Mayo 17, 2006

Historia portátil de los soñadores heroicos II

Digamos que sus vidas (complejas, inagotables, como todas las vidas) fueron las de unos incansables conspiradores terriblemente (maravillosamente) inadaptados. Habitaban cada uno dentro su propio teatro esquizofrénico y amaban las marionetas, la niebla y los cigarrillos. Definían los libros como artefactos inquietos y peligrosos por cuyas invisibles grietas puede uno asomarse al jardín místico del sentido.

Hablaban a menudo del jardín.

Unos negaban su existencia objetiva, aduciendo que se trataba tan sólo de un jardín imaginario, de una proyección de nuestra conciencia subjetiva; los más radicales defensores de esta teoría llevaron su lógica hasta extremos paroxísticos: negaron la realidad del mundo exterior. Luego de este gesto irreverente de seductora radicalidad metafísca andaban felices y contentos, dando saltos y aplaudiendo cualquier cosa, aplaudiendo el hermoso espectáculo de un mundo por fin inexistente, de un mundo artificial, frágil, con un perfume de flores de plástico embriagador y excitante; se prendaban inevitablemente, entusiasmados, de cualquier filosofía que declarara al mundo mera ilusión, un sofisma mágico, como decían frecuentemente, sin saber qué demonios es un sofisma mágico. Esta sección de los soñadores heroicos la componían individuos alegres, asustados, radicales (hay que ir a la raíz, decían). Tal vez tengan razón los que dicen que la timidez nos vuelve medio locos. Esta sección la componían los tímidos más locos: se tenían a sí mismos por superhéroes de la voluntad entregados por completo a la construcción de mundos a través de la escritura. Sufrían alucinaciones compartidas: todos veían ciudades submarinas que formaban un mundo ilimitado, probablemente finito.

Las palabras -dijo uno de los alegres y asustados jugadores radicales- no se ajustan al mundo de los hechos, muy al contrario se empeñan en destruirlo, se empeñan en la aventura insensata de buscarles un sentido.

Otro jugador radical le hizo notar que, puesto que el mundo no existía, había que poner el acento en la construcción, no en la destrucción; concretamente en la construcción de arquitecturas verbales fantasmales, según sus palabras.

Los que habían leído a Kant (una sección distinta, auqnue no por ello opuesta, a la de los alegres, asustados, tímidos y locos jugadores radicales) estaban convencidos de que el jardín era la cosa en sí, o un postulado de la razón práctica, o de la razón de la práctica artística, o algo así: las discusiones entre kantianos fueron muy confusas, tediosas, llenas de tecnicismos y de precisiones y correcciones en el uso de dichos tecnicismos. La sección radical se aburrió mucho durante estas discusiones y conjuró contra los kantianos bostezando sin parar, con la traviesa intención (en el fondo eran niños traviesos) de contagiar sus bostezos a la sección kantiana, minando a sí su poder y destronar el discurso sobre los límites, que amenazaba con volverse hegemónico.

Los místicos, por supuesto, alegaban que ellos habían sobrepasado el límite y tenían un conocimiento directo, revelado, del jardín. Su experiencia en lo inefable era, desgraciadamente, incomunicable.

Durante mucho tiempo se vio a los conspiradores pasear taciturnos por las invernales calles de su ciudad, malhumorados y obsesionados con el misterio del jardín, melancólicos: anhelando entrar en el jardín y sabiendo, al mismo tiempo, que su empresa rozaba la locura. Nadie ha entrado nunca, ni siquiera sabemos si existe, se quejaban, con cierta amargura.

El desánimo, sin embargo, fue pasajero. Un día, sin más, dejaron de lanzar metafísicos e inútiles lamentos al aire y decidieron convertirse en auténticos héroes de la voluntad. Se impusieron una disciplina rigurosa de lecturas compulsivas y discusiones extenuantes, y de mucha cerveza, muchos cigarrillos y mucha poesía, que al final es siempre triste, pero que también es siempre hermosa.

Hubo muchas definiciones de los libros. Los libros son campos trascendentales sin sujeto. Los libros son chispas del fuego eternamente vivo. Los libros son máquinas creadoras de mundos contradictorios, etc.

Tal vez continúe

Posted by SeñorS at Mayo 17, 2006 01:39 AM