-¿Qué piensa, Señor S., del colegio?
-Bueno, pienso que fue una farragosa travesía durante la cual trataron de imponerme los dogmas del sistema dominante. Creo que fue una institución carcelaria en la que se odiaba el pensamiento, destinada a controlar, y suprimir, cualquier gesto de espontaneidad, un cercenamiento del espíritu libre y una domesticación... además de tremendamente aburrido, nos trataban como si fuéramos idiotas, nos daban lecciones masticadas para que no nos atragantáramos, no me enseñaron nada ninguno de los profesores que tuve en el colegio, bastaba memorizar unas cuantas páginas sin comprender su significado y luego regurgitarlas en el examen... aprobé exámenes de matemáticas sin tener ni la más mínima idea de matemáticas, memorizando cómo se resolvían los problemas pero sin tener conciencia alguna del significado de los problemas. A pesar de todo, mis recuerdos del colegio son buenos, lo pasé muy bien en esa época, jugaba a fútbol, montaba en bicicleta, construíamos cabañas... estuvo muy bien; también recuerdo una redacción que me mandaron escribir, sobre los sueños, y escribí que me parecía muy desconcertante el hecho de tener que dormir, eso de apagar la conciencia y seguir tramas delirantes urdidas por la noche y sus fantasmas, algo así, con otras palabras, claro.
-¿De verdad piensa que no aprendió nada?
-Bueno, algo sí aprendí, claro, pero, en general, reinaba un ambiente en el que nadie creía de verdad en la educación, como si ésta fuera tan sólo un trámite inevitable para acceder al mercado laboral, nos educaban sin ganas, sin rigor, nos imponían normas de comportamiento, normas que no se cuestionaban y así, claro, pues nos parecía que su legitimidad era bastante dudosa.
-Usted era muy vago, no hacía nunca los deberes...
-No los hacía nunca, es cierto, excepto de muy pequeño, en primero de E.G.B, que saqué sobresalientes en todo, recuerdo que mi profesor era don José, un profesor muy simpático que ahora recuerdo con cariño, aunque al principio me asustaba, que se preocupaba mucho por mí, porque yo no hablaba nada en clase, recuerdo que a mis hermanos y a mí nos daba piñones... nunca he vuelto a comer piñones, por cierto; luego tuve un profesor absurdo y ultracatólico que nos obligaba a aprendernos y recitar el credo en clase y que pegaba unas tortas tremendas a los alumnos; a mí no me pegó nunca, pero igual yo estaba acojonado en clase cuando no sabía algo, por si me pegaba, así que me aplicaba bastante, pero aprender por miedo no es aprender, es sobrevivir, un hijo de puta, don Bernardino, un hijo de puta aunque, a su manera, seguramente era un buen tipo que creía hacer lo correcto, que creía que la letra con sangre entra, pero en mi opinión esto es un contrasentido y con la sangre sólo entra odio y resentimiento
-¿Se aburría mucho en el colegio?
-Sí, y en el instituto también. En el colegio me gustaba sobre todo cuando en clase de lengua nos dejaban leer cuentos. La profesora traía un montón de libros de unas diez páginas, y antes de empezar la clase teníamos que leer un libro, pero no nos mandaba comentarlos ni nada, sólo leerlos, y yo me leía tres o cuatro, si acababas rápido podías coger otro, hasta que todos terminaran, eran como pequeños reductos de libertad entre el soporífero transcurrir de las lecciones. También recuerdo que, en sexto, yo me negué a seguir asistiendo a las clases de religión (mi madre tuvo que ir a hablar con la directora y todo), entonces, en la hora de religión, nos íbamos con la profesora de historia a la biblioteca y allí leíamos libros, veíamos películas, otro pequeño oasis de libertad
-Entonces no fue una travesía tan farragosa...
-Probablemente no, no sé, pero no me saco de la cabeza la idea de que podía haber sido una experiencia mucho más rica de lo que fue en realidad, más abierta, más libre, pero también más difícil, porque en lugar de explotar nuestras potencialidades se limitaban a tratar de que aprobáramos, no sé, rebajaron el nivel muchísimo, al menos en mi clase, luego llegué al Instituto y suspendí siete asignaturas, los profesores me decían que muchas cosas de las que explicaban ya tenía que haberlas aprendido en el colegio... bueno, al final me puse a estudiar y recuperé las siete asignaturas, pero era muy raro porque en el Instituto todos me consideraban el típico tarado que no estudia nada y suspende todo, cuando en el colegio había sido el típico tarado que sacaba buenas notas en todo...
-¿Y qué me dice de la primera vez que salió de fiesta a una discoteca?
-Bueno, yo estaba en mi casa, leyendo Por el camino de Swann, de Proust, tirado en la cama, llamaron al timbre, un tipo muy alto que hacía poco había venido de Madrid, con otros tipos de mi pueblo, me preguntaron si quería salir y yo dije que sí (recuerdo que la madre del tipo alto y la mía estuvieron hablando (éramos vecinos), y mi madre seguramente dijo que el raro de su hijo apenas si se comunicaba con otros seres y que se pasaba las tardes leyendo (por cierto que mi madre no paraba de decirme que no leyera tanto y estudiara un poco) en su cuarto, tras lo cual la madre del tipo alto le sugirió al tipo alto que por qué no me llamaban a mí para salir). Estuvo muy bien, al principio todo aquel caos de música y luces me confundió un poco, luego las primeras borracheras, las conversaciones exaltadas a altas horas de la madrugada me acabaron gustando mucho, sí, recuerdo perfectamente la tarde en que me llamaron para salir y abandoné el lírico mundo proustiano por el de las desconcertantes, y excitantes, luces que iluminaban curvas inverosímiles contoneándose al ritmo de una música hipnótica, un mundo inexplorado que te atrapaba y te seducía, sí, estuvo muy bien que me llamaran y me sacaran de mi tendencia irremediable a refugiarme en un mundo autista...
-¿Y luego qué pasó?
-Bueno, no sé, luego es ahora, no sé muy bien dónde estamos, quizá en otro punto de inflexión existencial, terminando la carrera y con un horizonte indeterminado ante nuestra vista, en cualquier caso yo me siento perdido y pienso que el amor y la muerte son los dos únicos acontecimientos verdaderamente reales, y creo que que aniquilar el presente preocupándose demasiado por el futuro no vale la pena.