Noviembre 22, 2005

Los Niños Irresponsables (primera versión)

Probablemente me esté volviendo loco, pero no se preocupen. Afuera, en la calle, juegan los Niños Irresponsables. Escucho sus risas desde aquí, mientras escribo. Escucho sus gritos, que a veces suenan alegres y otras veces suenan desesperados, pero que en cualquier caso suenan siempre valientes. Cualquier cosa les asombra, se entretienen con nada, dicen que la vida es un juego, sólo que se trata de un juego extraño, sin reglas, o con unas reglas que nadie conoce y hay que inventarse; dicen esto, sonriendo, alegres, aunque detrás de su sonrisa no pueden evitar que se transparente un poso de melancolía, ese poso que siempre queda y que a veces, pero sólo a veces, pasa inadvertido. Qué nostalgia me entra al escucharlos. A mí me tendieron trampas, los otros, siempre muy serios, pronunciando sus grandes discursos, sus discursos pesados, serios, importantes, sobre la vida real, como si alguien supiera qué es la vida real. Es que es oírlos y en seguida uno siente que le han colocado una mochila llena de piedras en la espalda y que ya nunca será capaz de dar un paso más, pero me libré de sus trampas, o eso creo, de las trampas del tedio y del así son las cosas y del tienes que ser alguien en la vida. Me libré de sus trampas, de las trampas que urden estos creadores de callejones sin salida, de su asquerosa ideología que sólo promete tedio, aunque el precio a pagar por semejante temeridad sea tener que gritar de rabia por la muerte de los sueños, y añorarlos, empapar de lágrimas, todas las noches, el cadáver de Campanilla. Pero los Niños Irresponsables seguimos aplaudiendo, aunque sabemos que está muerta, seguimos aplaudiendo y resistiendo y creyendo que algunos muertos resucitan, que algunos muertos en realidad no mueren, viven aventuras formidables, si aún no has dejado de aplaudir.

Y nos hacemos mayores, los Niños Irresponsables no son niños, cronológicamente hablando, pero todo el rato sueñan despiertos, arriesgándose a que los sueños pierdan su fantástica ingravidez, que los mantiene suspendidos en el viento, y aterricen contra el suelo y se hagan pedazos. Los Niños Irresponsables se aburren con los discursos que más que discursos son mochilas cargadas de piedras. Correr riesgos por algo que no se sabe muy bien qué es, algo que hay que buscar, que nadie ha visto, esa es la característica principal de los Niños Irresponsables, de la que se sienten más secretamente orgullosos, y si careces de ella nunca podrás ingresar en su sociedad secreta, en el caso de que quieras formar parte de ella y no seas un cómplice del asesinato de Campanilla.

Roberto, un tipo especialmente chiflado y especialmente melancólico (estoy aquejado de morbus melancholicus, solía decir, medio en broma, medio en serio), fue el primero en hablarme de esta sociedad secreta, aún recuerdo su voz, sus palabras, a veces teñidas de entusiasmo, como si ocultaran mundos que sólo pueden descubrirse emprendiendo aventuras disparatadas, otras veces lentas, sus palabras sonaban como hojas de otoño, como una lluvia a punto de caer, su voz se quebraba y te transportaba a un mundo en el que siempre llueve y el viento es el idioma de una chica lejana pidiendo auxilio, una chica de ojos enormes, que pide auxilio desde muy lejos, y su voz llega sigilosa, casi inaudible.

Conocí a Roberto en la facultad de Filosofía. Yo acababa de llegar a Salamanca, no conocía a nadie, vivía en un piso con dos tías particularmente irritantes y me pasaba las tardes leyendo, encerrado en mi cuarto. Un día Roberto se sentó a mi lado en clase y lo primero que me dijo fue: Kant es un tipo aburridísimo, parece que lleva una mochila llena de piedras en la espalda. Inmediatamente me cayó bien. Al salir, fuimos juntos a beber cerveza a un bar en el que te daban un pincho y una cerveza de tercio por un euro, y allí me habló por primera vez de los Niños Irresponsables, dijo que estaban por todas partes, aunque era difícil descubrirlos, pero sin duda había muchos y había que organizarse para librar una especie de batalla (¿pero contra quién?). Di por sentado que me consideraba ya miembro de su organización, cuyos miembros eran tipos a menudo marginales, inútiles, vagos, tipos perdidos, desorientados entre tanto caos y tanta mierda, pero inteligentes, aunque la inteligencia está sobrevalorada, decía Roberto, en cualquier caso era esencial que estuvieran dispuestos a desgastarse las pupilas soñando despiertos y que supieran que las palabras sugieren mundos y que estos mundos existen de verdad, en los intersticios de lo visible, en un territorio fronterizo, no exento de peligros, un territorio cuyo enorme poder de atracción ha malogrado a más de un poeta.

