Noviembre 09, 2005

Nadie sabe a dónde conducen

Si queremos mostrar lo que hay en nosotros, entonces, cuando caemos, hemos agotado realmente la vida.
Jünger.

Hay tres estados que son la llave de todas las vivencias: la ebriedad, el sueño y la muerte.
Jünger

El insondable fundamento del Universo es, en su sentido último y más profundo, algo en lo que los soñadores –que así se autodenominan- no dejan de pensar un solo instante (...). Nuestra gente sólo experimenta estados de ánimo o, mejor dicho, sólo vive por estados de ánimo.
Jünger.

Lo maravilloso, que es más profundo que la belleza, y que se manifiesta a través de ella como uno de sus medios, se comunicaba así a través de sueños, libros e imágenes y estorbaba los esfuerzos de una educación que intentaba aniquilarlo totalmente y desarraigarlo, o, lo que es lo mismo, también explicarlo. Ese apoyo de lo maravilloso era fuerte, más fuerte como para que resultara claro a la conciencia, afectando incluso a veces a lo corporal. Quien tiene capacidad para ello es seguro que ha experimentado en sí mismo ese ataque de lo maravilloso al mundo de los hechos, como desequilibrio en instantes en los que se abre la perspectiva mágica, como parálisis de la respiración y del latido del corazón, como extinguirse fulminante de la percepción y su renacimiento, al que aparece el mundo de algún modo cambiado, especialmente despúes de la irrupción óptica de ciertos paisajes. Seguramente que los médicos también han clasificado este estado en su gran catálogo de soserías con las que comentan las enfermedades.
Jünger.

La realidad se me antojoba una repulsiva caricatura del Reino de los sueños.
Jünger

El hombre no es sino una nada autoconsciente.
Julius Bahnsen

1. La Carta de Sandra, triste y rabiosa.

La imaginería del Yo destruido cobra tintes tiernos (la ternura, dice Milan Kundera, nace en el momento en que el hombre es escupido hacia umbral de la madurez y se da cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como niño, no comprendía) y destructivos (la imagen de la caída, a medio camino entre el romanticismo y el nihilismo y que no es sino la expresión del deseo que no encuentra estrategias para su satisfacción): la imposibilidad de un Yo de ser un Yo para sí mismo (una especie de alienación, de extrañamiento ante el propio Yo, de disolución de la identidad, de estado de ánimo que siente lejos la vida) desemboca en una interrogación fatal, desvalida, que ni siquiera sabe qué preguntar, en la cual cada tentativa de respuesta está condenada a plantear nuevas preguntas, a empreder nuevos viajes, siempre a ningún lugar, a disfrazarse con nuevas y frágiles identidades, entrando y saliendo en un juego de una complejidad creciente y sin finalidad alguna salvo la propia acción de jugar, sin reglas determinadas de antemano: el ser confuso se arroja a la noche en busca de la olvidada flor azul en un mundo cuyo estatuto ontológico es un signo de interrogación (...).
Algunos sujetos, fascinados por una visión entrevista en ensueños, arrebatados por su fuerza, seducidos por su misterio, sufren un desgarro existencial: de ahora en adelante sólo podran vivir haciendo equilibrio sobre los restos del naufragio; anacoretas y extravagantes a los ojos de los demás; su búsqueda de la belleza en un mundo que la ha olvidado puede concluir en la desolación, en la derrota, en la miseria, en el fondo, si es que hay fondo, pero en su huida aparentemente irracional y rabiosa estos raros aventureros se toparán con hallazgos maravillosos, imposibles de explicar: sólo es posible vivirlos. Los soñadores desgarrados resisten escuchando los latidos del Universo azul. No habitan en el mundo vulgar, el deseo ancestral de habitar en la ficción habla como un relámpago y su voz no puede ser acallada. Rara vez son comprendidos, sin embargo no pueden dejar de caminar, ni de escuchar el batir de olas del mar en el que quedó sumergida la infancia.

