Agosto 24, 2005

El instante en que dejamos de ser mónadas aisladas para sumirnos en un delirio de éxtasis perpetuo

En el instante en que las ganas de escribir sobrevienen como una tormenta de dicha irreprimible, (un raro entusiasmo que te agarra las entrañas) se evaporan las losas que atenazan la existencia y el simple acto de respirar frente a la ventana, abierta a los pasos vacilantes de la noche, te sumen en un éxtasis contemplativo que no ahnela desvelar realidades ocultas, sino gozar del instante como el niño del que hablaba Rilke, que no piensa en guardar la cascada de flores que recibe del viento. La conciencia deja de ser un alfiler clavado en la nuca y se convierte en un trampolín que te lanza en los acogedores brazos del delirio, flotas en la suavidad azul de la noche, transfigurada en fiesta mística, reencuentras la armonía perdida, dejas de ser un extraño ante la naturaleza.

Si pudiera vivir siempre en éxtasis, decía Alejandra Pizarnik.
Soy un místico y no creo en nada, decía Flaubert.

El niño que sueña el sueño imposible de fundirse con la noche, definitivamente enfrentado a los intereses prácticos de las acciones orientadas a fines, baila por los tejados al ritmo salvaje de los ciclotímicos que sólo saben creerse dioses o mendigos miserables, pero no saben nada de términos medios. Y así sobreviven, en un frágil bote, agitados por tormentas existencialistas, conquistando el viento que siempre azota dulcemente sus párpados.

Posted by SeñorS at Agosto 24, 2005 10:11 PM