Cuando miro una cosa veo millones, dijo Roberto. Lo visible es sólo un ejemplo de lo real, dije yo, robándole la frase a Paul Klee. Yo estaba fascinado, me entraron unas ganas terribles de ir a la caza de más Irresponsables, de empezar la revolución, nuestra secreta, inútil, ineludible revolución. Quería saber más cosas, aprender a ver esos mundos, cuya existencia, por otra parte, me acababa de revelar un tipo que parecía al borde del delirio, con esa extraña manera de hablar suya, mirando en todas direcciones a la vez que hablaba, como si tuviera que buscar, que cazar las palabras, y luego pronunciarlas muy deprisa, para que no se le escaparan las demás, con sus ojeras de varios días sin dormir (los irresponsables no dormimos nunca por la noche, estamos al acecho, nuestra curiosidad insaciable por escuchar a los espectros y contemplar el mundo bajo esa otra luz que es la noche no nos lo permite), su pelo alborotado, su extrema delgadez y sus ojos brillantes, como si tuviera fiebre... la verdad es que parecía un loco, o un drogadicto, o un poeta, pero aun así yo decidí creer en la realidad de esos mundos y en que nuestra organización iba a lograr habitar en ellos. No sabía yo aún cuanta sangre y lágrimas podía acarrear nuestra aventura alucinada, esa carrera frenética que estábamos a punto de comenzar. No lo sabía aún, pues era entonces un perfecto irresponsable, preso del entusiasmo más radical y dispuesto a correr todos los riesgos, a caer, si era preciso.
Roberto y yo íbamos ya por la tercera cerveza aquella mañana en que los mundos desconocidos existían de verdad y nosotros íbamos a descubrirlos, íbamos a escribir como condenados locos atados al teclado, a abrir brechas para conquistarlos, para vivir en ellos. Lo visible es sólo un ejemplo de lo real, repitió Roberto. Aquella noche no dormí: la noche sugería millones de posibilidades, de caminos inexplorados que era preciso recorrer como caballos desbocados.

No sé, dije, podríamos escribir: no respetamos la belleza, conocemos todas sus trampas, pero nos gustan los cielos nublados y las historias en las que hay chicas inmensamente tristes que están a punto de coger un tren para no regresar nunca jamás a sus hogares. Sí, no está mal, dijo Roberto, el viaje a ninguna parte, la fuga sin fin, la rabia y la tristeza de los desesperados, todo eso, aunque igual suena demasiado romántico... la flor azul, sí, nosotros mordemos pétalos de la flor azul todas las noches, aunque a veces acabamos tirados en charcos de vómitos, pero somos valientes y, como dijo Bukowski, yo sé que hay gente que nunca estuvo loca, no quiero ni imaginar la horrible pesadilla que debe ser vivir así. Estábamos en un bar, esperando a Alexandra, una niña de lo más irresponsable que habíamos conocido en un bar, en el Paniagua: ella estaba cantando una canción de Radiohead y había salido sola de fiesta, y nosotros la invitamos a cerveza (beber cerveza es nuestra actividad favorita), hablamos un rato, no recuerdo muy bien sobre qué, pero recuerdo perfectamente que en un momento de la conversación, de repente Alexandra dijo: Kant es un tipo aburridísimo, parece que lleva una mochila llena de piedras en la espalda, y Roberto y yo nos miramos sorprendidos (aquella frase se había convertido, de una forma bastante enigmática, en nuestra contraseña), luego nos reímos y le anunciamos que había entrado a formar parte de nuestra sociedad secreta, la sociedad de los Niños Irresponsables, de los viajeros intrépidos, de los alocados buscadores de un oro que no existe, de los poetas más temerarios, los más alegres pero también los más empapados de niebla, los pájaros que cantan de noche, entre la niebla, y brindamos con litros de cerveza, exaltados, hasta acabar muy borrachos y muy felices. De esto hacía ya un mes, más o menos, y desde entonces habíamos pasado casi todo el tiempo juntos. Ahora estábamos esperándola, en un bar, escribiendo nuestro manifiesto: los pescadores de marionetas os convertiremos en niños de verdad; así lo habíamos titulado, de momento, pero no se trataba de un manifiesto artístico sino de un manifiesto vital, o, mejor dicho, de las dos cosas a la vez, por lo que pusimos el subtítulo: la vida como obra de arte total y la estética como justificación de la existencia.

