Mi descabellado propósito, que algunas mentes obtusas no dudarían en calificar de ridículo e incluso de demencial e inútil, consiste en caminar contra el viento en dirección al horizonte y pisar la línea que divide el cielo y la tierra. Es mi proyecto vital, lo que deseo más que ninguna otra cosa en el mundo. Es como si en el fondo de mi alma (suponiendo que haya un alma y que ésta tenga un fondo) habitara el ancestral deseo de habitar en la ficción, de bailar con los fantasmas y con los recuerdos inventados. O tal vez, también, el deseo de huir, que es un deseo parecido al de desaparecer, sólo que un poco menos radical o un poco más factible. Un revoltijo de deseos desconectados de la realidad. Me lo dicen a menudo, que vivo como desconectado de la realidad. Puede ser, no sé, siempre es un misterio cómo nos ven los demás, aunque también es un misterio como se ve uno a sí mismo. Y el mundo también es un misterio, y también las explicaciones del mundo son misteriosas: todo eso del big-ban parece un cuento de ciencia ficción, sinceramente.
El caso es que nadie lo ha intentado, pisar la línea del horizonte. Dicen que no se puede y se regodean orgullosos en sus ideas claras y distintas, muy racionales ellos. Yo les replico que cómo les es posible vivir pensando de una forma tan aburrida, que parecen pájaros disecados apoltronados en sus sosas (aunque seguramente reconfortantes) ideas preestablecidas, pero me miran como si fuera un tarado, un pobre diablo que no entiende nada. No se puede, dicen, pero yo sigo con las raras fantasías de niño ensimismado incapaz de comprender el mundo, que construye un refugio desde el cual mira caer la lluvia sobre la línea borrosa del horizonte, desde el cual mira esa lejanía sin límites y se entrega con una sonrisa en los brazos del viento.
Sueño con esa lejanía sin límites. Vivo obsesionado con mi proyecto. Me veo a mí mismo llegando un día lluvioso a la entrada de ese mundo, (porque entorno a la línea hay todo un mundo, inagotable) poniendo mis pies sobre los contornos desdibujados de esa fantasmal geometría, de esa línea que huye, que se aleja sin moverse, ajena a mis deseos, ajena y enigmática como una estrella brillando solitaria en el cielo de la noche, con su silencio estremecedor. Es como si un fantasma moviera la línea del horizonte, o mejor, como si la línea misma tuviera propiedades fantasmales o fuera la constatación de que lo fantasmal y lo real están anudados, de que conviven en el mismo plano, como sobre la cinta de Möbius, y separarlos mediante una línea que no se puede traspasar fuera una falacia, una falacia que hemos aceptado sin más ni más durante mucho tiempo, pero una falacia al fin y al cabo, como si entre estos dos mundos, lo fantasmal y lo real, hubiera innumerables vías de comunicación, un desfile incesante de viajeros que van y vienen de un mundo a otro, como si lo real fuera, directamente, indistinguible de lo fantástico.
Lo que quiero es irme a vivir a ese mundo construido sobre los fundamentos de la geometría fantasmal, a ese mundo que es también éste, pero que se nos deshace entre los dedos al intentar asirlo. En el libro Meditaciones sobre la ontología de la geometría y su sustancia fantasmal, se nos dice que las líneas, curvas, triángulos, paralelogramos, hexágonos, pentágonos, cubos, cilindros y esferas no viven en el espacio abstracto y muerto, sino en el espacio vital, poético, cambiante y borroso. Un espacio donde la niebla es el vaho de los fantasmas.
P.D: la atmósfera musical de este cuento, el espacio soñado objeto de deseo, es Vespertine, de Björk. La música es matemática fantasmal. Imaginen el sonido de la lluvia. Por cierto, los videos de Björk son de mis obras de arte preferidas, sin duda.
Posted by SeñorS at Marzo 11, 2006 07:34 PM