Marzo 22, 2006

Fragmentos del diario de un joven aspirante a poeta, hallados en el cajón de una casa abandonada

4 de febrero de 1930

Largos paseos nocturnos por las calles vacías. Alquilé una habitación en una pensión. Apenas tengo dinero para comer porque me lo gasto todo bebiendo en las tabernas con mis compañeros de facultad. No debería hacerlo, lo sé, debería estudiar más, centrarme, esas cosas. Todo sería más fácil si lograra abrigar alguna certeza en mi interior, si lograra configurar un espacio, algo así como una burbuja, una pompa de jabón. Me consuelo pensando que hubo otros chicos, otros aspirantes a poetas tan caóticos, tan inestables como yo. No es buen consuelo, no funciona. A veces pienso que no me queda más remedio que imitar el desmedido gesto romántico de aullar como un pájaro herido y solitario, ese aullido que es como lanzar una botella al mar, sin esperanza, o con una esperanza tan remota que sobrepasa el ámbito de lo posible. No sé, padezco de insomnio. Veo la realidad ante mis ojos, pero todo sucede como una fantasmagoría lejana, que no me concierne, como una danza frenética y sin sentido. Sin sentido, porque yo no comprendo.

Me emborracho en las tabernas con mis amigos y nos reímos mucho, me siento alegre, siento cómo el peso de la existencia se aligera, se evapora, flota en el aire, como una pompa de jabón; entonces la brisa fresca de la noche me parece el paraíso, dejo de pensar y me entrego inconscientemente al inocente devenir. Sin embargo, soy un ser extraño, y lo odio: lo único que quiero es ser normal, pero yo no sé qué es eso de ser normal.

Sé que los poetas románticos acabaron mal, murieron jóvenes, lejos de casa. Y lo único que buscaban en sus viajes era una casa. Ya lo dijo Novalis: ¿a dónde vamos? A casa, siempre a casa. Pero no puedo dejar de identificarme con su desamparo, por muy mal que acabaran: todas esas interioridades torturadas, todas esas almas desgarradas, me conmueven. Sin embargo muchas veces me disfrazo de chico normal, disfrazo mi insólita dificultad para relacionarme con el mundo y con las personas, para relacionarme conmigo mismo incluso, y voy a clase y digo chorradas más o menos ingeniosas y la gente se ríe y el aullido de la nada se silencia unos instantes. Pero en los recovecos ignorados de mi ser late siempre, implacable, una melodía disonante de tristeza irremediable.

Hay un poema que dice, que advierte: no te acerques a los poetas, son unos monstruos horribles, unos monstruos de soledad. No sé por qué se me quedó grabado en la memoria.

Derramo lágrimas ante la noche: fui feliz, fui triste, ¿qué será de mí, narcisista tarado lindando el terreno de la esquizofrenia? Estoy harto de ser yo, me voy a llorar con las estrellas.

Posted by SeñorS at Marzo 22, 2006 02:06 AM