En realidad nunca existí, espectro de mirada triste o trago de cerveza helada, alguien, al final de la noche, posaba palabras en mis labios y yo escuchaba obnubilado, agitado en el viento como un pañuelo absurdo, o como una marioneta a la que han cortado los hilos y se mueve torpe y caprichosamente, sin destino. Porque un día me convertí en el viajero del destino roto, cayendo de un sueño a otro, y los pedazos rotos dibujaron la silueta de la belleza asustada, y tuve miedo y sólo quería estar solo, estar solo porque Wendy nos traicionó y yo soy demasiado cobarde para existir así, a la intemperie.
El caos irrumpió en mi vida como un dios atractivo y peligroso, un dios travieso, incomprensible, y las ojeras de los locos soñadores decoraron mis ojos rasgados. Salía a la calle y la más ínfima variación en la intensidad de la luz me sumía en un viaje frenético por estados de ánimo alucinados. Una voz ebria aullaba en mi interior, un barco ebrio, tierno y rabioso, lanzaba puñetazos contra el mundo. Luego dormía arropado por sueños narcóticos, como si nunca más fuera a amanecer, como si fuera posible un mundo sin reproches.
Hubiera vendido mi vida al demonio de los ensueños sin dudarlo. Mi vida era una tontería sin importancia. Además todo era absurdo y no soportaba la caricatura de los sueños en que consistía la realidad. Me daban consejos: céntrate, no bebas tanto, no leas tanto, haz deporte. Qué lejos de las ganas de sintonizar con la música de las esferas me parecían esos seres perfectamente acomodados en sus sosos convencionalismos. Me decían qué raro eres, y yo no entendía nada, si yo tan sólo trataba de sobrevivir a los días iguales, al cruel Cronos que nos devora sin remedio. No entendía nada y no sabía qué cojones hacer con el miedo, no sabía qué cojones hacer con la nostalgia de lo que nunca sucedió.
Así que empuñé un litrona de cerveza, prendí un cigarrillo y contemplé el misterio de la noche.
Como no deseaba hacer nada más pensé que me estaba volviendo loco, pero yo adoraba la locura, como una palabra dadá más.
No sé si las palabras son capaces de expresar la belleza de las ruinas crepusculares, el insólito temple de ánimo que sintetiza el dolor, la tristeza, el entusiasmo, la belleza, el desgarro, el delirio, la alegría, la angustía... cóctel estético para saborear en noches como esta, porque en noches comos esta, querido fantasma, te tuve entre mis brazos, y te desvanecías...
Nunca existí, me fingí canto desolado. Los libros apilados sobre mi mesita no respondían, pero tuvieron la gracia suprema de aliviar mi miedo con sus abrazos desinteresados.
Y seguramente seguiré cantando mi canción idiota sobre la alquimia del verbo, seguiré ebrio, seguiré triste, seguiré feliz.
Posted by SeñorS at Febrero 14, 2006 02:47 AM