Y para inaugurar los textos sobre filosofía, ahí va uno sobre la filosofía cínica.
El moderno Diógenes. Antes de buscar al hombre, hay que haber encontrado la linterna. ¿Tendrá que ser la linterna del cínico?
NIETZSCHE, Humano, demasiado humano
Efectivamente, nos hemos sumergido en la penumbra de una desorientación existencial peculiar
SLOTERDIJK, Crítica de la razón cínica
1. Contexto histórico-filosófico: la conciencia contracultural en tiempos de crisis de civilización
El movimiento cínico aparece como un prólogo del período helenístico, en el que la filosofía da un giro hacia la praxis, hacia la ética, hacia el vivir cotidiano en que está envuelto siempre el hombre. Los motivos de este giro podemos hallarlos en el contexto histórico y social, se trata de un período de gran inestabilidad, de guerras, de transición, de crisis de valores. La antigua polis que formaba al individuo y le aseguraba estabilidad se desmorona, y con ésta se desmoronan también su seguridad y su identidad, la certeza de su cosmovisión y del lugar que ocupa el hombre en el cosmos. Se trata de una época de confusión, en la cual los antiguos valores se ven sobrepasados por las circunstancias y el malestar que provoca la cultura sale a relucir. La quiebra de la polis produce una ruptura con los tradicionales marcos referenciales desde los cuales el sujeto se autointerpreta, y la incertidumbre existencial se apodera de las conciencias. Las similitudes con nuestra época son evidentes, y ya han sido señaladas. Ambas épocas parecen compartir un mismo espíritu epocal de desorientación, de pérdida de referentes estables, un desasosiego difuso y terco, una atmósfera enrarecida y desilusionada, en la cual la credibilidad de los metarrelatos ha caído, en la que el colapso de una cultura produce un malestar en los individuos que no se puede ocultar por más tiempo.
Las esperanzas utópicas son contempladas irónicamente por el cinismo moderno, los individuos se aferran a su conciencia ante la inconmensurabilidad de un mundo sentido de pronto como excesivamente complejo, incomprensible, cuyo sentido no se deja adivinar fácilmente. Este pathos existencialista se da también, en cierta medida, en el antiguo cinismo, si bien aliviado de la grandilocuencia trágica del existencialismo del siglo XX. La vida es absurda, carece de sentido, pero no tiene por qué ser trágica. Para el cínico la vida es una fiesta del absurdo, una comedia en la que actúa alegremente mostrando la falsedad y la hipocresía de la gente y sus convenciones, que sólo sirven para complicarse la vida y son la coartada de los poderosos para mantener el orden establecido del cual ellos son beneficiarios a costa de la libertad individual. El cínico le saca la lengua a los poderosos en un gesto simbólico de crítica ideológica y desprecia la fama y la riqueza cuya persecución desquicia a la gente. Fama y riqueza no son más que falsos ídolos y el espíritu soberano del cínico los despreciará sin miramientos, ante el asombro de las mentalidades al servicio del orden dominante. Nadie más alejado del intelectual al servicio del poder que el filósofo cínico. Las convenciones sociales son ridículas, y por eso se ríe de ellas, desafía con sus bufonadas toda una manera de entender la vida, descubre la mayor ridiculez en aquellos valores que el espíritu de la seriedad considera sagrados. Risa filosófica y blasfema cuyo eco ha atravesado la historia, siendo escuchada por los movimientos contraculturales más recientes, como el de los hippies o los beatniks.
