Estaba yo muy entretenido escuchando cosas sobre la dialéctica según Platón, Aristóteles, Hegel y demás compañía de altos vuelos filosóficos, cuando noté una sensación no del todo agradable en la boca. Exploré con la lengua el lugar del que provenía esa no del todo agradable sensación y descubrí la terrible verdad: coño, me está sangrando la encía justo en el lugar donde se encuentra sepultada una juiciosa muela.
Así que salí de clase con mi cara devenida careta pálida y tratando de equilibrar la tensión, que ya notaba bajar precipitadamente hasta desembocar en la consabida pérdida de consciencia, con el consiguiente desplome y aturdido despertar en el suelo entre caras borrosas con bocas preguntando ¿estás bien?, me enjuagué la boca y me dirigí a casa con una expresión que, a los transeúntes, ignorantes de mi no del todo agradable sensación bucal, debió de parecerles la de un asesino suelto con unas ganas irrefrenables de matar a todo el mundo. Pues bien, con mi panic attack bajo el brazo cogí el bus para venir a León y que la dentista me confirmara lo que ya sospechaba, que la cruel fortuna se había ensañado conmigo (¡pero si yo no la he hecho nada a la dichosa fortuna!): hay que extraer esa condenada muela del juicio.
En fin, con la otra sólo me sucedió lo siguiente: nada más cortar la encía me desmayé (es una sensación no del todo agradable), luego tardó una hora en sacar cachito a cahito la condenada muela, luego estuve una semana entera con fiebre y casi sin poder comer (ni fumar), los puntos me molestaban (tener puntos en una encía es una sensación menos agradable que tenerlos en, por ejemplo, la cabeza, incluso uno echa de menos tener siete puntos en la cabeza cuando tiene tres en una encía).
Posted by SeñorS at Febrero 17, 2006 06:25 PM