Soplaba un viento feroz la noche en que decidí salir a dar un paseo e inexplicablemente me perdí entre las calles de mi propia ciudad. Violentas ráfagas de viento sacudían de vez en cuando el silencio cada vez más denso en que se sumergía la ciudad. Ya no quedaba gente, era muy tarde, todo estaba cerrado. A lo lejos escuché el sonido de unos tacones, que llegaba en sordina. Probablemente alguna mujer pantera que quería matarme… No, porque los tacones se desvanecieron en la noche y nuevamente el silencio lo invadió todo, un silencio aún más denso, más amenazante, casi como un grito ahogado. Prendí un cigarrillo y traté de serenarme. Traté de serenarme pero lo cierto es que cada vez estaba más nervioso. Caminaba muy deprisa, reconocía las calles, pero había pequeños detalles, casi imperceptibles, pequeños detalles que producían un halo de extrañeza, una atmósfera de cuento de terror que se superponía a la familiaridad de esas calles por las que transitaba a diario, una amenaza sorda que ya había sentido antes, cuando era pequeño y todas las noches sufría pesadillas y me despertaba y la luz del pasillo ya estaba apagada y corría a la cama de mis padres. Pero ahora estaba despierto y ya no era un niño asustadizo. Había salido a dar un paseo y me había perdido. Prendí otro cigarrillo, traté de serenarme. Decidí caminar y caminar, sin más, sin pensar en encontrar el camino de regreso. Tal vez el camino de regreso, sencillamente, no exista. Me froté los ojos, miré alrededor: nadie, calles vacía, bares cerrados, ni siquiera coches atravesando el asfalto húmedo, sólo silencio, el aullido de la nada, una pesadilla infantil. Alguien ha apagado la luz del pasillo.
Posted by SeñorS at Marzo 7, 2006 02:37 AM