Marzo 20, 2006

Escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación

Una voz narra un cuento con brujas y carreteras que se pierden en la noche. Una voz en la cual las palabras cobran una dimensión mágica. Nos encontramos en una época lejana envuelta en brumas mitológicas, anterior a la escritura, cuando sólo se pensaba en imágenes. Hay una bruja tuerta con un ojo de cristal que viaja en su escoba por una carretera verde fosforescente que se pierde en la lejanía: se ven las paralelas tocarse en el horizonte. Hace frío y un corro de niños asustados en torno a una hoguera escuchan la voz mágica. La voz empieza a narrar: érase una vez una bruja, érase una vez una carretera que nadie sabía a dónde conducía. Y un niño temerario quiso adentrase en el misterio de la carretera. Otro niño tenía miedo de la bruja. Otro niño dijo: las brujas son hadas, sólo que se bebieron la sangre del fruto prohibido. Los niños extraviados salen de su casa por las noches y recorren la extraña carretera verde que nadie sabe a dónde conduce, porque nadie ha vuelto, continúo la voz. Jamás nadie ha vuelto y la bruja sonríe como si supiera algo que todos los demás ignoran, la bruja tuerta con un ojo de cristal.

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Como una llama extinguida o un susurro se asoma la noche y se alejan los coches, por carreteras que nadie sabe a dónde conducen, y el chico ensimismado se asoma a la ventana, se sumerge en el fondo (puede que no haya fondo) de sí mismo, o del susurro de la chica que se alejó por una carretera que nadie sabe a dónde conduce.

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Traté de morder al viento, y el viento me miró con tristeza cuando le dije que él era el culpable de arruinar todas las casas de palabras que yo construía. No soy yo, dijo, es que todas tus casas tienen a la nada por cimientos.

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El cálido roce de una noche de verano me envolvía y dije: somos una máscara de la nada y bailamos alegremente en noches como ésta para espantar a la muerte. Dije esto en la oscuridad, estas palabras de borracho lunático, y era reconfortante decir estas palabras lunáticas al abrigo de la noche.

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Escribir es hacerse eco de lo que uno no puede dejar de hablar, dijo Maurice Blanchot, y también: escribir es participar de la afirmación de la soledad donde amenaza la fascinación.

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Quisiera huir, pero el subjuntivo lo tiñe todo de fantasmagoría y literatura.

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Bailo con la noche, me emborracho con las estrellas que ya no existen, cuya luz, o el eco de su luz, aún nos llega.

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Heidegger: ¿Qué es Metafísica?
Señor S.:¿Y tú me lo preguntas? Metafísica eres tú.

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Cardiología poética: y los corazones, hartos de estar encerrados en el pecho, se lanzaron a la imposible conquista del cielo nocturno.

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Fragmentos del diario de un joven aspirante a poeta, hallados en el cajón de una casa abandonada:

13 de Septiembre de 1928

Sé que hay barcos diminutos navegando en los charcos que formó la estrepitosa tormenta de ayer, sé que sus diminutos pasajeros temen el naufragio que sin duda sucederá. Cuando piso sin querer un charco lloro porque sé que he provocado sin querer una horrible tragedia. Deposito flores en los charcos, me arrodillo y lloro. Mi madre dice que estoy loco. Mi psiquiatra dice que estoy loco. Todo el mundo lo dice. Sin embargo, no es cierto, ellos no conocen, ellos no saben. Si supieran, la inmensa, dolorosa belleza que cabe en cosas tan diminutas como un charco de lluvia...

26 de octubre de 1929

Hoy cumplo 19 años. Laura me besó y yo quería decirle que el mundo más allá de sus labios me parecía un desierto inhóspito. No le dije nada. Luego paseé yo solo por el campo imaginando versos, versos para laura, muy cursis y muy malos. Debo leer más. La poesía es una batalla peligrosa.

30 de noviembre de 1929

Hoy ha nevado. La nieve me gusta: hay sonrisas que suenan como un copo de nieve girando en el aire y ojos que brillan como nieve derretida iluminada por el sol cansado de la tarde y saliva de labios capaz de calentarte fría tardes nevadas.

Posted by SeñorS at Marzo 20, 2006 02:43 AM