Laura H. Yakovic, La resistencia de los soñadores desgarrados

Sandra, la chica más retraída del mundo, aplasta el cigarrillo con sus delgadas manos blancas, mirando el cenicero sin verlo, con la mirada perdida, absorta en la contemplación de algo imposible de atrapar, algo inasible que, cuando ya crees tenerlo, se te escurre de las manos, de algo que si permaneces muy atento, vigilante, espiando el fulgor mortecino de la tarde, el cielo teñido de gris, se insinúa con una sonrisa, algo a modo de refugio o de viaje en busca de un refugio.
Hace ya más de dos semanas, tal vez mucho más de dos semanas, que vive como una sonámbula, ausente, como si se hubiera despeñado dentro de sí misma por una pendiente, como si se hubiera caído en un lugar muy remoto y su silencio no fuera sino una señal de su lucha por averiguar en qué lugar se encuentra.
Sandra vaga por las calles invernales con la sensación de estar a punto de desmayarse en cualquier momento, con la sensación de que todo es un sueño pegada a la nuca como una lapa inquietante. Sandra, fantasma pálido y delgado, sin destino posible en este mundo, acosada por una caos de pensamientos y de sensaciones que no acierta a armonizar de ninguna manera, que no acierta a descifar, por más que lo intenta, mira la realidad y es como si ésta se le escapara de los dedos. La realidad es una amalgama caótica de sueños frágiles, de borrosos proyectos de futuro y recuerdos de vivencias que el tiempo desmoronó sin remedio, y hay un inquietud que no azota como una tormenta repentina y furiosa sino que, sumergida en un mar inmóvil, susurra sin cesar una canción con nubes grises y hojas esparcidas por las aceras mojadas de ciudades inagotables, una inquietud ligera pero constante dentro de la cual las expectativas de hallar una salida merman poco a poco, aunque nunca desaparecen del todo, no desaparecen del todo y por eso es necesario, es preciso, es impostergable viajar al fin de la noche y abrir brechas en lo desconocido.

Si fuera posible caminar y caminar, y ser libre, aunque sea una libertad que sólo sirve para fugarse, como la de un músico embarcado en una desesperada gira sin fin, o la de un vagabundo yendo de un lado a otro, en la parte de atrás de un viejo camión, viendo las carreteras que se van abandonando, que no sirven para llegar a ninguna parte; viendo las luces de las farolas de los pueblos que van quedándose atrás, imaginando las vidas de sus habitantes, tal vez en esos pueblos también haya chicas perdidas que no saben qué hacer y miran las estrellas, y la vida, con un revoltijo confuso de miedos y deseos en su interior, se dice Sandra; viendo las líneas blancas de la carretera, dibujadas por la noche y sus fantasmas, con una botella de vino en la mano mientras anochece. Carreteras abandonadas de un desierto que ya nadie se atreve a surcar. Viendo las estrellas, para que no se caigan.

Sandra se imagina a sí misma como una naúfraga y lo que menos desea es ser salvada, divisar tierra, porque también hay naufragios en tierra, porque la vida es una derrota y más vale darse cuenta de ello lo antes posible y construirse un refugio con los restos del naufragio y contemplar la lluvia que no ha cesado nunca de caer. Sandra piensa esto y encuentra un raro placer en sus pensamientos, como si en vez de pensar estuviera gritando a pleno pulmón, sola en mitad de la noche, gritando muy fuerte para despertar a los muertos. Sandra quiere hundirse, romperse, y cuanto antes mejor y ya verán esos idiotas lo peligroso que puede ser un corazón encerrado entre paredes de hormigón. Un corazón triste que odia y ama a la vez y que late a un ritmo diferente, siempre demasiado lento o demasiado deprisa pero nunca ajustado al ritmo exterior de las cosas, de los demás.

Hace frío en la casa, Sandra lee envuelta en una manta, sin prestar mucha atención al contenido del libro: la lluvia golpea la ventana como queriendo transmitir un mensaje: un mensaje indescrifrable, insistente: salir de aquí, hormiga malherida, y cantar en el bosque como una cigarra. Pero cómo se hace eso. Sandra no lo sabe, Sandra sólo sabe que ella quiere correr y cantar y que odia la vida de las hormigas y que es necesario huir por carreteras nocturnas que nadie sabe a dónde conducen.
Sandra prende otro cigarrillo Camel antes de ponerse a escribir una carta, otro cigarrillo más en esta tarde lenta de humo y lluvia en que ya anochece; en que la melancolía es hermosa como algunas canciones pequeñas y lentas, a punto de romperse. Y para qué vivir si no es para escuchar canciones, se pregunta Sandra. Hay canciones que saben seducir como el vértigo y Sandra sólo quiere caer y caer, cerrar los ojos, desaparecer. Una carta o un pequeño bote amenazado por el oleaje.

