Los soñadores heroicos (perezosos y, sin embargo, a su modo, héroes de la voluntad) acabaron realmente mal. Sus vidas disparatadas son como historias ficticias que nos contamos en voz baja las noches de verano, como secretos fascinantes, pero muy peligrosos, secretos para imaginar en silencio, a solas, con la mirada perdida vagando a su antojo. Chicos perturbados por el temblor de las estrellas, fumando en diminutas habitaciones de alquiler, imaginando más allá del papel amarillento de sus viejos libros otros nuevos mundos inverosímiles y menos insoportables.
Su fracaso contagia al mundo de una poesía feroz de cielos grises y trenes oxidados alejándose en las noches de lluvia, de pañuelos perdidos en el horizonte, de un viento frío golpeándote las mejillas.
Los soñadores heroicos mantenían la alucinante tesis de que es posible destruir la realidad mediante la plena dedicación a la labor artística. A dicha tarea se dedicaron, inclusive con menoscabo de su ya de por sí frágil salud física y mental. Idearon un sistema de vida rigurosamente chiflado, aunque a veces también estaban tristes y entonces necesitaban urgentemente dar largos paseos solitarios por el campo, sintiéndose poetas románticos profundamente incomprendidos, a punto de lanzarse por un acantilado cuyas fauces de niebla se representaban como la ebriedad poética en su máximo apogeo.
Su chifladura no puede ser entendida sino como una respuesta desesperada a la confusa situación existencial que les tocó vivir. Si a menudo se comportaron como niños irresponsables y caprichosos no nos cabe duda de que en el fondo latía, tercamente, una angustia metafísica: el mundo exterior se les figuraba una abrumadora complejidad ininteligible.
Acabaron mal, es cierto: algunos reían con una risa hueca profundamente angustiosa, otros cantaban borrachos derramando lágrimas sobre la almohada.
Los soñadores heroicos fueron los chicos tímidos que paseaban por los pasillos del instituto con el walkman a todo volumen y que odiaban a los imbéciles que sacaban buenas notas.
Acabaron mal.
Su fracaso, sin embargo, es la más resplandeciente victoria.