Nosotros sabemos que las palabras vienen del país del viento, y que atraviesan los cuerpos, te agarran las entrañas y te raptan, te arrastran al fabuloso mundo de la inexistencia, sabemos que en ellas se alojan galaxias inexploradas, universos remotos, nosotros los recorremos cada noche. Somos los chicos que fuman asomados a la ventana, en invierno, aunque haga frío, los espectadores más tristes y más furiosos de vuestra ridícula farsa; nosotros, frágiles figuras a punto de romperse, contamos con la temeridad suficiente como para sobrevolar abismos y caminar sin tregua y sin paraguas bajo la lluvia de la desesperación. Hemos decidido violentar el mundo real con nuestra mirada salvaje. La poesía conquistará las calles, un frenesí delirante que nada sabe de fronteras.

Alexandra no llegaba y ya nos estábamos quedando sin tabaco, el cenicero rebosaba de colillas y la mesa de botellas de cerveza vacías. Roberto sacó de su mochila un libro de Enrique Vila-Matas y dijo, en un tono exageradamente alto, cómico y exaltado: como niños irresponsables nos comportaremos siempre, somos máquinas perfectamente solteras, amigo Sergio; y dio un trago larguísimo de su cerveza, hasta terminarla. Pero siempre queda un poso, casi imperceptible, en el que residen la melancolía y la rabia, y el peligro que acecha a los chiflados, irresponsables, temerarios poetas que ahora escucho desde aquí, mientras escribo, mientras miro la ventana y fumo un cigarrillo y me estoy volviendo loco, y el humo dibuja espirales áureas muy fugaces en el aire, que desaparecen engullidas por la nada, y el cielo está gris y yo recuerdo la historia de la chica que decidió dejarlo todo, que huyó, que no volvió nunca más.

Escucho sus voces, surcando la noche, como si la noche misma escribiera su poema interminable.

Alexandra no vino. Nunca más la volvimos a ver. Más tarde nos enteramos de que había desaparecido. En un cambio de clase, en el pasillo, mientras fumábamos, preparándonos para soportar la infumable clase de metafísica, Roberto y yo escuchamos una conversación en la que dos chicas hablaban de Alexandra, una amiga suya, de la que no sabían nada, ha desaparecido, decía una, sí, no sabemos nada de ella. Comprendimos que habíamos perdido al tercer miembro de la sociedad secreta de los Niños Irresponsables y que a partir de ahí el mundo era un lugar un poco más inhóspito, un poco más aburrido y sensato, y un poco menos alegre y delirante. Delirar y soñar es nuestra única defensa, dijo Leopoldo María Panero, que era una de nuestras vacas sagradas y miembro honorífico, aunque ausente, de nuestra sociedad. Durante la clase de metafísica ni Roberto ni yo pudimos concentrarnos en el ente en cuanto ente ni en la existenciariedad de la existencia, aunque ambos nos sentíamos un poco en ese estado de angustia que de sopetón te hace sentirte como un muñeco frágil danzando sobre la nada.
Más tarde supimos la historia de Alexandra, nuestra Alexandra, la niña más irresponsable que hemos conocido, de la que los dos estábamos completa, irremediable, secretamente enamorados como sólo la clase especial de chiflados que éramos pueden estarlo, sin esperar nada a cambio, enamorados pero dispuestos a seguir funcionando como perfectas máquinas solteras. Queríamos ser su perro, como en la canción de The Stooges. Algo así, no estoy seguro, queríamos que el brillo de sus ojos no cesara nunca, y la mirábamos pensando que así lograríamos evitar su caída, como esas estrellas que miramos siempre, desde que escuchamos la pregunta de Faulkner: ¿Qué estrella cae sin que nadie la mire?

