Inmediatamente, los alocados miembros de la sección radical apoyaron la revuelta contra la trascendencia. Con un entusiasmo desmedido y una dicharachera insolencia (por supuesto, consideraban la insolencia un arte) acusaron a los partidarios de la trascedencia de cobardes ebrios de abstracciones, de tísicos anestesiados hostiles a la vida, de espiritualistas maestros grandilocuentes cuyas corbatas servían de lazo para sostener el cadáver momificado que era para ellos la vida, de estatuas disecadas incapaces de danzar al son de Nietzsche, de trasnochados platónicos agobiados por el peso de algo que, sencillamente, era una inversión falaz de la vida.
La inmanencia es la vida y nada más, la vida festejándose a sí misma en un gesto de desenajanación antropológica que baila sobre el polvoriento cadáver de Dios, es la fiesta de la muerte de Dios, ese Dios que secuestraba conciencias y que no era sino el pretexto de unos hombres para dominar sobre otros, dijo uno de los alegres y radicales conjuradores.
(hay que decir que la alucinada conjura contra la realidad significaba, para ser precisos, conjurar a favor de la realidad, lo cual implicaba negar la realidad existente, que ellos consideraban una falaz teleimposición orquestada por la concentración de los medios de comunicación, negar un sistema de dominación que reducía a los hombres a meras mercancías, a desvencijadas marionetas alienadas. La ideología neoliberal es prácticamente indistinguible de la ideología nazi, dijo alguien para promover la crispación e intentar sacudir las conciencias del generalizado letargo anestésico en que andan cómodamente sumidas)
Imprimieron camisetas en las citaban unas palabras del filósofo Gilles Deleuze: una vida es la inmanencia de la inmanencia, la inmanencia absoluta. Ella es potencia, beatitud completa, y que vestían insolentemente en sus discusiones con los partidarios de la trascendencia y de los Grandes Significados últimos situados en el más allá.
Posted by SeñorS at Mayo 31, 2006 03:37 AM