La carta:

Sólo sé leer el mundo en el idioma de la rabia y la tristeza. No es el mundo, soy yo, en fin. No es el tiempo, somos nosotros en el tiempo, en fin. En este mundo sólo queda sitio para las aventuras imaginarias. Estoy atrapada. Soy una gata. Cada noche salgo al tejado. Las estrellas me hablan al oído. Me dicen que ellas también están solas, que ellas también lloran. Hay que resistir, apretamos los dientes. Ellas lloran y es tierno como los lost boys incapaces de entrar en el mundo de los adultos, un mundo que los lost boys no pueden entender. Yo tampoco, yo conozco la tragedia de Peter Pan.
Soy una pequeña embarcación, inmóvil, rodeada por los furores de un mar salvaje. En clase no me concentro, no atiendo, veo cómo mueven los labios los profesores, pero nada de lo que dicen cobra sentido. Hablo con la gente y los siento muy lejos de mí y no me enetero de lo que dicen. Quiero llorar, pero yo no sé llorar, y qué haré cuando las lágrimas sean la única salida, faros luminosos en la noche oscura del alma. Lágrimas como una inmensa lluvia catártica. Tiene que llover. A veces me imagino dentro de un cuadro. En ese cuadro es de noche, pero la oscuridad está pintada con un color mágico: no asusta, invita a dormir para siempre, a sumergirse en ella como si fueras un trozo de estrella, diminuto y brillante, navegando sin dirección en esa noche acogedora y tierna. Es raro. Algunos de mis compañeros piensan que soy medio autista. Lo hago sin darme cuenta. No me doy cuenta del tiempo que pasa mientras me sumo en estos estados, estos ensueños que me atrapan, en los que es dulce sumergirse. Pero lo hago sin querer. De verdad, no puedo evitarlo. Pero me gusta estar así, a veces, sin hablar ni nada. No siempre, claro, pero quiero decir que no me aburro si me dejas sola mirando el mar, o los árboles de otoño, durante horas y horas, yo sola, mirando, sin nadie alrededor, no sólo no me aburro sino que disfruto enormemente. A veces las imágenes son más elocuentes que las palabras, ¿no crees? Se puede pensar en imágenes, no sé si te habías dado cuenta. Y creo que las palabras aliadas con las imágenes erotizan la realidad, y las mejores palabras la hacen saltar en pedazos, como la frase “un feroz viento arrasó la ciudad y sólo quedó el mar golpeando aquellas hermosas ruinas de nadie”.

Creo que es posible vivir poéticamente y morir poéticamente y hacer algo en la vida me importa una mierda, ser alguien en la vida me importa menos aún, porque cuando se refieren a ser alguien se refieren en realidad a tener éxito, a una vida de insoportable, interminable aburrimiento, a sacrificar la libertad y la creatividad en aras de un conformismo asesino y cobarde, que sacraliza lo establecido. El materialismo no significa más que un inmenso aburrimiento, cuando todas las necesidades están cubiertas la vida sólo puede expresarse a través de sueños y deseos imposibles, y son necesarias muchas dosis de rabia y tristeza para aventurarse en lo desconocido. Hay que navegar a contracorriente. Los soñadores desgarrados aprietan los dientes. Hay que resistir.

¡Navegar es necesario, vivir no!