Huyó. Contemplemos la escena: una estación de tren, hace frío, está a punto de nevar, Alexandra espera la llegada del tren, fuma, nerviosa, un cigarrillo, está sola, se sube al tren, la nieve empieza a caer, lenta, como si detrás del cristal el mundo se arropara en un manto helado, y la ciudad, poco a poco, va quedando atrás, diluida, fantasmal, ya no volveré, se dice, el tren aumenta de velocidad, como un gigante de hierro que, por fin, se ha despertado, y huye, hacia dónde, viento feroz, ya no volveré, se dice, Alexandra sonríe, respira hondo, ya no volveré, nunca, ya no volveré. El viento, feroz, agita los copos de nieve, Alexandra llora, ya queda poco, la siguiente parada, el tren frena, poco a poco, ruido como de hierros, como de esqueleto de gigante a punto de quebrarse, afuera ya no nieva, ahora el sol, tenue, sonríe sobre los árboles desolados, desnudos, parecidos a pequeños hombrecillos castañeteando con sus dientes, sus ramas nevadas...

Cuando recibimos la noticia del suicido de Alexandra, Roberto y yo no hicimos otra cosa que pasear incansablemente, sin rumbo, por las calles de Salamanca, en silencio, absortos, incapaces de comprender la magnitud de aquel acontecimiento inesperado. Las calles parecían el escenario de una derrota y estábamos tan tristes que todos nuestros delirios, todas nuestras ganas de buscar la verdadera vida ausente, todos nuestros sueños, parecían haberse roto, quedaban muy lejos, como en otra dimensión infinitamente lejana, irreal, sin importancia.

Probablemente me estoy volviendo loco, pero no se preocupen. Aún escucho sus voces, sus tercos y tiernos y desesperados aplausos.

Roberto dormía abrazado a los libros de su tocayo Roberto Bolaño. Este gesto la gente lo calificaba de muy raro, sin dudarlo. Para Roberto y para mí era el gesto más natural del mundo, podíamos cometer muchos parricidios literarios, queríamos cometerlos, para ser verdaderamente huérfanos, verdaderos poetas, pero nunca con Bolaño. Cuando murió de verdad, lloramos a borbotones, como Alicia en el País de las Maravillas. Roberto me dijo que había soñado que paseaba con Sophie Podolski la noche en que nos enteramos del suicidio de Alexandra, había soñado con Sophie Podolski, aquella poeta belga de la que hablaba Bolaño, aquella poeta que nació en 1953 y se suicidó en 1974 y sólo había escrito un libro, nos habíamos enamorado de ella sólo porque nos gustaba su nombre, y también nos gustaba imaginarla paseando a la deriva, sola, por calles dolorosamente bellas, nos preguntábamos qué pensaría, cómo vería el mundo. En mi sueño, me dijo Roberto, Sophie sonreía, me decía no te preocupes, todo está bien, y yo lloraba, Sophie me acariciaba el pelo y sonreía, fue un sueño muy triste, en cierto modo, pero también muy feliz, Sophie me transmitía una serenidad como de pequeñas olas acariciando la arena, una sensación de seguridad, aunque yo sabía que el peligro, un peligro indefinido, sin forma, nos amenazaba a los dos, una sensación parecida a estar desarmado en mitad de un desierto, y en el horizonte ver la figura de una silueta negra que se acerca, y, claro, no sabes si esa silueta viene a por ti o no.

La muerte de Alexandra, la chica más frágil del mundo, la chica de los ojos más grandes y más observadores del mundo, los más tristes, dos lagos insondables, se instaló de golpe en nuestras vidas, la muerte se instaló en nuestras vidas como una posibilidad real, en cierta forma como el único acontecimiento real, atrozmente real. Hasta ese momento la muerte no era para nosotros sino algo así como el personaje de una película, el personaje más importante de todo relato, pero algo poco consistente, una bruma indefinida, situada en un futuro intemporal, que señalaba el fin del camino, pero el fin estaba muy lejos, su aliento no nos mordía la nuca. Sin embargo, desde que escuchamos la palabra suicidio, Alexandra se suicidó, pastillas, la encontraron desnuda en una habitación de hotel, tirada al lado de la cama, sonaba el Amnesiac, la canción Life in a Glass House, cuando encontraron su cuerpo, su hermoso cuerpo desnudo, convertido en silencio, en piedra, en pájaro roto, irremediablemente roto, para siempre, es decir, un cuerpo fuera del tiempo, es decir un cuerpo muerto, experimentamos el terror de un acontecimiento para el cual no existía explicación posible, sólo lágrimas, dolor, desgarramiento. El acontecimiento más natural y el más inexplicable, la muerte armonizaba estos dos sentidos contrapuestos. Una cosa curiosa, la muerte. Recuerdo a Roberto, diciendo, entre lágrimas, con una sonrisa rota: yo no me pienso morir en la puta vida. Fue muy emotivo, sentí esa sensación de que hablaba Roberto, la que tuvo cuando soñó con Sophie Podolski, estar desarmado en medio de un desierto, tener miedo porque no sabes si la figura del fondo, que se acerca poco a poco, viene a matarte o qué, pero a la vez una serenidad fantasmagórica: la sonrisa de una poeta suicida envolviéndote como un refugio en el que es posible vivir para siempre.

