Abril 12, 2006

Fragmentos de las memorias del espectro insomne

Por aquella época yo fumaba muchísimo, no creía en nada y sólo quería que me dejaran en paz. Fantaseaba mucho con la posibilidad de abandonarlo todo, de huir, de largarme a un lugar muy remoto, a un lugar con mar. Allí pasearía por la playa, vestido únicamente con un bañador, fumaría despacio un cigarrillo, con la mirada fija en el mar, y poco más, no haría muchas cosas más, ¿para qué?, sentiría el frescor de la brisa nocturna, respiraría hondo.

Lo cierto, si he de ser sincero, es que yo no tenía propósito alguno en la vida. Literalmente, no me proponía nada, pero bueno, no sé. Yo fumaba y fantaseaba y en esas dos actividades, básicamente, consistía mi ser. Digamos que mi modo de ser era inseparable de mis, a veces extrañas, fantasías introspectivas: yo era mis fantasías, el mundo y los demás eran personajes extraños, una amenaza latente y borrosa.

Hubiera sido del todo inútil emprender una huida verdadera. Inevitablemente, entre el lugar de mis sueños y cualquier otro lugar de verdad se produciría una disonancia que lo arruinaría todo. Yo era consciente de mis peculiares relaciones con el mundo, de la suprema extrañeza que éste me provocaba: sentía que se imponía ante mí como una certeza implacable, desoladora, cruel incluso. Así que yo me refugiaba en mí mismo, cada vez más, como si fuera una isla.

Durante mi primer año en la Universidad solía, muchas noches, escuchar música y beber vino barato mientras leía en una minúscula habitación alquilada. Estaba solo pero aun así lo pasaba extrañamente bien. Digo extrañamente porque lo que hacía era fingirme el personaje atormentado de una novela rusa, o un poeta maldito arriesgando su vida por nada, algo así, no sé. Ya digo que yo vivía en mis fantasías, que yo era mis fantasías, y que el mundo me parecía apenas un correlato imperfecto de las mismas, tan enmarañado y obtuso que yo no comprendía ni quería comprender, porque yo sólo quería ser poseído por la música, por el mundo, por alguien o por lo que fuera que me embriagara hasta el punto de olvidarme de mí mismo. Lo mío era una especie de huida imaginaria amenazada por peligros reales. Un juego peligroso. Peligroso, y sin embargo atractivo, tan atractivo que era imposible no sucumbir a su extraño fulgor.

Fumaba mucho, demasiado, fumaba para pasar el tiempo, y leía, a veces también leía, y ni siquiera me importaba comprender el significado de lo que leía, ni si leía mucho o poco o bien, porque el mero hecho de leer era ya suficiente para dotarme del coraje necesario para frontar el sinsentido de la vida.

Sí, creo que en aquella época yo era más o menos así, más bien tímido y solitario e incapaz de afrontar el mundo real, o no exactamente incapaz porque lo que en realidad pasaba es que no tenía ganas de afrontarlo: a mí el mundo real me importaba una mierda y además me molestaba mucho.

Estaba muy delgado, pesaba muy poco, no creía en nada y sólo quería que me dejaran en paz. Quería que me dejaran en paz para poder pensar cómodamente, pero también quería todo lo contrario, no sé, quería muchas cosas opuestas a la vez, la verdad. Que la realidad estallara en mil pedazos y también fundirme con ella en un abrazo místico. Algo así, no sé.

Y, bueno, recuerdo especialmente la última noche del primer año que pasé en la Universidad. Ya habíamos acabado los exámenes y yo estaba eufórico, borracho, feliz, reía y hablaba sin parar. Me había despedido de los demás y caminaba yo solo, de regreso a casa, con una fumada de campeonato, mirando las calles, iluminadas ya, tenuemente, por un sol incipiente. Sonreía sin querer al recordar los acontecimientos ya fantasmales de la noche y me sumergía en las acogedoras brumas del sueño...

Posted by SeñorS at Abril 12, 2006 02:50 AM