De todas formas, no te preocupes, no voy a meter mi preciosa cabecita en un horno, imitando a Sylvia Plath: entre el decir y el vivir hay una cierta distancia. Me gustaría que no fuera así, pero cómo abolirla. Yo no lo sé. Y Fumo demasiado, es cierto. Y bebo demasiado, eso también es cierto. El otro día, o mejor la otra noche, hablé con alguien y luego no me acordaba de haber hablado con él ni de haber dicho las cosas que me dijeron que dije ni de nada de lo que hice. En fin. Eso no me gusta pero, no sé, empiezo a beber la primera cerveza y a partir de ahí los actos se independizan de mis intenciones, es como caer, y es bella la autodestrucción y los románticos perdidos en la noche, ebrios y desamparados. El mundo visto a través del alcohol es un universo diferente, privado del peso de lo real: entonces me río y salto y hablo sin parar y soy ingeniosa y es una gozada estar viva y que los otros también estén vivos y que estemos todos juntos riéndonos, bailando con Dyonisos. Es una sensación rara cuando no recuerdas nada y los otros te cuentan todas las estupideces que cometiste. No te reconoces, o más bien reconoces a un personaje imaginario que vive adentro de tu conciencia, oculto. Algo así. Luego estoy triste, inerte, durante la resaca, lo sé, no beberé tan a menudo. Intentaré no hacerlo, lo prometo. Soy idiota. Ya no me gusta tanto como antes, además. Perdió parte de su sentido, pero la inercia etílica es muy poderosa. A veces el alcohol es la pócima mágica que hace que la felicidad y la tristeza coincidan. Es sólo que no sé qué hacer. No sé qué hacer y no sé qué hacer y no sé qué hacer. Los profesores me decían: no desperdicies tu inteligencia. Pero ellos pensaban de un modo utilitarista, tenía que utilizar mi supuesta inteligencia para trinunfar: no sabían qué era el existencialismo ni quién era Heidegger, no sabían que el lenguaje es la casa del ser, ni fueron capaces de ver más allá de análisis sintácticos o cabos y golfos, no sabían que el azar y no las buenas intenciones configuran el destino de una vida, y los soñadores no tenemos destino sino restos del naufragio y crepúsculos azules adentrándose en silencio en la oscuridad.

Un horror, casi nunca iba a clase. Me hicieron repetir tres veces el último curso del instituto. Iba a la biblioteca. Ahora que lo recuerdo qué nostalgia de aquellos tiempos en que pasaba las mañanas en la biblioteca, leyendo, o mirando por la ventana la serenidad invernal de León, las calles frías que sentía como una irrupción de lo maravilloso atacando al mundo de los hechos, y, por cierto, el arte es la aventura de los hechos al sentido. Allí fui feliz. Allí leí a muchos escritores sin los que ahora no sería capaz de imaginar mi existencia, sin los que no quiero imaginarla. Yo no quiero tener un Destino, así, con mayúsculas. Siento como si fuera una cadena, una atadura insoportable, una pérdida irremediable de lo que pudo haber sido. Como si me mutilaran. De veras que me daría rabia tener un destino, una meta de-terminada en la vida. Lo contrario me condena a vagar como un pálido fantasma, eso también lo sé, pero estar condenado a buscar sabiendo que no vas a encontrar puede ser una aventura, la última aventura que podemos emprender, una aventura interior, imaginaria en cierto modo, una navegación sin mar, pero una aventura al fin y al cabo, y tal vez formidable, si logramos hacerla formidable, quiero decir.

Mi obsesión continua es el paso del tiempo, Cronos devorando a sus criaturas, pensar cómo era yo hace un año, dos, tres, cómo sentía, como veía el mundo, en fin, no es muy original, ya lo sé, pero desde luego es muy obsesivo.

En la lucha contra el poder del tiempo hay que saber que vamos a perder, y aun así luchar: todo el mundo quiere sustrarse a la corriente caníbal del tiempo, pero sólo los muertos están fuera del tiempo. Somos tiempo. Tiempo y memoria, jirones de recuerdos que se pierden como lágrimas en la lluvia.

Y ya no podemos salir a respirar aventuras al aire libre de los caminos polvorientos (el mundo pasó del caballero andante al procesado de Kafka), sólo mirar por la ventana y ver la lluvia y conversar con las estrellas. No hay salida. Hay que inventarla. Si no la encontramos vamos a acabar muy mal, me temo, moriremos jóvenes, lejos de casa.

