunas explicaciones, que quizá ayuden a comprender, aunque no soy tan iluso ni tan ingenuo como para pretender que sean comprendidas del todo, y mucho menos pretendo justificarme, no soy tan enfermizo ni tan irresponsable como para dejar en la estacada a mis actos. Mis explicaciones quizá ayuden o quizá no, eso no depende de mi voluntad, aunque alguna vez, durante mi juventud, fui culpable de sobrevalorar mi voluntad como un atributo mágico del universo circundante. Ahora ya no sostengo esta forma de racionalidad mítica, el principio de realidad se impone siempre con implacable fiereza.

Es cierto que asesiné a Francisco Brancusi, es cierto que le odié desde la primera vez que le vi, con una furia irracional en la cual me complacía con diabólica perversidad. Me regodeaba en mi odio incluso con voluptuosidad. No me había hecho nada, ni siquiera, seguramente, era consciente de mi insignificante presencia en el insondable Universo, pero yo le odiaba. Si buscan una razón para mi odio no la encontrarán, deberán enfrentarse al hecho inasumible para sus delicadas y domesticadas conciencias de que hay monstruos poseídos por una corriente oscura que les lleva a cometer atrocidades. La razón, tan venerada por los filósofos, no tiene nunca la última palabra.

Lo primero que me irritó fueron sus gestos, que consideré absurdos e indignos, pues a mi juicio (a mi trastornado juicio, lo admito) ofendían la belleza del universo, la perturbaban introduciendo un elemento disarmónico. Sus movimientos no tenían gracia. Cometí lo que considero un crimen estético: la categoría de la Belleza estaba siendo puesta en entredicho, y yo soy un admirador de la Belleza, he leído a Platón y a Plotino. No estaba dispuesto a vivir en un universo que consintiera la fealdad. Fue también un crimen teológico: Dios creó el Universo, el ser se sostiene sólo gracias a la voluntad divina, y puesto que Dios lo creó debe ser bello. Así razonaba yo antes de que el principio de realidad se me impusiera y me revelara la verdad, y la verdad era bien triste: era un asesino, un simple asesino. En secreto maquinaba mi crimen. Me consideraba un instrumento de la voluntad divina, y sabía que era preciso aniquilar a Francisco Brancusi.

Sus gestos eran irritantes y aborrecibles hasta extremos insospechados, o acaso lo fuera mi locura. Y su cara, una cara como de empanada, de provinciano paleto, me sumía en un odio que se acrecentaba con una intensidad que quizá nadie haya sentido nunca. Tenía cara de bobo y vestía como un estudiante de teología, con camisas de cuadros metidas por dentro del pantalón, y se peinaba con raya al lado y gomina. Estaba convencido de que lo hacía para torturarme. Le odiaba cada vez más. Nunca había conocido a nadie que me sacara de mis casillas por el mero hecho de existir. Y luego estaba su sonrisa bobalicona, como si fuera feliz todos los instantes de su miserable existencia. Un tipo así debía ser eliminado, no me cabía duda alguna al respecto. Su presencia me ofendía. Era la antítesis absoluta del alma bella. Una alma bella nos complace por su modo de ser, no por sus actos. Su modo de ser me atormentaba, y comprendí con una lucidez fría y repentina que yo no podría seguir viviendo si él también seguía viviendo. Asesinarle fue una necesidad que obedecía, no a mi voluntad, sino a un oscuro y salvaje impulso.

Una tarde, al salir de clase, lo seguí. Mi estado de ánimo era una especie de ebriedad agitada. Escondía en la manga un cuchillo. Entré tras él y nada más cerrarse la puerta del portal le rasgué la garganta. Salí corriendo. El sol, mortecino ya, invernal, pálido, amable, luminoso, infinitamente bello, me sonrió. Respiré hondo, me sentía feliz.

Al día siguiente, ese estado alucinatorio en que me había sumergido desde que conocí a Francisco Brancusi cesó bruscamente. El principio de realidad se me impuso con una brusquedad implacable, como un jarro de agua fría, por usar un símil común. Todo había pasado como en sueños, esas alucinaciones que todo el mundo sufre sin que impliquen, por lo general, muchos riesgos. En mi caso, esas alucinaciones habían continuado hasta el desenlace fatal. No me justifico, simplemente relato lo sucedido desde mi punto de vista. No eludo las responsabilidades. Soy un asesino, lo sé, sé que permaneceré en esta cárcel durante mucho tiempo y sé que me lo merezco, no quiero salir con el pretexto de enajenación, quiero pagar por lo que hice: yo no dejo a mis actos en la estacada. Aquí puedo leer y soñar. Sueño con criaturas infinitamente libres, con un mundo de paz y de luz, con noches hermosas de verano, con luciérnagas.

Posted by SeñorS at Marzo 23, 2007 09:45 PM
Comments

me encanta que vuelvas a escribir...cada vez lo haces mejor :p

Posted by: martita at Marzo 24, 2007 07:18 PM

gracias, a ver cuándo se dan cuenta los de Anagrama :p

Posted by: Sr. S. at Marzo 24, 2007 09:27 PM

Has matado a jaime...hijo de puta!! jijijijiji

Posted by: martita at Marzo 28, 2007 10:01 PM
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