Tras tanto deseo inútil, otra vez el frío, el invierno, con su desfile de rostros contraídos, de bufandas y de niebla, de ensueños de lluvia. Ahora anochece muy pronto y miramos aburridos la televisión, envueltos en una manta porque aún no han puesto la calefacción y hace frío.
La comodidad de estar triste que Kurt Cobain echaba de menos se hizo para disfrutarla en invierno, despúes de comer, entrecerrando los ojos, suavemente adormecidos, cansados y felices, con esa rara felicidad que habita en las almas melancólicas, con el murmullo ignorado de la televisión de fondo. El mundo se deshace en los ensueños de lluvia (dentro de la conciencia trastornada del poeta que apenas sabe distinguir el mundo exterior de sus fantasías introspectivas) y la niebla se posa con su fulgor fantasmal, como un suspiro, sobre las calles, que ahora parecen pintadas por algún pintor y no parecen calles reales, porque son demasiado hermosas para ser ciertas.
Y pasear sin rumbo, mientras la mano helada del viento te acaricia el rostro, del viento que no tiene manos, sosteniendo un cigarrillo tembloroso entre los labios, es todo cuanto le pedimos a la vida, nosotros, los que no supimos qué había que hacer con nuestra vida y admiramos a los poetas insensatos que se dejaron la piel para dejar un oasis de belleza entre tanto desierto de hastío, los refractarios a todo proyecto calculado, los que entonamos cánticos a la noche como si fuéramos poetas románticos, anacrónicos ya, solos en nuestros delirios, incomprendidos, abandonados, sumergidos en los deseos imposibles que las noches y la soledad, con su atractivo abismo azul, nos sugieren, y la voz de la noche, de la chica más frágil del mundo, nos dice ven, y no tenemos más remedio que acudir a su llamada, ni siquiera atándonos a los mástiles con las cuerdas más resistentes del mundo podríamos evitar sucumbir a su canto, porque sucumbir es todo cuanto deseamos, arrojarnos en el seno de sus ojos imposibles, abolir la realidad y la identidad, que es una cárcel para el místico que ve el mundo como un teatro virtual y a veces como un teatro psicótico.
Porque yo una vez vi cómo sus ojos, indeciblemente tristes, serenos y salvajemente hermosos se dibujaban en el aire y me acogían. Fui alumno del maestro en fantasmagorías Arthur Rimbaud, y un escalofrío atravesó mi alma como una tormenta de verano cuando al fin comprendí que yo nací, como Bukowski, para robar rosas en la avenida de la muerte, cuando al fin comprendí que no podíamos hacer otra cosa que vivir, y me rebelé como un niño irresponsable (o posmoderno, o shandy: una perfecta máquina soltera) contra la realidad, y traté de pulsar la nota exacta de nuestro furioso anhelo de destrucción, de nuestra rebeldía metafísica, porque el arte ya no será inútil, ayudará a destruir la realidad, como dijo Leopoldo María Panero.
Yo fumaba, bebía cerveza y soñaba con escribir el verso más triste frente a mi ventana abierta, en donde soplaban los vientos que me zarandeaban, preso de sus designios caprichosos, y me ataba al teclado para convertirme en el pájaro intrépido, en el pájaro alucinado que rompe la jaula y nada sabe de fronteras.
El pájaro y la jaula.
No puedo, no sé explicar, es como caer, como hundirse en el oceáno del misterio y querer abrir los ojos, como si los ojos fueran capaces de ser faros en la noche oscura del alma, como tirar un pañuelo por la ventana de un tren que huye, y que en ese pañuelo, en su interminable caída, estuvieran guardados todos los sueños rotos, todo lo que pudo haber sido, la canción más triste y más hermosa del mundo, el enigma, lo que no existe, nuestros deseos imposibles. Y como me faltaba talento, como estaba convencido de que los verdaderos escritores eran otros y no yo, suplía mi falta de talento a base de beber mucha cerveza (me siento francamente bien en mis sueños de cerveza, dice el siempre genial Ray Loriga) y escuchar música todo el rato, porque yo no tenía nada que decir, pero igualmente quería decir, decir algo, solamente algo en la nada, porque tenía miedo, como Alejandra Pizarnik, y leía a Alejandra y temblaba, porque ella había dibujado nuestras almas rotas en palabras cuyo resplandor hechizaba como la droga más dulce.
Todo el rato escuchaba música y pensaba que la verdadera vida está ausente, y no me atrevía a decirte nada en los bares, y prefería vagar por las calles nocturnas, desiertas, imaginando conversaciones contigo, imaginándote versos sólo para ti... no sé, yo nunca sé, yo habito en la confusión y en mis sueños de cerveza, y me subo a los tejados como un gato ebrio, tratando de encontrar un mensaje tuyo envuelto en una botella lanzada al mar, hace mucho tiempo, a un mar tan lejano, tan imposible que casi da vértigo, pero es hermoso, y tan frágil, tan a punto de romperse...
...Quiero un refugio, y dormir muy borracho sobre la arena, lejos de todo...
Pero es mejor que te alejes de los poetas, son unos monstruos horribles, unos monstruos de soledad, como dijera un poeta que se llamaba, creo, Raúl.
Y sería mejor si los sueños de cerveza no estuvieran vacíos al amanecer.
En fin, muerdo la noche y el viento y los árboles y hay una música triste que no cesa de sonar y que me envuelve y cuyas notas dibujan un camino de baldosas hacia mi yo, y mi yo es como la tierra de Oz, porque no existe: el yo es una ficción.
¿No se han enterado estos de que el Yo ha muerto?, preguntaba Panero jugando a ser Nietzsche
Y las lágrimas se lanzan a la noche como estrellas locas, ebrias de espuma y de deseos de trascender su condición mortal, en una cascada que no cesa de fluir hacia lo desconocido... hacia la noche. Lueve.
Posted by SeñorS at Septiembre 12, 2005 01:15 PM