Trata de imaginarte la conciencia como una isla. Creo que es una buena estrategia (además es una imagen hermosa) ya que estamos obligados a vivir en un mundo incomprensible que imita las novelas de Kafka; quiero decir que siento nostalgia de un refugio, y también lo anhelo (romántica estoy, oiga, tanto anhelo, tanta nostalgia). No sé, no me hagas caso, últimamente no paro de tener ideas raras y a mis estados de ánimo les ha dado por jugar a memorfosearse quince veces al día. Quiero decir que la aventura es una fábula, pero la catástrofe la vivimos todos los días. Claro que la catástrofe la vemos a cierta distancia y el horror se junta con la fascinación en esta visión. Creo que cerrar los ojos al sufrimiento inherente al acto de vivir es una cobardía, aunque todos necesitemos algo a lo que agarrarnos. Creo que los idiotas son más felices. Pero amo la sensibilidad salvaje de los románticos. El viaje romántico, despúes de todo, es un viaje interior, eso está claro. Claro que Kafka no era nada romántico, y yo amo a kafka por encima de todas las cosas. Tal vez mi única pretensión sea decir: aquí estoy, hacedme caso, comprendedme. Pero es difícil comprender a otro, tal vez sea lo más difícil, muchas veces los otros no forman parte de mi realidad. Soy demasiado egoísta, muñeca lírica seducida por el vértigo.

Quisiera escribir palabras capaces de deshacer el alma de alguien, captar la belleza, que no es de nadie, pero no sé por qué, para qué, dónde estoy.

Una noche, borracha, al regresar a casa me miré los ojos en el espejo del ascensor y parecían flores marchitas sobre las que caía lluvia, tristemente fosforescentes sobre mi pálido, fantasmal rostro, y nada más acostarme me puse a repetir yo soy, yo soy, yo soy, y de repente no sabía qué significaba ser y me dio miedo y me metí bajo las sábanas y las mantas muy encogida, abrazándome las rodillas con las manos y apretando los párpados como si así fuera posible librarse del hombre del saco, del miedo irracional y su carnaval de pesadillas. No comprendía nada, no comprendía qué significaba estar aquí, estar viva, ser en este mundo, y me aterroricé un poco. No sé, tal vez todo esto no sean sino angustias de niña pija y mimada, o que estoy metafísica porque apenas como, pero lo que digo es cierto: el viento se llevó el tejado de mi casa y ahora estoy desnuda bajo la lluvia y no sé dónde estoy y corro en todas las direcciones a la vez. No sé decirlo de otro modo. El viento, desnuda. No tengo casa. Lágrimas. Voy a fumar el último cigarrillo y voy a ir a dormir. A quién le puede importar todo esto. Ni siquiera sé qué quiero decir. Si me pierdo del todo búscame en el rincón más raro y más apartado que se te ocurra. Estaré tratando de que la luna se convierta en la chica bonita que una vez me tuvo entre sus brazos.

Yo quiero fundirme con la noche azul en un canto ebrio interminable.

Quiero gritar tan fuerte que el ser se haga pedazos y los pedazos floten como diminutas y brillantes volutas de polvo perdidas en un rincón lejano del firmamento.

Quiero irme a vivir a la frase “viento fuerte sopla anunciando la huida que será emprendida por los niños salvajes”

Sandra terminó de escribir la carta y la estuvo leyendo con extrema lentitud mientras la ceniza del último cigarrillo caía sobre el papel. Luego sopló la ceniza y fue a darse una larga ducha antes de irse a dormir. Le gustaba la sensación del agua deslizándose sobre su piel mientras escuchaba música. Me pasaría la vida entera debajo del agua, pensó.


2. Fuga al País de lo Desconocido.

Siempre llueve en el País de lo Desconocido.
El color de la lluvia suena a misterio en el País de lo Desconocido.
Siempre. Y se escuchan ecos de las conversaciones que el viento y las ramas mantienen mientras anochece. Siempre anochece en el País de lo Desconocido.
Siempre llueve y se escuchan los susurros misteriosos de la noche que se acerca.
Siempre, si prestas atención. En el País de lo Desconocido(...)

En un antiguo mapa, descubierto por Lucy en el cajón de su bisabuela muerta, se hallaba dibujado una pequeña isla. Si prestas atención, puede verse que el dibujo de la isla es también el dibujo de una sonrisa. Lucy dobló el mapa con cuidado y se lo guardó en el bolsillo. Por la noche soñó que partía en busca de la isla misteriosa. Se veía a sí misma sola, en medio de un mar gigantesco, en medio de una noche serena y estrellada, y de repente olas de siete metros destrozaban su pequeña embarcación. Lucy luchaba por sobrevivir en medio del estruendo, se agarraba a los pequeños pedazos de madera, la boca le sabía a sal, miraba inquieta alrededor y sólo veía un violento cuadro de espuma y oscuridad. Lucy sabe que es un sueño, es mentira, ella está durmiendo y la luz del pasillo ahuyenta las pesadillas, pero aun así tiene miedo. Lucy despierta empapada en sudor frío y salado. Qué lejos el País de lo Desconocido, aún.