Podemos entender al antiguo cinismo griego como un movimiento contracultural y situarlo, en cuanto a sus objetivos filosóficos, en contraposición a los altos vuelos teóricos de las filosofías de Platón y de Aristóteles. La filosofía cínica está bien asentada en la tierra, en la corriente de la vida; su preocupación es exclusivamente ética, desdeña el saber de las alturas, al que considera inútil y carente de interés para los hombres, y no respeta las sutilezas de los grandes discursos dictados por el espíritu de la seriedad. Carece casi por completo de contenidos teóricos, de fundamentos filosóficamente sólidos. Su significatividad hay que buscarla en otra parte: en las actitudes vitales de los propios filósofos cínicos, para los que la praxis era absolutamente indisociable de la teoría, en sus actos, sin lugar a dudas simbólicos, tal vez precedentes lejanos de las performances del arte contemporáneo, en el rango filosófico y crítico con que dotan a la ironía, a la burla, a su pantomímica dialéctica de Sócrates enloquecidos.
La figura del sabio no es la del intelectual erudito, su cabeza no está llena de datos y teorías, sino de un estado de ánimo imperturbable, de una libertad interior que no depende de los azares de la Fortuna. El hombre sabio es autónomo, en el sentido estricto de la palabra, pues se da a sí mismo su ley, no se rige por las convenciones sociales impuestas. Diógenes se masturba en público, pues nada puede haber de malo en un acto natural, y cuando es reprendido por su actuación, responde que ojalá frotándose el vientre pudiera saciar también su hambre. Aquí la crítica a la sociedad se ejerce con un acto cargado de simbolismo que saca a la luz la verdad desnuda y con una consideración irónica de las necesidades humanas. Ocultamos lo más natural e inocente y Diógenes ve en esto, probablemente, un síntoma de que la sociedad está gravemente enferma. Ante este diagnóstico, los cínicos apelarán constantemente a la naturaleza, a la physis, para arremeter contra esta cultura esquizofrénica, contra todos los convencionalismos que dificultan absurdamente la vida del hombre, que sólo debería regirse por la ley de la naturaleza, del cosmos. A este hombre ultracivilizado, que niega de modo esquizoide su parte animal, su parte natural, ni siquiera se le puede considerar un hombre, y por eso Diógenes, con un farol encendido a plena luz del día, va por las calles buscando hombres.
2.Dialéctica pantomímica: la inversión del platonismo y el activismo ético de los cínicos.
Nietzsche, como un moderno cínico y mortal enemigo de Platón , recupera la importancia filosófica del cuerpo, el gran olvidado de las corrientes idealistas. Con su retórica enfurecida y brillante proclama que la gran mentira se llama idealismo. El error se produjo muy temprano, con la filosofía platónica, y no consiste en otra cosa que en la inversión del mundo, en el dualismo metafísico que condenó a la filosofía a ejercer de detective enfermo de psicosis ontológica, siempre sospechando de la irrealidad de las apariencias y buscando detrás de estas sombras el verdadero ser, trascendente al mundo fenoménico. Las inversiones del platonismo, desde Diógenes hasta Deleuze, se basan en un pensar el ser sin escisiones, un pensar de la inmanencia, del acontecimiento y de la afirmación de la intrascendencia de la vida.
