Abril 24, 2006

Conversación con el anciano poeta

Y lo cierto es -dijo el anciano poeta apurando su cigarrillo y con la mirada triste vagando por las nostalgias infinitas de un verso soñado- que yo nunca esperé conseguir nada de la literatura, nunca pensé en ser un escritor famoso, o tal vez alguna vez sí que pensé en ser un escritor famoso, pero oculto, sobre todo oculto, tipo Salinger o Pynchon, extravagante y genial, pero sobre todo oculto, experimentando en las sombras con palabras, palabras que pensaba extraer a mordiscos y a gritos de la noche y del alcohol. Cuando contaba apenas catorce años me gustaba sentirme muy solo y muy maldito y leía todas las noches con una mezcla explosiva de desesperación y de entusiasmo, y creo que nunca disfruté tanto leyendo como en aquella época ya lejana en la que yo no tenía ni idea de nada pero estaba seguro de que me iba a comer el mundo, no sabía cómo, pero me lo iba a comer, me lo iba a comer entero y no había tiempo que perder. Escribí cuatrocientos poemas horribles que por el bien de la literatura mundial han desaparecido de la faz de la tierra. Eran poemas realmente malos, horribles. Sin embargo nunca fui tan feliz escribiendo. En aquella época creía que nunca viviría más allá de los veinticinco años y tenía ideas delirantes de omnipotencia mágica, era un narcisista tarado incomprendido por todos los que me rodeaban, y tampoco yo me comprendía muy bien. Ideas delirantes, sí, estaba convencido de que si miraba con la intensidad suficiente cualquier cosa ésta se transfiguraría repentinamente en un objeto mágico que revelaría el enigma del universo. Cosas así, me pasaba los días absorto en mis pensamientos, o lo que fueran aquellas imágenes fulgurantes que me atravesaban el cerebro, y todo lo demás me importaba una mierda. Sacaba buenas notas, jugaba al fútbol, mi conducta era aparentemente normal, pero yo estaba siempre ocupado en otra cosa. Pero si alguien me preguntaba qué era esa otra cosa que me atría tanto no sabía responder, me ponía rojo de verguenza, porque no existían palabras para describirla, balbuceba incoherencias y me encogía de hombros. No sé, decía, hay que vivirlo, de nada sirve que yo te explique nada si no lo has vivido. Aun hoy, siendo un anciano, no sé explicar nada y balbuceo incoherencias, igual que a los catorce años, aquellos catorce años en que recibí mi primer beso y toqué por primera vez las tetas a una chica de mi clase, sintiéndome el ser más afortunado del universo, porque las tetas son lo más precioso, poético y enigmático que cabe encontrar bajo el firmamento. Citaría hoy las palabras de Maurice Blanchot, que para mí dan en el blanco de la experiencia estética de la escritura: escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación. Eso es todo, y no es poco. Tal vez mi concepción de la literatura peca de ingenua, se olvida del mercado y de todo ese rollo, pero, en cualquier caso, sigo y seguiré creyendo que la mera disposición a la escritura justifica por sí sola el teatro absurdo del mundo. Ya se sabe, hay unos cuantos libros y unas cuantas mujeres y el resto es un horrible desierto de hastío. El éxito nunca me importó, o me importó más de lo que me gustaría reconocer, porque no debería importar nada: ya ves que soy viejo y sigo siendo un ingenuo empedernido: probablemente todos los poetas seamos idiotas. Recuerdo que no soportaba a los pobre diablos que aspiraban a convertirse en escritores, precisamente porque yo no aspiraba a otra cosa en la vida, y como que me molestaba aquella turba de tarados egocéntricos, probablemente tan asustados como yo, tan borrachos y tan lunáticos y tan desamparados como yo. Hoy siento una ternura infinita por todos esos jóvenes locos y valientes, sobre todo por los más torpes, por los que emborronan sus cuadernos todas las noches con poemas cursis a las novias que nunca tuvieron y cometen faltas de ortografía. Ahora que noto el aliento de la muerte muy cerca de mi nuca me aburren las interminables polémicas entre escritores y sólo deseo descansar al abrigo de los recuerdos inventados que configuran mi biografía, y recuerdo unas palabras de Shakespeare, a quien mi bisabuelo leía la noche en que la muerte le sorprendió sin aviso, leyendo, porque aquel viejo tan loco o más que yo pasó sus últimos años leyendo sin parar... Morir, dormir... ¡Tal vez soñar!

Posted by SeñorS at Abril 24, 2006 04:34 AM