Laura H. Yakovic, Lucy y el País de lo Desconocido.

Al día siguiente de escribir la carta, Sandra desapareció. Lo más probable es que no fuera a encontrarse a sí misma, sino más bien a perderse, a tratar de desatar los férreos lazos de una identidad diseñada e impuesta por lo establecido, impuesta sin que nos diéramos cuenta, desde que éramos pequeños, por una educación destinada a abolir la libertad y a fabricar autómatas obedientes. Sandra fue a buscar la aventura imposible, a vivirla en el idioma de la rabia y la tristeza en que para ella se escribía el mundo. Su viaje sólo puede definirse como una pasión por la caída, una insólita exploración de los aspectos insondables de la existencia, un intento desesperado de no caer en las trampas que nos tienden a cada rato y de abrir brechas para poder ver algo entre tanta confusión. Caminó muchas horas, sola, por carreteras nocturnas que nadie sabe a dónde conducen. En su aventura imaginaria hay lágrimas de verdad, y dolor y destinos rotos y un corazón aventurero encerrado entre paredes de hormigón, un corazón condenado a errar por el desierto, desierto que ya nadie se atrave a surcar, ni a mirar. Pero Sandra quería lograr el coraje de unos ojos capaces de enfrentarse a la nada, de crear nuevas miradas, de abrir brechas por donde fugarse al Pais de lo Desconocido. No quería acomodarse en el Pais de lo Establecido, donde no hay salida.

En el Pais de lo Desconocido los naúfragos sufren el ataque de lo maravilloso, trastornando sus mentes y sus cuerpos, y los naúfragos gritan y lloran y se exaltan y ríen y a veces están alegres y a veces tienen miedo. Los padres de Sandra no comprendían por qué su hija había sido raptada a un país que todavía no existe, a un país al que se llega cayendo y en el que no hay normas y sí hay peligros y maravillas y donde navegar es necesario y vivir no y no importa a dónde nos lleve la navegación, ella es lo único importante, es una batalla perdida y los habitantes del país luchan sabiéndolo y luchan a muerte, dejándose la piel; luchar es lo importante, ganar no.

Cuando Sandra se escapó algunos dijeron que lo veían venir. Mentían. Nadie sospechó nada. Ni siquiera Sandra, probablemente. Hablaba mucho de hacerlo, pero nunca pensaba hacerlo de verdad. No sería exacto decir que decidió huir, más bien le sobrevino repentinamente la necesidad de hacerlo. Lo hizo sin pensar, en un arrebato fulminante. Partió llena de miedo y de un entusiasmo que se trasparentaba a través de su sonrisa helada. A las siete de la mañana estaba en la estación de tren, envuelta en una bufanda, esperando, muy nerviosa, con un cigarrillo entre sus delgados y fríos dedos y casi sin equipaje.

Al bajarse del tren Sandra caminó muchas horas, sola, por carreteras nocturnas que nadie sabe a dónde conducen.

3. Diario de Sandra, Noviembre.

Los diarios, los cuadernos de bitácora de los naúfragos, son el relato imprevisible de una lucha a muerte contra el tiempo; las palabras que van quedándose atrás migas de pan que señalan los caminos que Cronos ha devorado. Algunos Diarios no narran sino la caída del alma en no se sabe dónde, en un País Desconocido, país que existe dentro de nosotros y del cual lo ignoramos casi todo, hay ciudades abandonadas y otras cuyas luces se advierten en la lejanía, con un fulgor que se diría surgido de una pócima mágica, una pócima que hechiza la mirada y te hace sentir con la imaginación cosas que jamás hubieras juzgado posibles. Es un país rodeado de nada por todas partes, porque antes de nacer y despúes de morir el verbo ser es vencido por su hermano maligno, la Nada, y cuando, en mitad de una noche de lluvia, nos despertamos, una perplejidad nos sobrecoge, un escalofrío nos recorre el cuerpo como una descarga de electricidad, y dicha perplejidad adopta formas diferentes, desde el entusiasmo delirante hasta el pánico atroz, en un continuo, peligroso, atractivo baile de metamorfosis anímicas.