Los días siguientes, tras recibir la noticia fatídica, Roberto no apareció por clase, dormía menos que nunca. Yo también dormía aún menos que de costumbre, lo cual de por sí ya era realmente poco, cuatro o cinco horas diarias. Mis compañeros de clase me decían qué ojeras, Sergio, hijo mío, duerme un poco, pero yo pertenecía a la banda de los que nunca duermen, y pensaba seguir pasándome las noches de insomnio armado con cigarrillos y con un bolígrafo, dos armas imprescindibles a la hora de ser uno de los conspiradores de la sociedad secreta de los Niños Irresponsables, las máquinas solteras, los insaciables escudriñadores de la realidad. Los días siguientes, tras recibir la noticia, vagábamos más perdidos que nunca, a la deriva pero mucho menos chiflados, como si lleváramos, nosotros también, una mochila llena de piedras en la espalda, y eso no podía ser, no, de ningún modo, la única solución era ser valientes, los poetas tiene que ser valientes, aceptar que la muerte forma parte de la vida, aceptar la realidad, lo cual nos alejaba un poco de los Niños Irresponsables, cuya fantasía secreta es destruir la realidad, hacer que salte en pedazos, pero nuestro plan no era dejar de soñar despiertos y volvernos unos asquerosos conformistas, de ningún modo, eso tampoco podía ser, sería necesario transmutar el vacío sobre el cual flotábamos como dos absurdos globos en una suerte de juego sin reglas, de carrera sin meta, la literatura como una especie de compromiso radical con la falta de sentido de la vida, y la vida como un santo decir sí, el devenir es inocente; ideas que robábamos de Bolaño, creo (el compromiso con la falta de sentido de la vida) y de Nietzsche, otro niño irresponsable (el santo decir sí).

Tampoco, aunque estudiáramos filosofía, queríamos envenenarnos con ideas, las ideas, algunas ideas, son serpientes venenosas (no podíamos olvidar que los conceptos disecan la vida, que sugerir es crear), había que tener cuidado con los filósofos, esos curiosos personajes, tildados de inútiles y prepotentes, había algunos que eran seres maravillosos, chiflados, eternos buscadores, valientes, honestos, en definitiva Niños Irresponsables, y había otros que eran monstruos intelectualizados incapaces de sentir de verdad, cobardes repugnantes, pedantes, ignorantes. Pero nos gustaban casi todos, sobre todo de los más románticos, los que no podían comprender porqué ellos tenían que ser normales, convertirse en una especie de autómatas formando fila para morir, y se dejaron la piel tratando de comprender por qué estamos aquí. Sus gestos rebeldes e inútiles, aunque desaparezcan como lágrimas en la lluvia, serán emulados por más Niños Irresponsables, están por todas partes, sólo que es difícil descubrirlos, están caminando solos por ciudades, mirando con una curiosidad desmedida el atardecer, esa media luz crepuscular, anaranjada, jugo de luz desmayada, y sus ojos desgastan la rosa, cuando miran una cosa ven millones, anclados en el País de lo que no existe, o sí existe, pero de forma diferente, permanecen atentos al susurro de lo invisible, las palabras logran hacer presente lo invisible, si digo mar el mar que veo no existe, o sí existe, pero de forma diferente, y ahí viven los Niños Irresponsables, los que, como diría otra Niña Irresponsable, poeta especialmente querida por Roberto y por mí, Alejandra Pizarnik, vendieron su alma al demonio de los ensueños.