Platón definió a Diógenes como un Sócrates enloquecido. Con la intención de difamarlo, Platón le concede a Diógenes, sin quererlo, el más alto honor, al compararlo con el más grande dialéctico, tal como señala Sloterdijk. El método dialéctico de Diógenes no se basa en el discurso, su diálogo antiplatónico se expresa con un enloquecido lenguaje corporal, con bufonadas pantomímicas que quiebran el discurso, pues él no opone razones, sino acciones, se sale del logos por la tangente para exhibir su verdad, entendida como aletheia, como desocultación. Ante quien niegue el movimiento, no le refutará defendiendo la teoría contraria, simplemente se levantará y caminará, pues el movimiento se demuestra andando. Ante Aristóteles no buscará una definición alternativa del hombre, sino que desplumará un gallo y lo arrojará a la academia, gritando: he aquí al hombre de Aristóteles. No le interesa la teoría, las ideas consideradas en sí mismas. Considera este saber vano, inútil para los hombres. Como más tarde dirá Epicuro, vana es la palabra del filósofo que no cura alguna enfermedad del alma. La filosofía da un giro práctico, es un saber vivir, un arte de la vida y una logoterapia, mucho antes que las intrincadas especulaciones de las cabezas idealistas. La filosofía cínica es realista, sin que esto suponga una afirmación metafísica de tipo positivista, pues no le interesa la teoría del conocimiento, sino el hombre de carne y hueso concreto, considerado en su finitud espacio-temporal, y no abstraído mediante la fórmula de la humanidad. De ahí que su crítica a la ideología no busque la emancipación del hombre considerado abstractamente, sino que se dirija solamente a unos pocos, lo suficientemente lúcidos y desvergonzados como para comprender su mensaje. Aquí reside la gran virtud de la ética cínica, incapaz de sacrificar al hombre concreto en función de un ideal de humanidad emancipada que algún día se realizará en la historia. Se dirige al hombre como el universal concreto, su humanismo es un humanismo del individuo y no de la humanidad, con lo que el cínico no cae en fantasías historicistas de tipo hegeliano-marxistas, es demasiado individualista y libertario para eso, y tampoco cae en la aceptación de lo dado tal como es, pues su crítica es incisiva e incesante al estado de cosas existentes. No es ni un revolucionario ni un conservador, sino un sabio, dedicado al arte ahora anacrónico de cultivar la excelencia del alma como un bien de orden superior a los bienes materiales. Su ética es una ética para náufragos, una ética para tiempos de crisis de valores, de confusión y de inestabilidad, una época análoga a la nuestra, por lo que es interesante volver nuestra mirada, aunque sea sólo un momento, a la filosofía moral desarrollada durante el período helenístico. El cinismo es la filosofía moral más radical y, atenuada por diversos matices, influye en el posterior estoicismo, movimiento filosóficamente más sólido que el cinismo, aunque vitalmente tal vez menos enérgico. No obstante, la ética cínica tiene sus limitaciones, precisamente por su radicalidad. No es universalizable, no se dirige a todos, sino sólo a unos pocos. En el ámbito teórico es demasiado inconsistente como para poder fundamentar la organización de una sociedad compleja. Junto a la fascinación que nos produce la subversión contracultural de la propuesta cínica, su vida libre de ataduras, desvergonzada y despreocupada, independiente y alegre, no podemos reprimir la sospecha de que en el fondo late una nostalgia ingenua del buen salvaje, de que esa apelación a la naturaleza encierra una contradicción, un malentendido, pues ese estado de naturaleza ideal es una ficción producto del malestar de la cultura, y que la solución propuesta por los cínicos, esta vuelta a la naturaleza, puede valer para algunos individuos, pero es incapaz de solucionar situaciones externas objetivas de injusticia. Su gran virtud y a la vez su gran limitación es, pues, esta orientación a la interioridad del individuo.
Además que la dicotomía natural/artificial es discutible. El hombre es un ser biológicamente cultural. Ahora bien, podemos interpretar la apelación a la naturaleza por parte de los cínicos no como una oposición a la cultura como tal, sino a un modo concreto de cultura que aliena al hombre, que lo convierte en un extraño para sí mismo. En algún momento del desarrollo cultural, la cultura se colapsa, ya no acoge en su seno al hombre, sino que se le enfrenta como un producto extraño y alienante que cercena su libertad creándole cada vez más necesidades en cuya satisfacción malgasta inútilmente su potencial creativo y vital. Ante esta situación, el filósofo cínico, para librarse del malestar de la cultura, propone una subversiva terapia del deseo: limitando estrictamente nuestras necesidades externas conquistaremos el ámbito de nuestra interioridad, y seremos libres, pues nuestro bienestar no estará cifrado en el azar de las circunstancias externas que no dependen de nuestra voluntad, y seremos capaces de afrontarlas, pues la libertad interior conquistada es inviolable, un reducto de serenidad, una isla impertérrita en mitad de la tormenta.
