Para Marta, la otra gran fan de Brunelesky (extraño programa infantil que emiten cuando aún no ha amanecido del todo) :)
Cuando llegamos a casa debían ser casi las ocho, por la televisión echaban el programa de Brunelesky, empezaba a amanecer pero las luces de las farolas no estaban apagadas todavía, brillaban como niños traviesos. Yo estaba aún medio borracho, abrí la ventana, hacía frío, encendí un cigarrillo, el de las buenas noches, antes de ir a la cama, y la noche se había consumido, ya era de día. Tenía mucho sueño pero me resistía a dormir, una rato más, sólo un rato más, para arañar un pedazo de ese mundo secreto, ese mundo que sólo conocen los niños irresponsables, los que no duermen ni aunque les amenacen con el hombre del saco, ese mundo por el que se filtran brumas oníricas y cartas sin destino.
A la mañana siguiente la voz quebrada: demasidos cigarrillos anoche, demasiadas cervezas, demasiada incertidumbre y pasos sin rumbo, vértigo otoñal, frío.
Recuerdo que durante el camino de regreso a casa hacía mucho frío, peces urbanos ateridos de frío, recuerdo el camino de regreso como una fantasmagoría ebria por las calles de piedra dura y silenciosa, y yo, incapaz de sostener el peso de palabras inútiles, decía qué frío.
Con una raro júbilo me decía que mi vida era un cúmulo de imágenes desvalidas, fragmentadas, que brillaban en la oscuridad como las ruinas de nadie.
Amanecía ya, brillaban aún las farolas, abrí la ventana, dejé que el frío me golpeara el rostro y fumé el último cigarrillo, para que la brasa actura de señal, el niño que nunca duerme, el espía que mira el jardín a través del ojo de la cerradura y dice socorro, sácame de aquí, yo quiero entrar.
Posted by SeñorS at Noviembre 24, 2005 01:01 AM