El último año de carrera, cuando en nuestra memoria Alexandra y Sophie se confundían, formando una sola poeta que quintaesenciaba el peligro, la valentía y la fragilidad, decidimos hacer un último gesto irresponsable en su homenaje. Al salir de clase, un día de noviembre, caminamos entre la niebla, dos figuras delgadas, vestidas de negro, pálidas, recogimos piedras y las metimos en nuestras mochilas, entramos en un bar, pedimos dos cañas, luego otras dos, y otras dos, y así hasta emborracharnos a conciencia. Sacamos el único poema que teníamos de Alexandra, escrito a mano en un papel manchado de café y ceniza, nos subimos encima de la mesa, y lo recitamos, dando voces, dejando que las lágrimas calientes recorrieran nuestros rostros helados, nuestras ojeras de perpetuos insomnes; gritábamos, enfurecidos, las palabras de Alexandra, que ya el viento se llevó para siempre, al País que no existe, gritábamos y cuando al fin terminamos de leer su poema, nos sentimos mejor, como si fuera la primera vez que dejábamos de contener la respiración desde nuestro primer año de carrera, desde la muerte de Alexandra, y empezamos a sacar las piedras de nuestras mochilas y a reírnos a carcajadas, como dos auténticos dementes, ante el asombro y el monumental cabreo del camarero, que nos echó a patadas, al frío y a la niebla, y nosotros seguíamos riéndonos, casi no podíamos caminar, seguíamos riéndonos, aunque en el fondo siempre queda el maldito poso de tristeza...

Probablemente me esté volviendo loco, pero no se preocupen. Hace algunos años que no veo a Roberto, desde que terminamos la carrera, no sé qué habrá sido de él. Yo, por mi parte, escucho voces todas las noches (sigo sin dormir por las noches), fumo a pesar del fanatismo de la dominante e histérica ideología de la salud y sueño con Sophie y con Alexandra, veo a Sophie caminando sobre la nieve, veo a Alexandra caminando sobre la nieve, me veo a mí, persiguiéndolas, ellas se ríen, me lanzan bolas de nieve, luego aparece Roberto, dice algo, cualquier cosa, y todos nos reímos, me veo rodeado de Sophie, Alexandra y Roberto, en la plaza Anaya, tumbados en la hierba, contando la historia de la chica que decidió huir porque odiaba su hogar, de los chicos que fundaron una sociedad secreta para enfrentarse al tedio existencial, porque querían atrapar la vida, morderla como si fuera una fruta a la que había que morder para extraer su jugo oculto, nos veo a todos paseando sin rumbo, de un lado a otro de la ciudad, descubriendo ciudades nuevas, la ciudad es inagotable, la mirada no cesa, seguimos siendo los niños irresponsables que siempre quisimos ser, soñamos despiertos, aunque los sueños se rompan, aunque los sueños pierdan la fantástica ingravidez que los mantiene suspendidos en el aire, aunque se vuelvan peligrosos y haya muerte y dolor y uno pueda volverse loco, a pesar de todo seguimos aplaudiendo, lloramos por la muerte de los sueños pero seguimos aplaudiendo, para que el cadáver de Campanilla resucite, seguimos resistiendo, no nos vencerán esos cabrones, de eso ni hablar, Alexandra no está muerta, habita en los grietas de lo visible, yo escucho su voz, desde aquí, mientras escribo, sus palabras que llegan como un viento muy frío y me atraviesan el cuerpo, sí, Sophie está con ella, yo no estoy loco, Campanilla está también, y Roberto, les veo a todos danzando, y les escucho, especialmente en ese instante indeterminado, cuando ya no es de día pero aún no es de noche, a través de esa hendidura me llegan sus voces, sus susurros, me dicen no te preocupes, todo está bien, a veces; otras veces me cuentan cosas sobre la lluvia o historias tristes de chicas que se largaron sin más, lo mandaron todo al diablo, me describen escenas de carreteras perdidas, cubiertas de polvo, por las que huyen, me hablan de la incertidumbre, del juego sin reglas que no comprendemos, que todos jugamos, sí, escucho sus voces, sus risas, afuera, aún quedan muchos Niños Irresponsables, todo está bien, a pesar del poso de tristeza que queda siempre en el fondo de los vasos vacíos.

Posted by SeñorS at Noviembre 22, 2005 06:06 PM