En este sentido, la filosofía cínica, lejos de estar desfasada, posee una gran vigencia y capacidad subversiva; pues en el actual e histérico sistema de producción capitalista, que constantemente inventa nuevas necesidades y bombardea nuestros cerebros machaconamente con la publicidad de nuevos productos que tenemos que consumir, la propuesta de limitar nuestras necesidades es una propuesta de subversión de valores, una propuesta emancipadora dirigida al individuo, no al proceso histórico. Lo que consideramos valioso, la fama, el éxito, el dinero, etc., son los valores impuestos por la sociedad, por la doxa, por el Se impersonal, valores inauténticos vistos a la luz de la linterna cínica. Hay que desafiar las convenciones, transmutar los valores. Diógenes busca auténticos hombres con una linterna en pleno día, y sólo encuentra inmundicia. El consumismo patológico de nuestras hipercomplejas sociedades es el polo opuesto a la sabiduría cínica que nos enseña a descubrir lo más valioso en nuestra libertad interior (que no tiene porqué degenerar en una forma de solipsismo), en lo que el hombre es, en su naturaleza propia, y no en lo que el hombre tiene.
Decía Deleuze que la filosofía es inseparable de cierta cólera contra el propio tiempo histórico que a uno le toca vivir, contra los acontecimientos, a la vez que nos proporciona cierta serenidad frente a ellos. Este doble movimiento de cólera y serenidad puede ser observado en la filosofía cínica. El más colérico sería Diógenes y el más sereno Crates. La crítica a la sociedad, a los hombres, es feroz, pero el crítico no se deja dominar por la cólera, su interior está a salvo, es libre en su ataraxía anímica.
Frente a la alta teoría y sus graves preocupaciones, refinadas y civilizadas, el cinismo reivindica, con sus gestos provocativos, la dignidad filosófica de todo aquello habitualmente considerado bajo e indigno de consideración, en un movimiento subversivo que busca la transmutación de los valores, poniendo en evidencia su carácter convencional y transitorio, falsos en la medida que no se corresponden con las leyes de la physis, y cuya función es legitimar el orden existente. La razón dominadora presupone que debe de haber un orden y que para conservarlo es preciso engañar a los hombres. El cínico, haciendo gala de su libertad de palabra y de acción (parresía) se opondrá al poder, a esa civilización fruto de la razón instrumental que en lugar de facilitar al hombre la felicidad, más bien se la impide. La civilización, tal como está constituida, supone un inmenso rodeo para lograr lo que el filósofo cínico consigue de forma directa, aunque no sin esfuerzo (ponós). La virtud sólo se logra con esfuerzo. Al igual que un atleta entrena su cuerpo, para lograr la virtud el sabio entrenará su alma, y cualquier hombre puede lograr la virtud, no sólo los aristócratas atenienses. Diógenes abraza las estatuas en invierno y camina descalzo sobre la arena caliente, pues el sabio ha de estar preparado para sufrir los avatares de la Fortuna sin menoscabo de su libertad interior. El sabio cultivará la adiaphoría. Este concepto alude a un estado anímico de imperturbabilidad, de indiferencia, colindante con la ataraxía y la apatheia. Esta familia conceptual forma la figura del ideal de sabio tal como lo concibió la filosofía moral helenística, en la cual podemos ver un movimiento reactivo frente a las circunstancias. Pero los cínicos no se limitan a este movimiento reactivo de refugiarse en la conciencia, su ética es un activismo destinado a sacudir las conciencias y los valores, pues todo valor remite a una conciencia que lo reconozca como tal, y en este sentido su ética es también un activismo político. Se ha hablado de la misantropía de Diógenes, pero el que verdaderamente desprecia a los hombres no se preocupa lo más mínimo por enseñarles nada. No hay una antropología pesimista en los cínicos. Cuando Diógenes observa a los filósofos piensa que no hay nada tan inteligente como el hombre, y cuando observa a astrólogos piensa que no hay nada tan estúpido como el hombre. El hombre es capaz de lo mejor y de lo peor, y Diógenes admira la racionalidad y la fortaleza interior del hombre, pues es, dicho sin connotaciones peyorativas, un Sócrates enloquecido.
