Últimamente escucho mucho a Lou Reed. Me gusta ese viejo yonki. Pasé horas imaginándolo tocar en un garito sucio de Nueva York. El viejo Lou cantaba con una mueca de asco o de cansancio en la cara, como si estuviera harto de todo pero no supiera hacer otra cosa que estar ahí, con su guitarra, cantando casi como si hablara, cantando con la voz triste canciones hermosas que son abandonadas en los charcos de una ciudad inmensa, en la que todos los ciudadanos se desconocen entre sí y vagan como sonámbulos, en medio de un enjambre de sueños rotos. Lou vestía de negro, una cazadora de cuero negra y yo bebía whisky aunque a mí no me gusta el whisky. Estaba hipnotizada por ese halo de suciedad y desencanto que flotaba en el ambiente, o simplemente estaba borracho. Del malditismo ya sólo quedaba la pose, una careta que escondía un vacío, pero ese vacío podía ser también un mar sereno y podía ser una sonrisa de águila. Nos dejábamos llevar por la inercia. Nos emborrachábamos, nos aburríamos. Oí que alguien decía: tampoco se está tan mal. No se estaba tan mal y despúes del tercer whisky se empezaba a estar realmente bien. Podríamos pasarnos la vida entera escuchando canciones. Las guitarras eléctricas suenan e inundan los garitos sucios y caminamos con las botas gastadas por aceras mojadas. No se está tan mal, despúes de todo.
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Ganas de escribir como un payaso que sobrevolando el abismo se ríe a carcajadas, ganas de escribir palabras furiosas que asesinen al lector, y que en la silenciosa hora que sucede a la tormenta violenta una leve sonrisa configurada con jirones de astros caídos me envuelva, que un pájaro herido se pose en mis párpados y me prometa, sueños imposibles para seguir soñando, y que no amanezca ya nunca, barcos que se alejan, luces harapientas, que apenas si iluminan los contornos borrosos de delicadas muchachas que evaporan el frío de mis venas, la serenidad con que aletean misteriosas las ramas; cerrar los ojos y desaparecer, y a través de pasadizos secretos, con linternas y pasos urgentes, con el corazón palpitando, antesala de un descubrimiento increíble, llegar a la isla que no existe, donde la sed insaciable que te desgarra por dentro y el vagar perdido por los largos y desolados corredores se disuelven en un frescor de tierra mojada, en un horizonte de nubes de espuma sobre el cual reposar la mejilla, y el aire viaja a lugares remotos, y vuelve y nos cuenta historias, aventuras, y el crepitar de la hoguera no se apaga nunca, los ojos ya para siempre clavados en la contemplación de la nieve que cae, lenta, como una melodía de otro mundo, sobre tus labios y se deshace.
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Y ya ves, sigo aquí, perdido entre una maraña de deseos que no sé descifrar, roto como un espejo roto, que no refleja ya sino un canto desolado; y beso el cuello de la botella de cerveza y fumo un cigarrillo tras otro y escucho a Joy Division y la garganta me sabe a cenizas y no sé por qué pero me entran ganas de correr, ganas de correr furioso por las calles de esta ciudad, de correr sin parar para habitar por fin en ningún lugar, ganas de gritar muy fuerte, de gritar hasta romperme, ganas de gritar a nadie y a todos, por las calles heladas, por las calles inmensamente solitarias en las que, siempre, sin que sepamos por qué, alguien está llorando y no tiene a dónde ir.
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Por las carreteras nocturnas brillan los faros de los coches como peces fantásticos. Desde esta ventana imagino que viajan a lo desconocido. Yo también me desconozco. Prendo un cigarrillo. Que la brasa actúe de señal. Me perdí. Me invento señales de socorro. A lo desconocido. Viajeros intrépidos. Las carreteras están mojadas. El invierno, una sonrisa desmayada y frío. Por carreteras. Es de noche. Y tiembla una hoja, tan frágil. ¿Sobreviviremos?¿Encontraremos algo en algún lugar? Me desconozco, me pierdo, me busco. Caminar para nada, para caminar. Brillas en la oscuridad, parece magia. Pez fantástico, luciérnaga. Trato de alcanzar la serenidad perfecta. Hay que inventar un lugar. Hay que romper el mundo para nacer. Espío la vida a través de una extraña cerradura. Mis ojos no se detienen en lo que ven. Éxtasis contemplativo, yo sé del mar sereno y del mar furioso, escuché todas sus melodías, me las cantó al oído una noche en que andaba borracho, de regreso a casa, y el mundo me parecía un decorado en que mi alma se sumergía como en un mar que no existe. La dama melancólica llama con sus frágiles nudillos de cristal y me invita a vagar en silencio por la oscuridad que borra el mundo. Ian Curtis canta ahora, está caminando en silencio.
Posted by SeñorS at Enero 14, 2006 09:09 PM