Laura H. Yakovic, Estética del naufragio y metamorfosis anímica en la poesía perpleja.

Escrito por Sandra algún día en que el cielo fue gris y se estuvo aguardando el advenimiento de una fantasía que nos rescatara, Noviembre.

La luz desmayada del sol sobre las hojas verdes y amarillas. El olor a tabaco. Las tardes colgadas fuera del tiempo. Nostalgias absurdas. La chica que camina a punto de romperse, de caer; la hermosa caída. La melodía sutil de lo invisible. La voz sutil de lo invisible. La chica invisible. Sonríe. La coraza arborescente, el viento que nos envuelve. La alegría pop. La tristeza dark. Mares serenos, salados, lejanos. Los paseos a la deriva. La ciudad y sus luciérnagas eléctricas. La música nocturna. Palabras que encantan.

Levanto los ojos, los arrojo una vez más al estanque del cielo: que naden en ese mar suspendido en el viento.

Me he puesto una chaqueta de lana y una sonrisa que encontré en un charco de lluvia, olvidada, una sonrisa de niña retraída que luzco como el atributo más ineludible de mi ser y que bien puede ser la imagen adecuada de una serena desesperación.

Sigo fumando mucho y bebiendo mucho. Ya no tengo esas resacas depresivas que me convertían en piedra inerte. Ahora estoy alegre, ligera, como si cantando pudiera sobrevivir a Cronos, ese dios cruel que devora a sus criaturas. Una brisa de entusiasmo me atraviesa, cierro los ojos, me dejo llevar, hoja de otoño.

Ahora la noche, el alcohol, el viento furioso que recién se ha destado, los árboles silbando y algunas lejanas farolas perdidas entre la lluvia le dictan a mi ser que se deshaga en el viento ebrio y lluvioso y deje ya de pensar porque pensar no sirve para nada. En cierto modo son heroicas nuestras vidas sin destino, con más libertad y más miedo y batallas que alguna vez libraremos con todas nuestras fuerzas, arriesgándolo todo y nos da igual perder, queremos jugárnoslo todo a una carta; nos da igual perder, queremos beber, escuchar música y que no acabe nunca la noche, tenemos miedo, no tenemos ganas de entrar en eso que llaman vida, nos negamos, pataleamos como niños irresponsables frente a un futuro que nos han negado, que no nos pertenece. Nos han robado la vida y ya verás con qué furia la vamos a buscar. La verdadera vida está ausente. Por carreteras nocturnas la buscaremos, conductores suicidas, sin rumbo, sin frenos, nos da igual perder.

Aquí las palabras no se corresponden exactamente con la realidad, la frase “viento que sobrecoge” suena casi todo el rato, y la frase “niño salvaje que lo arriesgó todo para llegar al fondo” nos tiene como sumidos en un estado hipnótico que rara vez abandonamos, pero si gritas muy fuerte, tanto como para romperte, tal vez el desencanto que nos anestesia se transmute en una suerte de rara belleza o bote salvavidas y, pobres románticos trasnochados, podamos inventarnos un lugar en el que cantar y saltar por encima de la ansiedad y los miedos inútiles.

Nadie sabe a dónde conducen. Lo pasamos bien, de momento, y preferimos no pensar mucho en el futuro. No hay futuro. Estamos un poco melacólicos, a veces. Pero ya sabes, no somos mejores ni peores que el resto, es sólo que un feroz viento azul nos atravesó una vez y no podemos olvidar su hechizo; sobrevivimos como atados a esa presencia que se muestra ocultándose.

Suenan los frágiles pasos, los susurros de la noche, de la chica azul y la chica azul sonríe y cualquiera diría que por fin habitamos en el refugio seguro que tanto tiempo habíamos anhelado, del cual sentíamos esa extraña nostalgia que nos mantenía noches enteras vigilando por la ventana, por si acaso escuchábamos algún eco que nos recordara su rostro, mirando con un atención feroz el atardecer para tratar de asir lo inasible.

Pero otra vez se nos escurre de los dedos, seguiremos caminando con los ojos abiertos por carreteras que nadie sabe a dónde conducen y escuchando ecos de los caminos que yacen bajo el sepulcro de hojas amarillas esparcidas por Cronos. Nadie sabe a dónde conducen.

Posted by SeñorS at Noviembre 9, 2005 05:50 PM