La antropología despeinada define al hombre como un mono inquieto que habita en un teatro psicótico.
Dicho mono inquieto carece de una esencia, y no porque la existencia preceda a la esencia, como decía ese francés tan feo, el señor Sartre, sino porque, sencillamente, carece de esencia. En realidad sospechamos de todo pensamiento esencialista. En realidad no sospechamos sino que, en un gesto de atrevimiento no exento de cierta soberbia (aunque tampoco exento de cierta alegría intelectual que concibe el pensar (y pensar es una acción, ni más ni menos real que otras acciones, sólo que nuestro anclaje en una metafísica clásica de la presencia nos invita con mucha terquedad a considerar únicamente como real lo que se nos aparece en la percepción (y la percepción no es nunca la captación inmediata (impostura de la inmediatez) sino que está configurada por toda una tradición socio-cultural (el cine modifica el modo de percibir) como un juego) decimos que el pensamiento esencialista es falso. (Casi me pierdo con tanto paréntesis (pero el pensamiento es asociativo (impostura de la linealidad (linealidad ligada a la imprenta y que Internet está modificando) y no salgo). El mono inquieto carece de esencia, decíamos. Según un mono con unas neuronas muy inquietas (o no tanto, en realidad eran unas neuronas neurótico-obsesivas incapaces de pensar en otra cosa que no fuera crear una ontología fundamental, pero sobre esto pensó mucho), el señor Heidegger, la esencia del hombre pertenece a la verdad del ser. Bueno, esa frase es muy guay, podemos aceptar el advenimiento de la verdad del ser como aquello que esperan los místicos o los románticos atormentados y excitados con la idea de infinito. No obstante, pensamientos despeinados declara que esto es como esperar a Godot. Sí, esperar la revelación de la verdad del ser es como esperar a Godot. Pensamientos despeinados, asimismo, aventura la hipótesis que da razón del porqué de esta espera, de la espera de un super-mega-Acontecimiento que de Sentido en medio de este embrollo de sinsentido. La explicación es lacaniana: la realidad es no-toda, hay una insuficiencia ontológica, la insuficiencia de lo real, la sensación de incompletud de lo real, la causa del deseo. El amor vedría a suplir esta falla ontológica, lo cual es muy bonito (aunque expresado en términos tan irritantemente teóricos las cualidades de lo bonito se pierden bastante) aunque sigue siendo enigmático.
Pero estaba hablando contra la concepción esencialista del hombre. O sea, la pregunta por la esencia de algo es la pregunta "¿qué es?". Sin embargo referida al hombre es una pregunta errónea. Hay que preguntar "¿quién?", no "¿qué?". Si hacemos caso a Wittgenstein las preguntas por la esencia no pueden tener respuesta. La esencia pertenece al plano de lo místico y de lo místico no se puede hablar, así que mejor es callar. El mundo nos ofrece formas, no esencias.
Si algún lector ha llegado hasta aquí, soportando estoicamente estos arrebatos de incontinencia filosófico-verbal, debo advertirle que todo lo que ha leído es producto de su imaginación y alégrese de no convivir conmigo, porque si no tendría que soportar muy a menudo esta clase de arrebatos :)
Posted by SeñorS at Marzo 21, 2006 12:22 AM