La mayor parte de lo que sabemos sobre el movimiento cínico, y sobre su representante paradigmático, Diógenes de Sínope, nos ha sido transmitido por la obra de Diógenes Laercio, Vida de los más ilustres filósofos griegos. Más que una exposición rigurosa del contenido de doctrinas filosóficas, la obra cuenta una serie de anécdotas, de dudosa veracidad histórica, ya que fue escrita quinientos años más tarde de la existencia de Diógenes, pero de relevante carácter simbólico. Una antología de humor digna de una sonora carcajada filosófica. A Diógenes se le atribuyen incontables anécdotas, además de todas las que nos refiere Laercio, éste nos dice que se contaban muchísimas más. La filosofía cínica nos ha sido transmitida por estas anécdotas. Probablemente la más famosa sea aquella según la cual Alejandro fue a visitar al sabio cínico y le dijo que le pidiese lo que quisiera, y Diógenes responde que se aparte, pues le está tapando el sol. El poderoso Alejandro no puede ofrecerle nada a Diógenes, pues a este le basta con disfrutar sencillamente del sol. Otra anécdota famosa, muy del gusto de Nietzsche, es la de que Diógenes iba buscando hombres por la plaza atestada de gente, con una linterna a plena luz del día. También nos cuenta Laercio que acudía al teatro al acabar la función, entrando a contracorriente de todo el mundo, pues él vivía a contracorriente; que viendo a todo el mundo atareado en los preparativos de la guerra, se puso a mover el tonel en el que vivía de un lado para otro, para no parecer desocupado, y mostrando así lo ridículo y sin sentido que resultaba todo aquello. Todas estas anécdotas revelan un accionismo de innegables objetivos morales. Con este tipo de acciones impactantes Diógenes, como un pedagogo enloquecido, transmite una sabiduría práctica, ahorrándose su exposición teórica. Lo que le convierte en un filósofo además de un bufón, es que sus bufonadas pantomímicas también ilustran un concepto, con la ventaja de la pluralidad de sentidos e interpretaciones: Diógenes entrando en el teatro chocándose contra todos los que salen puede simbolizar la autonomía del sujeto, o una crítica a la sociedad alienada.
3.Epílogo: el crepúsculo de las ideologías y los náufragos desilusionados.
Podemos denominar posmodernidad, usando el término con un significado meramente operativo, sin entrar en la amplia polémica que suscita, al período histórico que sigue al fracaso de la ilustración. Los ideales ilustrados ya no consiguen entusiasmar a la gente, motivar una acción colectiva encaminada a una meta. Vivimos en una sociedad fragmentada, desilusionada. El cinismo moderno contempla las ideologías como curiosos restos arqueológicos ante los cuales esboza una media sonrisa. De la franca carcajada de los cínicos antiguos a la sonrisa torva de los modernos podemos ver la historia degenerativa del término cínico. A Diógenes le insultaban llamándole cínico y él, orgulloso, reivindicaba ese apodo. Hoy día los poderosos han aprendido la lección, saben cómo son las cosas, no hace falta que nadie les muestre la verdad desnuda, ellos ya la conocen. Si Marx decía: no saben lo que hacen, y aún así lo hacen, hoy día la situación es más inquietante: saben perfectamente lo que hacen, y aun así lo hacen.
La imagen de la vida como naufragio sirve para ilustrar el período helenístico, y también el nuestro. Nuestra época desilusionada no encuentra muchos motivos para la acción. El moderno Diógenes, si hoy saliera con su linterna a buscar hombres, lo encerrarían en un psiquiátrico.
Muy bueno este artículo sobre el cinismo.
Posted by: Arturo Capelle at Febrero 12, 2008 02:26 AM