La profesora de metafísica me odia porque sospecha que no soy ni físico ni metafísico sino un patafísico (que no sé qué es y precisamente por eso sé que lo soy) que saluda a los estudiantes de primero gritando: ¡el pensamiento es una mierdra! La buena señora traduce textos del alemán y por esa razón sabemos que es un ente de energía pura superior a los mortales comunes, con derecho a obligar a la chica que se examinaba delante de mí a guardar el móvil. Si es para mirar la hora. Que lo guardes. ¿Suponía que guardaba mensajes con la Metafísica de Aristóteles, la Fenomenología del espíritu de Hegel y El Ser y el Tiempo de Heidegger?¿De ser así qué más da si nadie ha leído esos libros?
En otro orden de cosas, a ver cuando la gente deja de fumar porque el Ducados rubio se agota enseguida de los estancos, obligándome a comprar light y a fumar el doble.
En otro orden de cosas, los pasillos de mi edificio huelen a gas, así que es muy probable que explote y todos salgamos volando por los aires. Por una parte, está bien, así no tendré que estudiar. Por otra, había bajado un montón de películas que quería ver, de Peter Greenaway, de Win wenders, de Jim Jarmusch. Tampoco quería morir sin ver Al final de la escapada, de Godard, y me apetecía mucho emborracharme cuando acabaran los exámenes.
Discurso para el funeral del Señor S.
No fue un gran hombre. Pesaba cincuenta y ocho kilos. Fue más bien un tirillas-hombre. Sus últimas palabras fueron qué se le va a hacer. Si bien parecen triviales, fútiles, vulgares, superficiales, desprovistas de la trascendentalidad que se asocia a unas últimas palabras, son, sin embargo, humilde, modestamante ciertas porque qué se le va a hacer, ¿eh?.
En su habitación quedaron paquetes de tabaco vacíos, latas de coca-cola vacías, litronas vacías, bolsas de pipas vacías, cajas de Cds vacías, un vacío que, si nos ponemos en plan poético, evocaba nada más y nada menos que el vacío. No era un hombre de acción. No hacía muchas cosas: fumaba, de vez en cuando leía, bebía, de vez en cuando veía películas... ni siquiera se afeitaba, le daba pereza. Tampoco bailaba. Puede que borracho alguna vez bailara, pero él no se acuerda de eso. Sí recuerda que una vez, borracho, tuvo que huir de los tunos con unos amigos. Los tunos le odiaban y él odiaba a los tunos. También odiaba a Pérez-Reverte. A Bolaño no le odiaba sino todo lo contrario. En fin, poco más, era vago y astigmático. Cuando se quitaba las gafas todo a su alrededor se volvía borroso. Usaba tres carnets para sacar libros de la biblioteca y siempre se olvidaba de devolver los libros. Igual que Duchamp, era un hombre sin inconsciente, lo cual no quiere decir que no fuera un hombre inconsciente.
Como últimas palabras, aunque sean apócrifas, quede está boutade, dicha con terminología tarantiniana: la vida es jodidamente divertida y jodidamente triste, lo cual demuestra que la vida es una jodida contradicción
Posted by SeñorS at Enero 18, 2006 06:33 PM